11 mar. 2009

América en Bedford - Panamá

En tránsito hacia Puerto Obaldía
La llegada a Panamá fue tal cual nos la habían pintado. Apenas desembarcamos en Puerto Obaldía nos estaba esperando uno de estos bigotes súper feos que no claudica en hacerte la vida imposible. No teníamos nada de lo que pedían para la entrada al país, salvo un par de tarjetas de crédito que sirvieron de caballito de batalla para las mil y una argumentaciones que tuvimos que dar en frente de este ente maléfico del primer tipo. Nos retuvieron por un rato largo mientras nos revisaban minuciosamente todas las pertenencias y nos hacían una cantidad de preguntas ridículas y mal intencionadas sobre nuestras "pretensiones" en Panamá. Hay que decir entonces que este pequeño país resulta una especie de primer filtro para muchos sudamericanos que quieren ir a trabajar a cambio de dólares, o que utilizan esta frontera como primer paso hacia la búsqueda de un futuro "más próspero" en EEUU, por lo que obviamente, las divisiones humanas se ven exacerbadas hasta el infinito y un poco más allá.

El momento tedioso pasó y además de lograr que “bigotes” nos libere, conseguimos que nos selle el pasaporte por unos treinta días para por fin internamos en el desolado extremo suer de Panamá. Cajeros no había, plata no teníamos, y además nos enteramos que desde allí era casi imposible llegar hasta la ruta panamericana (que recomienza en Panamá capital). Para tal propósito, o bien había que aventurarse a caminar con algún guía por el medio de la selva del Darién, o bien embarcarnos en algún flotante hasta Colón (cosa que no podíamos pagar). V
ender cualquier cosa que tuviéramos era casi una utopía, ya que nadie tenía un peso partido al medio. La única opción viable, abordar una avioneta de bajo costo que podía ser pagada con tarjeta de crédito en el aeropuerto, no iba a suceder rápidamente, ya que solamente volaba dos veces por semana y ya no quedaban cupos. Antes de empezar a desesperar, decidimos anotarnos en la lista de espera, con la ilusión que alguien faltara al encuentro.


Puerto Obaldía fuera de foco, de enfoque y de ganas...
La avioneta vino, pero nadie faltó... "¿Y ahora que hacemos cacho?"... Lo lindo de verse obligado a resolver de cualquier forma se empezó a hacer presente en nuestras vidas. Así fue que buscando y buscando llegamos hasta una joven voluntaria que nos dijo que intentemos conseguir un avión en cualquiera de las otras islas de la península de Kuna Yala. Al parecer desde algunas había vuelos diarios, inclusive más baratos, y que de paso visitemos a los indios Kuna, quienes habían sido una de las mejores experiencias que ella había vivido en Panamá. Nos dedicamos a esperar entonces a una de estas canoas que frecuentaban Puerto Obaldía, y con la ayuda de nuestro ángel guardián, conseguimos hacer un arreglo con un maestro proveniente de alguna de las tantas islas del infinito archipiélago.

Nos subimos a la canoa y rápidamente zarpamos. El profe con una mano
pescaba y con la otra direccionaba el motor que nos empujaba por la entrada al Mar Caribe. Muy lentamente fuimos entrando en confianza, pero muy rápidamente nos hicimos amigos. Luego de aproximadamente una hora de navegar paralelos a la costa, metió un timonazo y encaró directamente hasta una de las tantas comunidades de este archipiélago compuesto por alrededor de ciento diez islas; más específicamente a Caledonia, en donde no me pregunten cómo, nos estaban esperando con un ritual de bienvenida  y para convidarnos con diferentes productos artesanales que producían en la isla. Nunca supimos cómo se gestó, ni porqué, ni qué significó realmente. Lo que sí sabemos es que aquello marcaba el primer contacto y nuestra primera experiencia con un pueblo tan aislado y tan autóctono. Una especie de impacto a nuestra preconcebida realidad y un gran regalo del camino. Nunca nos pidieron nada a cambio... Solo sucedió y fue un momento increíblemente bello.

