11 mar. 2009

América en Bedford - Venezuela

Un Bedford de trompa por latinoamérica...
En algún momento de nuestras emocionantes vidas llegamos a la antepenúltima frontera de este insondable viaje intitulado "América en Bedford". Guarero fue el lugar que elegimos para infiltrarnos en las enigmáticas tierras venezolanas... o bolivarianas, o si usted lo prefiere, chavistas. Nada más lindo que entrar a Venezuela entonces, en una extrema condición anarco budista, a un controvertido proceso electoral que contextualizaría esta visita de principio a fin... Una controversia fundada más en los problemas que el gobierno de turno le trajo a EEUU (luego de equiparar el precio del petróleo con los estándares internacionales), que en los propios problemas internos venezolanos (que no son pocos).

Más allá de todo esto, a nosotros nos interesaba más específicamente el contacto con la gente y sus costumbres... su música, el baile, su comida, sus formas de pensar. Apenas entraditos al país nos chocamos muy de frente con la archiconocida ciudad de Maracaibo, sin duda una de las tierras más calientes que habíamos transitado en nuestras vidas, y lugar que elegimos para hacerle los reajustes de rutina al camión.

Entrando a Venezuela...
Luego de preguntar en varias estaciones de servicio y de ser rebotados consistentemente en todas ellas, finalmente logramos conseguir un lugar para estacionar nuestro azulado corcél. Cuando ya estábamos perdiendo las esperanzas, hablamos con un par de empleados que se enternecieron con por nuestras aventuras ruteras, y nos permitirnos aparcar por un par de días. Así fue que nos encontramos con los primeros “maracuchos” pura cepa, quienes abrieron sus corazones al viento, o más bien, a una insoportable humedad sin viento que permanentemente ahoga a la ciudad.

Totalmente pegoteados entonces, nos empezamos a mover muy lentamente por distintas zonas de la ciudad, en busca de los repuestos necesarios para infiltrar al titán. Así fue como nos metimos de lleno en el “mundo camión” venezolano y recorrimos lugares como “Las Delicias” y el “Elevado de Ziruma”, áreas que están muy lejos de representar algún evento turístico, pero donde ciertamente se puede respirar la idiosincrasia venezolana sin maquillaje y a cara pelada. Ya que nos teníamos que llenar de grasa, aprovechamos el envión, e hicimos la limpieza del tanque de gasoil y de todo el camión por dentro. 

Con las urgencias un poquito más resueltas, nos fuimos relajando y empezamos a enfocar en los estímulos más inmediatos de la ciudad. El primer gran impacto al corazón sucedió cuando nos enteramos que el gas oil en Venezuela costaba 0,02 centavos de dólar el litro. Me acuerdo de mirar el surtidor y no poderlo creer. Estuve a punto de emocionarme. Pestañeaba con fuerza para corregir los números y no había caso. Casi salgo a enarbolar las banderas chavistas. Experimenté una gran simpatía por el ya fallecido presidente, del cual probablemente se puede criticar mucho, pero también se puede aplaudir otro tanto.
Cuando ir a la estación, más que doler, da placer...
(Fuente: http://www.aporrea.org/)
Para generar un poquito más de polémica, hay que decir que Venezuela, como la mayor parte de los países con orgullo, ejerce una política proteccionista hacia la moneda local, por lo que no se le permite a la población comprar divisas extranjeras, salvo que sea por un viaje al exterior o por razones estrictamente comerciales. Obviamente, y como muchas veces sucede, esta situación alentaba la venta de dólares y euros en negro, que en este caso era controlada mayoritariamente por árabes muy piolas, pero a su vez, muy duros de negociar.

Tercero y bastante más gracioso: los venezolanos utilizan repetidamente un gesto facial difícil de describir, pero muy llamativo, que nunca vimos en algún otro país de América. Un día, luego de preguntar en una estación de servicio: “¿Tiene tal marca de cigarrillos?”, un empleado se dio vuelta y me intimó con este movimiento facial, mezcla de boca, labios, nariz y la conjetura que hay entre la nariz y la frente, arrugando fugazmente las partes desde afuera de la cara hacia adentro. Por cierto, creo que su equivalente en palabras podría ser: "¿Cómo dijo?" o "¿Qué pasa?". Pareciera ser que cuando "algo" no se entendió, o no se escuchó bien, sacan a la cancha este "manijazo" facial que todo lo cuestiona.

