9 dic. 2011

Tel Aviv, resurrección, mendigacción y eventos varios...

Panorámica de Tel Aviv desde la terraza...
Luego de un viaje muy nocturno y bastante bucólico por las desérticas rutas del sur de Israel, llegamos de la mano de nuestro vaquero conductor (un personaje proto-yanqui atexanado ornamentado por joyas y delirios varios), en algo así como seis horas a la megápoli judía por excelencia: Tel AvivLlegar a Tel Aviv de madrugada supone esperar por algunas horas a que la ciudad despierte completamente, y así, empezar a sentirse habilitado para romperle los huevos a alguien que esté dispuesto a acobijar dos convictos sudacas en sus andanzas por el mundo.

Durante la espera, uno puede empezar a respirar lentamente los aspectos culturales, y algunas de las contradicciones más extrañas que le ha tocado ver en su vida, y aunque ya habíamos tenido la suerte de pisar tierras israelitas por algunos días, sólo habíamos caminado por las calles de Jerusalén, y por lo poco (o quizás demasiado) que se veía en la estación de bus de Tel Aviv, esto no era exactamente la misma historia.

Las dos imágenes más chocantes de Israel que a piori experimentamos en la estación de Tel Aviv, fueron sin dudas las armas y la religión. Un sinfín de "nenes" dieciocho añeros cargando ametralladoras de ridículas dimensiones con la naturalidad con la que se lleva un paraguas, se mezclan en la atmósfera de los religiosos más extremos que vi en toda mi vida, incluyendo a los musulmanes. Gente rezando en cualquier espacio, por cualquier concepto, y haciendo cosas que todavía no entran en mi entender, ni en mi nada... Directamente no me entran.

Paraguitas en un día de lluvia...
Religión full...
Particularmente, hay ciertas personas que se calzan algo así como una "pirámide" en la cabeza, mientras a su vez se atan algo que se llama “feeling”, o “filin”, o “filling” (no sé cómo se escribe y no lo voy a googlear porque tampoco es que nos interese mucho), alrededor de los brazos, para luego meterse de lleno en una especie de trance en el que se pueden quedar de diez minutos a dos días. Tremendo. Oscuro. Raro. No lo sé. No me dio ninguna buena sensación.

De todas formas, la religión tanto no nos preocupaba, ya que nos consideramos absolutamente inmunes a sus embates, y a lo sumo, el sentimiento más cuestionable que nos da, es tristeza; pero las armas son otra cosa, porque antes de que nos lleguen a dar tristeza e impotencia, nos dan pánico, inseguridad y locura insana.

Así fue que en las primeras horas en Tel Aviv gasté el piso de la estación tratando de salirme de la línea de tiro de las dos mil ametralladoras que pasaban a centímetros de mi endeble cuerpecito, y tratando de dilucidar cómo alguien puede creer tanto en algún ser, y más aún, ¿porqué le reza tanto tiempo?, y ¿porqué con esos movimientos? Me sentía literalmente en un loquero. Lo único que me pateaba los pensamientos afuera de ese estado era un olor a café expreso que provenía de un local al que por falta de dinero, no podimos acceder.

Colectivo Nº 6 surcando las calles de Tel Aviv...
Estación de buses... casi un shopping igual a todos en todo el mundo...
La sensación de loquero aumentó un poquito más, cuando luego de llamar a Netita, algo así como una familiar lejana de Julián Árenzon (quien reniega de sus raíces, pero que claramente y como pueden leer las tiene), quedamos en encontrarnos en el centro. Por ello, debimos recurrir al colectivo número seis, el famoso “colectivo de la muerte”, apodado así por ser el que más atentados cuenta entre sus coches, a raíz del enfrentamiento con musulmania; y que hoy por hoy, sentenciaba otro inevitable destino que teníamos que enfrentar. Respiramos profundo, pero subimos muy tranquilos y sonrientes, pensando que con morir rápidamente, sin una previa tortura psicológica, estábamos más que satisfechos.

