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11 mar 2009
América en Bedford - Venezuela

América en Bedford - Venezuela

Un Bedford de trompa por latinoamérica...
En algún momento de nuestras emocionantes vidas llegamos a la antepenúltima frontera de este insondable viaje intitulado "América en Bedford". Guarero fue el lugar que elegimos para infiltrarnos en las enigmáticas tierras venezolanas... o bolivarianas, o si usted lo prefiere, chavistas. Nada más lindo que entrar a Venezuela entonces, en una extrema condición anarco budista, a un controvertido proceso electoral que contextualizaría esta visita de principio a fin... Una controversia fundada más en los problemas que el gobierno de turno le trajo a EEUU (luego de equiparar el precio del petróleo con los estándares internacionales), que en los propios problemas internos venezolanos (que no son pocos).

Más allá de todo esto, a nosotros nos interesaba más específicamente el contacto con la gente y sus costumbres... su música, el baile, su comida, sus formas de pensar. Apenas entraditos al país nos chocamos muy de frente con la archiconocida ciudad de Maracaibo, sin duda una de las tierras más calientes que habíamos transitado en nuestras vidas, y lugar que elegimos para hacerle los reajustes de rutina al camión.

Entrando a Venezuela...
Luego de preguntar en varias estaciones de servicio y de ser rebotados consistentemente en todas ellas, finalmente logramos conseguir un lugar para estacionar nuestro azulado corcél. Cuando ya estábamos perdiendo las esperanzas, hablamos con un par de empleados que se enternecieron con por nuestras aventuras ruteras, y nos permitirnos aparcar por un par de días. Así fue que nos encontramos con los primeros “maracuchos” pura cepa, quienes abrieron sus corazones al viento, o más bien, a una insoportable humedad sin viento que permanentemente ahoga a la ciudad.

Totalmente pegoteados entonces, nos empezamos a mover muy lentamente por distintas zonas de la ciudad, en busca de los repuestos necesarios para infiltrar al titán. Así fue como nos metimos de lleno en el “mundo camión” venezolano y recorrimos lugares como “Las Delicias” y el “Elevado de Ziruma”, áreas que están muy lejos de representar algún evento turístico, pero donde ciertamente se puede respirar la idiosincrasia venezolana sin maquillaje y a cara pelada. Ya que nos teníamos que llenar de grasa, aprovechamos el envión, e hicimos la limpieza del tanque de gasoil y de todo el camión por dentro. 

Con las urgencias un poquito más resueltas, nos fuimos relajando y empezamos a enfocar en los estímulos más inmediatos de la ciudad. El primer gran impacto al corazón sucedió cuando nos enteramos que el gas oil en Venezuela costaba 0,02 centavos de dólar el litro. Me acuerdo de mirar el surtidor y no poderlo creer. Estuve a punto de emocionarme. Pestañeaba con fuerza para corregir los números y no había caso. Casi salgo a enarbolar las banderas chavistas. Experimenté una gran simpatía por el ya fallecido presidente, del cual probablemente se puede criticar mucho, pero también se puede aplaudir otro tanto.
Cuando ir a la estación, más que doler, da placer...
(Fuente: http://www.aporrea.org/)
Para generar un poquito más de polémica, hay que decir que Venezuela, como la mayor parte de los países con orgullo, ejerce una política proteccionista hacia la moneda local, por lo que no se le permite a la población comprar divisas extranjeras, salvo que sea por un viaje al exterior o por razones estrictamente comerciales. Obviamente, y como muchas veces sucede, esta situación alentaba la venta de dólares y euros en negro, que en este caso era controlada mayoritariamente por árabes muy piolas, pero a su vez, muy duros de negociar.

Tercero y bastante más gracioso: los venezolanos utilizan repetidamente un gesto facial difícil de describir, pero muy llamativo, que nunca vimos en algún otro país de América. Un día, luego de preguntar en una estación de servicio: “¿Tiene tal marca de cigarrillos?”, un empleado se dio vuelta y me intimó con este movimiento facial, mezcla de boca, labios, nariz y la conjetura que hay entre la nariz y la frente, arrugando fugazmente las partes desde afuera de la cara hacia adentro. Por cierto, creo que su equivalente en palabras podría ser: "¿Cómo dijo?" o "¿Qué pasa?". Pareciera ser que cuando "algo" no se entendió, o no se escuchó bien, sacan a la cancha este "manijazo" facial que todo lo cuestiona.

En fin, Maracaibo nos puso en sintonía con algunas variables del país, y nos permitió intimar con la paquedad y la tosquedad de los maracuchos. Como hacía demasiado calor, decidimos movernos lo menos posible y dedicarnos al constante consumo de cerveza. El único problema es que la vendían en botellitas de apenas 222 cm cúbicos, hecho que solamente se hacía entendible, cuando uno se daba cuenta que si pasaba más de cinco minutos en la mano, automáticamente se convertía en sopa. La birrita la acompañamos con constantes ingestas de pollo frito y arepas. No salimos demasiado por las noches y no asistimos a ningún evento demasiado destacable.


Deme veinte por favor...
Por culpa del tiempo y el dinero, las dos variables que por excelencia determinan la vida de la mayoría de las personas, ya habíamos decidido que no nos podíamos desviar hacia la zona costera. Nos teníamos que olvidar del Caribe venezolano, de las islas, del sol y todos bikinis, pero con casi ningún rencor, nos entregamos de lleno a un tour por todas las demás ciudades que estuvieran de paso en nuestro camino a Brasil, lugar al que nos pensábamos internar con el titán para abordar cualquier barquito que nos deposite en las rutas del otro lado de la selva amazónica. Estábamos disfrutando de un cierto estado de sana relajación, que lamentablemente llegó a su fin apenitas salidos de Maracaibo.

Luego de aproximadamente media hora de haber arrancado, sonó por quintoagésima vez la lúgubre campana del imponderable. Escuchamos un ruido extraño que parecía provenir del rodamiento trasero, por lo que inmediatamente nos detuvimos a ver que estaba sucediendo. Cuando bajamos en la banquina, nos encontramos con la poco grata sorpresa de que las ruedas traseras del lado del conductor se estaban prendiendo fuego. Obviamente se escucharon los primeros gritos histéricos, e instantaneamente empezaron los resbalones en la urgencia de buscar un valde con agua (que por suerte siempre teníamos), para evitar que nuestro querido amigo, con todas nuestras pertenencias dentro, quedara reducido a cenizas. Por suerte, al primer baldazo logramos apagar el incendio. Decidimos auto-apodarnos de una buena vez por todas “Los pibes mala leche”.

