“En aquel mundo de los deseos construido por mi
persistencia, la vida es como un tren: Algunas veces corre velozmente entre las
llanuras planas como un buen caballo; otras vacila con dificultad y avanza
entre imponentes y empinadas montañas, lagos, ríos y mares. Tanto en las situaciones
favorables como en las adversas, los dos carriles bajo las ruedas del tren
siempre permanecen en paralelo. Uno es el carril del “si”, el otro es carril
del “no”. En mi mundo, estos dos carriles son la expresión de mi forma de
pensar y mi conciencia. En el proceso de avance sobre aquella estructura
paralela, en donde se superan los obstáculos continuamente, estos me guían
hacia la meta de mi corazón”.
De Acá a la China... Una película hecha con amor...
“A ver… ¡Por favor! Alguien que le ponga un freno de
mano a la vida que tenemos una película que terminar”. Vico había decidido que por
nada del mundo se quería perder el bailoteo del rodaje, por lo que juntos aterrizamos en el aeropuerto internacional Pistarini, lugar en donde nos estaba
esperando la afamada figura de Federico Antonio Marcello, perfectamente listo para quemarnos el coco liso por el período de un
mes. Llegar a Argentina después de cuatro años no me produjo absolutamente
nada, hecho que le adjudico a la pastela que me tomo para volar, la cual hace
que vivir o morir, me parezca parte de exactamente lo mismo. Es un poco de Clonazepam,
pero versión budista 2.0, que mezclado con una buena dosis de alcohol, te transforma
en un insensible absoluto de ojitos vacíos y pajaritos en la cabeza. Como yo no
tomo ni aspirinetas, cada vez que me meto media de estas tabletitas la paso
bomba, y como a Vico le agarra envidia de verme drogado, aunque no tiene miedo
a volar, y como para no perderse la aventura, se la toma igual.
Es para Fede que lo mira por Tv...
Pasados los “Holas, que lindo volver a vernos nuevamente”, el siguiente mes fue
como un día extremadamente largo de nuestras vidas. No puedo recordar muy
claramente cómo fue que el cuerpo resistió el adrenalínico correteo de hacer
que tanta cantidad de cosas sucedan... pero en líneas generales: llegamos a la
casa de Fede, prendimos las computadoras, los celulares, y de ahí en más, nebulosas
de colores en todos los sectores de mi memoria. Había que ayudar a armar una
exhibición China en el centro cultural Borges, conseguir equipamiento,
locaciones, buscar varios actores, alquilar luces, conseguir permisos para
filmar en el aeropuerto, y llevar al día los dos mil papelitos que la infame
burocracia que no perder el control de los hechos demanda.
Dani, los gemelos Portnoy y Vale...
Fede y Capi...
El chelito preparando la jornada...
Además había que ir a Mendoza a ver al Indio,
tratar de juntarse con algunos amigos que no veía desde que me había ido de
Argentina, y preparar el catering para los cuatro o cinco días de rodaje que
teníamos planeado para que la banda pueda seguir sonando. Gracias al cielo
estaba mi santa madre en Buenos Aires, muy lista y predispuesta a dar una mano
en todo lo que fuera necesario, que sumada a la infinita paciencia que nos
tienen los padres de Fede, ayudaron a que la carga se alivianara
significativamente. Fue un buen momento para reafirmar y valorar la importancia
de los seres queridos apoyando las boludeces que a uno se le ocurren.
Alejandra y Hu...
Gasti, Héctor y Fede...
Héctor y Marisa...
La abuela Gugliottella y las próximas generaciones... ¡Gracias!
Se me hacen nudos mentales y emocionales al intentar
el ejercicio de relatar todo lo sucedido y todo lo sentido durante este
vertiginoso mes de Octubre de 2013, en el que participaron todos los
familiares, todas las extensiones familiares, todos los chinos conocidos, muchos
amigos, muchos amigos de amigos, y una infinidad de entes ocasionales que le
metieron una sonrisa al proyecto, y ayudaron, aunque sea con el más mínimo de
los aportes, a que los eventos arribaran al mejor de todos los puertos
posibles.
