11 oct. 2011

Wadi Halfa, cae la última frontera del continente... (y por supuesto también un lagrimón)...

Wadi Halfa, cae la última frontera del continente...
No se porqué, ni cómo, ni casi cuándo, pero llegamos a Wadi Halfa. Y no me refiero a esto de que nos llevaron unos sudaneses graciosos que fumaban marihuana (los únicos que conocimos en Sudán), ni a que estuvimos tirados por varias horas en el desierto esperando que alguien se digne a rescatarnos...

Me refiero al hueco espacio temporal que habíamos abierto trece meses atrás, cuando nos tomamos el avión desde Ezeiza a Cape Town, no entendiendo en dónde carajo nos estábamos por meter, y que hoy, aquí y ahora... o mejor dicho: en aquel día memorable, en aquella tremenda ciudad, en ese preciso instante, tocaba comenzar a cerrar.

Me refiero también a esa sensación de que alguien te mete un hondazo, y de repente toca bajar a tierra y vivir ese mágico, pero a su vez invasivo y siniestro hecho de ver tu vida en cuadros, en sentimientos, en sensaciones, o en grabaciones que la memoria hizo de las infinitas situaciones, amigos, personas, y lugares que uno tuvo la suerte de transitar.

Una ciudad rutera en el desierto... El Nilo de fondo...
Bedford corazón...
El sólo hecho de poner un pie en la despampanante ciudad, sin duda la más linda y coqueta de todas las que transitamos en el desierto, nos llenó el día de preguntas, los nervios de ansiedad, y el alma de quilombo.

A Wadi Halfa llegamos con lo justo, con las dos manos atrás y saltando en una pata. Sólo restaba un día para que la visa expire. Contábamos con suficientes pounds sudaneses para comer una vez, y sólo nos restaba un billete viejo de cien dólares que Juan arrastró por todo el continente sin conseguir cambiar.

Además, teníamos que pagar la visa de entrada a Egipto y el pasaje en barco hasta Aswan, al que no le podíamos hacer dedo, y que ajusticia treinta dólares por cabeza. Estábamos definitivamente al horno, pero con una mística tranquilidad de que lo íbamos a resolver, como sea...

La rusticidad de los pueblos desérticos...
Puerta al más allá...
Morrito en Wadi Halfa...
Antes de tomar el camino fácil, decidimos adentrarnos un poco en las terrosas e impactantes calles de Halfa y ver qué onda la vida. Y como muchas veces pasa, las soluciones empezaron a llegar solas y rápidas, y no lo digo sólo porque "Hamdy" estaba montado en su moto avión encendida...

“El coordinador” (de ahora en más), personaje que estaba como esperándonos al lado de una de las mezquitas principales de la desértica ciudad, nos interceptó cuando pasamos caminando con nuestro mil kilos de equipaje, no sólo para preguntarnos qué carajo llevábamos en él, sino porque también nos vió la cara llena de dudas, y ahí nomás nos ametralló, como todo buen extremista musulmán sudanés, con increíbles respuestas buena onda:

“La visa de Egipto la pueden hacer arriba del barco o cuando lleguen a Aswan... “Mañana llega un barco al mediodía”... “El pasaje lo pueden comprar a la mañana en esa ofician" (señaló con los dedos)... “Yo conozco alguien que les puede cambiar los dólares”. Nos dió su tarjeta personal y desapareció en el inconmensurable desierto, dejando en el camino una estela sagrada de luz y de verdad.

Admirando Wadi Halfa...
Sin mucho árbol...
¡Pero qué pedazo de capo interespacial! Nos congelamos mirándonos con la sensación de vacío que nos produjo la disolución de todos nuestros problemas, y por ello, nos fuimos a llenar la panza con lo que alcanzara por los pounds que nos quedaban en el bolsillo. El tipo nos había dado solución a todo, y aunque todavía no sabíamos si lograríamos cambiar el billete berreta, teníamos toda la mañana para rogarle a quien fuera necesario. Luego de comer y de compartir un largo rato con los sudaneses que miraban tele y fumaban shisha, decidimos retirarnos a torrar.

Nos armamos la cama con vista al cielo, y acobijados por la relajante y amable brisa desértica, le dimos rienda suelta al cansancio. Los sueños invadieron una última noche sudanesa ridículamente agradable y llena de melancolía; una noche especial, teñida principalmente por ese sentimiento de estar al borde de conseguir algo que por mucho tiempo se estuvo luchando.

Ya repuestos y renovados, arrancamos el día livianitos, y encaramos directo hacia ticketeck a ver qué pasaba con el pasaje y el billete trucho. La oficina todavía estaba cerrada. Mientras esperábamos que abriera tomamos un té, y mientras tomábamos té conocimos a un personaje fundamental de esta inolvidable cruzada por el Nilo: “Puchito”.