Realidad virtual modelo nuevo...
Mundo paralelo, canoas lista para salir a pescar...
Luego de un rato, el viaje continuó y visitamos un par de islas más, para finalmente terminar la travesía en la comunidad del profesor, lugar en el que nos dieron la libertad de conducir nuestros seres por los vericuetos de una realidad perdida en el tiempo, llena de chozas y de personas desnudas que se cubrían a nuestro paso y que demostraban el mismo interés que nosotros en saber qué era lo que estaba pasando y qué hacíamos allí.

Pasamos unos días increíbles navegando en una especie de constante intercambio cultural, tratando de entender la problemática que enfrentan estos pueblos que son arrasados por el ideal occidental de “progreso”, que permanentemente destruye o devora sus tradiciones y estilos de vida, fisurando a gran velocidad también, las interrelaciones, la economía y todos sus valores fundacionales. Fueron momentos de genuina e intensa comunión con lo que podríamos denominar "el mundo perdido", el que conoceríamos con bastante más profundidad en Viaje por África.

 
Península de Kuna Yala...

Las noches y las mañanas en la península parecían absolutamente atemporales, y el espectáculo que ese mundo nuevo expuso ante nosotros, indudablemente dejó una marca imborrable en nuestros espíritus. Las canoas lanzándose silenciosamente al océano en busca de pescado, las mujeres abocadas a sus mil labores diarias, los niños corriendo ajustándose a nuestras manos...  riendo, jugando y dándonos la bienvenida a cada paso que diéramos entre las calles de tierra de la comunidad.

Los tonos y colores parecían intensificarse en la retina. Los atardeceres infinitos en el horizonte. Todo momento se percibía enfatizado por uno de los contextos más naturales y hermosos de América. A la noche a dormir en las hamacas... respirando ese particular y atractivo aroma a mundo perdido y negado. No era igual al retraso, no era igual a la pobreza, no era igual a las condiciones más nefastas de Sudamérica, era directamente el pasado sin los por mayores de ningún tipo de promisorio futuro. Todo un orgullo y una caricia al alma haber tenido la suerte de vivenciarlo por primera vez.

Con los peques en la puesta de sol...

Relajo nocturno...
Un buen día el maestro estrella y alma mater de la comunidad nos llevó hasta Mulatupo, para desde allí intentar conseguir una avioneta que nos sacara del archipiélago. Todo sucedió muy rápido, y en cuestión de minutos logramos embarcar en un pequeña avioneta que luego de dos o tres escalas y unos cincuenta minutos, nos dejó directamente en el aeropuerto internacional de Panamá. Sólo tuvimos que abonar el pasaje y someternos a un nuevo y fastidioso encuentro con la policía, que por cierto se hizo muy largo, pero del que finalmente salimos airosos. De ahí en más libertad y un esperado reencuentro con la maravillosa ruta panamericana.


Con el maestro de los maestros a punto de embarcar hacia lo desconocido...
Vista de una de las mejores comunidades de la Península de Kuna Yala...
Que no pare de girar...
Dientes apretados...
Volvimos al futuro. Por primera vez experimenté esa sensación como de haber estado metido adentro de un televisor del que de repente me empujan nuevamente hacia esa "cruel", pero al mismo tiempo, alucinante realidad. Y aunque Panamá city, más allá de un mini "Manhattan" de plástico prefabricado, tiene muy poco para ofrecer, me sentí feliz de haberme rematerializado en aquella especie de nueva realidad centroamericana. De todas maneras mucha pobreza, mucho tráfico de todo tipo, muchos oportunistas y una gran “mano negra” bastante más jodida que la que vivía en nuestro Bedford.