Por suerte, y nuevamente gracias al señor Chávez, los remolques en las rutas venezolanas también eran gratis. Sí, usted leyó bien, gratis. ¡Qué increíble che! Entre el gasoil y los remolques, ya teníamos dos muy buenas razones para salir en defensa del bombardeado socialismo chavista. Llamamos al número gratuito, y luego de un rato apareció el bendito camión. Para nuestra desgracia, llegó con uno de los personajes más controversiales del viaje, el nunca bien ponderado "Moziú"... 
un hombre mitad hombre, mitad algo desconocido. No se le entendía nada lo que hablaba y parecía tener tanta idea de mecánica como yo de jardinería. Moziú llegó a nuestras vidas con el mero objetivo de destrabar el palier que se había medio fusionado con algunos rulemanes y partes del rodamiento. Una vez logrado el objetivo, la grúa nos remolcó... nos abandonaría diría yo, hasta su taller.

Bueno, si en Maracaibo hace calor, a unos cuarenta kilómetros, más específicamente en las inmediaciones de Santa Rita, existe una mini sede del infierno, que no recomendamos visitar bajo ningún concepto, salvo que quieran conocer a Moziú y su controversial estilo de vida. Las noticias, claro está, eran muy malas. Además de advertirnos que habían culebras al costado de la ruta, nos avisaron que había que conseguir dos rulemanes que no teníamos, y hacer fabricar dos partes roscadas que eran absolutamente inconseguibles en la zona. Como si fuera poco, el baño del taller, estaba todo inundado de desechos humanos y la comida escaseaba más que el agua. ¿Y ahora?... “Empezá a armar sin parar, aprendé a hablar el idioma de Moziú y rogá que de alguna manera consigamos las cosas que nos faltan. Ah, también afilá la lengua y endurecé la cara, que plata no hay”...

Complicado y custodiado...
Empezaron a pasar los días, y nosotros íbamos de Santa Rita a Maracaibo, de Maracaibo a Cabimas, de Cabimas a Santa Rita, y así sucesivamente, hasta que en algún momento, casi como por obra y arte de magia, conseguimos los benditos repuestos. Por desgracia, uno de los rulemanes no calzaba por la más mínima de las diferencias existentes, pero luego de hacer muchísima fuerza para entender la explicación de Moziú, distorsionada por un tabaco que constantemente masticaba y escupía, interpretamos que no sería un gran problema, ya que podía retocarlo y lograr que quede bien.

En medio de tanto incordio, los ánimos de la troop se habían caldeado, y entre calor e incomodidades varias, el horno no estaba para bollos. Hay que concluir que a esta altura del viaje, las cosas muy probablemente habían empezado a pasar por lados distintos cada uno de los tripulantes. Esta leve disgregación de intereses tensionó un poco a las chicas, por lo que hubo que descomprimir la situación con un par de inofensivos arañazos. Acontecido el hecho, rápidamente salimos a poner paños fríos a la vida e incursionar en la terapia grupal, por lo que abocamos todas las energías en homenajear nuestra entrañable inconciencia rutera... Mientras Juli empezó a pintar las banderitas de los paises recorridos, el resto de la troop se dedicó a plasmar en el frente, la leyenda que probablemente más nos identificaba en aquel momento: “Conductores Suicidas”.
"Conductores"...
Triplete en las inmediaciones del Río Orinoco...
De todas maneras, esta etapa en el taller de Moziú la viví con mucha angustia. Nuestro Bedford seguía siendo el eje y el único asunto verdaderamente importante del viaje, y el panorama para terminar el recorrido, y llevarlo sano y salvo hasta Argentina, estaba bastante comprometido. Principalmente porque el rodamiento estaba muy desgastado, y no teníamos idea si aún aguantaría, en el caso de ser necesario, un nueva rectificación. Mucho más allá de esto, nadie nos podía asegurar que el motor no se trabara de repente y no anduviera más.

En algún momento logramos salir de aquella horrible sucursal del infierno, pero las cosas se pusieron aún peores. El arreglo de Moziú resultó ser uno de los peores fiascos del milenio, y a no más de una hora de haber retomado el viaje, el rodamiento se volvió a romper. Más allá de las dieciocho mil puteadas que dediqué a Moziú y a todos sus antepasados, sabíamos que esa rotura significaba que si o sí había que rectificar. Sólo nos quedaba dinero para comer un par de días, por lo que hubo que idear un plan de rescate que igualmente no iba a alcanzar para afrontar todos los gastos que una rectificación de este tipo conlleva.

Nos remolcaron nuevamente en forma gratuita hasta el siguiente taller. Por suerte, esta vez nos encontramos con esa gente ante la que uno se tiene que sacar el sombrero y aplaudir sostenidamente por la infinita buena onda. La contracara de Moziú, el otro lado de la moneda, el lado iluminado de la Luna. Amables, atentos, idóneos y buena gente... además de buenos músicos. Como en Colombia en el taller de Aldemar, con ese corazón abierto y con las mismas ganas de ayudar. “Ponelo acá que lo miramos”. Los muchachos del remolque se fueron, pero esta vez quedamos en buenas manos.

"On the road"...
Bedfy descansando y tomando aire en algún recoveco...
Estábamos a una hora de viaje de la ciudad de Carora. Apenas analizaron la rotura, nos aclararon que había que desmontar todo el rodamiento y llevarlo a rectificar, para recién ahí, retomar las charlas para salir a la ruta de nuevo. “Ok, pero tenemos muy poco dinero, así que vos das las indicaciones y nosotros hacemos la fuerza, porque no te vamos a poder pagar”. Trato hecho, manos a la obra.

Además de la guerra fría del calor y la humedad, peleamos cada uno de los costos con el resto de los intermediaros. Los remolques chavistas nos dieron una gran mano, ayudándonos a cargar el eje hasta Carora. El calor allí, era un poco más insoportable aún. No se podía caminar más de doscientos metros sin ingerir litros de líquidos. A la cuestión meramente climática, había que sumarle un medio ambiente que estaba cada vez más caldeado por la proximidad de las elecciones. Se respiraba un intenso fanatismo, probablemente el más intenso que haya visto en toda mi vida. Logramos hacernos amigos del dueño de la rectificadora. Le imploramos un rato, lo ayudamos en todo lo que pudimos, y logramos llegar a un trato conveniente.

La campaña de los diez millones... fanatismo político 2006...
Entre idas y venidas de Carora, compartímos varias charlas y mucha buena onda con los mecánicos, quienes resultaron ser devotos fanáticos de la música "llanera", y exclusivos responsables de introducirnos al popular Reynaldo Armas, músico venezolano de gran estirpe, del que nos obsequiaron uno de sus discos y nos cantaron algunas de sus canciones. Aprovecho la ocasión entonces, en honor a aquellos lindos recuerdos para dejarle estas "Coplitas de bolsillo" para que se entienda de qué estamos hablando.