Se formó un equipo de personas que uno a uno demostraron
que las uniones humanas, mucho más que una utopía, pueden ser una realidad. Fue
una instancia en la que sentí muchísimo orgullo de haber tenido la posibilidad
de formar parte de tan lindo grupo de gente y de trabajo. Gente que simplemente
hizo todo lo humanamente posible para nunca perder el humor y dignificar el
esfuerzo extra, ése que realmente hace
la diferencia en la vida. El que cuesta, no el que es dado... ese en el que uno
tiene que concentrarse y sostener, que en definitiva es el que marca la diferencia entre las esencias
de las personas.
¡Hay equipo sí señor!...
José, Capi, Vico y Chelo...
Preparando el set...
Maru y su magia en la cara de Dani...
Los Portnoy, La Rubia y Maru chequeando tomas...
¿Qué más puedo decir? Tengo que nombrarlos a todos: Mar
y Gasti, Vico, Rubia, Marina, Fede y Pablito. Gallo, Chelo, Capi, José, Julián.
Hu, Vale, Dani, Horacio, Tía Nena, Sonia, Los Gemelos Portnoy, Garrin, Santana. La genialidad de Vilma y toda
su familia, Ramón y Lily, La familia Lema, La Familia Gugliottella, La familia
Marcello desde Héctor y Marisa, y pasando por todas las generaciones hasta
llegar a Felipe. Fernando y mi santa madre Alejandra. Toda la gente de
Aeropuertos 2000, Eduardo Geffner, Ana Kuo, Agustín Zbar y hasta la buena onda
de Alfredito, Rodney y Stevens que flotaba en el ambiente. También las energías
de muchas de las personas que por algún u otro motivo no participaron
físicamente de la experiencia, pero de las que constantemente invocamos los
espíritus.
Hu, Lily y Ramón...
Marianita y Capi...
Garrin y Santana...
De esos eventos en los que uno no puede
hablar de un sentimiento. De esos estadíos que en definitiva tienen el conjunto
de condimentos de la gran salsa de emociones que es la vida, y que gracias a la íntegra humanidad de este grupete de personas y a nosotros mismos, llegaron al
paladar como esos afrodisíacos que te llevan a pasear por el mundo en un
único y compacto recuerdo. Otra gran etapa había concluido con sumo éxito, y
por suerte, el único costo que realmente había tenido fue el de un poco más de
vida, que aunque muy caprichosa y vertiginosa, podemos decir también, que muy bien vivida.
El tío Horacio y los Gemelos...
Vale con la tía Nena...
Dani, Hu, Vale y Felipe...
Nos quedaba muchísimo por delante. El único que
tenía realmente idea de cuánto era Fede. Lo importante es que habíamos dado un paso más en la batalla, y que aquel camino fue sellado con una fiesta comunitaria en
la que de alguna u otra manera, participamos todos. El resto de las procesiones
continuaron por dentro. Hay quienes perdieron el hilo, hay quienes aún al día
de hoy lo siguen buscando. Así es la madeja de la vida, un eterno ovillo que
constantemente tenemos que seguir desenmarañando.
Mucho más cansados que antes,y porque las condiciones para algunas cosas
no estaban aún dadas, nos volvimos nuevamente a Sudáfrica, a ver cómo carajos
nos pegaba esta nueva experiencia en la cabeza. Todo parece una excitante y gran
aventura, pero la pucha que hay que aguantar... Gracias a todos los que
estuvieron una vez más. Infinitas y sentidas gracias y hasta la próxima.
Sin un estandarte de mi parte... Te prefiero igual... Internacional...
En algún momento “La Casa Latina” se había
convertido en psicóloga y/o en consultorio de psicología. Todos los que por
allí pasaban escuchaban un problema, contaban un problema, o creaban un
problema nuevo de la nada misma. Un espacio donde muchas personas manifestaban
abiertamente todas sus insatisfacciones en palabras o en acciones. Las
compulsiones se repetían compulsivamente (valga la redundancia más que nunca), y las enfermedades de quienes la
habitábamos y de las personas que intentaban habitarla por algún concepto,
quedaban expuestas con una facilidad asombrosa. Me atrevería a decir que se
transformó en un lugar de exposición de caprichos de gente un toque pasada en
loca, y también de personas necesitadas de energías externas para darle sentido
a sus vidas.
Hacíamos todo lo posible por evitar historias y
catarsis ajenas, que además de chuparnos un huevo, nos parecían una creación
propia de mentes que no tienen nada que hacer con su día. No había caso, los
que no saben qué hacer con su día o no quieren hacer el esfuerzo necesario
para lo que dicen que quieren hacer de su vida, se habían convertido en plaga.
