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18 may 2010
Port St. Johns, Amapondo backpacker's... Un parque de diversiones para adultos...

Port St. Johns, Amapondo backpacker's... Un parque de diversiones para adultos...

Frená, pará y olvidate de todo...
Port St. Johns es la mejor mezcla que vi de lo mejor del cielo con lo mejor del infierno. Viendo que usé tres veces la palabra mejor en la misma frase, supongo que es uno de los mejores lugar que pisé. Me corrigen acá y me dicen que hable en plural... que pisamos. Por un lado y de día, es el dibujito del paraíso sin Adán y Eva desnudos, y sin manzanas prohibidas: verde, montañas, ríos, océano, aire puro, y mucha paz. En el otro lado, y de noche, aparecen las mujeres hermosas y un Sodoma gigante que abre sus puertas alrededor de las 20.00 horas, y que se termina cuando no queda nadie.

Se puede ver al diablo echando más leña al fuego, más tekila en los vasos, y poniendo un "trance" extremadamente estimulador para que no se pare de menear, menear, menear... Si usted no se quiere perder en la perdición, recomendamos una temprana huída a la camucha, y al otro día no habrá sentido nada, ya que el lugar es tan amplio, que se puede estar en el estado que uno quiera y no enterarse de lo que pasa alrededor. Es sinceramente increíble el balance entre el bien y el mal que se ha logrado en este hermoso parador del Transkei.

El ala fiestera...
Amapondo nos recibió con los brazos abiertos. Para nuestra sorpresa, Tim, nuestro gran anfitrión nos invitó a quedarnos gratis por tiempo indefinido, hecho que motivó el primer: "no te la puedo creer" de los mil quinientos que repetimos durante la estadía. En eso apareció Ani, esposa de nuestro benefactor, irradiando belleza, sonrisa y buen humor, a decirnos que durante las mañanas podemos hacer yoga con ella, gratis, y al frente del mar o en la colina más próxima. Nunca hice yoga en mi vida Ani, pero ya que sos un ángel... te la considero.

Todavía estábamos buscando la forma de gastar un poco de plata cuando apareció Clint, un loquito de unos 32 años, ex heroinómano (adicción por la cual había tenido un infarto y había perdido la movilidad en el brazo derecho), a contarnos ésta historia, y decirnos que se había venido a vivir para siempre a este lugar, no sólo para no recaer nunca más en la droguita, sino que también para hacer de guía hacia las reservas más cercanas... todos los días después de las sesiones de yoga. Y ¿adivinen que?... gratis.

Clint izando el brazo que aún le funciona...
Como le pasó a un amigo mío, cuando apenas te levantas, te podés encontrar también con Toto o con Stevie, dos negros divinos que trabajan en tareas varias de mantenimiento, desparramando toneles de onda, al ritmo de la frase que más utilizan por estas latitudes: "more fire". Luego se prenden no uno, sino dos tronchos enormes, que no solamente son tronchos, sino que son ricos y además te los convidan... no vaya a ser que tengas una mañana estresada. ¡Ah! me olvida de comentarlo: es gratis también.

Toto con toda la onda a cuestas...
Luego de quedar tirando patadas voladoras por la primer hora, ya sin saber si tomar un café o empezar a gritar: ¡¡¡La puta que vale la pena estar vivo!!! se te puede cruzar por delante una rubia de unos 40 años, que se puede llamar Tania, que al tiempo que se va acercando, uno ve como se va rajando levemente la tierra, y se te empiezan a trabar las primeras palabras.

Ese es el exacto momento en el que uno se reprocha: “¿para que fumé? si ya sé que quedo muy loco tan temprano”. La pregunta pierde el sentido cuando te das cuenta que la piba se fumó cuatro más que vos, y todo se vuelve nuevamente paz, armonía, belleza, y tranquilidad. ¡Armate otro Cacho! Sí, armate otro... ya fue, ya está... después vemos...

No vaya a ser que se te cruce Angus a regalarte un jugo que sobró, o Kate a rebalsar de energía y buena onda la mañana de todos, y en todos los idiomas. No vaya a ser que te cruces con Simon, el mejor artesano que hayas conocido, o con Claire, la más hippie de las hippies, o con Dean, del que mejor no digo nada, o con Shane con su aura magnánima, sentado, sin hacer nada, y sonriendo.

