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20 dic 2013
Pushkar, Don Gomina y su pandilla, Eva, Joy, Tuta, Vico y dale que va…

Pushkar, Don Gomina y su pandilla, Eva, Joy, Tuta, Vico y dale que va…

Pushkar... un espejismo del pasado...
Salir de la orbe de Nueva Delhi fue uno de esos eventos algo desafortunados que se puede apilar dentro de los famosos “no hay mal que por bien no venga”. Me había quedado solo y a la deriva, ya que Vico, Jota Eme y La Tila, justito antes del amanecer habían abordado el tren que los llevaría hasta Agra. El tren que supuestamente me llevaría a mí, único desertor de la aventura Tah Majal, hasta la ciudad de Ajmer, lamentablemente resultó ser un expreso de lujo que además de repleto, estaba mucho más vigilado y regulado que cualquier tren que hubiera visto hasta el momento en India.

Me resigné entonces al crujido interno de mis ilusiones hasta que no me quedó ninguna, y no tuve más remedio que salir en busca de la siguiente opción en la lista. Me dijo un indio: “En esta estación hasta la tarde noche no pasa naranja mono. Tenés que tomarte el tren local hasta “Purani Station”. Desde ahí sale un tren a las 10.40 am y otro a las 11.00 am”. Puteé un rato en árabe y hebreo para remoralizarme, y ya un poco más descargado, me resigné a la nueva aventura y partí a la búsqueda de la estación indicada.

Estación "Purani" en Nueva Delhi...
Así fue que me sumergí en un viaje en tren que me llevó hasta lugares de Delhi que no conocía, que por un lado me regaló algunas imágenes para el recuerdo, como personas haciendo caca impávidos sobre las vías del tren, y por el otro, me obligó a interesantes interacciones con personajes fuera de agenda que fueron apareciendo en el transcurso de la mañana... o para ayudarme, o para preguntarme si necesitaba algo, o para saber de dónde era, hacia adónde iba, o si el anillo de mi mano izquierda era de casado. Toda gente superior. Mientras pacientemente respondía las preguntas, internamente me invadía una fuerte sensación de no querer perder el día esperando.

Me sentía en una especie de subibaja emocional, en el que por un lado estaba disfrutando de la gente, pero a su vez, muy apurado por subirme al tren y viajar. Tuve que volver a entender rápidamente que ante la realidad consumada la mejor opción es la aceptación y el relajamiento, tratar de disfrutar, y de ser posible robarle alguna experiencia o enseñanza a la vida. En este caso entonces, me aferré a las interacciones con la pureza, la gentilidad, y el refugio emocional y espiritual que sólo los indios pura cepa pueden dar... A disfrutar de esa hermosa sensación de estar solo, pero sentirse siempre acompañado.

...Mientras tanto en Agra...


Una gloriosa llegada a la ciudad de Agra...
Llegué a Ajmer al mismo tiempo que el último rayo de sol, y aunque todo bien con el atardecer y Ajmer, la realidad es que no me alcanzaba para nada. La verdadera intención de este viaje era llegar hasta el mismísimo corazón del emporio de la moda mundial: Pushkar; en búsqueda de ciertas sensaciones y experiencias, pero principalmente para corroborar si de verdad era tan místico como lo recordaba, o si sólo se trataba de mi memoria selectiva y endorfínicamente drogada.

Como en Ajmer ya era muy tarde, no había más colectivos saliendo desde la estación de tren, por lo que para conseguir transporte tuve que caminar unas quince cuadras hasta las inmediaciones de la estación central. Entre mucho calor y algunas mini-puteadas para alentar el paso, finalmente conseguí llegar a destino para comprar una vez más ese peligroso boleto al encuentro con el pasado. Luego de un poquito más de media hora de viaje, salté de la lata en una esquina que me pareció muy conocida, que para mi buena suerte, era la esquina de la calle del sucucho hotelero en el que nos habíamos hospedado la primera vez.

...Mientras tanto en Agra...


