11 mar. 2009

América en Bedford - México

La banda del Beford junta nuevamente... México esperando...
Con un espíritu a prueba de balas y una gran cantidad de emoción acumulada, la banda del Bedford encaró la última frontera que cruzaría hacia el norte del continente. Estábamos navegando esos espacios interiores donde todo importa poco, y la realidad se diluye en estados de felicidad entrañables. Para alcanzar la frontera, tuvimos que hacer una combinación de buses, camionetas y lanchitas (que nos ayudaron a navegar unos kilómetros el río Usumacinta), burlar un muy poco elegante intento de coima del lado guatemalteco, y pelearnos un buen rato, ya ni recuerdo porqué del lado mexicano. Recontamos los sellitos, estaban todos... muchas gracias y adentro.

Luego de despejar algunas pocas dudas y de evaluar opciones, decidimos que el primer destino serían las ruinas de Palenque, como para empezar a familiarizarnos con la belleza de la cultura mexicana, que no para de destilar chile y sabores a los cuatro vientos. De esos países que a cada paso uno piensa lo bello que es. No tengo idea por donde empezar, porque me da la sensación de que tendría que escribir un libro, pero bueno, veamos... qué se yo... Vamos de a poco...

Llegar a México principalmente significaba la coronación de la primer gran etapa del viaje: la de "ir"... Luego de finalizar el recorrido que habíamos planeado llegaría la hora de empezar a encarar la vuelta, aunque a una parte de la troop todavía la esperaba una visita a Cuba, y a la otra, hacer un poco más de turismo Maya en Chichen Itzá y Mérida. Mas allá de todo esto, la sensación era de la estar parados de frente a algún tipo de destino elegido, algo cansados y guerreados, pero a la vez, muy felices y orgullosos.

Por todo ello, no queríamos dejar pasar la oportunidad de comernos algunos honguitos en el parque nacional Palenque, ni de probar el místico peyote en el Desierto del Real 14. Teníamos arreglado además un primer reencuentro con nuestro mejor amigo mexicano, el Sr. Horacio Matos, y un segundo reencuentro, con la brillante y enloquecida figura de Victoria Josefina Barker, una gran amiga de toda esta troop. Aunque todo esto pasaría un poquito más adelante, ya que en el camino teníamos algunos asuntos que atender.


 Cucumelo, honguito, como lo quieras llamar...
El gran peyote...
(Fuente: http://www.wired.com/)
Apostábamos a empaparnos de un país que marea de la cantidad de cosas que hay para ver, conocer, admirar, y entender. De esos lugares que están permanentemente disparando códigos idiosincráticos encubiertos, y que requieren de toda la energía y la atención para empezar a deducirlos, incorporarlos y hacerlos parte. Todo parece valer la pena, y todos despiertan esa inquietud de profundizar un poquito más en el "asunto".

Así fue que llenos de ansiedad de conocimiento y experiencias, nos olvidamos de todo y corrimos como niños a conseguir unos honguitos bien fresquitos para degustar en las ruinas mayas de Palenque. Sólo como para ver de qué se trataba, nos tomamos un colectivo directo al corazón de la selva. Apenas bajamos, y antes de encontrar inclusive algún lugar para tirar los bártulos, conocimos a dos mexicanos pura cepa, que hacía no se cuánto que estaban estancados comiendo champis y haciendo culto a la nada. Ambos estaban bastante poseídos por el hongo, aunque todavía sus neuronas parecían conectar.

Uno de los dos decía “Chido” cada media palabra y fue el encargado de señalarnos el lugar más "rata" del perímetro, que costaba un dólar la noche, y se dormía tan, pero tan mal, que tuvimos que esperar hasta África para encontrar algo parecido. Estaba totalmente infectado de hormigas asesinas que nos devoraban sin compasión, mientras intentábamos dormir en una especia de cama armada con hilo de paja, que daba ganas de incendiarla y tirar los restos a la laguna.

En los ratos de insomnio se me venía a la cabeza un tipejo que habíamos conocido durante la primera mañana, del que me quedó grabado un momento en el que a modo de advertencia me miró a los ojos y me dijo: “hay que tener cuidado igual, hay muchos que se quedan del otro lado... en el país del hongo”.

Incursionando en Palenque con la banda...
El país del hongo... Un lindo país para visitar...
(Fuente: http://www.cannabismagazine.es/)
Así fue que un día nos despertamos, y así nomás, casi como guapeando con los estómagos totalmente vacíos, nos comimos hasta el plástico de la bolsa de hongos que nos había traido un pibito con el que nos habíamos contactado a través de “Chido”... La cosa empezó muy mal, cuando a menos de diez minutos de haberlos tragado, caí en cuentas que estaba muy lejos de ser un LSD, y que venía subiendo a toda velocidad un quilombo químico directo al cerebro, en forma de malón asesino, a desterrar un montón de acumulamiento de todo. Sentí como si la vida estuviera a punto de darme una lección para que en un futuro, piense un poquito más antes de hacerme el loco y meterme tanto alucinógeno con tan poco respeto y cuidado. 