Claire y la gallega hipponeando a lo loco...
Y por sobre todas las cosas y sólo para nombrar a quienes pueden ser considerados "de la casa", que no te vaya a pasar que además de que te den todo gratis, te traten infinitamente bien, y conozcas a todos los del párrafo anterior, te cruces con STEVE. STEVE se escribe con mayúsculas, más aún cuando decide no sé porque motivo, apadrinarte y guiarte por toda tu estadía en Port St. Johns, cuidarte y mostrarte  los detalles y las cosas que por uno mismo llevarían mucho más tiempo de ver. STEVE llega con un free pass bajo el brazo de las puertas del Edén rockero, en el que todos nos queremos quedar a pasar la eternidad. Algo así como un San Pedro, pero no tan careta y exigente, y con un muchísima más onda.

Steve...
Decía que no te pase porque la estadía que planeaste por tres días se puede convertir en una de doce, y si uno tuviera que trabajar, las cosas se pueden poner un poco dificultosas y lentas. Nosotros todavía estamos tratando de encontrar la solución a ésta ecuación de tercer grado, y para resolverla, nos vamos a pensar a una playa acá a 200 metros, a tocar el agua que nos dijeron que está calentita. En el camino nos quieren venden langosta y mejillones... que por lo que cuestan, diría que también son gratis...

En fin... Bienvenidos ustedes también al mejor parque de diversiones para adultos, bienvenidos a la Wild Coast y bienvenidos a Port St. Johns y Amapondo Backpacker's. ¡Enjoy and More fire!.

Un pedacito del paraíso...
Hippilandia...
Port Saint Johns, llegada a Amapondo Backpacker's...

Port Saint Johns, llegada a Amapondo Backpacker's...

El principado de Port Saint Johns...
Nos levantamos con buenas pilas para intentar resolver todo y partir de Coffee Bay lo antes posible. Decidimos que lo mejor era cargar las cosas en el auto, antes de avisar que nos íbamos. Teníamos que tener todo preparado para tratar de fugarnos del lugar rápidamente en el caso que fuera necesario. Una vez logrado el cometido y que encontramos a la gallega que se había ido a huevear por la montaña, fuimos a encarar el tema del "debe". "¿Qué te debo amigu...amiguu?". A ésta altura sabíamos que al menos la última noche de alojamiento e incontables birras de las últimas cuatro.

Elegimos un corresponsal para encarar al negro buena onda y ver qué se olvidaba de cobrarnos. Mejor no nos podría haber salido. Nuestro corresponsal entró con la excusa de cambiar contactos y despedirse, y en la recepción no le reclamaron nada de nada. Cuando regresó de la travesía arrancamos, saludamos a los más cercanos, y en no más de dos minutos estábamos en la ruta congraciados con nuestra suerte, y la no erogación de dinero. Sabemos que es una turrada y también sabemos que no se hace. Nos llegamos a sentir un poco mal, pero no tanto como para arrepentirnos. De hecho ahora nos sentimos bien. Tenemos nuestros motivos que no haremos públicos.

Con vistas a la selva...
Olvidado el asunto hasta nuevo aviso, nos focalizamos en pisar el acelerador. En la ruta hacia Port St Johns decidimos frenar para hacer una compra en Mthatha, la ciudad más grande de la zona. El centro estaba llamativamente superpoblado de gente y de autos. Semáforos que nadie respetaba, olor a semi anarquía africana. Lindo. Aprovechamos para cambiar algunos dólares y abastecernos de vino, tabaco y placebitos. Deambulamos por los alrededores durante casi tres horas, hasta que decidimos retomar la ruta hacia PSJ.

Tanto el paisaje, la vegetación, el aire, y algunos otros no se bien aún qué, cambiaron drástica y rápidamente. Como si se hubiera abierto en toda su plenitud la compuerta a la geografía del Transkei, una hermosura que se hizo verdaderamente inabarcable y sublime. Absoluta y magnánima. Paisajes que son la una especie de actualización de los dibujitos del paraíso en las biblias. Un quilombo de belleza fascinante y abrumadora.

Second beach... un lugar en el mundo...
En el auto se respiraba frescura y buen humor. Se notaba que todo estaba armonizado y lleno de expectativas. Llegamos finalmente a Port Saint Johns a eso de las nueve de la noche. El pueblo estaba oscuro, pero se veía mucho más robusto que Coffee Bay, más acogedor y más cálido. Los lugares en general se pueden clasificar entre los que tienen "ese qué se yo", y los que no lo tienen. Ese sentimiento uno lo puede percibir en el primer segundo al entrar al lugar. Port St Johns definitavamente tenía muchos no se qué.