De esos personajes que centran la atención en vidas ajenas, y proyectan su
realidad en los demás, con esa segunda intención de sentirse acompañados en la
desdicha o de generar empatía en el éxito. Había otros que se "panquequeaban", y
llenos de miedo y de impotencia, salían disparados exactamente en la dirección opuesta
a la que juraron que jamás iban a correr. Y me quedo acá porque ya es demasiado,
pero la exposición de algunas personas resultaba absolutamente innecesaria y
vergonzosa.
En medio de este contexto donde me estaba
sintiendo mejor sólo, que enfermamente acompañado, el guionista se las ingenió
para complicarla un poco más. No vaya a ser que pasemos esta etapa de locura
sin que nos quede una buena cicatriz que exhibir orgullosos, esperemos, en un
futuro no muy lejano. Así fue que, justo cuando estábamos remontando nuevamente
el barrilete, el guionista elucubró y entretejió energéticamente una red de
hechos que derivarían en la llamada más inoportuna, y a su vez, más esperada de todo
el año... “Pablito, ¿podemos hacer un Skype?”. “La puta madre Federico. Ya lo sé
todo. No te puedo creer ese tono en la voz”.
Un guionista de la vida... Federico en el papel de "El Zorro"...
“Che, ¿A que no sabés qué? Hu, el chino, viene a la
Argentina. Viene con otra gente de Xiamen por el tema de una exposición en el
Borges. Al margen: ¿Te acordás que filmamos esa película en China hace unos
meses, no? Bueno, cuando nos despedimos sabíamos que todavía faltaba el rodaje
en Argentina. ¿No es así? Bueno, con Hu en la Argentina, es el momento ideal
para hacerlo. ¿Vos pensás que te podrás venir un mes a Buenos Aires y ayudarme
a organizar todo?”. Mientras respondía que sí, trataba de pensar motivos por los que Federico no estuviera siendo coherente; como jugándome la última carta con la que hacer un desesperado cuestionamiento de la realidad en que me estaba
sumergiendo a través de aquella inverosímil conversación por Skype. Cuanto menos
incoherencias y culpables encontraba, más puteaba por dentro y mucho más
recelo sentía. De esos momentos en que uno intuye que le están metiendo dedos en el
culo, pero no puede encontrar a qué brazo corresponden.
Justo cuando nos estábamos curando del cansancio, de las
energías de la gente loca; justo cuando estábamos comiendo bien y recuperando peso
y energía vital. Federico Marcello, un afamado
y brillante guionista de la vida real, había desparramado sólidos argumentos
por lo que tenía que desconectarme de todos mis sueritos imaginarios, y tomarme
un puto avión que cruce el condenado Océano Atlántico, para ir a meterme en la
locura de stress y de ansiedades que genera producir un rodaje de una
película. La concha de todas las loras del planeta. Eso sí que fue ponerse
chalecos antibalas, cerrar los ojos, y salir a responderle y a negociar con el
destino... que por algo el hijo de la muy puta se dedicaba a incomodar constantemente.
Te quiero destino.
De esos momentos en donde hay que desprenderse de
los planes, de algunas expectativas, y de otro montón de sistemas y forradas
cerebrales, para salir así, todo débil y cagado a palos a reconstruir la
realidad. Fascinante... horrorosamente difícil, pero fascinante. El concepto
“volver a Argentina” me parecía salido de un cómic de contenidos nefastos. No
me quedó otra que empezar a darme autopalmadas en la espalda y a decirme: “Dale
loco, vas a ver a tu vieja, vas a ver a tus amigos y vas a comerte un asado
grande como una casa... Toca el Indio, vas a volver a ver al Indio, vas a caminar
por la estación de Coghlan, que es la más linda de Capital Federal, y
seguramente vas a conocer a gente piola y sumar un poco más de experiencia en
algo que todavía no sabés. Vas a volver a ver a la gente de China. Dale
campeón... a dignificar un poco la historia”... Y me creí todas estas mentiras hasta
tal punto, que fui y me compré un pasaje de avión.
