11 may. 2012

Rewalsar, Shastri y surcando los abismos del turismo espacial...

Rewalsar: la paz hecha lugar...
Una vez que lloramos como hacía un montón de tiempo que no... y que descargamos todas nuestras incontinencias en la última despedida del gran Federico Marcello (a la que tenemos que agregar también la despedida de Erika), nos sumamos a los planes de Bonnie y nos fuimos a un lugar bien retirado del turismo, inserto en medio las montañas más sabias del último tiempo: Rewalsar.
 
Como muchas veces pasa, la tristeza y la pena interior, suelen sucumbir ante los hechos del presente inmediato. En este caso sucedió que conocimos a Shastri, un indio policía que no hizo más que cagarnos la vida y llenárnosla de emoción... todo al mismo tiempo. A Shastri lo conocimos en el bus que nos llevó hasta Mandi, una ciudad cercana a Rewalsar, donde teníamos que hacer combinación con algún otro medio de transporte para alcanzar la ciudad fantasma.
 
Nos cagó la vida porque no hizo más que hablar incansablemente durante las mil horas que duró el trayecto. Nos contó los hechos más irrelevantes de la vida de una persona en algo así como todos los tomos de "El Capital" de Marx, muy prolijamente ordenados, pero vacíos de toda el contenido del barbudo "materialismo histórico"; contenido que además, reemplazó por un montón de inconexiones, incoherencias y hechos inverosímiles, esgrimidos en un idioma no identificado, que intentaba mezclar inglés con urdu, y fonemas casi inventados, a los que ponerle la oreja fue el esfuerzo más exigente del último decenio.
 
De todas maneras, este indio al que le gustaba hablar más que cualquier otro placer carnal o espiritual, era poseedor de rasgos exultantes en relación a lo que a hospitalidad y camaradería se refieren, y al vernos perdidos en medio de la noche, ya sin transporte para alcanzar Rewalsar, nos invitó a pasar a su morada, y nos dejó experimentar en todo su esplendor algunos rasgos de la vida india.
 
Ganesha, uno de los mil dioses hindúes...
No solamente nos dio una cama, sino que puso a toda su familia a girar en torno a nuestra presencia. Tuvimos el honor de conocer a su hijo, a su esposa, y a las mil estatuillas de dioses y espiritualidades a las que nos introdujo, las que obviamente también detalló con minuciosidad, pero que obviamente bis nunca pude incorporar.

Nos habló de religión, deporte, entrenamiento en la policía, vestimentas, costumbres, pensamientos, puntos de vista y nunca se dio cuenta de la pesadez espiritual que traíamos. Nos dio de comer, nos explicó cómo se confeccionaba cada plato, nos invitó a pasar año nuevo, navidad del 2015, y nos dio dos teléfonos donde poder ubicarlo, para luego hacernos prometer que si íbamos a La India de nuevo, lo teníamos que visitar. 
 
Un capo inaudito e increíble, que aunque no se lo propuso, logró hacerme olvidar por largo rato de algunas de mis penas más urgentes, para insertarme en el peligroso campo de la paciencia y la comprensión. Al otro día luego de invitarnos el desayuno, no tuvo mejor idea que, no sólo acompañarnos hasta el bus que nos llevaría a Rewalsar, sino también subirse con nosotros, “por las dudas de que algo nos pasara”. Se bajó a mitad de camino ya con su conciencia y su alma tranquila de que íbamos a llegar.
 
Cuando se bajó sentí un alivio feroz, tremendo y apabullante. Respiré, agradecí internamente por todo lo que había hecho por nosotros, pero sin ningún lugar a dudas volví a ser feliz. Tuve la sensación como por media hora más que alguien me seguía hablando y contando cosas al oído. Un queme de cabeza poco usual, y aunque muy lleno de amabilidad y buenas intenciones, infinitamente enfermante. Finalmente, y gracias a todos los dioses de las tierras indias, llegamos.

Rewalsar: Buda nos estaba esperando...
Rewalsar era decididamente el lugar para dar la puntada final que estábamos necesitando. Pacífico, sin ruido, sin turismo, sin autos, motos o contaminación. Un centro tibetano, un centro Sikh y algunos templos hinduistas. Un lago sagrado como epicentro del pueblo y unas montañas de tremendo calibre que adornaban los cuatro puntos cardinales de vegetación, tapiando a su vez el pequeño asentamiento, aislándolo y asegurándole clandestinidad y privacidad. 

Buscamos un lugar para tirar los bártulos y nos dedicamos a bajar, pensar, reflexionar, hacer fuerza, entender, elaborar, aunar, conceptualizar, manipular, e incorporar que en pocos días esta parte del viaje llegaba al final. Así es amigos, luego de veinte infinitos meses cuyo contenido fue ampliamente mayor a todo el resto de nuestras vidas, teníamos que volver a empezar.
 