El gurú, La Tila y Vico, inmortalizando la belleza del Taj Mahal...
Como ya sabía exactamente todo lo que allí sucedía, y como dormir me da lo mismo en cualquier lado, encaré derechito para el segundo piso y le dije al amigo: “ésta, la pieza chiquita por fifty rupee”, “Por ciento cincuenta”, “Trato hecho: hundred”. Como Pushkar, a pesar de haber venido sólo dos veces, es de esos lugares en los que me siento como en casa, ya sabía exactamente cómo iba a ser mi noche, qué es lo que quería encontrar, y a quién quería ver. Cumplí con el primer ritual entonces y me abalancé directamente sobre el thali que venden en la placita más céntrica.

De la obviedad del thali salté a la exquisitez del chai... no sólo para llenarme la boca de gusto y felicidad, sino para asistir nuevamente al encuentro con el personaje que más gomina consume en India, quien estaba muy firme, aún en la misma posición y en la misma esquina en que lo había visto por última vez. Con el mismo semblante y ofreciendo los mismos productos que hacía dos años atrás. Me invadió un sentimiento-pensamiento que en un principio se decantó con cierta pena: “Este tipo estuvo acá parado igual que siempre al menos por los últimos dos años, observando a los mismos personajes que vienen a Pushkar, y haciendo exactamente lo mismo todos los días”.

"Don Gomina y su Pandilla"... Eminencia de Pushkar...
Terminé de darle forma al pensamiento-sentimiento, pero al mismo momento me di cuenta que estaba proyectando. Pensé que en realidad a este tipo, como a gran parte de la humanidad, le parecía fenómeno repetir infinitamente una rutina todos los días de su vida. Al final gomina estará siempre parado ahí, pero conoce gente todas las noches, y vende todos los productos de primera necesidad y urgencia, más porro y bang-lassi en la zona más central de Pushkar. Tiene plata para toda la gomina que quiera y cada tanto se baja a una extranjera. Daba la impresión que la plata se la quedaba él, hecho que además significaba que no le estaba entregando la sangre a nadie.

Con ese nuevo punto de vista formé una ecuación bastante más placentera, que por lo menos me sirvió para dejar de proyectar mis miedos y de pensar boludeces, y continuar la noche con esa liviandad que produce hacerse el boludo y acomodar los pensamientos a lo que a uno le conviene. Antes de que el cansancio me remate parado, me senté en los banquitos de mimbre y muy tranquilamente me tomé dos chai. Una vez que logré poner el cuerpo en sintonía con la energía de Pushkar, me desperecé, le pagué a Don Gomina y su pandilla, y me dejé conducir por las últimas gotas de adrenalina hacia la perfecta oscuridad de algunos de sus callejones, hasta que como por arte de magia, desemboqué en el hotel.

Esas indescriptible imágenes de los callejones de Pushkar...


Amaneció nuevamente y empezó la acción. No en orden, pero en primera instancia, y luego de un par de intentos fallidos, finalmente me encontré con la hermosa españolidad de Eva, quien había tenido un hijo que todavía no conocía, con un novio que todavía tampoco conocía... y entonces ¡qué pedazo de alegrón! y que llamativo que por segunda vez, y para acentuar un poco más la mística, hayamos coincidido en Pushkar, el mismo y exacto lugar en que hace dos años atrás nos la encontramos de casualidad caminando con Fede por la calle.

Nos entregamos a una linda charla de puesta a punto que repasó alegrías, frustraciones, y todas esas calesitas de vida que dan vueltas sin parar. Eva era otra de las personas que llegaba para reafirmar los círculos de extraños encuentros que se producen en India, y a sumarse a la lista de los personajes que habían llenado de humanidad nuestros viajes anteriores y nuestra primera incursión en el país: Bonnie, Jota Eme, La Tilita, Eva... por lo que si algo me faltaba para comerme un flash cosmogónico y galáctico léase por favor y con mucha atención el párrafo a continuación...

En el puesto de Gomina con Evita y toda la familia española... 
Si usted lee el post de Pushkar de la primera vez en India, va a encontrar en el relato a una chica Californiana llamada Joy. Si no la llegara a encontrar o no quisiera buscar el post, sólo piense que está ahí y no joda. Esa chica coincidió conmigo durante tres o cuatro días de aquella primera vez en Pushkar (y también su primera vez en India). Lalala se fue, me fui, y pasé un largo tiempo de mi vida tratando de entender por qué nunca le pedí el mail. La piba me parecía absolutamente fascinante, como aproximadamente el 50% del sexo femenino entre 18 y 55 años del total de la población mundial. De todas maneras esta chica en particular, tenía un poder en la mirada proveniente de alguna profundidad del ser muy poco conocida. En fin... En algún momento me senté enfrente de algún templito a pensar en esta piba y a hacer tiempo hasta que desde Agra llegara la Princesita “Victoria Torres”... 