Los días fueron pasando,  y esfuerzo monumental mediante (principalmente de Marianito, nuestro mejor hombre en el momento de las tuercas), el episodio fue llegando a su fin y las ansiedades más salvajes se empezaron a calmar. Gracias al dios del camión, el eje había sido rectificado con éxito, por lo que sólo restó traerlo de vuelta hasta el taller, y rezar que no se rompiera nada más, aunque supiéramos que era una pretensión absolutamente descabellada...

"Coplas de bolsillo" - Reynaldo Armas...

Cabeza atento a las señales del titán...
Lamentablemente nuestros héroes anónimos cobraron muchísimo menos de lo se merecían por tamaña asistencia. Intentamos reforzar nuetras intenciones con algunos objetos de “valor” que todavía teníams, que al final fueron bien recibidos, y ayudaron a apalear un poco los remordimientos por la falta del vil metal, y las caras de cemento que teníamos que poner para poder seguir. Esta gente, de la cual no registré uno solo de sus nombres, ha quedado grabada igualmente en alguna parte privilegiada de este América en Bedford.

Arrancamos estrenando rodamientos entonces, aunque por un par de días, el temor a que se rompa todo de nuevo se estableció como una constante. Nuestro norte indicaba que teníamos que llegar a Caracas, capital en la que nos queríamos apersonar en el consulado argentino, para gestionar la extensión del permiso para circular con el titán por el extranjero. De esta manera evitaríamos llegar a la frontera y ser deliberadamente coimeados a causa de vagancia, dejadez, o imprevisión.

Embajada Argentina en Caracas...
En esta etapa cambiamos bastante el sistema de viaje, el que se basó en la exclusiva necesidad de lograr estacionar el Bedford en alguna plaza, o lugar conveniente a nuestras intenciones, con la sola idea de contemplar el movimiento del lugar mientras fumábamos uno, y si la condición económica lo permitía, mientras tomábamos alguna birra. Redireccionamos notoriamente los objetivos de nuetra innata excitación y curiosidad infinita, y cambiamos la ecuación de una búsqueda inflingida hacia la aceptación de disfrutar con cualquier cosa que toque.

Así fue que pasamos por lugares como Barquisimeto y Valencia, donde hacíamos paradas de una o dos noches, y las anécdotas se reducían a quienes se acercaban de manera curiosa hasta nuestro camión, a hacer preguntas, o a compartir una charla. Mientras tanto el titán descansaba y se reponía de sus largas jornadas ruteras. Cocinábamos a puertas abiertas, y nos deleitábamos a más no poder con el programa “Hola Presidente”... o leyendo algún libro, o escuchando un poco de música que nos gustara a todos. Fueron muy lindos momentos de comunión grupal.

Reposeras, sombras y descanso a la siesta...
La eterna banquina... Boxes en medio de la ruta...
Una vez que llegamos a Caracas, estacionamos a dos cuadras de la embajada argentina, la que además de regalarnos algunos snacks y bebidas, finalmente accedió a redactarnos un documento que supuestamente nos eximía de dar demasiadas explicaciones en la aduana Argentina. Una vez logrado este objetivo, nos fuimos a recorrer un poco la ciudad y a toparnos con muchos seres humanos que no hacían más que hablar a favor o en contra de Chávez. Todo estaba absolutamente teñido por las elecciones. Fue un buen ejercicio para reconfirmar que “todo es mentira en este mundo, todo es mentira la verdad”...

Luego que la ciudad quedó agotada, nos sumergimos nuevamente en largas jornadas ruteras, en las que fuimos saltando por diferentes pueblos y ciudades que nos sorprendieron muy gratamente con la entrega de su gente. Atravesamos Barcelona, Anaco, cruzamos el famoso e imponente Río Orinoco (que literalmente divide al país en dos), Ciudad Bolívar, Ciudad Guyana, y llegamos al Callao escuchando a Juan Luis Guerra. Una locura absoluta e infinita...


 
"Woman del Callao" - Juan Luis Guerra

Siempre que llegábamos, alguien nos estaba esperando con alguna mini fiesta entre manos. A veces fiesta multitudinaria, a veces más íntimas, a veces llenas de cerveza, a veces quién sabe. Aromas de una Venezuela teñida por el calor y la necesidad de expresar esa exasperante latinidad que jamás dejó de sorprenderme. Esa cultura del baile, del calor, de las caderas, de las mujeres lindas, de la borrachera, y del festejo que no tiene fin... como en muchos lugares de Brasil, como en muchos lugares del mundo... Un poquito de Sodoma...

Durante aquel recorrido por Venezuela nuestro mejor amigo sin dudas 
fue el paisaje, y la mayor comunión y compromiso fue con Bedfy... Casi como estar pendiente de un abuelo al que le empieza a costar, que denota sus achaques, pero que cada tanto arremete con atisbos de juventud y fortaleza, que parecieran inmortalizarlo y redimirlo para siempre. Una nobleza que brota de la persistencia y de la integridad, y que se sustenta en su estructura vieja escuela, cuando todavía las cosas se hacían para que duren para siempre.

En fin, una vez que atravesamos el Callao, nos metimos de lleno en la recta final del país, momento en que comenzó la cuenta regresiva para encarar el tráfico de los mil litros de gasoil que necesitábamos para llegar hasta Argentina. Esto no solamente implicaba el riesgo de que nos hagan un quilombazo inolvidable en la frontera brasilera, sino que acentúabamos la posibilidad de quedar mucho más drogados que antes con tanto gas tóxico adentro de las habitaciones. De todas maneras, como siempre pasa en esta vida, lo único que realmente podíamos hacer era arriesgarnos...

Serpenteando las rutas venezolanas...
En algún paraje antes de empezar el camino hacia el amazonas...
Desde el techo de un Bedford al más allá...
Los últimos días directamente se transformaron en paisaje. Dormíamos algunas horas, y el que se levantaba primero, en medio de una soledad y un llamativo silencio, rehabilitaba el corazón del bondi y se lanzaba nuevamente a la ruta, entre mates y amaneceres que estimulaban sonrisas germinadas con el éxtasis de la consumación de la vida. Nos invadían constantes reminiscencias del camionero, que muchas veces clandestino y olvidado, nunca se detiene en la conquista de las distancias, de la ruta, de la música que le da vida, ni de esos sentimientos que sólo se despiertan al volante...

Perspectiva del camionero...
Melancólico día de lluvia...
Estábamos allí en silencio, expectantes por lo que faltaba conquistar, escuchando el "ron ron" de la regulación del motor que se había vuelto una hermosa obsesión. Era el latido de una vida desnuda alimentada por el sueño de alcanzar algún tipo de objetivo, que a cada kilómetro se empezaba y terminaba de hacer realidad. Era la vida que definitivamente quería experimentar por aquel entonces.