Pensando un poco en esto, y otro poco en que todo se puede ir a la reputa madre que lo parió, recorrimos cada uno de los rincones del perímetro re experimentando y disfrutando por última vez todas las amabilidades y bellezas indias. Comimos con los Sikh, nos llenamos de sabiduría tibetana, nos "estupefacteamos" con los dioses hinduistas, y nos dejamos impregnar y casi violar por la amabilidad de todos y cada uno de los indios que nos vieron caminar. Gente tan linda, tan buena, tan abierta, y la mayoría de las veces tan, pero tan simple.
 
Nos lanzamos a la búsqueda de algunos de los productos que extrañaríamos y que se habían metido en nuestros corazones durante los últimos dos meses del viaje. Compramos cardamomo y muchos beddies para llevarnos a Sudáfrica, relagar, y también para alimentar esta simbología pacata de intentar preservar lugares a través de elementos autóctonos, que en realidad no hacen al asunto, pero que sirven principalmente para espantar esa lejanía anticipada.


Buda en la montaña, pueblito y lago sagrado...
Monito indio...
Bonnie con sus casi veinte años, pero con una madurez de una persona de cincuenta, acompañaba y manejaba la energía grupal con una simpleza y una adaptación que en ningún momento dejó de sorprenderme. Me hizo pensar constantemente cuánto de pelotudez albergaba a mis veinte años (y lamentablemente sigo atesorando), y por momentos me llené de envidia de esa vida que parecía madura, y a la que a su vez, le quedaba toda una larga juventud por delante.

Me lamenté de la cantidad de tiempo que me había tomado lanzarme al mundo y caminarlo, del tiempo que me llevó quebrar mis propios límites y cagarme en todos los conceptos, preconceptos y hechos sociales dados e institucionalizados. Me lamenté ferozmente de la cantidad de tiempo que había vivido en una caja de zapatos, persiguiéndome la cola como los perros, luchando por gilada. El espejo de Bonnie me hizo pensar que definitivamente un mundo mejor es posible si uno se da cuenta que a los cambios sólo hay que realizarlos. Ni pensarlos, ni esperarlos, ni tomar coraje, ni una mierda... Hay que salir a atravesarlos, vivirlos y disfrutarlos. En fin.

Nada de lo que yo había vivido, ni de lo que creía a esa edad, estaban presentes en ese espíritu libre y a la vez inmaculado. Hay personas que definitivamente tienen la clarividencia para ver lo real detrás de lo deformado, sustancias en vez de detalles, y de focalizar sus vidas desde un principio en valores reales y universales, más que en ficticios e individuales. Me la pasé aplaudiendo, y a la vez, aprendiendo de todo lo que en sus ojos pude ver. Grandes momentos del alma.
 
Toda la troop unida, y en silencio ominoso y entendimiento mutuo, caminaba por las laderas de las montañas, contemplando la vida en su quietud, observando en silencio, fumando y fumando para ver y sentir un poquito más. Otro poco más de ese vacío legal que había que enfrentar, otro poquito más de una condensación de sentimientos que de tan compacta podían ser el equivalente a una bomba atómica de vida que corría el riesgo de que si caía una sola lágrima más en el alma (de las lindas) se pudiera detonar...


Alrededores montañosos... 
Laguito sagrado...
Tibetian corner...
Pero si esa bomba se detona uno se transforma en hippie y la caga completa. Se pone a hablar de hadas, seres inframundanos y se retira para siempre de la sociedad, para nunca más hacer nada más (valga la redundancia) que repartir amor como un forro saltarín de la buena onda, hecho que todos sabemos que por sí solo no alcanza ni para tirarnos pedos. Ser hippie hoy en día es muy fácil y te desliga de toda responsabilidad, y nosotros, eso también lo evitamos.
 
Por todo esto y mucho más, empezó a inflarse el pecho, salió la endereza a la cancha, abandonamos el autoflagelamiento por los tiempos vividos y le pusimos una de las miradas más guerreras del mundo al futuro. Era tiempo de rearmarse, de comer, de descansar, de incorporar, de entender qué mierda había sido todo es que estuvimos haciendo y que hemos dado a denominar... “Viaje por África”.

La pucha... ¿Adónde vamo' ahora?...
Le dejamos un beso eterno en el alma a Bonnie, recogimos los bártulos, nos miramos a los ojos, y abordamos un colectivo decadimensional que nos depositaría en Dheli, última parada a buscar la ropa, comprar un par de boludeces y mandarnos de una vez por todas a mudar. Una tarde como cualquiera Bonnie nos miraba, un colectivo arrancaba y los dientes se apretaban para ver cómo carajo hacíamos para lograr llegar a Mumbai, tomarnos un avión a un país que no es el nuestro, e intentar vivir y rearmar tanto quilombo por todos lados...
 
Hacia un último encuentro en Dheli para recibir los últimos consejos de nuestro gurú personal, conocer a su hermana, buscar la ropa y comprar las últimas huevadas del viaje continental. Hasta la próxima señores. Gracias y ¡Salud!...


Monje y monos, convivencia y contemplación...

2 comentarios:

  1. genialmente relatado !!
    Gracias !!! viajè con Uds...

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  2. Gracias loco.. un abrazo y te esperamos cuando quieras... abrazo..

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