No había tiempo para nada más
señores. Fue una nueva lección para terminar de entender que en cualquier
aspecto de la vida hay que tener cuidado con lo que uno genera, porque después
siempre viene la parte de hacerse cargo. Y esa parte generalmente no siempre entiende
de formas, de momentos, o de timings; simplemente continúa su curso natural
por donde se le antoja. La decisión de volar a Argentina, a su vez marcó el final de la época de oro de “La Casa Latina”. En exactamente un
mes volveríamos a habitarla, para ya nada sería igual. Obviedades...
Todo pasó así de repente, pero muy real. ¿Qué le
vamos a hacer amigos? Hay búsquedas inconscientes que nos tuercen el destino y
que hacen que las expectativas terminen fuertemente volcadas en una sola y
cómoda mentira que parece contenernos y que nos resulta cómodo creer. Pero eso por ahora
no importa, porque en definitiva no es un problema de este blog. Déjenme
llevarlos por el lapso de un post hasta Argentina. Venga, lea, acérquese al
fogón... que en este post no voy a hacer más que presentarle a gente maravillosa.
Siéntase mucho más que bienvenido...
Decidimos seguir los consejos de muchas de las personas con
las que nos fuimos cruzando en el camino y realizar el recorrido
de esta nueva maravilla del mundo mundial, montados sobre lo que el ser humano
ha conceptualizado en la palabra: “Bicicleta”. Nos dirigimos entonces hasta
alguno de los mil puestos existentes para tal fin, alquilamos dos rancheras
último modelo, y nos volvimos silbando bajo hasta el hostal a ultimar detalles
y dormir un rato. Sin dejar que el despertador levante demasiado la perdiz, pusimos
la comida, el agua y algunos otros etcéteras dentro de los canastitos y empezamos a
pedalear muy heroicamente rumbo a Angkor Wat. “Che Viquín, ¿por qué escucho voces que me están
taladrando el oído a las cuatro y media de la mañana mientras estoy yendo a
Angkor Wat a ver el amanecer?”. “¿Será porque estamos acompañados por otras dos
pibas con una clara tendencia a la compulsión verbal y a la conversación pedaleando al lado nuestro?”. “Seguramente. Ya me parecía que no estábamos solos
en la madrugada camboyana”. Dejemos a la vida que nos siga hablando y sorprendiendo
entonces, y pongamos la energía en pedir que lluevan ácidos lisérgicos a mansalva.
Bicicletas, canastos y rock cambodiano...
En fin... ni bien uno llega al predio de Angkor Wat,
llora un rato, pero igual lo obligan a pagar veinte dólares por un revolucionario ticket que lleva su cara impresa. Luego de finalizada la transacción,
alguien le pide que se aparte rápidamente de la ventanilla, porque hay muchísima más gente aún, esperando para acceder a eventos piolas que este mundo tiene para
comercializar. Así que pedaleamos un poco más, otro poco más, y llegamos al
evento más esperado: “El amanecer frente al templo principal”... Me resulta
un buen momento para aclarar que lo que generalmente se promociona de Angkor
Wat, es en líneas generales el templo principal, lugar donde por otro lado no pudimos sacar ninguna
foto decente del amanecer porque estaba absolutamente infectado de seres humanos. Angkor Wat es un complejo mucho más grande, que consta de algo así como veinticinco templos y veintiséis kilómetros de recorrido. Los detalles al link, pero vale recalcar que es un predio mucho más grande de lo que originalmente me había imaginado.
Angkor Wat...
Empezando el recorrido por Angkor Wat...
Que por otro lado dudo mucho que valga la pena recorrerlo en su totalidad, salvo que uno sea arquitecto o arqueólogo historiador, ya que luego del templo número siete u
ocho, si a usted no le empieza a parecer que es todo igual, es porque le llovieron los ácidos lisérgicos a mansalva que estuvimos invocando un poco más arriba. El templo
principal se considera como el mayor templo religioso alguna vez construido en esta galaxia, y probablemente en las diez más cercanas, al que definitivamente
vale la pena dedicarle una buena parte del día para poder apreciarlo en detalle. Ostenta títulos como ser patrimonio histórico de la
humanidad y de los extraterrestres, y haber servido de locación al éxito cinematográfico
Hollywoodense “Tomb Raider”.
Por los caminos de Angkor Wat...
Corredores alrededor del templo principal...
Uno de los tantos templos visto desde arriba...