Así fue que entre “ron rons” constantes atravesamos además El Dorado, Km 88 y llegamos a Santa Elena del Uairén, el último poblado del lado venezolano, lugar en el que las gasolineras están controladas por los militares, pero que como todos los seres humanos, en algún momento descansan... En ese exacto momento aparecimos nosotros, más despiertos que nunca, sabiendo que si no lográbamos cruzar esos mil litros de gasolina, llegábamos a Buenos Aires sólo si empujábamos a Bedfy por medio Brasil.

Nos compramos tres bidones de doscientos cincuenta litros... que sumados a los que ya teníamos desde Ecuador sumaban 960 litros. Allá fuimos... “Llene jefe, por favor llene todo y no pregunte demasiado, que es bastante obvio y no tenemos nada para argumentar”. El jefe llenó, y lo único que restaba antes de derramar el lagrimón interno por la despedida de tanta tierra linda, era respirar, camuflar todos los bidones, y practicar nuestra mejor cara de turistos para encarar "La línea", el penúltimo paso fronterizo de nuestro viaje. Ah!... Por los novecientos sesenta litros de gasoil pagamos la exageración de diecisiete dólares...

Intoxicación masiva bajo costo...
De Venezuela nos llevamos el característico despojo latino. De Venezuela nos llevamos amigos fugaces y clandestinos... noches efímeras y distantes que navegan en el más allá del recuerdo. Venezuela fue una especia de novia intensa y fugaz, como esas de las que uno no se termina de enamorar, pero que persisten en la memoria porque justo cuando la estabas disfrutando, la tuviste que dejar atrás. Venezuela es como todo en la vida, esa hermosa combinación de cosas feas con cosas hermosas, que mantiene una conducta y una forma de ser, un pequeño desinterés por todo, y a su vez, una excesiva preocupación hacia ese desinterés.

Venezuela es una birra más, matar el tiempo, conquistar la nada, asombrarse con lo más hermoso de la naturaleza, y sentir que al mismo tiempo, nada de eso alcanza. Venezuela engloba el mal de una contradicción que funciona como ese necesario e irremplazable alimento para el alma.

Con mucha convicción y certeza me fui con mis amigos a ponerle la cara a los militares una vez más. Hasta la próxima Venezuela, nuestro máximo respeto a los llanos, y que sigas tan llena de vida y tan llena de ganas como siempre. ¡Gracias!


Llanos, diamantes, banquinas...
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América en Bedford - Colombia (de vuelta) - (post sin fotos)

El viaje de La Habana a Cartagena, previa escala en la ciudad de Panamá, fue uno de los peores de mi vida. El avión no paró de sacudirse, ni de caer constantemente en incontables pozos de aire que me llenaron de espanto y me dieron vuelta el estómago. En algún bendito momento por suerte aterrizamos, y dejamos atrás el amargo y escalofriante momento de volar. Nos recibió una Colombia algo distinta a la que habíamos transitado tres meses atrás. Una Colombia por cierto mucho más caribeña y bastante más turística. No terminamos de comprender claramente si era porque veníamos de la clandestinidad y amabilidad de Cuba, pero lo cierto, es que nos costó mucho adaptarnos a ese tipo de agresividad producto de la convivencia de un turismo portador de divisas, que contrasta ferozmente con los alarmantes niveles de hambre y de alcoholismo, que en este caso, Cartagena nos mostraba en cada esquina.

Luego de un rato de investigar opciones, nos instalamos en una pocilga muy humedosa, a unas diez cuadras de la ciudad amurallada. La emblemática ciudad amurallada de Cartagena, es una especie de fuerte turístico, cuyos alrededores fácilmente podrían ser estandartes y emblemas de la pobreza latinoamericana. Para graficar lo que digo quizás alcance con decir que si uno se sentaba a comer el plato de comida callejero más barato, que consistía en algunos pedacitos de pollo con arroz y leche de coco, y en promedio costaba un dólar, asistía también al triste espectáculo de algunos indigentes que se aglutinaban alrededor de la mesa, esperando que uno terminar de comer, para rescatar las sobras de huesos y de enchastre que quedaba en el plato.

Además, caminando por los alrededores de las murallas, uno se topaba constantemente y a cualquier hora del día, con un cambalache de vagabundos, trabajadores, adolescentes y cirujas, cuyo denominador común era el de vivir sus días constantemente alcoholizados; algunos desmayados directamente en el medio de la calle, y muchos otros caminando en un estado casi catatónico, que ciertamente distaba muchísimo de ese estado de ebriedad jocoso, divertido y de festejo, para ser reemplazado por uno que más bien desnudaba una profunda decadencia social, política y económica.

Por último, era imposible no toparse en cada esquina con incontables "cazabobos" ofreciendo cocaína, marihuana, cambio de billetes, prostitutas, o cualquier otro objeto o servicio de "primera necesidad y urgencia"... con un nivel de agresividad y de intimidación, y unos modos que daban ganas de suicidarlos y salir corriendo hacia cualquier mundo mejor. De ese tipo de personajes con actitud "no acepto un no como respuesta", que utilizan el atropello, y que se abusan del miedo del extranjero, haciéndolo sentir que consumir y decir que sí, es casi un deber o una obligación. Lamentablemente, luego de las primeras cuarenta y ocho horas de asistir a este tipo de espectáculos, ya nos habíamos aclimatados nuevamente a la película.

Para contrarrestar y balancear un poco el espíritu, tuvimos la suerte de encontrarnos nuevamente con Nachito, un amigo con el que habíamos viajado desde Máncora a Montañitas unos meses atrás, y que en esta nueva etapa apareció acompañado por Natacha, una belga que hablaba muy bien español, y se que se nos metió directo en los corazones a base de una muy llamativa y prístina pureza de juventud. Pasamos una buena parte de la estadía en mutua compañía. Muchas risas, largas charlas nocturnas, largos tragos de ron, y hasta viajes en moto en busca de un poco más... Varios desconocidos que iban saliendo de abajo de las piedras a multiplicar las endorfinas de una fuente de vida, que por momentos se volvió descabelladamente onírica y nos sobrepasó... 

Para ponerle un poco más de casualidad al destino, nos reencontramos también con el caleño, momento en que caimos en cuentas que definitivamente sufría de algún tipo de bipolaridad, y que de patitos alienados casi nada. Aunque habíamos pasados lindos días en mutua compañía durante aquel primer encuentro en Capurganá, ahora parecía casi definitivamente otra persona y por momentos parecía casi no reconocernos. Como si hubiera perdido la esperanza o la alegría, muchísimo más serio, y con un aura bastante más densa y sufrida... O quizás éramos nosotros, ¿quién sabe? los humanos somos bastante raros.