Con las últimas energías del día, empezamos a hacer el recorrido para descubrir dónde coño nos íbamos a queda. Decidimos ir a chequear Amapondo Backpacker's, uno de los dos lugares que recomendaba la guía Coast to Coast. Estaba algo retirado del centro del pueblo, a casi siete kilómetros, y una cierta cantidad de subidas y bajadas por pequeños morros. Una vez allí, estaciomos a blackie y nos bajamos.

Lounge de Amapondo...
La persona que nos recibió era la encargada (Thandi), y aunque no había suficiente luz para entender cómo era el lugar, lo poco que se veía inspiraba calidez y amplitud. Luego de un buen rato charlando sobre el precio, y tirando mil y una posibilidades, logramos desembarcar por 150 Rands por los cuatro, que ya resultaba una buena victoria, si consideramos que la noche costaba 100 por persona. De todas maneras el arreglo quedaba en suspenso hasta que lo habláramos la mañana siguiente con el dueño, un tal Tim, que a estas horas ya estaba en su casa descansando.

El lugar que nos designaron para dormir era una antesala de uno de los cuartos. Tenía almohadones y podíamos tirar las bolsas de dormir ahí nomás. El ambiente era cálido, pero no caluroso. La primera incursión la realizamos a la cocina, cuando muertos de hambre por el día de viaje, nos pusimos a preparar la cena. En una mesa grande se contaban sentadas unas siete personas charlando muy tranquilamente. Un rasta nos hizo favores rastas. De a poco empezamos a meternos en una de las historias más lindas y tremendas que tuvimos la suerte de vivir. Estábamos a punto encarar la etapa más feliz del viaje y también a punto de anotar un lugar para quedarse a vivir.

No sabemos cómo lo vamos a relatar, no sabemos si lo vamos a lograr, sólo nos resta decirles y darles la bienvenida a un lugar que nos arrancó el marulo desde las entrañas: Bienvenidos a “Port St. Johns” y “Amapondo Backpacker's”.

Vamo' a toca' el tambo'...
Una pequeña ojeada al paraíso...
20 abr 2010
Hole in the Wall, otro agujero en la pared...

Hole in the Wall, otro agujero en la pared...

Pink Floyd acuático...
“No sé qué hacemos todavía en Coffee Bay” fue lo primero que pensé cuando me levanté. Exterioricé la pregunta sin muchas expectativas de respuestas sólidas ni coherentes, pero buscando al menos alguna tentativa, alguna punta, algo... Bueno, nada. Alguien dijo: “no tenemos plata para pagar...”. Otro dijo: “¿Como vamos a pagar las birras que nos tomamos?”. Abrí y cerré el telón de las preguntas por todo el día. En estas situaciones es mejor no intervenir y dejar que todo suceda sólo. Es algo más vertiginoso, pero si uno logra olvidarse, no pasa nada. Infinita solución para casi todo, esa de olvidarse de todo.

Bueno, la forma de olvidarse de todo el día de la fecha, fue observar pajaritos construyendo nidos en los árboles y organizar una salida hacia un famoso lugar intitulado "Hole in the wall", o su traducción, agujero en la pared, ubicado en los remansos costeros de un pueblo del que jamás supimos el nombre, y que personalmente creo que no tenía. El lugar sin nombre quedaba a unos treinta minutos manejando, pero la ruta que nos llevaría no era la mejor, sino la peor.

Foto va, foto viene... se larga a llover...
Nos acompañaban las inconmensurables presencias de Storm y la Gallega. Aunque la ruta era paupérrima, el camino casi instantaneamente despertaba y ponía en alerta a los sentidos. El paisaje se fue agudizando muy rápidamente hasta tornarse prácticamente vertiginoso.... De esos momentos en que si uno se queda medio moco exclamando estupideces al volante, el auto puede caer en un pozo bien profundo, del que salen en trencito las puteadas de todos los que están alrededor.

En fin, luego del desbarajuste, y de un viaje algo accidentado, llegamos hasta el pueblo de Hole in the Wall. Un sitio muy bonito, lleno de vegetación, rústico, sin pavimento y con una cantidad de nada asombrosa. Todo el mundo nos miraba muy fijamente, momemto en fue posible detectar cierta hostilidad en los ojos de algunas personas. Mientras unos te saludan con una sonrisa gigante y efusiva, otros directamente no gesticulan, o emiten algún inentendible grito, que roza los límites de la intimidación.

