11 mar. 2009

América en Bedford - Gestación, Preparativos y Protagonistas

Año 2005, Bedford busca tripulación para salir de viaje por América..
Este viaje por América nace en el entrañable verano del 2004/2005, en los alrededores de Florianópolis, y más específicamente en las playas de Santinho, lugar en el que transcurrió la mayor parte de un endorfínico y placentero estadío de borrachera y sueños ganados a la vida... Un estado que pasada la tercer caipiriña de medio litro, era el equivalente a un pasaje relativamente barato hacia la “cuarta dimensión”.

Felizmente intoxicados junto a un gran compañero de aventuras y amigo eterno, el insondable Mariano Palmisciano, y bajo los efectos de varios estupefacientes a la vez, siempre de frente a la por aquel entonces omnipresente “Pipa Cartagena”, decidimos que dar la vuelta a una gran parte de América era "claramente" posible, y que lo íbamos intentar hacer realidad apenas pusiéramos nuevamente un pie en la gran capital Argentina.

Santinho, lugar inspirador...
En alguna playa de por ahí con la pipa Cartagena camuflada...

De visita en Joaquinha...
Así fue que nuevamente llegamos a las pampas y empezamos a pensar el cómo, el cuándo, los porqués, y toda la gran cantidad de variables y eventos que había que hacer suceder para aquella anhelada aventura continental. Debido a las pocas monedas con que contábamos, nos lanzamos a un minucioso y ajustado análisis financiero que nos permitiera dar con la mejor ecuación para movilizarnos continente arriba. (Un detalle de gran importancia es que pretendíamos realizar ese recorrido a bordo de nuestro propio vehículo casa, a nuestro ritmo, acompañados por la adrenalina de manejar y hacer a la Panamericana parte de nuestra primer gran experiencia rutera).

Luego de muchas averiguaciones y de charlar con muchos mecánicos, finalmente logramos llegar a la ecuación principal: había que decidir entre un Mercedes Benz 1114 o un camión Bedford (fabricado hasta los años setenta por la General Motors). La diferencia de dinero que había entre el primero y el segundo (que por aquel entonces rondaba los dos mil dólares), fue lo que finalmente inclinó la balanza; nos decidimos por el Bedford, y aferrados a esa decisión, solo restó chequear los clasificados y movernos hasta la provincia de Buenos Aires para encontrar el que me mejor se adecuara a nuestras pretensiones.

Esa búsqueda se extendió por varias semanas, hasta que un buen día llegamos a José C. Paz y ahí nos estaba esperando. Pocas veces en mi vida tuve la sensación de seguridad y de convencimiento que me invadió aquella mañana cuando entré al habitáculo de la máquina de rodar más honorable y guerrera que haya tenido el placer de manejar. Una mezcla de soberbia intuición e invasiva convicción, que me dieron el plus de seguridad que veníamos necesitando para dar el paso final... y quemarle la gorra a Marianito para comprar...


Recién traido de José C. Paz, en el garage de Defensa y Bolívar, San Telmo...
En su estado natural... ruteando...
Un amor a primera vista con pedazos de hierro, ejes, ruedas y hasta con el color de este mastodonte de casi seis toneladas, que parecía estar esperando paciententemente por nosotros... Luego de cuarenta años de aventuras, luego de haber sido parte de flotas de algunas líneas provinciales de transporte, luego de haber acarreado equipos de autos de carreras, luego de ser testigo vivo de parte de la historia que no tuve el privilegio de vivir. Una especie de tío compinche que nos guiñaba el ojo y nos invitaba a dar una vuelta por el más allá, prometiendo aventuras y quilombos de los más lindos...

Pícaro, experimentado, tramposo, y con un corazón a prueba de balas. Uno de los pocos entes que sin ser un ser vivo, parecía hablar cada vez que su motor rugía con su característica forma de regular. Como casi siempre pasa, con el tiempo su corazón se acoplaría al nuestro, y “Bedfy” se haría el protagonista absoluto y definitivo de esta aventura alocada de alto vuelo (o alta "llanta"), a la que nuestros más verborrágicos estados de inconciencia, de los que estamos ciertamente muy orgullosos, nos llevaron casi sin pensar.

Lo metimos directamente al taller de uno de los soportes principales de esta aventura sin igual: el inolvidable Pepe Jurado, viejo lobo y artesano de todo tipo de tuercas, que junto a sus dos hijos en alguna parte del inigualable barrio de ciudadela, nos introdujeron a los principales secretos de la mecánica y alistaron lo mejor que pudieron la columna vertebral de nuestro quinto integrante.


Pepe a la derecha, Diego a la Izquierda... Eminencias de las tuercas...

El inigualable Gabriel Lipschitz, ese amigo irreemplazable (más a la hora de la fiesta), se acopló rápidamente a nuestras intenciones viajeras continentales, y puso toda su vagancia, pero también todo su picante ser al servicio de un equipo que estaba casi sellado. A último momento y por esas cosas poco explicables de la vida, apareció en nuestro paisaje el enano chupa tierra, el baterista, el perdido, el encontrado y mucho más que necesario, y a su vez y porqué no decirlo, la causa principal de todos nuestros problemas de allí en más... Clap, Clap, Clap y aplausos más que sostenidos para Julián Árenzon y una frescura, que por aquel entonces, resultaba imposible de empatar...


Típica cara Lipschitz 2006...
Juli, el querubín, en su época mas hippoide...

Equipo de postal sellado...
De esta manera el equipo quedó sellado, y así fue que un primero de abril del año 2006, pasó desapercibido por la autopista que conduce a Rosario, un camión azul Bedford; el cual recién había partido de un garaje en pleno corazón de San Telmo, a la búsqueda de algún tipo de destino, directamente a las entrañas de las rutas del continente americano... Nunca a más de sesenta kilómetros por hora, dejamos atrás nuestros trabajos, pusimos nuestros afectos en "mute" y derramamos un lagrimón que contenía una de las emociones más fuertes que habíamos experimentado en nuestras vidas. Salimos en busca de nada y todo a la vez, pero sin propósitos reales, sin pretensiones irreales (o casi), con el sólo objetivo de poder concluir nuestra vuelta, y entender de qué se trataba de una buena vez por todas, y en toda su dimensión, el concepto de conocer y de viajar.

Bienvenidos entonces y sin más preámbulos a nuestra primera aventura continental por América, la cual transcurrió en la insólita cantidad de quince países, en un período de casi un año, y durante la cual empezamos a perder la por momentos insoportable y estructurada forma humana.


Descontracturando, perdiendo la forma humana...
Hasta pronto... Salida continental...

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