21 sept. 2010

Pangane, un lugar para restartearse…

Panorámica de Pangane...
Con el sol martillando las neuronas y embarrotando los pensamientos, pusimos el cerebro en modo “hay que aguantar lo que venga”, y arrancamos nuevamente esos interminables días de viaje hacia nuestro último objetivo en el norte de Mozambique, el desconocido y maravilloso mundo de Pangane, y lo que hasta ese momento creíamos, iban a ser días de relajación y playa.

Las peripecias del viaje como siempre podrían ser el objeto de más de un post, pero vamos a limitarnos a decir que a Pangane llegamos recién luego de varios y muy disímiles medios de transportes, una demostración de fútbol sublime de nuestro rubio querubín en algún pueblo sin nombre, y de pasar la noche en un paraje rutero llamado Macomía, en el que nos quedamos estancados, porque a Pangane no se puede llegar más que durante las mañanas. 

Amaneciendo en alguna calle de Macomia...
Esa noche en Macomia dormimos en la calle, bajo una de las lunas más hermosas y compañeras del periplo, acobijados por un sentimiento de tranquilidad y regocijo explosivo y extasiante. Cuatro personas calladas intentando responder a la pregunta: "¿Cómo se pueden registrar y guardar este tipo de sentimientos?"... De esas cosas que hacen que cualquier esfuerzo valga la pena...

Nos levantamos con el amanecer, nos metimos en la caja de una camioneta una vez más, y luego de una hora y media de viaje, un poco de lluvia, y no parar de babearnos con el paisaje que estábamos transitando, vimos cómo nuestros maltratados cuerpecitos aterrizaban en el medio de una jungla tupida de palmeras, insertas en el contexto más rústico, desabastecido y extraño que nos tocó visitar en nuestras vidas.


Los más peques...
Inmensidad y agua...
Si Ilha de Mozambique nos había sorprendido, Pangane, en menos de diez minutos, nos dejó desorientados, atónitos y escupiendo, casi vomitando, preguntas tan básicas como: ¿Qué es esto? ¿Quiénes son estos? ¿Qué hacen acá? Y todos los porqués consecuentes y obligatorios que nuestra curiosidad y poco entendimiento reclamaban.

Solo páramos de sorprendernos, para negociar por largo rato el precio de una habitación en un sucuchón de mala muerte, pero con muy buena onda. Una vez logrado el cometido, ya sí nos pusimos la maya y nos fuimos a caminar, para interntar darle respuestas y un buen chapuzón revitalizador a nuestras inquietudes.

En pocos minutos de caminata por los anárquicos callejones de fina arena blanca, que guiaban nuestra curiosidad entre primitivas chozas de paja y techos de hojas de palmeras, nos dimos cuenta que encontrar respuestas en Pangane iba a ser mucho más que difícil, y yendo apenitas más lejos, absolutamente imposible.


Pangane y su glamour... 
La piragua...
Motivo número uno y principal: el portugués desapareció, y el inglés era algo así como un idioma extraterrestre hablado en algún lugar del más allá. A cambio de eso y con una frescura sin igual, se pueden obtener respuestas en varios dialectos e idiomas ancestrales de la zona. El Makua sigue siendo el único nombre que retuve, aunque no quiero dejar de citar a otros que mi memoria escupe en palabras como Kenda y Kikonde, pero solo Dios sabe si se escriben así, o son solo producto de mi imaginación, que ya hace tiempo que está más que sobre estimulada.

El rubio querubín en el palmar...
Motivo número dos y no menos importante: nada de lo que conocemos y damos por sentado en nuestras cotidianas vidas occidentalizadas ha llegado o se conoce aún en Pangane, y literalmente, debo decirlo nuevamente, NADA. Ni electricidad, ni cestos de basura, ni comida, ni ropa, ni electrodomésticos, ni gas, ni agua corriente, ni combustible, NI, infinito punto rojo. Caminar por Pangane es una aventura atemporal, impactante, virtual y exhuberante.