Llegamos literalmente hasta el final del camino, y ahí mismo, dejamos el auto estacionado. Aún nos faltaba caminar unos quince minutos para llegar a hasta este "fenómeno natural medio pelo". Antes de bajar ya teníamos acumuladas alrededor del auto unas diez personas ofreciendo servicio de guía, mientras los más impúdicos, pedían directamente “cambiooo, cambioo” por algún concepto.

Ya que estamos...
"¿Como vamos a pagarte para que me lleves acá a dos cuadras?" pensé. “We don´t need nothing”, “we don´t want nothing”, y resultó ser una buena combinación de frases para espantar a la gente. Los amigos abrieron paso con cara de: “capaz te lo rayo, capaz te lo meo”, pero juntamos fuerzas y decidimos que no tenía nada que ver ceder a ese universalizado argumento de chantaje.

El caminito era un poquito hippon. Comenzaba serpenteando por pequeñas malezas, para luego meterse de lleno dentro de una especie de mini-bosque, que divide a la playa de la montaña. Una hermosa y variada mezcla de ecosistemas. Al tiempo que disfrutábamos del paisaje, aparecieron por el sendero, de regreso y cuesta arriba de la montaña, las ocho bombas apocalípticas de Durban. Tan' tan buenas que me duele. Todas juntas y a los gritos saludando. Casi nos volvemos sin ver el agujero en la pared, ni sacar fotos, ni un carajo.

Mirá... una viborita...
Hole in the wall entonces y sin más preámbulos es una extraña formación adentrada en la costa del océano, en donde se observa un curioso fenómeno natural: una especie de mini-montaña o morro cuadrado, totalmente desubicado, que en su parte central ostenta un túnel con forma de arco por donde pasa el agua, regalando de esta manera, una llamativa y fotografiable imagen. Las pibas de Durban nos seguían pareciendo un espectáculo natural mucho más llamativo.

Una vez que sacamos una cierta cantidad de fotos pedorras e hicimos algunas monerías, se sumó a la excursión una lluvia muy intermitente y molesta. Decidimos no darle demasiada pelota, y muy rápido encaramos un mini paseo por la costa de un río que nos encontramos, en el que para nuestra sorpresa, había mucha gente nadando. Resultó ser el mismísimo escuadrón de guardavidas. Había un señor en la orilla que los arengaba y los cagaba a pedos a todos, y otros quince temblando en zunga, esperando su turno para entrar al agua.

Muy de repente y sin aviso, vimos que todos los enzungados empezaban a correr hacia nosotros, observando algo. Una imagen que de mínima me llenó de mucho miedo... Gracias a dios no nos estaban viniendo a empomar en grupo, sino que cuando nos dimos vuelta para correr, vimos que una pobre vaca se estaba ahogando en una de las orillas. Ya un poco más aliviados, me sonreí de los nervios y me empecé a preguntar: "¿Cómo se hace para salvar una vaca que se ahoga?". Difícil no.
 
Vaca al borde de la muerte...
Todos se acomodaron alrededor, mientras la vaca trataba de desencallar el cuerpo de la orilla. La imagen subsiguiente fue la de un montón de personas sin saber qué hacer, haciendo hinchada para que la vaca no se muera. Bueno... vaya a saber uno que onda, pero de un momento a otro, la vaca logró pararse y salir airosa. Aunque se le notaba el mal momento en la cara, no dijo ni Mu... cuac! y se escapó caminando. Si una vaca se ahoga le hacés hinchada y se salva... mirá vos cuánta mística. En fin...

A Hole in the Wall lo podemos poner dentro de la bolsa de esas cosas que están buenas, pero sólo por un rato. No tiene mucho sentido quedarse mirando un agujero de piedra, durante mucho más que una hora. Cuando volvimos, nos dimos cuenta (por fin y de una buena vez por todas) que el lugar se había agotado por completo. A la mañana siguiente resolveríamos cómo pagar y fijaríamos como siguiente lugar a visitar: Port St. Johns. Saludos y muchas gracias por llegar hasta acá. Hasta la próxima.

Vaca indecisa...
Pueblito de Hole in the Wall...
19 abr 2010
Coffee Bay, la contracara y una entrevista a Grant (The fisherman)...

Coffee Bay, la contracara y una entrevista a Grant (The fisherman)...

