11 mar. 2009

América en Bedford - Costa Rica

Esperando a que nos den el paso en la frontera…
Costa Rica cruzamos alguna mañana perdida en el tiempo, luego de dormir en uno de los lugares con más ratas vivas contabilizadas y declaradas en el corazón de Canoas (pueblo de frontera). Estábamos algo desorientados, experimentando por primera vez esa increíble sensación que por el lapso de unos segundos, no te deja responder con seguridad y certeza la pregunta: “¿En qué país estamos?”. Un estado de desorientación espacial y temporal bastante efectivo a la hora de elegir un rumbo. Juli dudó como tres veces antes de poder responder con criterio. La sonrisa de a poquito se me seguía ampliando. Así fue que “De Tin Marín de Dopin Wey” y ya estábamos vibrando en las rutas del país más Tico de todos, encarando directamente hacia Golfito, primer paraíso natural en el que tuvimos el coraje de dirigir nuestras humanidades en estas tierras donde todo es “Pura Vida”.

En Golfito rápidamente entendimos que toda inversión en Costa Rica proviene del extranjero. Recorriendo restaurantes, playas, negocios, y otro sinfín de lugares y espacios comunes, veíamos que los que agarraban la plata eran de cualquier nacionalidad, menos costarricenses. Raro, pero totalmente real. Quizás por eso me daba la sensación que la mayoría de las personas que hacían constante uso de esta polémica, repetida, incansable y agobiante frase “pura vida”, eran parte del peor marketing nacional de la historia, e infelices que repetían estímulos comunicacionales absolutamente forzados. Los miraba y me parecía que en vez de decir “pura vida”, iban a decir “pura miseria”, o “puro trabajo esclavo”, o cosas una pizca más coherentes con la realidad circundante. Como en Panamá, todo me parecía un autoatentado constante a la dignidad y el orgullo.


Gran verdad en un mundo bastante hipócrita...
Haciendo unos mangos en el país de la “pura vida”...
Por las calles de golfito...
Era casi como un protocolo a repetir frente al turista. En reemplazo de palabras o frases como “gracias”, “por favor”, “de nada”, “hola”, “chau” y tantas otras más específicas y más comunes y universales, se utilizaba “pura vida”. Inclusive cuando no había nada que decir y era mejor callar, aparecía un “pura vida”... por las dudas. De esas frases que se quedan sin alma a la tercera vez que uno las escucha, pero que llamativamente gozaba de gran efectividad entre el turista promedio, quien se sorprendía, reía y la empezaba a repetir, como cassete de loro. En fin, el horror en espejo idiosincrático de la nada más forzada que haya tenido la experiencia de ver, alimentada por una cierta carencia de alma de un turismo bastante derrochador y fantochero, que retroalimenta una dialéctica obsecuente entre quien no tiene dinero y quien no tiene cerebro.

Golfito es hermoso, lleno de palmeras, lindo clima, gente que anda paveando por los alrededores, aunque la cultura te la debo. Hay una buena cantidad de iglesias, lo que no era más que el reflejo de la falta de estándares mínimos de educación que lamentablemente se puede palpar en casi todo Centroamérica. A pesar de algunas de estas cosas que nos aburrían y nos dejaban bastante desesperanzados, decidimos seguir pasándola bien y dedicarnos a conocer gente a través de nuestras ventas ambulantes; las que por cierto fueron muy bien recibidas, y no con poco asombro, por los mismos ticos que pasaban la tarde a la vera de la bahía de Golfito... uno de esos lugares que fueron a parar directamente al apartado de las mejores postales mentales del viaje. Apacible, tranquilo y ameno. Perfecto para adornar la entrada a un país que en la primera impresión se mostraba algo chato y carente de cultura.

Uno de los males de los últimos milenios...
Golfito y su contexto selvático...
¡Pará de escupir che!...
Cuando nos aburrimos de Golfito, hicimos un paso obligado por San José para poner rumbo hacia Puerto Viejo, lugar que nos venían recomendado muchos ticos y algunos turistas. En aquel momento, este pequeño pueblo que reposa en las costas del Mar Caribe, era marketineado como el “pueblo rasta”, un lugar en donde uno supuestamente podría experimentar el reggae y la "buena vibra" de la religión de Selassie en toda su extensión... Casi nos pegamos tiros en las bolas. Miles y miles de borrachos amontonados y muchas gringas en plan turismo sexual, al lado de lo menos rasta que vi en toda mi vida, intentando conseguir una noviecita que se lo lleve a otro país, hacia algún incierto futuro mejor. Lleno de dreadlocks, cero rastas. Lleno de alcohol y de playa, cero onda.