La princesita Victoria...
Quiso el destino que, entre pensamiento y pensamiento, levantase la mirada, sólo para que la “estadística” deje de tener sentido y se auto destruya en millones de improbables pedacitos. Después de refregarme la vista dos veces y de pensar otras dos veces más que tenía que dejar de fumar porro, aparezca Joy, delante de mi averiada y efímera humanidad, y de nuevo con esa mirada que la lleva vaya uno a saber dónde. Estaba ahí nomás, a escasos cuatro o cinco metros, caminando sola por una calle vacía. Sí, vacía. Ella caminando por la calle vacía, y yo sentado estupefacto, con todo mi vacío también.


Impactante momento Pushkense...
Imágenes para el recuerdo y Joy...
Me hice caca, pero así todo manchado, igual me levanté y caminé detrás por algunos segundos hasta que logré juntar coraje para interrumpirle el hombro. Se dio vuelta, me miró, y tardó aproximadamente diez segundos en articular algún gesto amigable. Creo que primero me tuvo miedo, después entendió que tenía que adivinar algo, hasta que luego de un largo rato adivinó. Durante toda la eternidad de esos dudosos segundos, me sentí la persona más imbécil del planeta. "¿Cómo carajo diez segundos pueden pasar tan lentos?"... "Pero que mirada fascinante e impenetrable que tenés querida...".

Eso era lo que me había hechizado de Joy: su mirada. Era impenetrable y escondedora hasta el infinito. Mi boca y mis labios empezaron a charlar por su cuenta, ya que mi real yo interno, sólo repensaba y repasaba todas las dudas que me habían quedado pendientes. Tengo que decir que el deseo sexual era mínimo o nulo, pero el interés que me despertaba todo lo que emanaba su ser era eterno. La piba parecía tenerlo todo pensado y asumido desde alguna sabiduría que jamás encontré.

Era su segunda vez en India, su segunda vez en Pushkar, y había llegado el mismo día que yo. Tuve la opción de meterme de lleno en otra capa de la realidad y me asusté. Le dije nuevamente “no”, y me paré por milésima vez a contener toda esa mística hechicera que me invade constantemente la vida. Obviamente volví a no preguntar por ningún tipo de contacto, teniendo la plena seguridad que la próxima vez que visite Pushkar me la voy a volver a cruzar. Mejor dejar que en tal caso, y como muchas veces sucede, la tercera sea la vencida.

La piba en algún momento se volvió a poner la capucha y siguió caminando con la misma lentitud y el mismo despojo. Delante de la piba, algo que no era amor, pero que hubiera sido el sentimiento lógico, me paralizaba el tiempo, el habla y la coordinación. Si estaba relacionado con algo, arriesgaría que era con una enorme intriga, y con el juego que proponían esos ojos orgullosos, dueños absolutos de su verdad y de su pensamiento. Una especie de último escollo en las relaciones humanas que hay que estar muy seguro de querer indagar: el alma. Más allá de la decisión final, supongo que no hay juego más excitante o apasionante en la vida.

La mística hechicera de Pushkar...
En fin, luego de todas estas coincidencias y misticismos, finalmente llegó Vico a romper la burbuja, pero lleno de Tah Majal en la retina. Como si fuera poco o escaso, también llego a ponerle rock y carnaval a la vida la más capa y la más linda de todas las uruguayas. “La Tuta Canuta” también gritaba presente en Pushkar, llena de misticismo budista traído directamente desde el corazón y las entrañas de la iluminación del Buda en la famosa ciudad de Godgaia.

Contarles lo lindo que la pasamos me convertiría en un verano del 98’ cualquiera, así que imagínenselo con un poquito de esa pequeña cuota de pelotudismo novelero, pero con otras cosas más adultas y reales también. Rutinas, compra de algunos regalitos (porque ya casi nos estamos volviendo y se nos acaba la joda), chistes con todos los indios, paseos mañaneros, nocturnos, y desérticos. Un francés de novio con una argentina piola, más Eva, más hijo y novio de Eva, más ghats, más babas y sadus, más procesiones, más vacas... y mucho, pero mucho más rock indio...