Ninguna información preestablecida en mis maltratadas neuronas, resultó suficiente o adecuada para decodificar las señales que el pequeño paraje emitía; impotentes espacios en blanco me invadían cuando intentaba formar alguna idea o conclusión sobre el lugar. Desde luego el sentimiento fue nuevamente el de un niño descubriendo el mundo, pero apesumbrado por una tintineante y punzante sensación de ignorancia que en mis treinta y un años de vida no había experimetado aún. “Esto existe, y es intenso, y no tiene nada que ver con todo lo que me contaron o lo que conozco”.

A raíz de todo este acertijo, empezamos a discutir y a elaborar teorías sociológicas y a pelear, y dándome cuenta de que éramos cuatro ignorantes anoté en el cuaderno mental: “pedir libros a Buenos Aires, muchos más de lo que pensaba leer...”, ¿por qué? Porque existen estos lugares como Pangane, que te hacen dar cuenta de que sos un hazno, y de que viviste treinta años adentro de un cubo pequeño; que te hacen replantearte de la A a la Z todo lo que te enseñaron, lo que dabas por sentado, lo que es bueno o malo en cada uno de los amplísimos sentidos filosóficos de la palabra.

Y entonces la playa turquesa y transparente que embellece el lugar, y de paso toda la gran población de palmeras (que son super lindas por cierto) te las podes empezar a meter una por una en el orto, mientras no parás de hacer agua con tu humanidad, y de chocar segundo a segundo y sin respiro contra todos y cada uno de los escombros de tus pensamientos... para volver a putear y a repreguntar... como la rueda mágica.

La palmera solitaria...
El color de Pangane...
La pesca del día...
Mas allá de todo este quilombo mental, la vida transcurre absolutamente impávida en la aldea. Mientras uno camina los callejones, cientos de ojos que casi no pestañean intimidan los pasos, los encandilan, y te transforman en un casi obsceno espectáculo invasor.

Y esos mismos pasos, apesadumbrados por un apabullante sol, te absorben la energía y te impulsan a buscar comida. Lo único que con seguridad se puede encontrar es arroz hervido, y a veces frijoles... y en una de esas algún pescadito frito y lleno de moscas. No hay verduras, no hay leche, no hay ninguna bebida fría, no hay nada de lo que uno busca. La vida se limita a ser vida... con lo realmente mínimo e indispensable para seguir, para tirar. Luego de experimentar en Pangane, me pregunto si realmente existe y hasta si es necesario el concepto de felicidad...

El concepto de felicidad... transparente...
Pangane es otra cosa, el otro extremo, el de la relajación del que no anhela, y por ese motivo pareciera (al menos) no tener problemas y no albergar dolor... Tuvimos algunas aventuras que decoraron la estadía, pero después de todo lo que enquilombé este relato, no vale la pena ahondar más... Los dejo en compañía de éste pequeño páramo musulmán...

                                                       El rubio haciendo de las suyas...

3 comentarios:

  1. creo qe lo qe leo en este post era una sensación qe sentia tras leer sus relatos... es simplemente maravilloso entender su forma de vivir antiglobalizacion, es increible darse cuenta qe existe esa vida y qe es una vida feliz, sin corromperse...
    La asquerosidad del american dream nos tiene a todos ubicados en jerarquias y nos hace infelices porque siempre necesitamos más...
    gracias chicos! insisto, siguen dando cátedra sobre África... no sabemos nada x acá.

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  2. Gracias Issa... Sinceramente mil gracias... Veremos que pasa... Besote...

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  3. Creo que he leído 3 o 4 veces este relato. Porque estoy preparando mi viaje a Africa y porque tenés una forma de relatar que me encanta y me atrapa como si fueras de esos escritores consumados. No paro de lamentarme por la inactividad de tu blog, aunque sea para que cuentes tus hazañas triviales y cotidianas.Esto es lo mas de lo mas del mundo mundial y sos un genio genial. A vos te parece esto de desaparecer así?
    Isa (y no soy la del comentario anterior)

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