Llegamos a tiempo para palpitar la votación por la ampliación del canal del Panamá. Sorprendentemente había muchísima gente que no sabía nada al respecto; coyuntura difícil de comprender, si uno tiene en cuenta que el tránsito del canal es el eje principal de su endeble y saboteada economía. Por momentos uno se siente como si estuviera dentro de una "ciudad shopping", y todo lo que no es parte de ese shopping, son suburbios desabastecidos y menospreciados, perpetuados en la desidia y el aislamiento. Una ciudad con muy poco atractivo, pero en la que logramos empezar a hacer algunos pesitos ofreciendo nuestras artesanías de dudosa calidad por las plazas. Nos iba dando el efectivo necesario para comer, y de ser necesario, para el pago de algún sucucho donde pasar la noche.


Un Manhattan precario de fondo...

Juli colgado de la palmera...
El hombre de la bolsa hippie...
Shopping ciudad forever...
También hicimos una visita a Colón, ciudad de la que por momentos dan ganas de salir corriendo por lo fea que es. En varias de sus calles no sería para nada anormal sentir una gran sensación de inseguridad. Una energía bastante densa condena el medio ambiente. Sacando el puerto, que es un lugar bastante aburrido y mal adornado, los barrios se hacen pesados e intimidantes. Se nos fueron cruzando en el camino varios personajes poco deseables, y aunque logramos surfear las situaciones sobre la marcha, no dejamos de sentir en varios momentos que las cosas estaban a nada de ponerse mucho más ásperas.

Nos llevamos la misma impresión que de Panamá city: gente que vive alrededor de un tráfico brutal de todo, esperando las migajas que le toquen. Subalimentados y carentes de todo tipo de educación... para que de paso no protesten, y atadas a un resentimiento que claramente proviene de un mundo que ven, pero que se les niega constantemente. Doloroso y repudiable. Fue el epílogo de una realidad centroamericana que me pareció y me sigue pareciendo, la más penosa y desoladora que he vivido.

En un momento pensamos en ir a visitar un famoso lugar llamado Bocas del Toro, pero 
además de caro, me daba obsceno, por lo que decidimos pasar algunos días en el interior del país, en lugares donde no hubiera turismo y donde la realidad fuera la que tuviera que ser. No teníamos ganas de meternos en lugares muy turísticos por aquel entonces, aunque tampoco lo íbamos a poder evitar demasiado, si de lo que estábamos hablando era de cruzar la frontera de Costa Rica, país cuya gran función, es la de ser un gran boliche de fin de semana para el turismo más chato de todos.


Barrio pesuti en Colón...
Y bue... es lo que hay...
Artística Árenzon...
Esos puentes famosos...
Así fue que se nos vio caminar por algunos pueblitos del interior de país, de los que podemos destacar San Isidro, lugar donde un viejito rengo que vivía de clochard, se apasionó al vernos argentinos, y ahí nomás metió un repertorio de tangos, del que me impresionó la variedad, como el profundo conocimiento de las letras, los autores, y cantantes. Nos adornó la tarde con una cierta clandestinad, y nos mostró la pesadez de cierta parte del alma; mientras de paso nos robaba una sonrisa y nos regalaba una emoción. Una persona que me quedó envuelta y perdida en los vericuetos más lisérgicos del tiempo...

En algún momento, quien sabe cómo, llegamos al famoso paso fronterizo de Canoas, con el objetivo de sellar la entrada a Costa Rica. La frontera, como muchas otras, era un espacio tomado por la anarquía y el descuidado, embebido en una vidurria simpática y super alcohólica, que claramente era parte de su cambalache diario. Como a nosotros estas cosas nos encantan, en vez de criticar, nos unimos a la joda y levantamos nuestras copas para decir ¡salud! y para decirle "hasta la vista" a un país muy antagónico, que nos mostró algunas realidades no del todo alentadoras. Todos los premios y los aplausos son entonces para la Península de Kuna Yala y para esos personajes clandestinos que logran diferenciarse de la falta de idiosincrasia que Panamá tiene para mostrar.

Integrándonos en la fiesta fronteriza...
Hasta la próxima...

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