4 dic. 2015

Grahamstown al horno y la llegada del Tincho Canale...

El Tincho conquistando Sudáfrica...
Casi como un dejavú del final de “Snatch”, y llamativa paradoja mediante: gritaron por última vez “corten”, brindamos una vez más por todo lo vivido, nos estamparon por millonésima vez el pasaporte, ingerimos una mini pastelita, y volamos de vuelta a Sudáfrica, en busca de la belleza de la comarca y la “tranquilidad” del énclave más lindo del Eastern Cape... Eso sí: un poco más desorientados, levemente más mareados, y bastante más cagados a palos. Con las neuronas embotadas, las células mareadas, y las comisuras de los labios algo resecas, metimos la llave en el agujerito, y aunque abrimos la misma puerta, parecía que nos habían cambiado la casa.

Dale Tinchooo... apurateeee...
El olor, la fragancia, el sentimiento, la intensidad, y básicamente la sustancia que caracterizaba a la “Casa Latina”, se había esfumado, se había ido, no estaba más... como si “alá” se la hubiera llevado. Flotaban en el aire micro células de reducción de armonía, se infiltraba una especie de letargo y la inquietud de esa soledad que desespera los sentimientos. Como si al abrir la puerta se hubiera fugado el último cúmulo de esencias que habían sobrevivido y resistido a un presunto golpe de estado energético. Aquella entrada a la ex casa latina entonces, fue una especie de sobresalto al despertar, una duda eterna, una cansina desilusión de una autogenerada e inocente esperanza de comunión, que se escondió de la pureza y la verdad... y prefirió la mentira.

Por suerte nada estaba tan perdido, ya que al segundo de preguntarnos: “¿Y ahora quien podrá defendernos?”, se escuchó un grito que llegaba desde el viejo continente, y apareció, cual as bajo la manga, cual amuleto de la suerte, cual trébol de cuatro hojas, la superlativa humanidad del gran "Tincho" Canale, anunciando que estaba abordando un avión hacia Sudáfrica, para intentar rescatarnos de la mediocridad y la acentuada desidia que nos merodeaba. Pocas cosas podrían haber sido más alentadoras que ese reencuentro revitalizador para ponerle un broche de oro a un nuevo año que se nos ponía viejo. Así fue que repetimos el abrazo de Varanasi pero en Grahamstown, levantamos los ánimos, y empezamos a planear los recorridos de rutina.

Tincholado...
Sólo restó esperar un par de días a que el Tincho se recupere de tanto viaje y tanto rock, pero apenas vimos que estaba enterito, arrancamos para la “Wild Coast”, lugar en el que teníamos agendado un encuentro con nuestro querido Steve, quien nos había hecho formal una invitación a una ceremonia “Sangoma” en las inmediaciones de la famosa ciudad de Mthatha. Pusimos unas frutas y unos sanguches en las mochilas y nos mandamos a la ruta a revivir a pulgarcito. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos... Al ratito que llegamos, casi como salidos de abajo de una piedra a decir “bienvenidos”, aparecieron: Dave, Janet y Steve, reforzados y backupeados por la excentricidad de Andre, un personaje que aún no conocíamos, pero que sería el encargado de alojar a toda la monada en su super morada cósmica.

Ruta, rutera...
Andre y amigo cósmico...
Esas playas sudafricanas...
La casa de Andre está construida dentro de un hermoso predio a unos pocos kilómetros de Mthatha. Un lugar que se puede describir como un pequeño mundo de grandes estímulos, excéntrico, lleno de incógnitas, de imprevistos, y de conocimientos poco comunes. Como asistir a una especie de reencuentro con algunas capas de la vida, que aunque olvidadas, resecas e impermeables, funcionan como un poderoso contraste de la urgencia y la banalidad imperante de la ciudad. Un espacio que obliga a correrse de lo común y preestablecido. Un lugar de retiro y de tranquilidad, con una huerta orgánica tan linda y tan grande, que el Tincho no podía parar de flashear. Hasta los camaleones se acercaron a decir “hi”. Un hermoso momento que de alguna manera este blog se propone eternizar.

Alrededores de la casa de Andre...
Flasheando en colores...
Panorámicas de los alrededores...
Relajo a los Transkai...
Después del relajo y el hipismo, asomaba el plato fuerte: la llegada al mundo de un nuevo Sangoma, y el Tincho no se podía perder el ritual. Un poco de Sudáfrica profunda... Una ceremonia con casi los mismos ingredientes de siempre: una casa, algunas chozas, mucho color, mucho Nkomboti, mucha espiritualidad, muchos ancestros, mucho “Makosi”, mucha danza, sacrificios, borrachos y choque cultural. Un plato que a mucha gente se le puede hacer algo complicado de digerir, y para el que es imprescindible abrir bien los paladares, tragar los preconceptos, y dejarse llevar sin cuestionamientos al lugar de espectador. Aunque aquella particular ceremonia no tuvo la usual mística de las de Cris en Mthambalala, sin dudas contuvo el valor de la experiencia de esos eventos que suceden pocas veces en la vida.

Ceremonia, sacrificio y rock and roll...

Sangomeada...
La banda preparándose...
Sangomeada bis...
Panorámica del predio...
Suenan los tambores...
El resto del tiempo fue disfrutar del Tincho, de Steve, y de Port St. Johns, y dejarnos llevar por los mismos caminos que recorremos con cada una de las personas que a través de los años nos van visitando en el principado de Grahamstown. El resto fue, como siempre, intentar pasarla lo mejor posible, inyectar un poco de positivismo en los ánimos y reactivar las capas más permeables del espíritu. Nada que no se llame cansancio emocional, nada que no sea consecuencia de tanta vida bien vivida. La entrada es gratis, la salida ni en pedo. La cuota necesaria de luz que siempre necesitan los días la mantenía encendida con toda su humanidad, con toda su sonrisa, y con toda su liviandad, el irrepetible "Tincho" Canale. Dos capítulos nos restan aún de esa luz... Acompáñenos, síganos, y créanos que nos lo vamos a defraudar.
Piletas oceánicas en Port St, Johns...

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