Mar adentro en Coffee Bay...
No vamos a engañarlos en absoluto, Coffee Bay es hermoso, pero la realidad afuera es un tanto chocante. De todos los lugares que estuvimos es el que más claramente marca los límites entre estar dentro o fuera de un hostal. Estar dentro del hostal es casi como una línea que separa la inclusión de la exclusión. Casi la "riqueza" de la "pobreza", y hasta la felicidad y la infelicidad. Durante las 24 horas del día hay en los alrededores una especie de "guardia" montada por pobladores de la periferia, intentando vender hongos o marihuana... a cambio o de dinero, de ropa, o de cualquier otra cosa que uno tenga.

El sentimiento que genera esta situación es bastante incongruente y molesto, ya sea porque hay que literalmente (y aunque suene muy mal) "espantar" a todas las personas que se abalanzan sobre uno cada vez que se quiere salir a la playa, o a comprar una leche. Uno no puede evitar sentirse bastante culpable, al denegar una y otra vez todo, a esta gente que prácticamente no tiene nada. Es una situación que lo deja a uno parado cara a cara con antagonismo sistemático y la soberbia social y destartalada en la que vivimos.

Animal sagrado...
La situación no es menos esperanzadora que la que se vive en muchísimas partes de Latinoamérica. El contraste que se genera con la burbuja que se crea dentro del hospedaje es tan abrumador como el que se experimenta en Guatemala, Nicaragua, Bolivia, algunas zonas de Colombia, Brasil, etc. Por un lado: gente feliz disfrutando de todo a toda hora, riendo, cocinando, tomando cervezas, etc.; y por el otro, gente pobre, desmejorada por donde se la mire, y con muchísimas necesidades que claramente no forman parte de ninguna ficción.

La vida se llena de preguntas y esas preguntas no tienen respuestas ni soluciones posibles... al menos a corto plazo. Dar por perdida una situación, y verse sometido a semejante dicotomía, genera un sentimiento de incomodidad y contradicción, pero que también puede ayudar a la reflexión, a la búsqueda y al movimiento. Barrera energética de por medio, empezamos a darle curso a nuestras actividades, y una vez que quedó semiconfirmado un cierto fracaso en la búsqueda de parejas, y generación de situaciones para el videoclip, dimos rienda suelta al tema de la escritura, fotos y entrevistas para el documental del Apartheid.

Amanecer sobre el mar...
En el caso de la escritura no tuvimos más que tomar por asalto la barra de la cocina, y montar ahí mismo, durante algunos días, nuestro estudio de trabajo. La sensación de estar escribiendo en tremendo contexto es muy gratificante. Cuando uno se da vuelta y ve a sus compañeros contentos (casi siempre distraídos)... atendiendo algún estímulo que se manifiesta alrededor, se le descuelga una sonrisa; lo mismo pasa cuando al minuto siguiente, se percibe esa concentración perfecta, que confirma que de alguna manera, que las cosas avanzan.

Una de las actividades más destacables y lindas que realizamos durante la estadía, fue acompañar a nuestro nuevo amigo, Grant “the fisherman”, a cumplir con su ritual de pesca diario matutino. Grant tiene alrededor de 55 años, y no se entiende bien qué es lo que vino a hacer con su esposa a este lugar de reviente juvenil. Ex militar ya retirado, blanco, un poco torpe, y de modelas bruscos. Incansable fumador de Marlboro Light, no paraba de convidar puchos. Muy buen cocinero y muy generoso a la hora de la comida. Su inglés era muy cerrado y hablaba muy rápido, por lo que nos teníamos que ir turnando para entenderlo. Era un ejercicio ciertamente agotador. 

En alguno de las charlas, y luego de ciertas confusiones con el inglés, terminamos comprometidos para levantarnos a las cinco de la mañana, con el idea de compartir unas tiraditas de anzuelos al mar. El tipo estaba excitadísimo con enseñarnos a pescar, y se le entreveía una especie de sentimiento paternalista hacia el grupo. Nos confirmó doscientas veces que nos iba a venir a despertar de madrugada. Decidimos aprovechar la oportunidad para hacer una segunda entrevista sobre el apartheid, ya que el perfil era muy distinto al de Daphne, y la situación de pesca calzaba perfecta.

