19 ene. 2012

Israel y Palestina. Un documental desde otra perspectiva. Heart Beat, Mitzva Ramon (Primera parte)...

Heart Beat... Calentando motores...
Y yo que no le ponía ninguna ficha a ésta última parte del documental. Todo me parecía tan en el aire que hasta estuve dudando si no irme a una fiesta semi galáctica, a la que por cierto estaba asistiendo medio Israel. Por suerte no tomé el rumbo equivocado, y en vez de ir a lo seguro, acepté arriesgar. Escalera real de corazones fue lo que me mostraron y me dejaron todo el tiempo delante, para que reflexione y no se me dé nuevamente por querer cambiar fiestitas pasajeras por sentimientos permanentes.

Combinando el bondi en Beer Sheeva...
A Mitzva Ramon llegamos luego de una escala en una ciudad llamada Beer Sheva, lugar donde muchos trajes de colores y disfraces de lo más llamativos, anunciaban que se iba a celebrar una fiesta rutilante en algún rincón del desierto del Negev. Aguanté la tentación, y seguí a Fede y al nonae sin chistar al abordaje de otro colectivo que nos abandonaría, en medio de una lluvia torrencial, en las inmediaciones de uno de los paisajes más lindos que vi en mi vida. Precisamente allí era donde se iba a celebrar un encuentro de músicos palestinos e israelitas, quienes son los que componen el proyecto que nos interesaba registrar: Heart Beat.

Las coordenadas del evento nos la había dado Aaron (el comandante en jefe de esta banda de chicos de hasta veinte años), quien aún era totalmente desconocido para nosotros, pero con el que habíamos generado una fluida relación telefónica. Llamadito va, mail viene, nada muy claro, pero vengan, son bienvenidos a registrar lo que quieran.

Apenas descendidos en este lugar totalmente desconocido, tuvimos que, debido a una fuerte lluvia, correr a acovacharnos en una estación de servicios que era lo único que parecía albergar algún tipo de vida en muchos kilómetros a la redonda. Allí recorrimos mails, papelitos y cosas agendadas, hasta que logramos encontrar el número de teléfono del hostal donde se iba a realizar el encuentro. Llamamos y sorprendentemente los dueños del lugar nos dijeron que mandaban una de sus camionetas a recogernos. Ese rescate fue una especie de muestra gratis de lo estaba por venir.

Fuimos los primeros, pero para nuestra tranquilidad, el dueño y anfitrión nos confirmó que en pocos minutos más empezaría a llegar el resto. Nos convidó café, vino de elaboración propia, y nos sirvió un par de entremeces como para recuperar un poco de energía. Afuera hacía muchísimo frío, pero si algo sabía hacer en su vida este señor, era agregarle a todo un poco de ese más que necesario "calor de hogar".

Al calor del hogar, hambre y frío apaleados...
Pasaron los minutos, y luego de la segunda taza de café, empezaron a arribar los integrantes de Heart Beat, y así fue que tuvimos el enorme e inigualable placer de concoer cara a cara al "manager" del proyecto: Aaron Shneyer. Lo primero y más importante para nosotros era charlar con él los pormenores de nuestra estadía, ya que aún no sabíamos dónde íbamos a dormir, ni qué íbamos a comer. 

La pregunta casi estuvo de más, y con la enorme humanidad y predisposición que Aaron iba a desplegar durante todo el fin de semana, nos dijo que teníamos listas las camas y un lugar en la mesa comunitaria, asignados para toda la estadía. “Che, si todos son tan fenómenos como vos, puede que este fin de semana sea un evento memorable... Gracias”.

Va llegando gente al baile...
Y la palabra fenómenos nos queda un poco chica... Y debemos decir que la jovialidad, la buena onda y las ganas que se veían en cada uno de las personas que iban arribando, alimentaba y le daba forma a un círculo sólido y compacto, al que la música puliría y decoraría con un brillo distintivo, que además, serviría de canal para hacer trascender un mensaje de paz y de entendimiento mutuo, en el que nos dieron la posibilidad de integrarnos y de sentirnos parte.