En el momento en el que se consuma el amanecer y el
sol se saca el sombrero como diciendo: “hola viejas de todo el mundo, acá llegó Balá, Balá, Balá...”, uno se empieza a deshidratar sin remedio y para siempre. En consecuencia, la única solución posible es conectarse a un bidón de agua, mientras intenta entender cómo cazzo va a hacer
para pedalear los treinta templos restantes sin derretirse en el intento. Observamos que
una gran mayoría de los visitantes empezaban el recorrido por el templo principal, cosa que nos
pareció lo mismo que empezar una cena glotona por la cereza del postre. Sólo por ese motivo desistimos de entender el mapa y pedaleamos directamente en dirección opuesta a los malones
dominantes, haciendo caso al instinto y visitando edn primera instancia, cualquier templo que nos llamara la atención por fuera. Cuando esa magia estética se producía, estacionábamos las bicis y nos metíamos a
incursionar. No puedo decir mucho más que: son monumentos muy elegantes,
realmente impresionantes y llenos de una mística proveniente de dimensiones
mentales del pasado, en las que por más que uno lea mil libros, jamás va a
poder penetrar.
Una fortaleza del pasado...
Dimensiones mentales del pasado en Angkor Wat...
Pedaleando en dirección opuesta a los malones dominantes...
Una vez que uno experimenta un poco la inconmensurabilidad de Angkor Wat, se
entiende perfectamente el hecho que esté representado en la bandera de Cambodia. Las
construcciones son imponentes... la mayoría de las veces, abrumadoras. Los templos exhiben el
poder, el orgullo y la riqueza de una civilización que se llegó a desarrollar más que la totalidad de las sociedades europeas, muchísimo tiempo antes. Angkor Wat
se puede describir como una mezcla de Machu Pichu y de Tikal, con otro poco de
ruinas de templos egipcios, todo ello envuelto por una antigua energía asiática
budista que le pone el contenido de ensueño a la construcción. Con lo único que podía fantasear, aparte de creerme un jemer del siglo X u XI, era con que el sol se
apague por un minuto... o un ejército de nubes le impida rotúndamente el paso a todos sus inclementes rayos. Cuando la alucinación por la falta de líquido llegaba a sus puntos más críticos, no me parecía para nada disparatado sugerir a la UNESCO o el gobierno cambodiano que inicien la construcción de un parque acuático lleno de piletas
techadas aptas para miles de seres humanos y algunas bandas de rock.
El templo de Tah Prohm tomado por las raíces de los "spungs", una especie de árbol de la selva de Cambodia...
Un spung asomando desde el templo de Ta Prohm en Angkor Wat...
Detalles de figuras en los templos...
La parte jodida, pero que intentamos no mirar, es: “chinos
turistas”. Los chinos son la gente más piola del planeta, pero cortémosla con
la invasión. Llegan de a miles, ocupan todos los espacios y te arruinan todas
las fotos. O que paren de reproducirse como turistas, o que los manden en pequeños malones. Solicito formalmente una agenda turística para chinos. Se necesitan con
suma urgencia regulaciones internacionales al respecto. Esto como primera
observación... Como segunda observación, hay que decir y remarcar
que resulta de muy mal gusto, además de trillado y muy Disneylandia, vestir a
la gente de “Jemer” y dejarla todo el día bajo el sol para que se acerque “Don
Turista” a sacarse la típica pelotufoto. Si algo debería estar penado, mucho antes
que el consumo de marihuana, es vestir a la gente de "antepasado" en las
maravillas del mundo. Por último: la gente que vende agua. No voy a insultar,
pero el abuso comercial de las necesidades básicas es uno de las mayores razones y argumentos de porqué el mundo está tan mal. No se abusa del
hambre, ni de la sed, y no se juega con la dignidad. Intentemos que Disneylandia
2000 no nos gane. Expulsados los incordios, pasemos entonces a lo más importante.
Disneylandia en Cambodia...
El espíritu de los jemeres siempre vigilante...
Las mil y una piedras...