En fin, Maracaibo nos puso en sintonía con algunas variables del país, y nos permitió intimar con la paquedad y la tosquedad de los maracuchos. Como hacía demasiado calor, decidimos movernos lo menos posible y dedicarnos al constante consumo de cerveza. El único problema es que la vendían en botellitas de apenas 222 cm cúbicos, hecho que solamente se hacía entendible, cuando uno se daba cuenta que si pasaba más de cinco minutos en la mano, automáticamente se convertía en sopa. La birrita la acompañamos con constantes ingestas de pollo frito y arepas. No salimos demasiado por las noches y no asistimos a ningún evento demasiado destacable.


Deme veinte por favor...
Por culpa del tiempo y el dinero, las dos variables que por excelencia determinan la vida de la mayoría de las personas, ya habíamos decidido que no nos podíamos desviar hacia la zona costera. Nos teníamos que olvidar del Caribe venezolano, de las islas, del sol y todos bikinis, pero con casi ningún rencor, nos entregamos de lleno a un tour por todas las demás ciudades que estuvieran de paso en nuestro camino a Brasil, lugar al que nos pensábamos internar con el titán para abordar cualquier barquito que nos deposite en las rutas del otro lado de la selva amazónica. Estábamos disfrutando de un cierto estado de sana relajación, que lamentablemente llegó a su fin apenitas salidos de Maracaibo.

Luego de aproximadamente media hora de haber arrancado, sonó por quintoagésima vez la lúgubre campana del imponderable. Escuchamos un ruido extraño que parecía provenir del rodamiento trasero, por lo que inmediatamente nos detuvimos a ver que estaba sucediendo. Cuando bajamos en la banquina, nos encontramos con la poco grata sorpresa de que las ruedas traseras del lado del conductor se estaban prendiendo fuego. Obviamente se escucharon los primeros gritos histéricos, e instantaneamente empezaron los resbalones en la urgencia de buscar un valde con agua (que por suerte siempre teníamos), para evitar que nuestro querido amigo, con todas nuestras pertenencias dentro, quedara reducido a cenizas. Por suerte, al primer baldazo logramos apagar el incendio. Decidimos auto-apodarnos de una buena vez por todas “Los pibes mala leche”.

Por suerte, y nuevamente gracias al señor Chávez, los remolques en las rutas venezolanas también eran gratis. Sí, usted leyó bien, gratis. ¡Qué increíble che! Entre el gasoil y los remolques, ya teníamos dos muy buenas razones para salir en defensa del bombardeado socialismo chavista. Llamamos al número gratuito, y luego de un rato apareció el bendito camión. Para nuestra desgracia, llegó con uno de los personajes más controversiales del viaje, el nunca bien ponderado "Moziú"... 
un hombre mitad hombre, mitad algo desconocido. No se le entendía nada lo que hablaba y parecía tener tanta idea de mecánica como yo de jardinería. Moziú llegó a nuestras vidas con el mero objetivo de destrabar el palier que se había medio fusionado con algunos rulemanes y partes del rodamiento. Una vez logrado el objetivo, la grúa nos remolcó... nos abandonaría diría yo, hasta su taller.

Bueno, si en Maracaibo hace calor, a unos cuarenta kilómetros, más específicamente en las inmediaciones de Santa Rita, existe una mini sede del infierno, que no recomendamos visitar bajo ningún concepto, salvo que quieran conocer a Moziú y su controversial estilo de vida. Las noticias, claro está, eran muy malas. Además de advertirnos que habían culebras al costado de la ruta, nos avisaron que había que conseguir dos rulemanes que no teníamos, y hacer fabricar dos partes roscadas que eran absolutamente inconseguibles en la zona. Como si fuera poco, el baño del taller, estaba todo inundado de desechos humanos y la comida escaseaba más que el agua. ¿Y ahora?... “Empezá a armar sin parar, aprendé a hablar el idioma de Moziú y rogá que de alguna manera consigamos las cosas que nos faltan. Ah, también afilá la lengua y endurecé la cara, que plata no hay”...

Complicado y custodiado...
Empezaron a pasar los días, y nosotros íbamos de Santa Rita a Maracaibo, de Maracaibo a Cabimas, de Cabimas a Santa Rita, y así sucesivamente, hasta que en algún momento, casi como por obra y arte de magia, conseguimos los benditos repuestos. Por desgracia, uno de los rulemanes no calzaba por la más mínima de las diferencias existentes, pero luego de hacer muchísima fuerza para entender la explicación de Moziú, distorsionada por un tabaco que constantemente masticaba y escupía, interpretamos que no sería un gran problema, ya que podía retocarlo y lograr que quede bien.