Grant... un, do, tre... un, do, tre...
Cinco de la mañana en punto, apareció con todo el equipamiento y con su veta militar a sacarnos de la cama muy bruscamente. Solo le faltó gritar alguna orden y ¡carrera mar!. En diez minutos nos tuvo a todos preparados, afeitados, y con cámara en mano, siguiéndolo a paso firme hasta la primer escollera. Antes de lograr introducirlo a la cámara y lograr que se relaje para hablar, nos tuvimos que morfar algunas lecciones de pesca básica. En fin, pasamos unas tres horas perdiendo carnada y pedazos de caña en las piedras, sin lograr pescar, pero con una entrevista cerrada y muy bien contextualizada.

Mucho más politizado y estricto que Daphne, algo cerrado, pero con una visión ciertamente amplia para su condición de ex militar. Una mañana distinta con una persona distinta, de la que volvimos contentos, pero bastante cansados. En algún momento nos dimos cuenta que no teníamos ni mente, ni efectivo, por lo que tuvimos que pedirle a la gallega que nos banque las necesidades mínimas de supervivencia hasta nuevo aviso. También utilizamos la colaboración de quienes se olvidaban comida en la cocina y de aquellos que nos anotan birras a una cuenta que no tenemos idea quien va a pagar.

Sentimientos sagrados...
Todo aparenta ser una realidad dentro de un sueño. Hay una gran liberación interna. Para colmo acaban de aparecer de nuevo los ocho motivos fundamentales del grupo. No se pregunta nada, es obvio que se deja de escribir y se empieza a sonreír. Es obvio que en cualquier momento nos perdemos en cualquiera. Hay un tipo atrás de la reja ofreciendo algo, hay un rasta fumando. Ahí pasó la bomba de la barra, se condensan los recuerdos anticipadamente.

Fuera de la computadora, a muy escasos metros, están las excusas perfectas e ineludibles para dejarse llevar y no sentirse mal por ello. Alrededor se concentran infinitos motivos para despedirnos hasta cualquier otro momento. Nos queda todavía algo más por relatar, trabajar y definir antes de una nueva salida hacia el siguiente punto del viaje. En el próximo post un agujero en la pared en el medio del mar. Hasta entonces. Muchas gracias por estar.
4 abr 2010
Coffee Bay te vuela el marulo...

Coffee Bay te vuela el marulo...

Una familia de "vacasiones" de verano...
Si algo te puede terminar de volar la capotocha, es un páramo donde cada vez que se sale a la puerta a ver qué pasa, ofrecen hongos aproximadamente unas diez veces en no más de treinta segundos.

Supóngase usted que llega a un pueblo y antes de lograr preguntar por el precio de la estadía, se le interponen en el camino personas con cajitas de fósforos, de esas chiquitas tipo "Fragata", llenas de droga psicotrópica recién recolectada de la caca de la vaca. Supóngase también que ese lugar está a escasos metros del mar y que todo lo que lo rodea son árboles, vegetación, y gente riéndose por tanta psicotropía. En eso, puede aparecer un negro rasta con un ojito apenitas desviado, a darle la estadía por menos de la mitad del precio convencional, y además, mientras no paga nada, su humanidad se regocija ante una buena cantidad de estupendas modelos Sudafricanas que se le sientan a charlar y se ríen, no importando demasiado de qué.

Si usted ahora imagina un fogón, sesiones de tambores y mucha cerveza, tekila, y un gato sublime en la barra, sólo le falta empezar a decir pavadas incongruentes sobre todo lo que se le viene a la cabeza, y ya estamos juntos, tirando un tronco más, para que la llama de la noche no se apague.

Cámara drogada...
Producción chequeando...
Qué importa que el hostal esté construido sobre un antiguo cementerio, y qué importa que el gato de la barra tenga novio. Mientras siga ahí para seguir mirándola alcanza, total ni usted ni yo podemos hacer nada en este estado. Coffee Bay es peligroso si uno no tiene nada que hacer, y directamente mortal si uno tiene que trabajar. Imagínese que a tremendo cóctel explosivo, haya que agregarle largas jornadas laborales de escritura, preproducción y realización de un videoclip. Entonces ahora mismo, usted y yo, estamos compartiendo un horno...

Fede intentando producir...
A pesar de ello, fijamos como objetivo principal la preproducción de la pareja que sería protagonista del video. La condición era que debía ser de raza negra, ella linda, él recatado, y tener una cierta química para no dar tan Verano del 98´. Luego de muy poquito esfuerzo, y de casi sólo mirar alrededor, creíamos haber encontrado la pareja. Nada más lejano.