Llegamos al templo principal de Angkor Wat con el
aire justo para no recorrer absolutamente nada más. Antes de aventurarnos por la entrada, comimos unos
sanguchitos semi derretidos, intentamos una mini siestita de veinte minutos debajo
de un árbol, y cuando volvimos a sentir una pequeña invasión de lucidez, nos
lanzamos de lleno a uno de los eventos más mágicos e inolvidables que se pueden
experimentar en estas latitudes. Adjetivos obvios: tremendo, insano,
espectacular, abrumador, magnánimo... Pero para ser justos también, y por favor permítame
el quiebre de emociones y la difamación mediante, llegó un momento en que a la
retina la dejó de excitar la imagen. Después de recorrer la mitad del templo,
que repito: es una exquisitez arquitectónica, artística y una tremenda
experiencia extra sensorial, me encontré charlando conmigo mismo: “más piedrita apilada”, “mirá, ahí hay muy lindas piedritas
apiladas”, “subamos hasta la cima a ver todas las piedritas apiladas”. Fue un
hechizo maravilla mundial que debo decir que si de algo peca es de un montón
de lo mismo: piedritas apiladas.
Diez mil y una piedras...
Cientos de millones de piedras...
Algunas piedras talladas...
Apenas concluimos el recorrido, salimos por la
puerta principal y nos dedicamos a contemplar la ciudad frente al lago que la
circunda. La idea era entregarse a ese rato de balance, robarle unas últimas fotos a
la excursión, y dejar decantar las últimas incidencias de la experiencia en el
alma. El calor estaba aminorando, los monitos habían salido a juguetear, y los
árboles ya pintaban largas resolanas en la tierra. Angkor Wat de repente relucía
como el legado de una humanidad que se esfumó, como un glorioso imperio del
pasado que chocaba contra una coyuntura avinagrada y una dignidad averiada. Las compuertas de conexión con el mundo se abrían
una vez más, permitiendo una exhaustiva revisión de las sensaciones de la conciencia... y me sumergía en ese partido de ajedrez interno, ese que adivina y predice los
movimientos, hasta finalmente descubrir alguno que nunca imaginó. Ese
destello de hermosura que adorna la vida, consecuencia del gran destello de la
perfección universal. Ese momento en que uno puede percibir sin comerse todos
los peyotes del desierto de México, que cada cosa y cada hecho tienen un lugar y un motivo en el
mundo, hasta que un suspiro nos desconecta... y nos devuelve a la realidad...
Hasta la próxima Angkor Wat... Gracias por tanta piedra...
Hasta la próxima vos también cara pálida...
Monitos integrados a la vida diaria de Siem Reap...
No me quedaba nada para decir. A Vico evidentemente
tampoco. Nos miramos en un acto solidario de mutuo reconocimiento y dimos por finalizada la jornada.
Nos montamos en las bicicletas y nos lanzamos a una vuelta al barrio que se
percibía llena de significado: el que expresa claramente, pero sin palabras porqué
se elige pedalear de determinadas maneras la vida. La imagen es la de un campo
infinito que pintaba el horizonte de rojos, naranjas y amarillos. La cámara se
alejaba de la tierra mientras nosotros nos hacíamos cada vez más pequeñitos... hasta transformarnos en un cuadro de nosotros mismos. Un cuadro que en el mismo instante que se materializaba, ya se estaba diluyendo y desparramando en las paredes de la infinitas dimensiónes cosmogónicas.
Angkor Wat ya se había transformado en un evento del
pasado. Espero que hayan disfrutado de las fotos y nos vemos en el próximo capítulo de
transición...
“¿Vale la pena ir hasta los túneles de Cu-Chi?”... Como la vida pareciera ser ese evento que sucede mientras uno intenta descubrir qué sentido tiene hacer las cosas que hace todos los días, antes de responder bostezo... y recuerdo que estábamos parados exactamente en el borde de esa insoportable
disyuntiva, especulando con variables como el tiempo y el dinero a invertir para hacer viable la excursión; con un “Sí”
que se veía algo contrarrestado por una ligera vagancia, y con “No” en guerra perpetua con la curiosidad. De esos momentos en que uno se siente obligado a
jugársela y tomar una decisión, pero los sentimientos son muchísimo más
parecidos a un “So” o un “Ni”, y cada vez que uno intenta una respuesta certera, se interpone el arrepentimiento anticipado. Conscientes que hay personas que se pasan la vida
entera en este nefasto estado de indecisión, concluimos: “Má si... A ver amigo
asiático, dame esa motito, la barata, que me voy a ver qué onda esos túneles de
Cu-Chi”.