En medio de tanto incordio, los ánimos de la troop se habían caldeado, y entre calor e incomodidades varias, el horno no estaba para bollos. Hay que concluir que a esta altura del viaje, las cosas muy probablemente habían empezado a pasar por lados distintos cada uno de los tripulantes. Esta leve disgregación de intereses tensionó un poco a las chicas, por lo que hubo que descomprimir la situación con un par de inofensivos arañazos. Acontecido el hecho, rápidamente salimos a poner paños fríos a la vida e incursionar en la terapia grupal, por lo que abocamos todas las energías en homenajear nuestra entrañable inconciencia rutera... Mientras Juli empezó a pintar las banderitas de los paises recorridos, el resto de la troop se dedicó a plasmar en el frente, la leyenda que probablemente más nos identificaba en aquel momento: “Conductores Suicidas”.
"Conductores"...
Triplete en las inmediaciones del Río Orinoco...
De todas maneras, esta etapa en el taller de Moziú la viví con mucha angustia. Nuestro Bedford seguía siendo el eje y el único asunto verdaderamente importante del viaje, y el panorama para terminar el recorrido, y llevarlo sano y salvo hasta Argentina, estaba bastante comprometido. Principalmente porque el rodamiento estaba muy desgastado, y no teníamos idea si aún aguantaría, en el caso de ser necesario, un nueva rectificación. Mucho más allá de esto, nadie nos podía asegurar que el motor no se trabara de repente y no anduviera más.

En algún momento logramos salir de aquella horrible sucursal del infierno, pero las cosas se pusieron aún peores. El arreglo de Moziú resultó ser uno de los peores fiascos del milenio, y a no más de una hora de haber retomado el viaje, el rodamiento se volvió a romper. Más allá de las dieciocho mil puteadas que dediqué a Moziú y a todos sus antepasados, sabíamos que esa rotura significaba que si o sí había que rectificar. Sólo nos quedaba dinero para comer un par de días, por lo que hubo que idear un plan de rescate que igualmente no iba a alcanzar para afrontar todos los gastos que una rectificación de este tipo conlleva.

Nos remolcaron nuevamente en forma gratuita hasta el siguiente taller. Por suerte, esta vez nos encontramos con esa gente ante la que uno se tiene que sacar el sombrero y aplaudir sostenidamente por la infinita buena onda. La contracara de Moziú, el otro lado de la moneda, el lado iluminado de la Luna. Amables, atentos, idóneos y buena gente... además de buenos músicos. Como en Colombia en el taller de Aldemar, con ese corazón abierto y con las mismas ganas de ayudar. “Ponelo acá que lo miramos”. Los muchachos del remolque se fueron, pero esta vez quedamos en buenas manos.

"On the road"...
Bedfy descansando y tomando aire en algún recoveco...
Estábamos a una hora de viaje de la ciudad de Carora. Apenas analizaron la rotura, nos aclararon que había que desmontar todo el rodamiento y llevarlo a rectificar, para recién ahí, retomar las charlas para salir a la ruta de nuevo. “Ok, pero tenemos muy poco dinero, así que vos das las indicaciones y nosotros hacemos la fuerza, porque no te vamos a poder pagar”. Trato hecho, manos a la obra.

Además de la guerra fría del calor y la humedad, peleamos cada uno de los costos con el resto de los intermediaros. Los remolques chavistas nos dieron una gran mano, ayudándonos a cargar el eje hasta Carora. El calor allí, era un poco más insoportable aún. No se podía caminar más de doscientos metros sin ingerir litros de líquidos. A la cuestión meramente climática, había que sumarle un medio ambiente que estaba cada vez más caldeado por la proximidad de las elecciones. Se respiraba un intenso fanatismo, probablemente el más intenso que haya visto en toda mi vida. Logramos hacernos amigos del dueño de la rectificadora. Le imploramos un rato, lo ayudamos en todo lo que pudimos, y logramos llegar a un trato conveniente.

La campaña de los diez millones... fanatismo político 2006...
Entre idas y venidas de Carora, compartímos varias charlas y mucha buena onda con los mecánicos, quienes resultaron ser devotos fanáticos de la música "llanera", y exclusivos responsables de introducirnos al popular Reynaldo Armas, músico venezolano de gran estirpe, del que nos obsequiaron uno de sus discos y nos cantaron algunas de sus canciones. Aprovecho la ocasión entonces, en honor a aquellos lindos recuerdos para dejarle estas "Coplitas de bolsillo" para que se entienda de qué estamos hablando.