Más allá de lo bueno y lo malo, la experiencia en Cartagena fue muy nutritiva. Cuando notamos que estábamos en el pico de la excitación y en la cresta de la ola, decretamos una retirada con toda la gloria a cuestas, y encaramos directamente hacia Santa Marta, lugar donde habíamos pactado el reencuentro con el resto de la troop. Previo paso por Barranquilla, que estaba completamente inundada por las lluvias, llegamos al "Rodadero", el páramo donde ya nos estaba esperando Marianito, listo para firmar esta última convocatoria de acreedores. A la mañana siguiente se nos uniría Lachín, para todos juntos y un poco pasados de calor, entregarnos a la difícil tarea de lograr que nuestro azulado corcél, llegara sano y salvo hasta la ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Para ello había que reparar radiador, cambiar mangueras, limpiar los filtros, revisar el aceite, engrasar las ruedas, sacar un montón de barro que había quedado del accidente falopero, y ajustar todas las tuercas que pudiéramos a lo loco. La batería, al igual que en todo el viaje, seguía sin funcionar bien. O no cargaba, o hacía falso contacto, o vaya a saber uno qué carajos. Nunca llegamos a develar qué coños le pasaba. También había que reparar una goma y revisar una pérdida en el caño de escape. Así fue que nos lo tomamos con un poco de soda y con mucha cerveza con Fanta, y entre playa y playa, y un poquito de dureza, fuimos empuñando nuevamente las pinzas, la barreta y el kit de limpieza, y nos abocamos a rescatar la vagancia acumulada durante los últimos meses. Inundados por una humedad infinita y abrasados por un calor proveniente del mismísimo infierno, empezamos a meterle un poco de huevo y otro poco más de fuerza... “Pasame la ¾ por fa”...

Luego de tres o cuatro días de rock y trabajo non stop, creimos haber logrado las condiciones mínimas para poner a rodar al titán nuevamente. Lentamente empezamos a a agradecer y despedirnos de la gente que nos proveyó el garaje durante los meses que estuvimos en Centroamérica, e izamos nuevamente la bandera de guerra rutera. Respiramos profundo, hicimos un "hip hip hurra", nos pegamos una ducha de agua helada, y con la atención puesta en la frontera de Guarero y el cruce hacia las tierras venezolanas, nos lanzamos una vez más a las rutas de Colombia. Los ánimos iban en aumento, pero... el imponderable nuevamente empezó a acecharnos.

Justo antes de empalmar con la ruta que transita por el norte del país, decidimos hacer una rápida parada para comer algo. Lo único que quedaba en el pequeño puesto al paso, era una especie de sopa de pescado con algún otro invento de pollo con arroz y vegetales. Le pedimos que nos haga cuatro. Tardaron cinco minutos y nos sirvieron. Cuando empezamos a sorber la sopa alguien comentó: “che, esta sopa de pescado está demasiado fuerte, me parece que está pasada”. A todos nos pareció lo mismo, pero como estábamos más famélicos  que el Chavo, nos la comimos rápidamente, intentando imaginar que era de crema de espárragos. Terminamos, pagamos, e instantáneamente nos mandamos a mudar...

Minutos antes de llegar a la primera hora de viaje, Julián empezó a acusar un fuerte dolor de estómago y de cabeza. Minutos más tarde lo siguió Lachín, quien rápidamente fue perdiendo el habla y partió hacia la parte de atrás del bondi a hacerle compañía. Con Marianito continuamos firmes al volante camino a la ciudad de Río Acha. Obviamente el pescado estaba pasado, y aunque se notaba que Juli lo estaba pudiendo procesar, Lachín se empezó a poner cada vez peor. De a poco, y con varios eventos que serían elegantes de relatar entre medio, fuimos presenciando cómo iba mutando nuestro super amigo, de Lacha, a lo que horas más tarde intitulamos: "El Hombre Caca".

Como a todo “Hombre Caca”, lentamente le empezó a cambiar el color de la piel y empezó a transpirar sin remedio... inconfundibles indicios que nos anunciaban la gran cantidad de diarrea que íbamos a tener que confrontar por algunos días. De aquí en más sólo podría ensayar el relato de imágenes extremadamente dolorosas que no harían más que salpicar este blog de una falta de códigos infinita. Sólo vamos a decir entonces que finalmente llegamos a Río Acha, que estacionamos al frente del mar en una de las avenidas principales de la ciudad, y que nos dedicamos a observar qué hace y cómo actúa un "Hombre Caca" en una situación tan incómoda y tan molesta. Una vez que nuestro baño quedó absolutamente inutilizado, y en el bondi casi no se podía estar, el "Hombre Caca" se sintió un poco avergonzado y se fue a vivir al mar.

Nos daba lástima, pero mucha risa a la vez. En definitiva estábamos rodeados por un mundo de caca, conviviendo sin opción con una persona temiblemente enferma, que hizo de nuestro habitáculo una especie de pozo séptico rodante. En algún momento alguien juntó fuerzas, un par de baldes de agua, los desparramó con desinfectante por varias zonas y decidimos continuar por el desierto de la Guajira. En ese tramo fue cuando nos empezamos a preocupar, porque además de la diarrea, el "hombre caca" se negaba rotundamente a ingerir agua, por lo que empezamos a barajar la posibilidad de meternos en algún hospital antes de que se nos muera deshidratado. Tuvimos que rogarle una y otra vez: “aunque sea un sorbito”. Lachín casi no hablaba, y las risas empezaron a disminuir y la cosa se iba poniendo seria. Lo mantuvimos en vigilancia durante la noche y decidimos que si al otro día no mejoraba, nos íbamos a visitar a los guardianes de la salud.

Como si un "Hombre Caca" fuera poco, se nos salió nuevamente el filtro de aceite, una de las cosas que nunca habíamos logrado resolver sin la ayuda de un mecánico. Estacionamos rápidamente en la banquina y entre las mayores nubes de mosquitos posibles, empezamos a intentar una operación conjunta. Como dios a veces pareciera existir, en no más de tres minutos, mientras Juli alumbraba con la luz de bata, yo sostenía el filtro, y Mariano trataba de hacer magia con la llave, lo inesperado sucedió. Más allá de haber perdido bastante de la sangre que generalmente llevamos en el cuerpo, el filtro quedó bien ajustado y el bondi listo para seguir. Nos subimos, chequeamos que Lachita aún estuviera vivo, y esbozamos una de esas sonrisas que se producen sólo cuando una operación en equipo es exitosa... Aunque Marianito una bestia de las tuercas.