Vericuetos de Pushkar...
La Tuta Canuta... ocultándose para la foto...
Vico esperando unas pakoras en el puesto callejero amigo...
Un poco del color de Pushkar...
Que como todo en la vida se acaba o llega a su fin. Antes de cerrar y abrochar este nuevo viaje continental, nos restaba un brindis más, sólo uno más, el final. La última copa ya estaba agendada y esperándonos en Mumbai. Se acababa el tiempo... Otra vez a quedar de cara. Hacia Mumbai entonces... a cerrar con la elegancia que corresponde esta enorme, hermosa, y atemporal experiencia de vida. Hasta entonces. Salud.
Nueva Delhi, La Tila, Jota Eme, Pahar Ganj y Fisicoquimalquimia de los sentimientos…

Nueva Delhi, La Tila, Jota Eme, Pahar Ganj y Fisicoquimalquimia de los sentimientos…

El inolvidable re encuentro con el gurú en Nueva Delhi...
Viajamos durante toda la noche en el Ganga Express. Aunque teníamos tickets para “General Class”, huimos y nos atrincheramos en la punta de un “Sleeper”. Logramos acomodarnos en el pasillo-corredor que hay entre vagón y vagón compartiendo el espacio con algunos sadhus y con otro par de personajes que decían ser policías fuera de servicio. Yo no sé por qué, pero alguien dice la palabra “policía”, y a mí se me disparan todos los sensores de alarma del cuerpo.

Estoy convencido que los policías, los militares, los curas, los intermediarios religiosos en general, más los tacheros, los académicos que viven de financiamientos universitarios y conferencias, y la cúpula del gobierno mundial, proviene de un mono diferente, y tengo muchísima fe que la ciencia en algún momento lo va a poder argumentar y probar. En fin... Otros amigos muy piolas nos invitaron a ocupar sus asientos, y luego de mucha charla escueta y gracias al infinito poder de la locomotora, arribamos a la "hermosa" anarquía de una de las zonas más sacacorchos de Nueva Delhi: Pahar Ganj.

Estación de tren de Nueva Delhi...
Andenes de llegada...
La zona turística de Pahar Ganj es el lugar más fácil de entender del universo. Hay una sola calle que atraviesa todo el barrio... y va desde la estación hasta directamente todo lo que uno necesita de una ciudad... sea como viajero, como turista, como yunkie drogadicto, ser humano “normal”, animal extinto, u hombre recién salido de prisión. Es una calle que continúa siempre derecho, a la que no le falta una sola cosa en existencia, y que aparentemente llegaría hasta lugares que se presume que nunca nadie ha podido llegar.

Casi sin pensarlo encaramos hacia el “Sky View Guest House”, alinéandonos detrás de esa mediocre y relativa verdad que enuncia que: “mejor malo conocido...”. Llegamos, hicimos los deberes de regateo, y nos confinaron a la habitación más pedorra y lejana de la recepción de todo el hostal. Ducha y bocadillos mediante para contrarrestar la humedad y el hambre, prendimos el zapatófono e hicimos el llamado espiritual pertinente. El gurú respondió: “¡Estoy en la otra cuadra vieja! ¡Ahí bajamos con la Tila!”.

Hostal "Lo malo conocido" en Nueva Delhi...
Hay que hablarle a este tipito...
Y acá es cuando me gustaría saber algo más sobre la composición general de los sentimientos. Me voy a anotar ahora mismo: “revisar si existe algo así como alguna rama de la ciencia llamada “Físicoquímalquimia de los sentimientos””, y si no existe, la voy a inventar... como el que inventó la publicidad, el marketing, o la carrera de relaciones públicas, que son claramente muchísimo más ladris en todos los sentidos posibles que mi original y compleja pseudo-ciencia.

¿Y por qué digo más sobre los sentimientos? Porque me parecería fascinante entender y explicar en términos científicos qué es lo que realmente sucede cuando al detectar visualmente, en este caso un par de seres humanos, existe esa posibilidad metafísica que se dispare, ocurra, o se exprese en el ser, concebido como una unión espacio temporal perenne entre cuerpo, mente, corazón, alma y espíritu, esa sensación de alegría y congoja que suele ser definida como felicidad.