Por otro lado, quienes componían este batallón musical, no eran un par de pibes que tocaban la guitarrita, sino uno irrespetuosos totales de todo tipo de instrumentos, que no podían parar de hacer uso, abuso y ostentación de sus virtudes y desparramarlas a los cuatro puntos cardinales. Todos tocaban todo, y aunque tenían bien definidos los roles y sus instrumentos cabeceras, resultaba una imagen común ver que alguien dejara de tocar la batería, para luego agarrar una trompeta y terminar tocando el violín. Un atentado a los sentidos y una energía que a veces sólo la música es capaz de producir.

Yo, que tengo el oído más atrofiado e inútil de la historia, no podía acreditar lo que estaba viendo y mucho menos escuchando. Juli que es baterista, hace percusión y toca tibiamente la guitarra, no podía parar de babearse con tanto instrumento dando vuelta, y Fede, que todavía sigue escuchando el primer disco de babasónicos, pensaba que se estaba gestando una revolución.


Rapeando a lo palestino...
Fede perdiendo el entendimiento...
La cámara estuvo encendida desde el minuto cero, y haciendo malabarismos para intentar lograr un registro ordenado de todos los eventos, nos fuimos metiendo en la vida de un grupo que no opuso la menor resistencia, y que también desde el minuto cero, nos integró en un fin de semana para el eterno recuerdo.

Una vez que Aaron logró ordenar tanta emoción y excitación acumulada, comenzó una presentación formal de cada uno de los participantes. Luego, se delinearon los objetivos del fin de semana, que consistían en la formación de tres o cuatro grupos que trabajarían con un coordinador en la composición de canciones para un concierto en vivo durante el Domingo, cuando todo el mundo se resistiera rotundamente a que como todo, esto también tuviese un final.

Luego del evento formal de las presentaciones, se convocó a un esfuerzo grupal para organizar la mesa  para la cena, ayudar a servir, y lavar y acondicionar todo. Nosotros ocupamos los roles que voluntariamente nadie quería ocupar, ya que con tanta hospitalidad y tanta invitación e integración, nos sentíamos en deuda antes de empezar.

La mesa comunitaria, un recuerdo insondable...
Nos sentamos a la mesa y nos encontramos con varios de los platos más característicos de Israel y Palestina, nos llenamos la panza de una manera impúdica, y empezamos a disfrutar la espontaneidad de estos adolescentes con exceso de energía, que no hicieron más que ponerle notas musicales a todos los eventos que de aquí en más acontecieran.

En esta primer noche y apenas terminamos de acondicionar el salón comunitario, Aaron, atento a la necesidad de evacuar ruido que el 100% de los presentes acumulaban, anunció que habría una presentación formal musical y que tendría lugar en una carpa que se armaría en algo así como dos minutos, donde cada uno se iría integrando en una especie de Jam Session, que significó el puntapié inicial de este encuentro musical de alta calidad.

Heart Beat afinando...
Nos movilizamos en masa rápidamente y así fue como el hi hat marcó un, do, tre, cua, y en un parpadeo, un desierto que ostentaba un silencio demasiado pernicioso, fue inundado de corazón, de ritmo y de virtud musical. En el medio de la sesión arribaron los últimos desaforados que faltaban... Los chicos de Golan Heights entraron a la carpa desparramando una infinita cantidad de onda... que sirvió para cerrar y ponerle el moño a un grupo que ahora sí estaba listo para mostrarle al mundo que cuando hay voluntad, entendimiento y un objetivo en común, las cosas que parecen más imposibles, se pueden alcanzar...

Bienvenidos a este proyecto lleno de ritmo y corazón... Heart beat empezaba a hablar, y si para algo estábamos nosotros acá, era para ayudar a amplificar... Hasta el segundo episodio y muchas gracias por leer... ¡Hasta la próxima!

El interés y la colaboración que cada uno pueda hacer en este proyecto es una suma y una ayuda a una causa de paz y de difusión de los valores y necesidades más básicos del mundo. Respeto, entendimiento, trabajo en conjunto y amor.
Heart Beat... Música en medio del desierto...
Aaron tirando las primeras instrucciones...

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