Milagro, y más dioses en búsqueda de protagonismo mediante, Lachita empezó a recuperar el habla y el color, y empezó a tomar agua. Aunque para ese entonces ya había una buena cantidad de caca en todos los rincones de nuestras vidas, ver a nuestro amigo mejor yrecuperando ese típico humor picante y cizañero que lo caracteriza, nos devolvió la tranquilidad al cuerpo. Con ello el bondi recuperó el nivel óptimo de salud antes de cruzar hacia Venezuela, y la troop empezó a levantar los brazos, a mover las manos, y a tocar bien fuerte la bocina. Le estábamos diciendo chau a esta segunda estadía en Colombia, que nos sirvió como período de transición de la mochila al volante, y de la cual nos llevamos algunos memorables encuentros, mucho calor, mucho desierto, y la sabia lección de evitar comer, aunque uno se esté muriendo de hmabre, pescado podrido.

De esta manera, nuevamente dejamos atrás  uno de los países más hermosos del continente, la delicia de su gente y de algunos otros estados impuros de la verdad... y le metimos un poco más de acelerador a la excitación, para ir  parar a uno de los lugares más calurosos del planeta tierra: Venezuela... A ver qué onda Chávez, a ver qué onda el petróleo, a ver qué onda Maracaibo, y a surcar los llanos y toda su mística... Hacia aquel país se vio avanzar a un Bedford modelo 64' dejando su imborrable huella, y su estela sagrada de luz y de verdad... Gracias Colombia una vez más, ya nos volveremos a encontrar. No va a faltar oportunidad... ¡Hasta siempre!
América en Bedford - Cuba

América en Bedford - Cuba

NO al embargo en Cuba
Si México fue la corona de nuestra verborrágica escalada continental, el viaje a La Habana, Cuba, fue la entrada a un espacio parecido a un sueño profundo, donde la supuesta "realidad" terminó de desvanecerse en una especie de espejo de una meta realidad desconocida, o quizás y porqué no, como muchas veces pensamos con Juli, como zambullirse adentro de un televisor, en una película o una serie, que por lo menos para nosotros, tuvo un comienzo y un final feliz...

Antes de partir hacia la isla nos habíamos contactado con Rafael, cuyos datos nos llegaron a través de los padres de Juli. Se ofreció a recogernos en el aeropuerto, el lugar dónde empezó esta película de un país que te cuenta una historia completamente distinta a la conocida, del cual aprendimos algunos valores interesantes y nos llevamos el cariño de un grupo de personas que permanecerán por siempre en un lugar privilegiado del alma.

Salimos del aeropuerto luego de agradecer a todos los dioses no haber tenido la mala idea de viajar con marihuana en el bolsillo, ya que el aeropuerto estaba inundado de perros, que con un solo "guau" nos hubieran regalado automáticamente un pasaje de vuelta directo a México. Pasamos los chequeos, nos encontramos con Rafael y partimos muy excitados hacia "Playa", un barrio un tanto alejado del centro de La Habana. Allí nos estaban esperando para darnos alojamiento una muy hermosa y muy amable pareja de cubanos.

Aeropuerto Internacional José Martí...
(Fuente: http://hotelesbaratoscuba.com/2011/04/como-trasladarse-del-aeropuerto-al-centro-de-cuba/aeropuerto-jose-marti/)
La habitación y la cama eran muchísimo mejores que muchas de las últimas camas y cuartos en las que habíamos dormido. Tenía agua caliente y el lugar era súper cálido. Me lamenté un poco de tanto "lujo", ya que muy de antemanos sabíamos que íbamos a pasar máximo cuatro minutos por día despiertos en el lugar; dos a la mañana para lavarnos los dientes, dos a la noche mismo motivo.

La mañana siguiente nos encontró bastante cansados por el día de aeropuerto, vuelo y movidas de viaje y pormenores del traslado. Pero estábamos en La Habana, y la expectativa y la excitación eran demasiadas como para no salir corriendo a abandonarnos en todas las esquinas de la mítica ciudad. Para nuestras suerte, nos estaba esperando la dueña de casa con un desayuno de bienvenida, y ahí mismo, masticando un poco de algo, nos topamos con el primer escollo a resolver en Cuba: la plata.

Vivir como turista en La Habana, y más en aquel momento, para nosotros resultaba directamente un disparate. Había dos monedas en circulación (que aún continuan), los pesos convertibles (CUC) y los pesos cubanos. Los pesos convertibles valían lo mismo que el euro, y de los cubanos, nos cambiaban algo así como veinticuatro por cada euro. Y no solamente esto, sino que si se es turista en La Habana, se espera que se viva y se pague como tal. La mayoría de los elementos básicos de consumo tienen diferentes precios de acuerdo a la condición de ciudadano o no, y supuestamente ningún extranjero debería tener acceso a los pesos cubanos, si es que no se encuentra en calidad de residente.


La familia cubana...
Pesos cubanos y pesos convertibles...
Este escollo fue directamente atendido por nuestra anfitriona, con la cual compartimos nuestra precaria condición económica y tomó la decisión de ayudarnos y hacernos el favor de cambiarnos en el banco euros a pesos cubanos, con lo que, apenas pusimos un pie en las añoradas calles de La Habana, ya nos habíamos sacado de encima un 50% de nuestra condición de turistas.

Qué placer salir aquella primera vez a caminar por los barrios de La Habana. Un especie de sentimiento irrepetible en cualquier otro contexto. El medio ambiente evidencia un cambio radical fundamentado en una realidad que se manifiesta y se respira en una atmósfera muy diferente a las de los restantes países del continente. Llena de estímulos que desnudan una realidad muy distante y diferente a la de un mundo que constantemente tiende a mimetizarse y repetirse. Cuba rompía con esa energía de "todo lo mismo" proponiendo un hermoso giro a eso que llamamos "realidad".

Los autos de colección surcando las calles, la musicalidad de la lengua cubana, las formas y la dulzura que emanan hasta cuando están puteando. Las "guaguas" donde siempre entran más personas que las que uno se imagina, los sándwiches tostados de pepino y jamón que nos salvaron cada mañana, las fachadas de las casas, la arquitectura, y esa infinita simpleza en los modos y en la forma de ser.

Autos de colección en el Capitolio...
Empezamos a mezclarnos con la gente a lo cubano, que allí más que en cualquier otro lugar en el mundo significa mirar a los ojos. En esa mezcla y vivencia de los espacios comunes a través de las miradas, fue donde fuimos dándole forma a las primeras impresiones  que obtuvimos de este país tan distinto al resto. Tardamos un rato largo en empezar a responder a la pregunta: ¿Qué es lo que le da el carácter a la ciudad?, pero en algún momento logramos una primera aproximación a la respuesta.