Fisicoquimalquimia de los sentimientos...
(Largo hippieabrazo mediante) “¿Qué hacés borracho?, no te la puedo creer de nuevo. ¿A dónde está la maga blanca?”. Transcurrieron tan sólo un par de segundos y percibí una luz que me encandilaba desde la puerta de algún hotel de paso. Claaaaarooooo... A eso me refiero señores. Apareció una Tila, en ese momento algo más averiada por los altibajos de la vida mundana, pero reafirmando la existencia del bien, y deslumbrando a la “popu” con un prístino corazón sonriente que repartía alegría por todos los caminos y direcciones del viento. La inmensidad de un gesto que sólo una maga blanca puede desparramar y la compañía de un gurú en búsqueda de un poco más de iluminación inmediata, me jugueteaban en la cara y me estimulaban los bordes de los labios, agregándole un montón más de alegría y brillo a la vida.

La Tila me miró y después de dos años me habló: “Nene, contame algo. Estás más flaco... ¿Cómo estás?”. A esa pregunta si algo no se le puede responder es: “Bien, ¿y vos?”. Entonces, de ahí en adelante fueron dos días con sus respectivas noches, de idas y vueltas en el turno de la palabra. Momentos de mucha tranquilidad que se alternaban entre comidas, caminatas, chais, algún que otro plan para el futuro inmediato y las acciones mínimas para concretarlo. Entretanto el ambiente transpiraba las lecturas pertinentes. La vida pasaba por adentro. El gurú y la Tila aseguraban la protección de nuestra propia burbuja temporal por el tiempo que estuviéramos juntos. Podría haber sido Nueva Delhi, podría haber sido Santa Teresita, el DF, o Laguna Azul...

La Tila y el gurú... Infinitos...
Sacrificio y Rock Gurú...
En algún momento el tiempo se fue agotando, y justo antes del pitido de un tren que partiría hacia Agra, Vico decidió sumarse a la excursión que iban a realizar JM y la Tila al Tah Majal. Como ya había ido, decidí que por el momento no era necesario sumarme más eventos maravillas mundiales, y fijé mi siguiente destino hacia el emporio de la moda de Pushkar. Las poco más de cuarenta y ocho horas que pasamos en mutua compañía, fueron una suma de momentos hiperrealistas que el viento de Nueva Delhi se llevó... pero que gracias a Dios todopoderoso, persisten y viven también en nuestros corazones y en estas memorias.

Qué lindos y qué importantes son los encuentros en la vida, y qué inestimables y hermosos que se tornan enmarcados por la intensidad de un viaje. Qué lindo es estar a la merced del imponderable y qué maravilloso es encontrarse con eso en lo que nunca se pensó. El resto, diría Torrente, es aire; o porque no, un pequeño escrito que quedará atrapado para siempre en el corazón. Como dijo el gurú recientemente: “Me gusta pensar que voy a volver verte...”. En eso estamos entonces... pensando en que en algún momento, y por alguna circunstancia, nos vamos a volver a ver. Gracias por leer y hasta el próximo capítulo.
16 mar 2012
Nueva Delhi, llegada de la Rubia y una rápida huida hacia Varanasi...

Nueva Delhi, llegada de la Rubia y una rápida huida hacia Varanasi...

La "Rubia" Olivera... siempre multifacética...
De lo que menos ganas teníamos luego de un estado de relajación que rozó lo vegetativo en Pushkar era de meternos nuevamente en el loquero de una ciudad; pero a su vez, de lo que más ganas teníamos en la vida era de reencontrarnos a nuestra máxima gurú femenina grupal: María Agustina Olivera, divorciada, 30 años y bomba sexy 100% argenta. Así fue que en busca del glamour perdido, nos entregamos a un viaje de ocho horas en un bus cama, que nos depositaría casi sin escalas en el movimiento de Nueva Delhi.
 