No le recomendamos que empiece este tipo de trabajo con altos niveles de resaca, y mucho menos que crea que cuando le digan que sí, significa sí. Intente pensar en otra cosa, haga de cuenta que lo van a cagar siempre y que no lo van a entender, o que quizás le pidan plata, o quizás el novio de la protagonista tenga un ataque de ira y la faje por algo, cuestión de que ella no pueda terminar la filmación. Contemple la posibilidad de que una de las chicas sea menor de edad, o que lo dejen plantado de dos horas a un día. Contemple básicamente que no lo va a poder hacer aunque sea usted abstemio.

Producción dirigiendo en un contexto privilegiado...
Guarda que se viene...
Para grabar tres parejas y tres situaciones tuvimos que hacer un curso de nerviología acelerado y un master en paciencia. Hablar en Xhosa y en inglés al mismo tiempo no es nada fácil, y pedir a alguien que "actúe" una situación en esos idiomas, puede transformarse en una aventura africana mucho más jugosa que ver animalitos en parques nacionales. Más allá de estos pormenores no todo era tan feo ni tan malo. El escenario mejoró notablemente en escasos segundos, cuando arribó al hostalcito la formación femenina de Durban. Excelsa, exquisita, fastuosa. Una de las más interesantes de los últimos tiempos.

Imagínese que usted está sentado haciendo un “recreo de trabajo”, y se cuelga a tocar precariamente un djembe con algún compañero de viaje... como bien podría ser yo. Imagínese que a la mañana se le fue su noviecita y nada parece tener el día para ofrecer. En ese momento aparece de la nada y sin motivo una bomba neutrónica de pelo corto con un tobillo lastimado, 1,70 metros, 20 años, angelical, con un palo que parece ser una especie de bastón y se sienta al lado suyo. Además sonríe y le dice que se llama Nicky.

Nicky, su palo y su tobillito lastimado...
Ahora imagínese que Nicky es un preámbulo a ocho bombas mundialistas sudafricanas de todos los colores, y que esas ocho bombas se hacen presentes y directamente lo rodean en un lapso no mayor a cinco minutos. No hay remedio mejor para olvidarse de todo nuevamente y volver a ser feliz. Si las risas le empiezan a brotar como a un estúpido, o el inglés le sale peor que antes no se preocupe, es normal, son las consecuencias de Coffee Bay y su impúdica forma de hacerlo feliz.

El lugar lo está sumergiendo en una nebulosa de alegría, de cierta perdición, de cuestionamientos y de sensaciones. No se deje amansar, contrólelo y empiece a pedir birras a la cuenta de otro, total es una, o dos, o quizás tres veces en la vida, y no todos los días se va a encontrar con tanta mistura de cosas nuevas, con tanto amor a la adrenalina, con tanta locura alrededor, ni con un mundo tan lleno de ilusión.

Usted debe entender además, que está entrando al Transkei y llegó por fin a sentir que no está en esas dimensiones controlables, que la atmósfera tiene siempre un as bajo la manga, que el que busca encuentra, y que lo único que resta hacer es disfrutar. En el próximo bloque entonces: las excursiones, una entrevista, y el anecdotario detallado de una estadía que dejó al equipo listo para empezar a vibrar fuerte en este país que nos está llenando de felicidad y alegría.


Producción con los estados alterados...
1 abr 2010
Kei Mouth, un poco de ruta y llegada a Coffee Bay...

Kei Mouth, un poco de ruta y llegada a Coffee Bay...

Ranchito cilíndrico al lado del mar en Kei Mouth...
Amanecimos de muy buen humor en nuestro ranchito cilíndrico con techo de paja. Afuera el día estaba reloco y auguraba una linda jornada para viajar. Desde la ventana de la casita se veían las olas del Índico rompiendo en la costa, y a la gente que muy tranquila empezaba su día a todo sol. Sin más objetivo que seguir recorriendo la ruta hacia Coffee Bay y tratar de encontrar la locación para la filmación del video, hicimos el desayuno, nos dimos una duchita, y muy tranquilos arrancamos para ver si podíamos cruzar el riacho que nos había impedido seguir camino la noche anterior.
El descanso del negro corcél...
Cuando llegamos a la costa donde se encuentran los barquitos que te avientan al otro lado, nos dieron la mala noticia de que aún no habían empezado a navegar, porque el nivel de agua no era suficiente. Tocaba esperar el crecimiento del río durante unas cuatro horas, para evitar barcos y argentinos encayados. Para matar el tiempo y bajo un sol algo pesadito, nos quedamos charlando con los  niños del pequeño asentamiento que se esparcía en la ribera. Sorprendente resultó el hecho de que algunos hablaran cuatro idiomas, mientras otros llegaban a hablar hasta siete. Compartimos algunos mates, e intercambiamos tangos por canciones típicas, bajo un sol que empezaba a meter mucha presión.