Más allá de una imponente arquitectura (venida ciertamente a menos) y de un malecón que todo lo sobre embellece, lo que disimuladamente le estaba dando muchísimo caracter a la ciudad, era la ausencia de carteles publicitarios, hecho que posibilita apreciar el medio ambiente en su totalidad sin ningún tipo de interferencia. La ciudad está ciertamente vacía de estímulos visuales que desvíen la atención hacia cualquier otra cosa que no sea el contenido puro y desnudo de los elementos tangibles que le dan forma. Nunca había tenido la posibilidad de contemplar un espacio tan grande, libre de esta especie de polución visual a las que están sometidas el resto de las capitales y ciudades del mundo.

Contaminación visual cero...
(Fuente: http://es.123rf.com/photo_9397341_vista-panoramica-de-la-habana-vieja-incluyendo-varios-edificios-conocidos.html)
En otro orden de cosas, los viajes en "guagua" también nos acercaron hasta algunos condimentos del temperamento cubano y sus formas de expresión. Las "guaguas" son los colectivos o buses para el resto de la cultura hispanohablante, y en Cuba, como muchas personas saben, están subsidiados en casi un 100% por el gobierno. El costo de un viaje en el año 2006 era cuarenta centavos de peso cubano, valor que casi no tiene sentido convertir a ninguna otra moneda. El servicio es deficiente y la frecuencia varía según distintos factores, por lo que todas las "guaguas" están constantemente superpobladas. Lo interesante ante tanta superpoblación es la interacción que sucede desde esa incomodidad y la negociación de espacios en las carcachas. La idiosincrasia cubana me sorprendía constantemente. Por momentos muy cansada, por momentos muy acostumbrada, pero en vez de insultarse o de mirarse con cara fea o agresiva, ante cualquier roce o molestia, resolvían las situaciones con chistes, charlas y carcajadas, lo que en Argentina se suele resolver a las puteadas.

Una de las tantas guaguas en La Habana...
Para nosotros significó el encuentro cara a cara con esa vuelta de tuerca que la cabeza fuerza, cuando se da cuenta que algunas cosas son como son, y mucho mejor plantar una sonrisa, que pasarla mal y hacerse mala sangre. Fue una de las primeras cosas que admiré de los cubanos: la capacidad de adaptación y de disfrute, ambos elementos centrados en lo realmente importante, la preservación de las relaciones y el respeto por el otro.

Invertíamos mucho tiempo en maratónicas caminatas por casi todo recoveco que nos llamara la atención. Hacíamos paradas en los negocios de ropa, en las farmacias, en los bares, en las bicicleterías, en los monumentos históricos, en las plazas, en los museos, en las panaderías. Espantábamos a los miles de personajes que nos querían convencer de comprar habanos de contrabando y nos quedábamos charlando con algún peluquero por ahí, o con algún otro por allá. A veces era un arquitecto, a veces un ingeniero, a veces un estudiante. Todos interesantes y todos con mucho contenido en lo que tenían para decir. Despliegues humanos que nos fueron pintando un cuadro muy interesante desde dónde poder  pensar la realidad cubana.

En estas recorridas, y para no restarle importancia a lo obvio, me veo en la obligación de nombrar algunos de los lugares más tradicionales que uno se topa en una visita a La Habana, que ciertamente valen la pena y forman parte del cambalache más profundo de la ciudad. Para comenzar: La vieja Habana, un lugar bellísimo para caminar. Mezcla de arquitectura e historia. Dueño de una de las partes más hermosas del malecón. Definitivamente un paseo obligado y un espacio para admirar y disfrutar de punta a punta.


La vieja Habana...
Malecón de La Habana... Difícil de explicar...
Para continuar: la Plaza de la Revolución (uno de los mayores simbolismos de La Habana donde se encuentra el monumento a Martí y otros edificios gubernamentales muy conocidos por fotos). El museo de La Revolución (lugar al que fui con muchas expectativas no cubiertas), y el Capitolio (que estaba cerrado por reformas).

Además, muchas interminables y famosas avenidas que serpentean por distintas partes de la ciudad y desembocan en lugares como la mítica heladería Coppelia en el barrio del Vedado; y como para no ser descorteses con la historia, la infaltable mención especial a “La bodeguita del medio”, punto de encuentro con cuatro personitas con los corazones más lindos que conocimos en todo el viaje por las tierras americanas.


Plaza de la revolución...
Camilo Cienfuegos y el Che en el museo de la revolución...
Coppelia por dentro... super retro...
La Bodeguita del Medio...
Y entonces me veo obligado a cambiar un poco el tópico y a detenerme en el contraste que se me produjo entre Cuba y el resto de los países, especialmente centroamericanos, aunque también sudamericanos, en términos idiosincráticos. Muchísimo más allá de un debate en el que prefiero no ahondar (capitalismo y comunismo), quisiera hacer una mención especial a la calidad humana de los cubanos. Tampoco me interesa disertar si Fidel Castro es un dictador, o si el Che Guevara y Camilo Cienfuegos son héroes, mártires, mala gente, o seres abominables a favor del totalitarismo.

La población cubana primeramente es impresionantemente imaginativa y creativa. Quizás por las carencias a las que estan sometidos por varias y profundas razones en las que tampoco prefiero ahondar, son capaces de crear un mundo sin ningún tipo de elemento material que lo sustente. Están inmersos constantemente en juegos mentales, en entretenimientos de palabras, en un ejercicio de pensamiento que ciertamente me pareció muy desafiante y estimulante a la vez.

No miran nunca a otro punto de una persona que no sea a los ojos. No hay variables en la vestimenta, o en las posesiones, que haga que la mirada se aparte de intentar encontrar el contenido humano en los ojos. Todas y cada una de las personas apuntan sostenidamente a los ojos en una búsqueda a veces intimidatoria que responda a "¿Quién eres tú?" y que se aparta completamente del "¿Qué tiene usted para darme?"

Quiero aclarar que esto no significa que no haya personas pendientes de quitarle el dinero al turismo (especialmente al europeo), y tampoco quiere decir que no haya personas que no tengan intereses monetarios. Hablo particularmente de las relaciones generadas en situaciones comunes, como podrían ser una caminata en un barrio, tomando una cerveza en algún barcito, o paseando por los mercaditos. Hablo de situaciones callejeras con cualquiera que sea, y de cómo se percibe el acercamiento hacia sus habitantes.

