22 feb. 2012

Mumbai, una mágica llegada a un país tremendamente alucinante... La India...

Bienvenidos a la India...
Llegamos a Mumbai en avión. Los chicos llegaron primero. Yo demoré una media hora más en aterrizar de la cantidad de pastas que había tomado para combatir mi miedo a volar. Un par de cachetazos, un poco de agua, un buen acomodamiento de la mandíbula para parecer persona, y ya me estaba mezclando entre los indios con mis amigos.

Uno muy simpático nos puso el sello de bienvenida, pero otros mil millones nos estaban esperando afuera del aeropuerto para colaborar con nuestra profunda desorientación. Tanta gente yendo, viniendo, comprando, vendiendo, ofreciendo y gritando, sumadas a un calor y una humedad casi inhumanos, y dos mil horas sin comer y sin dormir adecuadamente, no resultaban ser el mejor cuadro de bienvenida, y ciertamente, empezaron a hacer mella en nuestros socavados ánimos, que se iban fisurando un poquito más acorde íbamos incorporando estas variables.

Paramos la pelota, dejamos de poner cara de culo, y distribuimos las tareas básicas. Nos hicimos de unas rupias para movernos, nos informamos de la mejor zona para ir a descansar, e intentamos coordinar los esfuerzos para ver cómo coños salíamos del aeropuerto sin recaer en los costosos taxis que todo el mundo nos quería convencer de abordar porque eran “más seguros”. Venimos de Medio Oriente, lo de la seguridad cuéntenselo a Antonito de la Rúa, y el taxi... métanselo en el orto.

Antonito y su mirada Magnun rosada...
Agarramos las mochilas, cruzamos la valla de seguridad, y ahí nomás, pero del otro lado, nos asomamos a un mundo mucho más lindo, fuera del aeropuerto, y cada vez más lejos de los embates de los oportunistas que juegan con los miedos del turismo. Eran las nueve de la noche, estaba oscuro, pero la ciudad aún estaba notoriamente activa y más que predispuesta a ayudarnos.

La primer pregunta que hicimos esgrimió (del deporte esgrima): “Perdón, ¿Cómo podemos llegar a Colaba?”, y mucho más allá de obtener una respuesta certera fue la primera vez que un indio me movió la cabeza mientras sonreía, y debo decir que ese simple gesto me hizo olvidar por un buen rato el hambre y el mal humor. Nos indicó una combinación de bus y tren, y se perdió entre la inmensa fauna de Mumbai.

Indios curiosos...
Nos subimos a un bus superpoblado (como casi todo en Mumbai) ayudados por un montón de indios que nos hacían espacio y nos miraban mucho, pero sin eso de quedarse anonadados como si fuéramos seres de otro planeta. Era más que nada una sensación de curiosidad y de intriga, que respondía a la incógnita de qué carajo hacíamos con tanto equipaje y estas caras de delincuentes en su país. Me cayeron bien en menos de dos segundos, y en menos de dos más, ya les estábamos moviendo la cabecita en retribución.

Nos bajamos y nos metimos casi directamente en la estación de tren que nos depositaría en Andheri, la estación de conexión, por lo que en menos de una hora, ya estábamos asomando la cabeza a la segunda experiencia en Mumbai: tomarse el tren. Lo primero que me llamó la atención fue lo ancho que son los vagones... luego, la cantidad de gente que hay por vagón, y por último, lo barato que son los tickets. 

A pesar de no ser de lo más limpios, tampoco son más sucios que el Sarmiento o el Mitre ramal Villa Ballester, y lo bueno es que están plagados e inundados de gente moviendo la cabecita. Tremendo e infinito gesto. El movimiento de cabeza de un indio puede resultar un alivio para el alma. Luego de esta travesía en tren, y ya casi entrada la media noche, seguíamos preguntando adónde cuernos quedaba Colaba... Hasta que un taxista nos insinuó que aún estábamos lejos, y que si queríamos, nos llevaba por doscientas rupias. 

Siguiendo la regla de que cuando te ven cara de boludo y recién llegado a un país, te quieren cobrar cuatro veces más, le propusimos cincuenta, y luego de un rato de hacerse el dolido por nuestro descorazonado accionar, cedió. Distribuimos todo entre el baúl y techo del destartalado 404, y nos entregamos a la última combinación de la noche, la que nos dejaría en el corazón de la zona para mochileros ratas, y muy cerca, pero muy cerca de nuestro primer contacto con el Mar Arábigo.


Un poquito de tren en Mumbai...
Típico taxi indio en el centro de Mumbai...
Bajamos, miramos, tratamos, pero no... estábamos efectivamente más desorientados que la humanidad. Ya había menguado el movimiento de la ciudad, y las calles estaban sumidas en una pegajosa y mugrienta realidad. Las luces ya no eran tan intensas, y lo más preocupante era que no se veía un solo puesto de comida abierto, y ninguna de las puertas de los hostalitos esperándonos.