Setenta kilómetros en ciclomotor por una ruta
vietnamita. Espectacular y flashero. Mientras Vico manejaba, de a poco se me fueron aglutinando los sentimientos en los poros; y a medida que el calor fue aumentando, los
empecé a transpirar... lentamente, como derretidos, en forma de imperceptibles pero constantes chorros emocionales viscosos que se deslizaban por el cuerpo... escurriéndose,
hasta que finalmente caían a una ruta que muy rápidamente los iba dejando atrás. Ese
momento lisérgico que suele irrumpir la vida. Esa especie de extrañamiento del
mundo donde la construcción de la realidad es una vil mentira, y la luz que
ilumina el cuadro es la del viaje de Chihiro. Como metido dentro de una burbuja
que flota en una dimensión cosmogónica distinta, por momentos más real, pero lógicamente más inestable, que te arrastra hasta estados desconocidos, de los que muchas veces se tiende naturalmente a huir, por ese irracional, pero entendible miedo a no poder volver.
Esos momentos que se ponen gomosos al recordarlos, y en
los que incrédulamente uno se pregunta: “¡¿Qué carajo está pasando acá?!”. Ante
la posibilidad de una respuesta que no estamos dispuestos a escuchar, nos vemos casi obligados a forzar ese fuerte pestañeo
que le cierra las puertas al pensamiento, y por fin nos devuelve al lugar seguro y a la consensuadarealidad en la que vivimos... la que
constante y eternamente se rematerializa... la que no sabemos frenar, ni dejar de reproducir en la conciencia. Tengo la presunción que luego de la irrupción de este tipo de momentos, uno ya no es el mismo que
era escasos segundos atrás. Como un reloj de arena que alguien abruptamente da vuelta, como
una etapa que se termina. “Abracadabra”. “¿Era realmente yo el que estaba en
Vietnam?”, porque lo recuerdo perfectamente, pero por momentos también me
parece imposible. En fin, pestañé fuertemente entonces y recrudeció en el
ambiente el esquizofrénico ruido del ciclomotor. La realidad estaba en el mismo lugar, firme y consistente. Vico efectivamente era muy rubio y tenía rastas... entonces... “metele que son pastele”. Acelerá derechito
hacia la ilusión que alimenta la idea de escapar de lo conocido... y de viajar
hacia lo desconocido hasta reducir la conciencia del ser a millones de irreconocibles
pedacitos.
Bueno, en fin... llegamos. Los túneles de Cu-chi evidentemente son túneles. Las
explicaciones mayores van al link, aunque voy a comentar un par de cosas
mientras trato de restaurar un poco la experiencia. Al llegar uno deja la moto
en un estacionamiento muy Cu-Chi, preparado para que muchas personas puedan Cu-chichear
al mismo tiempo. Cataplush... “Hoy me siento gracioso”. En una ventanilla clandestina alguien te pide un poco de plata para facilitarte el ingreso a un predio
que está en el medio de la selva y a la vera del Río Saigón... que por cierto es
un río 100% rock, como el Nilo, el Amazonas, o el Mekong. Ríos rockeros con mucha
historia mediante entonces, te recibe un vietnamita muy guía turístico, y con el primer contacto visual uno ya percibe que todo el recorrido es un chamuyo armado, que ni él
sabe cómo te va a mantener interesado más de cinco minutos, y que muy
probablemente te va a pedir propina al terminar.
El mapa de actividades de los túneles de Cu Chi...
Nuestro dudoso guía en Cu Chi... Selva y Rock milenario vietnamita...
El recorrido dura aproximadamente una hora. No es ni
demasiado divertido, ni demasiado espectacular, pero nutre a la imaginación con muchos elementos, para que arme un cuadro bastante realista de cómo es pelear una
guerra en el medio de la selva. Todavía están las trampas en el piso, los cráteres de las
bombas a la vista y las armas que utilizaban los vietnamitas a disposición.
Todo ello reforzado por un fuerte contenido fotográfico y por réplicas de los
búnkeres que se construían dentro de los túneles, de las salas de operaciones
debajo de la tierra, de los escondites super secretos, y varios otros etc. El
sistema de túneles, más que sumamente increíble, es sumamente alucinante. Son
muchísimos kilómetros de laberínticas excavaciones subterráneas que desembocan
en diferentes partes de la selva y en el cauce el río Saigón, con el tamaño
justo para que un vietnamita pueda caminarlo agachado sin hacer esfuerzo físico
extra. Nosotros, debido a nuestra contextura física blancoccidental, teníamos que caminar muy agachados, por lo que no podíamos hacer cinco metros sin
rompernos la espalda o morirnos del dolor en los cuádriceps.