Al llegar al centro, y ya instalados  en una parada de buses a metros del Mediterráneo a la espera de Neta, nos encontramos con un personaje que encarnaba otro de los aspectos culturales sobresalientes de esta ciudad: la fiesta. Un tipejo gracioso, vestido de traje, confiándonos en el primer intercambio de palabras cuántas veces salía por semana, cuántas drogas se metía por día, cuántas veces cuerneaba a la mujer por año, y que si no fuera porque se le hacía tarde, nos llevaba hasta la casa y nos invitaba a dormir y a quedarnos con él. “Ta todo bien man, ni en pedo... besos...”.

Es que Tel Aviv emergía como una de las contradicciones más graciosas de todos los tiempos, y a la larga, todas estas primeras impresiones que mezclaban armas, religión y fiesta, iban a encajar perfectamente en el puzzle de la idiosincrasia de un país que tiene muchísimo y muy denso contenido cultural; más aún, una inabarcable cantidad de aristas para analizar una sociedad tan compleja, que me atrevo a decir que se puede ahondar casi infinitamente, sin llegar a ninguna conclusión más que tímidamente satisfactoria.

En los bares...
Para continuar y sumergirnos un poco más en la banalidad de la huevada, no podemos obviar en este "aclimatamiento" a tierras judías, el hecho de que Tel Aviv es ridículamente caro, tanto que comer un mísero falafel cuesta tres dólares, un pasaje en colectivo urbano no menos de dos y medio, y el lugar más ratón para dormir casi diez dólares por noche. Viniendo de África y musulmania, estos precios formaban parte de otro planeta; y ahora que lo escribo y pensándolo bien, Israel para estar en Medio Oriente es literalmente otro planeta... Un planeta del más allá... de nuestras posibilidades económicas, el que nos anunciaba el comienzo de una batalla psicológica campal contra el hambre y los recursos.

Pero no está muerto quien pelea, y con esto mucho más que claro, nos relajamos en extremo y nos entregamos a lo que pase, pero más parados y plantados que nunca. Nos dejamos llevar por la liviandad del sentimiento de haber escapado sanos y salvos de la revolución de Egipto, y con ese ibuprofeno bajo la manga, nada resultaba demasiado doloroso. El frío era simplemente frío, el hambre simplemente hambre... los deseos no satisfechos, tomadas de pelo de la coyuntura... Un sentimiento maravilloso que recurrentemente apelaba a la frescura de sentirnos plenos, vivos, sanos y totalmente privilegiados.

Con Netita recorrimos un poco los antros más baratos para dormir hasta que luego de ver que las chances de pagar eran cero, nos sinceramos completamente : “Neti, no vamos a pagar ni un dólar porque nos importa un carajo dormir en el piso o debajo de un camión, así que olvídate y nosotros después vemos qué hacemos”. Netita, que encarna el costado de la juventud más piola de la sociedad israelita, interesada en conocer lo que pasa en el mundo, no involucrada en estigmas nacionalistas, y totalmente en desacuerdo con las estructuras más rígidas del país, nos dijo: “por hoy duermen en mi casa con mi abuela, pueden dejar los bolsos ahí el tiempo que quiera y después ven...”. “Claro genia. ¿Ves que sos lo más?. Gracias”.

Netita de viaje por el mundo...
Figuretti...
Tel Aviv en Shabat...
Esta generosidad nos dio la posibilidad de recuperarnos y descansar un poco después de infinitos buses e interminables fronteras; y también el tiempo para ponernos en contacto con otros amigos y amigas con los que habíamos compartido momentos del viaje y nos habíamos prometido amor eterno. Así fue como nos pusimos en contacto con las reinas de Israel, Netta y Anat, con Daniel que estaba viviendo en un poblado a un par de horas llamado Yodfat, con amigos del viaje por Latinoamérica como Yuval y Omer, y con algunos otros contactos que habíamos rescatado de couchsurfing y de amigos en Buenos Aires.