Lacha que había comido más o menos la misma cantidad que yo, me entendió muy rápidamente, porque le estaba sucediendo lo mismo. Nos paramos como con resortes y apuramos la salida del pequeño hostal a paso firme hacia la entrada del Parque Nacional Palenque. Ya a medio camino, el suelo no era más suelo, dejé de caminar para adelante y toda la realidad se me puso a 90º, como apuntando hacia arriba. Yo seguía siendo yo a medias, ya que me empezaron a salir raíces de diferentes partes del cuerpo que me iban estancando en la tierra. Hasta acá, todo bien, te lo manejo, es una alucinación... qué risa, ja ja ja...

El problema mayor se presentó en el momento que nos asomamos a la entrada del Parque Nacional y estaba todo lleno de turistas y de policías, quienes claramente no eran una alucinación, y yo no tenía la más mínima posibilidad de enfrentar un “hola” o cualquier tipo de intercambio de palabras con nadie. Me entró en el cuerpo una paranoia asombrosa, que se fue mezlcando con mucha humedad selvática y muchísimo calor. Eso fue como un coktail explosivo que me desestabilizó completamente y me bajó la presión a menos dos, sensación que sumada al hongo, ya no era que me iba a desmayar, sino que estaba a punto de morirme sin remedio. Me sentí preso de la alucinación, por lo que tuve que empezar a pedir ayuda. En ese momento me di cuenta que ni eso podía hacer... Desesperante...

Escenario del Panick attack en la entrada de Palenque...
Tenía todos los sentidos completamente disasociados y escuchaba a los diez segundos de ver algo, o veía a los cinco segundos de sentir las palabras; sentía que me tocaban treinta segundos después de que me tocaban y olía cosas que no existían. Estuve a punto de desmayarme por unos cinco minutos, y como no podía comunicar que necesitaba algún líquido que me reanimara, empecé a caminar como un muerto vivo entre una hilera de personas que vendían cocos frescos, mientras mis amigos se morían de la risa de mi pelotudez, pero a su vez intentaban asistirme. Pagué un coco con un billete muy grande del cual nunca me dieron el vuelto, aunque creo que Lacha lo recuperó, antes de llevarme lejos de la gente y proveerme de la tranquilidad necesaria para seguir.

Pablito, mírame boludo, no te vas a morir, estas re loco, te bajó la presión y la gente te está quemando. Me agarrás del brazo, pasamos la barrera policial, pagamos la entrada y todo va a estar bien. Vos no hacés nada, nosotros lo resolvemos”. No había forma de que me viera pasando a través de la barrera policial, pero me dieron más agua y ánimos, y logré respirar profundamente un fugaz rapto de coherencia que me sobrevoló y me susurró al oído: “no seas el forro del año, estás en la entrada de un parque nacional de la hostia y no te estas manejando... y lo que es peor, le vas a cagar el día a todos”. Volví a hablar: “Fenómeno, poné primera, si alguien me habla intervenís, y si me muero, te dejo todas mis deudas”. Ahí fuimos.

La cámara lenta que tenía en la cabeza era insufrible. Caminamos cuarenta pasos y ya estábamos parados en la entrada propiamente dicha. Los chicos hicieron los trámites  y en algún momento pasamos. Fueron menos de dos minutos de cola, que a mí me parecieron unos cincuenta años. Por suerte toda la sensación nefasta y absurda quedó del lado de afuera. En ese mismo momento me empezaron a estallar adentro del cuerpo no uno, sino muchos y constantes LSD mientras caminaba y me transformaba en un ser humano que se extrañaba de tener un cuerpo.

Desde el estómago explotaban sentimientos de infinita felicidad hasta la última extremidad. Me quedé absolutamente estupefacto por algunos minutos, intentando entender la ecuación de tanto despelote interno. Cuando mínimamente logré desmarañar el proceso cerebral, el químico me dejo de importar, y viví lo que hasta aquel momento consideré las mejores horas de mi vida. Nunca en mi vida de “adulto” había jugado tanto y tan persistentemente con tanta mezcla de realidad y ficción, y nunca había sentido la limpieza emocional que la psilocibina y sus amiguitos tienen la capacidad de realizar.

Barrilete cósmico...
"¿Qué me escrachá?"...
Sudando todas las toxinas acumuladas en el cuerpo y tomando mucha agua, me entregué a lo que venga. Los pensamientos eran visiones claras, afiladas y precisas. Los papelones que hicimos con los turistas también eran claros, afilados y completamente desubicados. Lacha que en aquel día fue algo así como mi ángel guardián, me rescató de varios "episodios" que no podía controlar adentro de las ruinas.