Los días fueron pasando,  y esfuerzo monumental mediante (principalmente de Marianito, nuestro mejor hombre en el momento de las tuercas), el episodio fue llegando a su fin y las ansiedades más salvajes se empezaron a calmar. Gracias al dios del camión, el eje había sido rectificado con éxito, por lo que sólo restó traerlo de vuelta hasta el taller, y rezar que no se rompiera nada más, aunque supiéramos que era una pretensión absolutamente descabellada...

"Coplas de bolsillo" - Reynaldo Armas...

Cabeza atento a las señales del titán...
Lamentablemente nuestros héroes anónimos cobraron muchísimo menos de lo se merecían por tamaña asistencia. Intentamos reforzar nuetras intenciones con algunos objetos de “valor” que todavía teníams, que al final fueron bien recibidos, y ayudaron a apalear un poco los remordimientos por la falta del vil metal, y las caras de cemento que teníamos que poner para poder seguir. Esta gente, de la cual no registré uno solo de sus nombres, ha quedado grabada igualmente en alguna parte privilegiada de este América en Bedford.

Arrancamos estrenando rodamientos entonces, aunque por un par de días, el temor a que se rompa todo de nuevo se estableció como una constante. Nuestro norte indicaba que teníamos que llegar a Caracas, capital en la que nos queríamos apersonar en el consulado argentino, para gestionar la extensión del permiso para circular con el titán por el extranjero. De esta manera evitaríamos llegar a la frontera y ser deliberadamente coimeados a causa de vagancia, dejadez, o imprevisión.

Embajada Argentina en Caracas...
En esta etapa cambiamos bastante el sistema de viaje, el que se basó en la exclusiva necesidad de lograr estacionar el Bedford en alguna plaza, o lugar conveniente a nuestras intenciones, con la sola idea de contemplar el movimiento del lugar mientras fumábamos uno, y si la condición económica lo permitía, mientras tomábamos alguna birra. Redireccionamos notoriamente los objetivos de nuetra innata excitación y curiosidad infinita, y cambiamos la ecuación de una búsqueda inflingida hacia la aceptación de disfrutar con cualquier cosa que toque.

Así fue que pasamos por lugares como Barquisimeto y Valencia, donde hacíamos paradas de una o dos noches, y las anécdotas se reducían a quienes se acercaban de manera curiosa hasta nuestro camión, a hacer preguntas, o a compartir una charla. Mientras tanto el titán descansaba y se reponía de sus largas jornadas ruteras. Cocinábamos a puertas abiertas, y nos deleitábamos a más no poder con el programa “Hola Presidente”... o leyendo algún libro, o escuchando un poco de música que nos gustara a todos. Fueron muy lindos momentos de comunión grupal.

Reposeras, sombras y descanso a la siesta...
La eterna banquina... Boxes en medio de la ruta...
Una vez que llegamos a Caracas, estacionamos a dos cuadras de la embajada argentina, la que además de regalarnos algunos snacks y bebidas, finalmente accedió a redactarnos un documento que supuestamente nos eximía de dar demasiadas explicaciones en la aduana Argentina. Una vez logrado este objetivo, nos fuimos a recorrer un poco la ciudad y a toparnos con muchos seres humanos que no hacían más que hablar a favor o en contra de Chávez. Todo estaba absolutamente teñido por las elecciones. Fue un buen ejercicio para reconfirmar que “todo es mentira en este mundo, todo es mentira la verdad”...

Luego que la ciudad quedó agotada, nos sumergimos nuevamente en largas jornadas ruteras, en las que fuimos saltando por diferentes pueblos y ciudades que nos sorprendieron muy gratamente con la entrega de su gente. Atravesamos Barcelona, Anaco, cruzamos el famoso e imponente Río Orinoco (que literalmente divide al país en dos), Ciudad Bolívar, Ciudad Guyana, y llegamos al Callao escuchando a Juan Luis Guerra. Una locura absoluta e infinita...


 
"Woman del Callao" - Juan Luis Guerra

Siempre que llegábamos, alguien nos estaba esperando con alguna mini fiesta entre manos. A veces fiesta multitudinaria, a veces más íntimas, a veces llenas de cerveza, a veces quién sabe. Aromas de una Venezuela teñida por el calor y la necesidad de expresar esa exasperante latinidad que jamás dejó de sorprenderme. Esa cultura del baile, del calor, de las caderas, de las mujeres lindas, de la borrachera, y del festejo que no tiene fin... como en muchos lugares de Brasil, como en muchos lugares del mundo... Un poquito de Sodoma...