Nos sentamos bastante abatidos para intentar pensar un segundo. Los chicos se dieron cuenta que si pensaban un poco más se dormían, por lo que me dejaron los bolsos a cargo y se fueron a hacer una recorrida hotelera y culinaria, para intentar pensar, pero con la panza más llena. Mientras daban las primeras vueltas por las calles de Mumbai, tampoco sabía cómo carajo hacer para mantenerme despierto... hasta que encontré un juego nuevo: contar ratas. Hasta que volvieron había contado algo así como treinta y cuatro, y estoy seguro que el número no fue mayor porque mis reflejos estaban muy atrofiados.

Así, y más grandes también...
Por suerte los chicos llegaron con un par de chapatis en la mano que lamentablemente no hicieron mella alguna en nuestros desesperados estómagos, aunque sirvieron para que los dientes no se olviden del ejercicio de morder. Eso sí, nos daban la seguridad de que al menos hasta la mañana siguiente íbamos a seguir vivos. Lo peor fueron las novedades hoteleras. “Encontramos un solo lugar abierto...”, “que es caro...”, “y no te das una idea lo sucio que está...”, “además... no tiene ventilador”.

“No importa chicos, ya veremos”. Con el sabor y la energía que el chapati nos había dejado en la boca, nos fuimos con el nonae a ver si conseguíamos algunos más en la dirección opuesta. En esa primera recorrida nocturna por Mumbai fue donde pudimos observar por primera vez (valga la redundancia), manadas de personas durmiendo en las calles, millones de ratas en busca de los restos de comida y respirar una atmósfera algo putrefacta, pero tremendamente compensada por aromas de comida y de varios elementos no identificados. No encontramos nada para comer, pero mucho para pensar y empezar a incorporar. Finalmente volvimos con los estómagos más vacíos.
 
Salvation Army: Un gran lugar en Mumbai...
Ya sin fuerzas, y apoyados con los bolsos en el paredón de alguna esquina, nos dimos cuenta que nuestros dioses pasados se habían puesto en contacto con sus pares en la India, cuando de la nada aparecieron tres policías buena onda, y nos dijeron que el lugar más barato y amigable para dormir era uno que estaba justo al lado nuestro, llamado “Salvation Army”; pero que lamentablemente ya había cerrado sus puertas hasta el día siguiente, por lo que, si deseábamos, podíamos dormir ahí nomás en la puerta... Que nadie nos iba a robar y que todo más que jamón. Si no era dios, era un pariente, pero sí o sí una entidad divina.

A su vez nos alentaron a acampar delante de la puerta, cuestión que apenas abrieran les diera lástima y nos hicieran entrar. Todo muy raro, pero con el cansancio que teníamos decidimos que lo mejor era entregarse al mundo de las ratas, apoyar los cuerpos en las mochilas y dejarse llevar. No tengo recuerdos de haber pensado absolutamente nada más en el momento que cerré los ojos. No recuerdo que hicieron mis amigos, nadie lo recuerda...

A la mañana siguiente abrieron la puerta una hora antes de lo esperado, y cuando me despertaron para que nos movamos, primero casi le meto una piña, y luego casi le beso pies... Cama, una cama y un ventilador... Hasta mañana, no damos más, pero muy bienvenidos a un tremendo lugar en el mundo llamado Mumbai. Bienvenidos a la India...


Ghandi, un indio muy piola...

6 comentarios:

  1. Chicos, con puro amor y divertida por sus relatos, quiero decirles algo: ¿Por qué unos chicos que están de turistas, van al Salvation Army, que seguramente tiene pocos recursos para acoger a personas que realmente necesitan de esa ayuda y a quienes jamás se les ocurriría vivir "la experiencia de la pobreza" como una gran aventura; porque simplemente ésa es su vida? Me parece grandioso su viaje; genial que "vivan cada espacio" y que intenten vivir como los locales. Pero ya esto me parece por demás.
    Besos!!!
    Vicky

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  2. El Salvation Army es un hostalito que lejos de hacer beneficiencia vive del turismo... Es uno de los lugares de paso más conocidos y concurridos por mochileros en Mumbai. No acoge gente de ningun lado sino ponen la plata... o sea no esta de mas, sino que de menos... Besos Vicky y espero que te haya servido la respuesta... De todos modos me parece bueno que antes de lanzarte a la critica indagues sobre la real situacion. Besotes.

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  3. Gracias Juli, es como leer un cuento en cuotas! sigan así!.
    Un abrazo Rubén Quinteros

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  4. Entretenidisimo, me encanta y quiero seguir leyendo.

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  5. Me parece que Vicky penso lo mismo que yo: que el hostel "Salvation Army" se trataba del Ejercito de Salvacion, una organizacion (o no se que) religiosa que ayuda a los necesitados, pobres, etc :P porque en ingles se le dice asi, "Salvation Army"

    coincidencia en los nombres, quizas, jeje! igual gracias por la aclaracion chicos!

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  6. Si totalmente... pero bueno... gracias a Ruben tambien y a Claudia!... sigan leyendo... los esperamos!... abrazos...

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