Llegamos en tempranas horas mañaneras, derretidos por el calor, acusando cierta deshidratación y un acorazado mal humor basado en tener que lidiar con el movimiento de los dos mil bultos de pelotudeces que compramos en Pushkar. Bajamos en la estación central de bondis, y ahí nomás, siguiendo los consejos de nuestro gurú oficial de la moda, nos metimos en el túnel del subte, que según sus sabias palabras, sería “la mejor manera (más barata) de llegar a la zona de Pahar Ganj”, lugar donde se da cita el turismo internacional en Delhi, y sitio elegido para esta primera y más que volátil estadía.

Contábamos con el tiempo suficiente como para encontrar algún depósito que se hiciera cargo de nuestros equipajes, sacar el pasaje para nuestro siguiente destino, Varanasi, y recorrer ligeramente las inmediaciones en busca de un teléfono celular y aditivos para el reencuentro. Una vez que bajamos del subte, nos costó mucho más de lo debido tomar la decisión de caminar o pagar un taxi por las ocho cuadras que nos separaban de los hoteles. Terminamos optando por la primera, y sufriendo estúpidamente el calor, hicimos una recorrida hotelera rápida y de rutina, encontramos un sucucho con ventilador por un precio bastante amable, y nos empezamos a cagar a trompadas con nuestras pocas ganas de enfrentar el calor deshidratante y el mundo circundante.


Caruchas cortis...
Juli y su arma predilecta... el Djembe...
Si bien habíamos escuchado de boca de otros turistas que Delhi era algo así como la muerte en ciudad, a nosotros no nos pareció en lo más mínimo una ciudad compleja, y por lo menos en la zona de Pahar Ganj todo está muy cerca, es bastante más barato que Mumbai, y aunque la gente es bastante pesada con el tema de la venta, se disipa rápidamente cuando ve que no le das pelota.
 
De todas maneras esto no implica que no sea una constante que alguien te esté persiguiendo para ofrecerte todo tipo de bienes y servicios, aunque luego de un par de horas de caminata, todo se transforma en un gran paisaje, y uno logra perder el registro. El calor aplastante hace que se disminuya al mínimo el esfuerzo para todo lo que no sea urgente y absolutamente necesario, y como nosotros veníamos bien enfocados con ciertos objetivos, nada logró interponerse en nuestro camino hacia el éxito.

Fumamos uno y nos dividimos las tareas, o más bien al revés, porque si no nada hubiera salido bien. Durante la primera mañana teníamos las averiguaciones hechas para el tren a Varanasi, la forma más rápida y menos contraproducente para llegar al aeropuerto, el celular en mano, y hasta tuvimos tiempo para ponernos al día con los mails y comprar algunos suvenires que Fede quería dejar en el depósito junto a los bultos de ropa.

 Pahar Ganj: desde las terrazas...
Las impresiones de esta parte de Nueva Delhi no son muy distintas a las que podríamos usar para describir los alrededores de la estación Retiro en Capital Federal, aunque también podríamos decir que distan dos universos de distancia, pero eso sólo sucede cuando se empieza a mirar el entorno con lupa; por lo demás: comercio extremo, infinitos puestos de comida, elementos de primera necesidad del viajero, casas de las mil y una boludez "típica" de la India, kioscos, jugos, comida callejera, gente que nunca para de moverse de un lado para el otro, estaciones de tren, taxis, rickshaws, gente pidiendo dinero... Calles de tierra, mucho recoveco, mucho tranza, mucha persona atenta a que no se caiga nada de la mochila, y gente jugando con las mil facetas del turismo, pero nunca tensando las cosas lo suficiente como para que uno se ponga a la defensiva. Un lugar de tránsito, de trámites, de puesta a punto y de aprovisionamiento básico.
 