Los niveles de educación y de cultura general son sorprendentes en toda la población. Todo lo contrario a cualquiera de los países que venía transitando. Cuando en la mayoría de Centroamérica y Latinoamérica me costaba severamente encontrar a alguien que me supiera responder quién era el presidente del país, en Cuba me hablaban hasta de historia y procesos de Argentina que yo mismo desconocía. Todos usaban el lenguaje correctamente, todos sabían hablar bonito y argumentar consistentes sobre los temas en los que ahondaban. La persona que peor vestía podía ser fácilmente un médico o un ingeniero, y sentarse a charlar con cualquiera de ellos, siempre fue un gran placer y sinificó algún tipo de aprendizaje.

Es de los pocos países que estuve en el mundo donde la sonrisa es genuina, pura, abierta, pero nada ingenua a la vez. Es el primer país en el que vi una pobreza consistente, pero en el que la gente no se estaba muriendo de hambre, plantándole cara a la coyuntura, hecho que de mínima me mostraba una integridad adornada por cierto orgullo que despertó mi admiración a cada instante. Es el primer país que estuve en donde había medicina realmente disponible para todo el mundo.

También asistí a la frustración en la cara de muchos jóvenes, quienes principalmente desesperaban por salir corriendo de una isla de la que estaban cansados y donde el futuro se les hacía poco promisorio; y a la vez, conocí gente que había salido hacia distintos lugares y había vuelto por propia decisión, porque le parecía que no había nada más apasionante que Cuba.

Conocimos disidentes, no disidentes, gente que odiaba a Fidel, gente que no, pero todos ellos absolutamente capaces de dimensionar sus seres en relación con el entorno. El enojo no les impedía valorar sus propias condiciones, y a su vez, sus propias condiciones no le impedían distinguir lo criticable en cualquier cuestión. Un nivel de pensamiento, de educación, de integridad, de valores, de entrega y de generosidad que me dejó perplejo de principio a fin.

Ante jóvenes, ancianos o cualquier persona que me haya cruzado en Cuba, tuve que obligatoriamente sacar algo de mí para ponerme a la altura de tantos valores bien conservados, y de tanta exigencia emocional y mental. Y entonces: ¿qué mejor mis queridos amigos, que encontrarnos además todas estas hermosas y esperanzadoras variables, juntas, bien mezcladas, todas en batalla constante y todas en discusión permanente, en la figura de un grupo de niñas que nos hicieron parte de sus vidas por una semana, y que alentaron y mostraron gran parte de todo lo que escribí anteriormente?

Démosle la bienvenida al grupo de personitas que más se nos metieron en el corazón en todo el viaje: Mabel, Jessica, Heisel y Amor nos arrebataron con un atrevimiento de amigas eernas el restante 50% de nuestra condición de turistos, y nos salvaron de pasar de largo de muchísimos contenidos invisibles de La Habana, depositándonos en el centro de la escena y compartiéndonos las claves para lograr una mirada más afilada en las esquinas. Nos avasallaron constantemente los corazones con lecciones de integridad y generosidad, absolutamente inusuales para niñas de un promedio de veinte años.


Mabel...
Heisel versión punky...
Amor versión conejita...
Jessica versión enamorada...
En el malecón... noches y más noches...
Con ellas caminamos de la mano una Habana sin rumbo, que se centraba básicamente en su día a día, que nos metía directamente a la experiencia de cómo era vivir en Cuba... siendo cubano, con todos sus pros y todos sus contras, con sus discusiones políticas, con sus tristezas, felicidades, inquietudes y todo lo que atravesara estos más que conocidos y mundiales sentimientos.

Nos llevaron a la universidad de La Habana y nos presentaron a varios de sus amigos. En las escalinatas de la entrada hacia el gran complejo formador de ideas, nos estancamos diferentes días y largas horas, esperando, disfrutando, charlando, discutiendo y moderando situaciones. De ahí a la casa de Mabel a seguir paveando... o al malecón... o a caminar, o vaya uno a saber qué...


Escalinatas de la universidad de La Habana...
EEUU dando lecciones sobre derechos humanos en Cuba...
Algunas otras veces terminamos en alguna esquina con las bandas metaleras de La Habana, tomando alguna cerveza Bucanero, o alguna Cristal de ¾, que era difícil de conseguir cuando caía la noche... que dicho sea de paso, estaba casi siempre adornada por algo de música en vivo. Un poco de bolero, otro poco de guaguancó...

Hicimos una pasadita a ver una de las tantas reuniones gays y transformistas que se promueven en La Habana y también nos reservamos algunas noches para sentarnos en una playa cercana a la casa de Jessica, con el mar de fondo... a charlar, esgrimir y argumentar sobre los temas más candentes que Cuba carga en sus espaldas. Básicamente y más que nada a compartir horas muy apasionantes en la compañía de corazones amaestrados.

Cervezas cubanas...
Que cagada que todo en esta vida tenga un fin... ¿Porque no decirlo?... Me fui enamorado de Cuba, de su gente, de sus calles, de su olor, de sus ancianos, de sus vendedores, de su mística, de su malecón, de su educación y otras miles de cosas más... La política que la evalúen los opinólogos o cualquier otro. Cuba es su gente... Integra, orgullosa, sufrida, consciente, luchadora, profunda, imaginativa y parada de frente a un futuro que en algún momento les va a llegar.

Disidentes y no disidentes, todos al corazón. Socialistas, comunistas, capitalistas, anarquistas y metaleros, gente increíble por donde se la mire. No hay un sólo cubano que me haya cruzado que no sea una persona que pueda tildar de entrañable y con la cual me motive sentarme a charlar. Todos me recuerdan el aroma de ese espacio que vive en otra realidad, una que por lo menos a mí me encantó. Gracias Cuba, de corazón y para siempre, ¡muchísimas gracias!

Lo que siguió fue salir al encuentro de uno de los aviones menos anhelados de nuestras vidas. Estoy seguro que en algún momento volveremos y reavivaremos ese fuego sagrado que nadie puede apagar. Hacia Cartagena, a salir del televisor y volver a nuestra realidad Latinoamericana... a empezar de una buena vez por todas nuestro retorno hacia Argentina.

El consuelo: en pocos días volveríamos a montar nuestro hermoso corcél. El titán nos estaba esperando en El Rodadero, Colombia, para volver a rugir con ese corazón de hierro y empezar una nueva peripecia para cruzar Venezuela, Brasil, el Amazonas y entrar lo mejor parados posible al suelo argento. Hacia allí nos llevaba el avión, hacia un nuevo destino. ¡Hasta Colombia segundo capítulo!...

Gracias Mabel, Jessica, Heisel y Amor... Un verdadero regalo de la vida haberlas conocido... Les dejamos una canción que aún conservamos gracias a ustedes... ¡Hasta pronto!...

La bandita cubana...

"Habana 8 pm" - X Alfonso
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