Para cortar de raíz el espectáculo de la mentira hedonista mediocre, decidimos aventurarnos a una excursión al Parque Nacional de Cahuita; en donde el atractivo principal son los perezosos que inmutablemente se cuelgan por largas horas en ramas entre 10 y 30 metros de altura. El parquecito está lleno de monos y de cangrejos ermitaños y sirve de protección a los arrecifes de coral de la zona. Una caminata que se puede realizar en aproximadamente tres horas, muy interactiva y enmarcada por un contexto prácticamente inmejorable. Se puede hacer gratis si se empieza desde la salida hacia la entrada, no a la inversa.


En la conquista del Caribe...
Juli feliz de ver agüita...
Monitos y más monitos...
Pintoresco árbol de bambú...
Descubra al perezoso...
El famoso cangrejo ermitaño...
Pasamos varias noches manijeando, bordeando las costas y las playas, y charlamos con un sinfín de locos que nos interrumpían la vida a cada paso. También invertimos un poco de energía tratando de evitar que nos roben con alguna de las dos mil técnicas experimentales que se practican en la zona, y otro tanto en sacarnos de encima a ciertos policías que nos querían hacer la vida difícil. Vimos a muchos, pero muchos gringos sacados de canales como Wild On. 

Una noche caminando por algún recoveco, nos cruzamos a un rastrucho que venía a toda velocidad en bicicleta. Sin motivo alguno, cuando pasó por al lado nuestro, le tiró una trompada a Juli, que por suerte no impactó de lleno en la cabeza, y que fue el puntapié para decidir una salida un poco anticipada de la farsa irrealidad rasta. Ni siquiera frenó para decir algo, o hacerse cargo, sólo aceleró el pedaleo de su bici... Fue suficiente evento para terminar de darnos cuentas que era un pueblo de gente con muchos problemitas de resentimiento, por lo que decidimos no perder un segundo más de nuestro preciado tiempo y mandarnos a mudar hacia algún mundo mejor. Eso si, las playas, un lujo total...

Playita de lujo...
Previo segundo paso por San José, nos fuimos a ver si Quepos y Manuel Antonio tenían un poco más de alma y de buena onda de verdad. Por fín encontramos un poco más de relajo de tanta energía extraña que invade el país. Aunque me siguió pareciendo vacío en términos culturales (también me fui dando cuenta que le veníamos errando a los lugares por prestar atención a los más conocidos y visitados), Manuel Antonio fue un lugar que disfrutamos mucho, y que abrió sus puertas a la charla franca y relajada, dejando un poco de lado el tema del dinero por todo concepto.

Encontramos historias de vida un poco más originales y elegantes, gente que se tiraba al vacío, locos que vivían del aire, y aunque también estaba lleno de estos imbéciles que se piensan que uno es tonto porque es turista o extranjero, y te quieren vender humo a los cuatro vientos, pudimos bajarles un poco más la persiana y fabricar un contexto una pizca más a nuestra medida. Nos movimos con las ventas y disfrutamos mucho de una playa realmente increíble.

Fue una de las mejores experiencias de Costa Rica. Por cuestiones de tiempo y dinero decidimos que mejor la dejábamos ahí y nos movíamos un poco más al norte, aunque esta vez nos separaríamos, ya que el gran Luis Bracca, mi amigo personal, venía a visitar El Salvador por asunto laborales y decidí acudir directamente a su encuentro. Juli esperaría al resto de la troop que venía un poco más atrasada, y todos juntos nos encontraríamos nuevamente en Guatemala.

San José fue el último lugar en el que estuve aquella vez. Desde allí abordé un bus directo a Nicaragua. Definitivamente a Costa Rica le faltaba un poco de alma, un poco más de orgullo y de algo para ofrecer que no sean las mil formas de violencia turística. Me subí al bus contento de haber recorrido un poco el país, pero no demasiado triste de seguir camino, y por primera vez en el viaje, con una sensación interna de que no iba a volver nunca más. El tiempo seguramente me contradecirá. De todos modos, gracias Costa Rica por tu belleza... y para no perder la mística gritamos por última vez... ¡Pura Vida!

Alguna recoveco de San José...
Centro de San José antes de la partida...
¡Salud!...

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