Adios amigos... Los esperamos nuevamente...
Wadi Halfa... tremenda y altiva...
Capo sudanés...
Puchito es parecido a Lionel Richie y se pone mucho gel en los rulos. Habla un inglés muy árabe, hace tremendos esfuerzos por comunicarse, y está todo el día de buen humor y convidando puchos. Como todo buen árabe pop, interpreta que si no tenés puchos es porque perdiste todos tus bienes, o estás en severos e irreparables problemas, así que ante el ocasional: “perdón, ¿no me convidas un pucho?”, reaccionó como el guardián de nuestro vicio, y no nos abandonó hasta ver que tuviéramos un atado en las manos (cosa que sucedió 24 horas más tarde), momento en que se quedó tranquilo sabiendo que no moriríamos por falta de nicotina.

Encuentro mediante abrió la oficina, y haciendo la cola para comprar el pasaje, me entraron nervios de todo y de nada a la vez, sentía que debía estar nervioso y que no al mismo tiempo... una sensación propia de mi maraka estado interior. Había demasiado en juego y muy pocas ganas de complicaciones, y llegó nuestro turno... y toda la situación de pasaportes, nombres, nacionalidades, tal y cual... hasta que: ”el pasaje cuesta (el equivalente a 33 exactos dólares) por persona”.

“Ok, pero tenemos un problemita... no tenemos un mango y queríamos ver si lo podíamos pagar en Egipto que hay cajeros automáticos y esas cosas”. “Claro que no, lo tienen que pagar acá, pero... ¿no tienen aunque sea dólares o euros?”. “Sí claro, tenemos esto...” (billete serie vieja arrugado, roto y marcado). La mina lo miró, y automaticamente y como nos venía sucediendo, nos mandó a que lo cambiemos a algún otro lado... desilusión total...

Ahí mismo en la ventanilla nos miramos con cara de: ”¿y ahora quién podrá defendernos?”... y cómo hay preguntas que son mágicas, apareció de atrás de la reja con una notoria mística mexicana: “¡Yo, El coordinador!”... Mas capo no puede ser el capo máximo de Wadi Halfa, que hizo la más memorable y perfecta de las intervenciones, pasó por encima de todos, agarró el billete hecho torta, y dijo que después él lo cambiaba. Entre puchito y el coordinador nos estaban regalando una mañana brillante.


¡Feliz cumpleaños Juancito!...
El Capitán...
Las banderas de Sudán y Egipto flameando en lo alto...
Por lo demás, sólo restó poner la estampa de salida antes de embarcar, escalar una montaña con vistas al Nilo, sacar las fotos correspondientes, cargar el mp3, pilas para los parlantes, y hacer dedo a cualquier camioneta que nos deje en las puertas de todas las emociones acumuladas durante los últimos trece meses.

Y enfrentarme a las emociones acumuladas de tanto viaje con dos guerreros del asfalto como Juli y Juan, me robó un lagrimón. Acompañaban Puchito y un par de locos lindos, quienes también se vinieron a sentar en la baranda del barco, a mirar el atardecer rojo despampanante que regaló el Nilo aquel memorable 14 de Noviembre de 2010.

Tenía olor a empacho con sueño cumplido... y para festejarlo nada mejor que el punch extra que le ponía el cumpleaños de nuestro hermano de viaje y de vida. Juancito cumplía veintisiete años, y lo festejaría luego de las doce, cuando el calendario indicara el día 15, y la falta de champagne se empezara a notar.

Atardecer eterno...
Saliendo de Wadi Halfa...
Con la banda del barco a punto de clavarnos un expreso...
El barco zarpó, y ese simple movimiento de amarras repercutió en cuerpo, mente y alma de esta troop continental. Suspiro-alivio fusión de personas que nos sentimos orgullosas de tanto batallar, que nos llenamos de aire fresco, de alivio, de melancolía, y finalmente de cierta soledad. Minutos antes de las doce de la noche pasamos frente a Abu Simbel... Sus imponentes esfinges iluminaron la noche, casi como un simbólico regalo que Egipto le estaba haciendo a Juan. Selló nuestra entrada al último país de este recorrido africano, y anunció que en escasas diez horas, desembarcaríamos en el puerto de Aswan.

Montones de estrellas fugaces se pusieron a disposición de nuestro agasajado comensal... No quedaban muchos deseos que cumplir... Fue una noche tranquila, serena y llena de paz... una noche irrepetible navegando en el infinito recuerdo de lo que no volverá. Gracias July, Gracias Juancito... Y ¡FELIZ CUMPLEAÑOS HERMANO! Que sean muchos más...

Las esfinges de Abu simbel a la izquierda...
video
Panorámica de Wadi Halfa y el Nilo...

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