Durante aquel recorrido por Venezuela nuestro mejor amigo sin dudas 
fue el paisaje, y la mayor comunión y compromiso fue con Bedfy... Casi como estar pendiente de un abuelo al que le empieza a costar, que denota sus achaques, pero que cada tanto arremete con atisbos de juventud y fortaleza, que parecieran inmortalizarlo y redimirlo para siempre. Una nobleza que brota de la persistencia y de la integridad, y que se sustenta en su estructura vieja escuela, cuando todavía las cosas se hacían para que duren para siempre.

En fin, una vez que atravesamos el Callao, nos metimos de lleno en la recta final del país, momento en que comenzó la cuenta regresiva para encarar el tráfico de los mil litros de gasoil que necesitábamos para llegar hasta Argentina. Esto no solamente implicaba el riesgo de que nos hagan un quilombazo inolvidable en la frontera brasilera, sino que acentúabamos la posibilidad de quedar mucho más drogados que antes con tanto gas tóxico adentro de las habitaciones. De todas maneras, como siempre pasa en esta vida, lo único que realmente podíamos hacer era arriesgarnos...

Serpenteando las rutas venezolanas...
En algún paraje antes de empezar el camino hacia el amazonas...
Desde el techo de un Bedford al más allá...
Los últimos días directamente se transformaron en paisaje. Dormíamos algunas horas, y el que se levantaba primero, en medio de una soledad y un llamativo silencio, rehabilitaba el corazón del bondi y se lanzaba nuevamente a la ruta, entre mates y amaneceres que estimulaban sonrisas germinadas con el éxtasis de la consumación de la vida. Nos invadían constantes reminiscencias del camionero, que muchas veces clandestino y olvidado, nunca se detiene en la conquista de las distancias, de la ruta, de la música que le da vida, ni de esos sentimientos que sólo se despiertan al volante...

Perspectiva del camionero...
Melancólico día de lluvia...
Estábamos allí en silencio, expectantes por lo que faltaba conquistar, escuchando el "ron ron" de la regulación del motor que se había vuelto una hermosa obsesión. Era el latido de una vida desnuda alimentada por el sueño de alcanzar algún tipo de objetivo, que a cada kilómetro se empezaba y terminaba de hacer realidad. Era la vida que definitivamente quería experimentar por aquel entonces.

Así fue que entre “ron rons” constantes atravesamos además El Dorado, Km 88 y llegamos a Santa Elena del Uairén, el último poblado del lado venezolano, lugar en el que las gasolineras están controladas por los militares, pero que como todos los seres humanos, en algún momento descansan... En ese exacto momento aparecimos nosotros, más despiertos que nunca, sabiendo que si no lográbamos cruzar esos mil litros de gasolina, llegábamos a Buenos Aires sólo si empujábamos a Bedfy por medio Brasil.

Nos compramos tres bidones de doscientos cincuenta litros... que sumados a los que ya teníamos desde Ecuador sumaban 960 litros. Allá fuimos... “Llene jefe, por favor llene todo y no pregunte demasiado, que es bastante obvio y no tenemos nada para argumentar”. El jefe llenó, y lo único que restaba antes de derramar el lagrimón interno por la despedida de tanta tierra linda, era respirar, camuflar todos los bidones, y practicar nuestra mejor cara de turistos para encarar "La línea", el penúltimo paso fronterizo de nuestro viaje. Ah!... Por los novecientos sesenta litros de gasoil pagamos la exageración de diecisiete dólares...

Intoxicación masiva bajo costo...
De Venezuela nos llevamos el característico despojo latino. De Venezuela nos llevamos amigos fugaces y clandestinos... noches efímeras y distantes que navegan en el más allá del recuerdo. Venezuela fue una especia de novia intensa y fugaz, como esas de las que uno no se termina de enamorar, pero que persisten en la memoria porque justo cuando la estabas disfrutando, la tuviste que dejar atrás. Venezuela es como todo en la vida, esa hermosa combinación de cosas feas con cosas hermosas, que mantiene una conducta y una forma de ser, un pequeño desinterés por todo, y a su vez, una excesiva preocupación hacia ese desinterés.

Venezuela es una birra más, matar el tiempo, conquistar la nada, asombrarse con lo más hermoso de la naturaleza, y sentir que al mismo tiempo, nada de eso alcanza. Venezuela engloba el mal de una contradicción que funciona como ese necesario e irremplazable alimento para el alma.

Con mucha convicción y certeza me fui con mis amigos a ponerle la cara a los militares una vez más. Hasta la próxima Venezuela, nuestro máximo respeto a los llanos, y que sigas tan llena de vida y tan llena de ganas como siempre. ¡Gracias!


Llanos, diamantes, banquinas...

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