El tamaño de los túneles de Cu Chi...
Trampa conservada en su lugar original...
Uno de los ejemplos de trampas utilizadas en la selva de Vietnam... No vayas a meter la pata...
Básicamente, el relato se centra en cómo se
desarrollaba y se llevaba adelante una vida bajo tierra; en cómo los
vietnamitas se fueron al carajo y se recibieron de excavadores profesionales... connotando en ello una indeclinable voluntad de querer seguir comandando su propio destino.
Gente valiente, inteligente, y con mucho amor propio. Con el correr de los años,
como muchos otros países, tranzaron, pero esas ya son cosas de la globalización
y de un mundo todavía un poco peor. En un momento la caminata llegó a su fin, y
un evento muy turisto de comida “étnica”, hace las veces de lo que comúnmente
llamaríamos “La cereza del postre”. Lamentablemente la cereza no es cereza y el
postre no existe, porque ahí nomás te enfrentan con una muy indecorosa cacerola
llena de yuca hervida que intentan "vendértela" como el alimento exótico por
excelencia. Uno no sabe si aventurarse a picotear porque se percibe que es el señuelo que deja caer la ficha de “Dale, tirate una propina”. En
fin... somos muy ratas...
Ejemplos de la vida diaria en los túneles de Cu Chi...
Fotos reales... Nacimientos, escuadrón de mujeres, cirugías...
Sala de reuniones dentro de los túneles de Cu Chi...
Minas y trabajo en los túneles...
Luego que se retira el señor guía turístico, uno
puede dedicarse a recorrer el resto del predio por su cuenta. El lugar está muy bien
armado. Cuenta con muchas salas y salones dedicados a diferentes cosas... Museos,
Ho Chi Minh, caminitos lindos, etc., hasta que se llega a un lugar en el que
se publicita un "campo de tiro" en donde experimentar la sensación de disparar
algún rifle o alguna ametralladora de guerra... Les tengo que decir la verdad, me
pareció un poquito perverso. Había que pagar algún dinero extra. No sé, con ese
evento “Cu Chi tunnels” me dejó un poco más confundido que de costumbre. Finalizando la excursión se puede acceder al “templo de la memoria” a los caídos, un lugar muy pintoresco, rodeado por hermosos jardines que adornan las orillas del Río Saigón. Sacamos unas fotitos, le dimos un aprobado sobresaliente a Cu Chi y empezamos a pensar en emprender la vuelta.
La sala dedicada a Ho Chi Minh...
La galería de armas caseras...
Hacia el confuso y extraño evento de los tiros...
Templo de la Memoria...
Jardines en el Templo de la Memoria...
Detalles en la arquitectura...
Me tocaba manejar a mí. Igual que a la ida, pero de
vuelta. De los túneles de Cu Chi me llevé un poco de sufrimiento humano. Volví a no entender la guerra... y no lo
digo en el aspecto geopolítico expansionista enfermo y dominante que lleva a
países trastornados política y económicamente como EEUU o Inglaterra, a sumergir al mundo en
estas atrocidades siniestras y decadentes; sino a esto de invasor, de invadido,
de humanos matando a otros humanos, de gente horrible con el alma vacía que es
capaz de sobreponerse a las esencias más hermosas, y que no contento con ello,
busca destruirlas, arruinarlas y desvalorizarlas. ¿Cómo un ser humano es capaz
de causarle tanto dolor y tanta miseria a otro ser humano?, me parece un
misterio mucho más profundo que el Big Bang. No pude pensar mucho más, ni quise realmente extenderme, porque el resto del tiempo del viaje me lo pasé muy concentrado tratando de no
chocarme con las dos mil motitos que tenía alrededor.
El balance de la excursión a Cu Chi fue muy bueno y
la experiencia en Ho Chi Minh bastante intensa. El reloj empezaba a decir que
se iba haciendo tiempo de cruzar para Cambodia. Empezamos a sincronizar los
relojes y las direcciones. Aún nos quedaba solucionar el tema del bendito
trabajo en Nigeria. A trabajar en esa dirección entonces... Hasta la próxima y gracias
por leer.