Fede cantando tango a los pibes en Sudáfrica...
La banda de Kei Mouth...
Más Fede y más tango...

Nos tomó diez minutos más salir del estado de bobera y darnos cuenta que cuatro horas de espera era muchísimo tiempo muerto, más cuando no entendíamos ninguno de los siete idiomas que nos hablaban, y a producción se le acababa el repertorio tanguero. Decidimos tomar la vía larga, bordeando el río por una ruta alternativa, opción que nos robaba dos horas de manejo y unos buenos litros de nafta, pero al fin y al cabo, nos hacía ganarle un buen rato al aburrimiento y al día. Arrancamos el corcél una vez más y empezamos a retroceder para tomar la N2 camino a Mthatha, lugar desde donde nace el desvío que te lleva a Coffee Bay.

La verdad es que a medida que avanzamos más dificil nos resulta retratar los mundos que se van abriendo. En este caso con lo que nos encontramos fue el área del Transkei, ubicada en el sureste sudafricano, entre Kei Mouth y una ciudad llamada Port Shepstone. Sinceramente de lo más lindo que alguna vez transitamos. El auto iba colmado de espasmos armoniosos y alegría Creedence Clearwater  Revival, algo campestre, pero africano. Un quilombo de emociones orgásmicas. Cantidades de droguitas placenteras que segregaba el marulo y se desparramaban cual catarata de emociones de la cabeza hasta los pies. Sensaciones super fuertes que te bajan la presión y que te pueden dar vuelta de alegría, virtualidad y energía.

Los más chicos alegrando el camino...
Por los caminos de Sudáfrica...
Lo más recomendable cuando pasan estas cosas es fumarse uno grandote para meterle un punch contundente y exacerbar el sentimiento hasta la luna y más allá. Eso sí, si es que no te vas a andar asustando o perdiendo en el limbo (que puede pasar). Entonces armamos, prendimos y nos tomamos un trencito de la alegría por el país de las maravillas.

Interminables combinaciones de hermosura geográfica y hermosura arquitectónica te roban onomatopeyas un tanto afeminadas. Los horizontes estaban moldeados por fincas coloridas. La distribución del todo era tan espaciada y armoniosa que parecía obra de un plan maestro y minucioso de diseño. Los cañones, las montañas y los ríos robaban las palabras, perpetuaban el silencio y te clavaban la sonrisa in eternum.
 
Esas fotos bufarronas...
Pasamos por cuatro pueblos antes de llegar al desvío para Coffee Bay. La paja dominguera (que es universal) se hacía sentir. No podíamos completar trámites básicos como comprar comida, sacar plata o ponerle nafta al auto. Los domingos en estos pueblos son además un motivo inmejorable para ponerse en pedo... sin distinción de edad. Mucho público masculino caminando por la calle borracho y muchos gritos balbuceados que se registraban en todas las direcciones. El clima era bastante ameno y no se vislumbraba peligro inminente en ningún sentido.

El tramo final hacia Coffee Bay lo hicimos por una ruta totalmente destruida en la que no podíamos circular a más de 30 kilómetros por hora. Los pozos no se acababan más. Los escenarios tampoco resultaban propicios para la filmación del video, por lo que debimos depositar todas nuestras esperanzas en Coffee Bay y rezar para tenga aunque sea un poquito de la locación que estábamos buscando.

Tololo,  la mascota milenaria...
Conforme fuimos arribando rápidamente entendimos que nos esperaban algunas locas aventuras de ayer, de hoy y de siempre. Lo primero que escuchamos cuando pusimos un pie en el suelo fue la palabra "mushroom", seguida de "I have mushrooms", frase que se repetía cada minuto, minuto y medio con mucha suerte. Al mismo tiempo nos bajó el cansancio del día rápida y locamente, por lo que pensamos que lo mejor era seguir investigando el mambito "mushroom" al día siguiente, y no dejarnos arrebatar tan fácilmente por algunas de las muchas tentaciones que parecen convivir con el lugar.

Buenas noches y bienvenidos a este loco país de la mutancia llamado Coffee Bay. Hasta la próxima...

África puro corazón...
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