En Pahar Ganj no se dejan ver muchos templos o elementos del imaginario que India exporta. Es más bien un lugar hardcore que el calor se encarga de asfixiar. Lugar de contacto y encuentro con un montón de turistas de todo el mundo que están preparando sus estrategias de movilización por el resto del país. Es pobre, sucio, bastante dejado, pero lleno de vida y de urbanidad. Millones de hormigas que se mueven en un radio no mayor a dos kilómetros tratando de sobrevivir a los diferentes embates del medio ambiente. Por la noche se corta la luz muy seguido, cosa que motiva además de un abandono apurado de la pieza del hotel (so riesgo de transformarte en agua), muchas puteadas por la falta de aire. Sin ventilador, y dentro del cemento en la ciudad de Delhi, es absolutamente imposible dormir y no morir en el intento.
Un Thali bien logrado...
Las dos millones de puestos de comida se parecen bastante entre sí, pero si una afina un poco el ojo y tiene paciencia, termina entendiendo la diferencia entre un tipo de arroz y otro, elige que tipo de chapati le interesa más, y que thali realmente vale la pena. Especialmente en esta parte de Delhi, no se interesan demasiado por la variedad de la oferta, sino por intentar meterte de prepo las pocas cosas que tienen. La opción alternativa reside en las frutas. Se pueden encontrar mangos, bananas, ananás, etc., todas de muy buena calidad. El chai es omnipresente y una de las mejores cosas que he probado hasta ahora en India. Principalmente la variante “Masala” resulta particularmente exquisita, aunque afuera hagan cincuenta mil grados centígrados.

Entonces luego de terminar todos nuestros trámites, de comer algo, de tomar mucha cantidad de agua y de comprar un par de atados de Win, el cigarrillo más barato de la India, nos lanzamos a la búsqueda del depósito que nos librara del karma de cargar los bolsos por todo el mundo. Aliviados entonces por el abrumador éxito en nuestro cometido, y con ochocientos kilos menos en la espalda, quedamos a punto caramelo para dormir quince minutos y lanzarnos a la búsqueda de la estrella fugaz más cumplidora del último año y medio.

Para ello decidimos abordar nuevamente el subterráneo, precisamente el ramal que se terminó recientemente para los juegos de la Commonwealth, que por otro lado parece ser parte de otro país. Vagones futuristas, limpieza absoluta, precios acordes y rapidez absoluta. Una opción mucho más que conveniente que te tele transporta hacia la felicidad o la tristeza que suelen contener los aeropuertos.

A la espera... (foto archivo)
"Subte" futurista en Delhi... (foto archivo).
Nos embarcamos en el trip, y en pocos minutos, estábamos reposando nuestros ansiosos cuerpos del otro lado del vidrio de la sala de arribos, a la espera del pelo rubio más conmovedor en largo tiempo. Y la magia sucedió nuevamente, y la emoción se hizo realidad, y las palabras nunca alcanzan cuando de reencuentros de corazones se trata. La Rubi apareció por un típico carrito de valijas a llenar de hechizos nuestras vidas y a desparramar toda su hermosura natural en tierras asiáticas...

Riendo, cansada, abrumada, excitada, feliz, ¿quién sabe?... Como es ella, que nunca se sabe bien, pero que no hace falta... La sinergia de las almas es lo que en definitiva nos pone en movimiento y nos lanza a la búsqueda de aventuras... y porqué no también, a sentirnos extasiados con el hecho de compartir un espacio temporal y espacial en nuestras vidas.

Llegó con toda su aura a cuestas, y como siempre, con un montón de caricias para el alma. Además de fernet, yerba, alfajores, dulce de leche, y otro sinfín de boludeces de primera necesidad y urgencia, desempacó una cantidad de golosinas extrema, que sólo fueron una prueba más de su dulzura y de su encanto. La Rubia eterna estaba parada finalmente enfrente nuestro, confirmando que este viaje es un sueño hecho realidad por milésima vez.

Tremenda banda...
Caricias para el alma...
Le chupamos la energía, nos sincronizamos en modo "cuatro", acomodamos nuestros caprichos a su presencia, y todos juntos empezamos a meterle un punch mega mongo al tiempo que teníamos por delante. De acá en más, lo único que restaba, era disfrutar y compartir.

Rápidamente abordamos el subte de vuelta al micro centro de Delhi, nos fumamos dos mil, nos fuimos poniendo al tanto de los detalles más sobresalientes, y salimos corriendo a sacar el pasaje para Varanasi, evento que sucedería la misma tarde de la llegada, y que sería el puntapié inicial de una época marcada por el éxtasis de un grupo que no supo ni pudo parar... y que además, no está interesado...
 
Bienvenida amiga, como siempre un placer, una emoción y un estallido volver a verte. Y para todos los que están del otro lado, les dejamos un saludo emocionado que los acompañe hasta el próximo post. Se viene una de las ciudades más sagradas de la India... Varanasi. Para flipar... Hasta la próxima...

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