Todos estaban dispuestos a todo, pero por esas cosas del destino, ninguno podía hasta nada hasta dentro de unos tres días. “Que vino mi vieja, que me voy por tres días a Nueva York, que sí pero vivo en la concha del mono, que no porque a mi viejo lo echaron del laburo”. Un gran momento de desilusión. ¿Y el amor eterno man? ¿Dónde está?... Si caes por Buenos Aires dejo todo, te voy a buscar adonde sea, y hasta que no te veo comido, instalado y dormido no sigo... pero bueno, lo dejamos ahí para no apresurar conclusiones...

La providencia de todos modos llegó cuando estaba por sonar la campana del linyerismo fuerte, de la mano de Amir, un loco que conocimos casi casualmente... con el que realmente no había tanta onda, que además vivía en un lugar bastante feo llamado Petah Tikva, pero que a pesar de nuestros desentendimientos constantes, la falta de buena onda real y de sonrisas algo apretadas, nos terminó salvando la vida (lo cual agradecemos de corazón) y dando el aire necesario para organizarnos en el país y ver cómo cuernos íbamos a lograr pasar los veinte días que nos separaban de Federico Marcello, la cámara y el documental.

Petah Tikva desde las alturas...
Federico Marcello en un casting...
Nunca me sentí tan incómodo en la casa de alguien que me invitó a dormir. No sé porqué, pero me daba cosa hasta pedir un poco de agua, y aunque a cada minuto se hacía un poco peor, hasta dimos una vuelta por el barrio, nos mostró cuán disconforme estaba con el mismo, no paró de decir que se quería ir, que eran todos medio pelotudos, y finalmente nos volvimos para sentarnos en su sillón y sentirnos extraños nuevamente. Cero onda es un montonazo, aunque quizás haya sido simplemente un momento en la vida, ya que si algo tenía Amir era voluntad de hierro.

Tanta paja nos dio, que a pesar de que era domingo y no teníamos donde dormir hasta el jueves, decidimos que levantábamos todo, y que si era cuestión de pasarla mal, mejor en el centro mirando israelitas, que para ser 100% sincero, son impresionantes... y por lo menos reavivan la llama, reeducan el ojo y muestran un montón de hermosa piel al viento.

Entonces, de aquí en más y por un par de días, esta troop anduvo por el mercado de Allenby abaratando lo más posible los costos de la comida, requisando precios, utilizando internet gratuita en un shopping al que también le usamos en reiteradas oportunidades el baño (para no transformarnos además de en linyeras, en sucios); y por último y para coronar, disfrutando de la libertad de dormir en bancos de piedra enfrente del Mediterráneo, un spot gratis, pero que debería ser pago de lo bueno que estaba.

La noche de Tel Aviv...
Mercado que da a la calle Allenby...
Viejita divina que canta canciones tradicionales en esa esquina donde pasamos muchas horas...

Estábamos definitivamente en cualquiera. Un cualquiera poco descriptible sumido en extrema verborragia, un cualquiera casi deseado y buscado. Ese tipo de cualquiera que con lo más mínimo e ínfimo se es feliz. Ese cualquiera que no depende absolutamente de nada que se pueda comprar, ni siquiera comida. Un cualquiera que puedo definir como pura y genuina felicidad. Una especie de "totalmente despojados de todo"... aunque sea por un rato...

En el próximo capítulo nos rescatan nuestras reinas israelitas para devolvernos al glamour social. Empiezan los épicos movimientos por Israel, país que nos regalaría una de las mejores experiencias de nuestras vidas. Hasta la próxima cuando como dije alguna vez, reaparezcamos amenazando recobrar la forma humana... ¡Salud! y muchas gracias por alentar nuestra felicidad.


Mendigacción frente del Mediterráneo...

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