Otra cosa que me pasaba es que podía ver a las personas con una claridad asombrosa. “Este esta aburridísimo. Este no tiene alma. Este no sabe en donde está. Este está podridísimo de su mujer. Este está deprimido. Este es homosexual y no se anima a declararlo. Este tiene una vida que lo amarga mal. Este en cualquier momento saca una ametralladora y nos mata a todos”, y así, un sin parar de estados del alma de las personas que me cruzab, que si eran reales o no, realmente no me interesa. Lo importante es que la pasé muy bien.

Dimos infinitas vueltas por el parque, aunque nunca tuve idea de las dimensiones del lugar, ni cuántos monumentos ví, ni qué estaba sucediendo realmente. Todo tenía forma de hongo y todo me arrimaba a las orillas del éxtasis y de la felicidad. Corona tremenda para esta primer parte de México.

La particular felicidad de Juli...
Cabeza extrasensorial...
Por lo demás, Palenque está lleno de turistas, lleno de vacas y lleno de hostales que venden humo y algunos shows “autóctonos”. Las ruinas son increibles con o sin hongos y son el principal atractivo de un lugar, que inmerso en un entorno natural magnánimo, firma el caracter del espectacular cuadro del sur del país. Mucho loquito, mucho chamán trucho y no tanto, y muchas historias alucinógenas para tener bien presentes.

Un poco de Palenque...
A punto de hacer papelones dentro de alguna ruina...
Desde el aire...
Sobrevolando Palenque...
En algún momento recobramos una lucidez que llegó acompañada de una paz muy llamativa. Aprovechando el envión salimos disparados hacia otro evento mexicano sin igual: San Cristóbal de las Casas. Y sucedió que apenas llegados y casi sin escalas, ya habíamos encontrado una fiesta en el único bar que permaneció toda la noche con las puertas abiertas;  evento que aprovechamos para conocer a la "vagancia" del lugar, que nos fue invitando a las subsiguientes fiestas que nos fueron enfiestando la estadía en la ciudad. Aunque hay que decir que tanto festejo trae sus consecuencias y la comida mexicana también.

Entre muchas cervezas y mucho picante fuimos perdiendo al 50% de nuestra troop, quienes empezaron a canalizar severos problemas intestinales en fiebres y persistentes diarreas, que hacían que el restante 50% nos mantuviéramos al margen de las habitaciones, debido a los altos niveles de intoxicación que a simple vista se podían corroborar en los cubículos. No salieron del sucucho por algo más de 24 horas, y así fue como entendimos que al picante, también hay que acostumbrarse. Es increíble salir tan impunes y contentos de hongos alucinógenos y de repente tener dos personas enfermas por consumo de chiles. En fin...


Brindando recién llegaditos a San Cristóbal de las Casas...
Calle céntrica en San Cristóbal de las Casas...
Puestito callejero donde perdimos un poco de estómago...
De todos modos, si en algún lugar hemos disfrutado las generosidades gastronómicas de México fue definitivamente en San Cristóbal de las Casas. Nos encontramos con una de esas señoras cocinera de profesión, que diariamente se encargaba de llenarnos de color y de sabor nuestros días. Marianito "Cabeza" hizo de guía culinario de la troop desde el principio, y fue el responsable de introducirnos a los chilaquiles y moles, y vaya uno a enumerar la cantidad de nuevos sabores que se ampliaron el registro de nuestros precarios paladares.  Profundo agradecimiento al amor y la maestría que aquella señora ponía en la cocina.

Además de comer, y mientras nos aventurábamos en largos paseos, nos dedicamos a sumergirnos levemente en la cultura Tsotsil. Al mismo tiempo nos íbamos enterando que otro de los grandes atractivos de San Cristóbal era recorrer iglesias (que las hay de todo tipo y por todo concepto). Como nos suele suceder, aunque no querramos, nos aburrimos rápidamente de tanto dios, tanta redención, autoflagelación y masoquismo a cambio de vida eterna, y nos fuimos a sentar a la calle junto a los pobladores del lugar, que en cualquiera de sus facetas e intercambios, siempre tienen cosas más importantes para decir que su santidad.


El mejor restaurant de San Cristóbal... No lo dejen de visitar...
Esperando el picante en masa... Los pibes excitados dentro...
Cabe acercándose a dios...
Arquitectura santa...
Los días fueron muy relajados y tranquilos, y las noches, bastante amables y no demasiado rockeras. Hicimos una excursión a una pequeña localidad Tsotsil, ubicada a unos diez kilómetros de San Cristóbal: San Juan Chamula. Un pueblo con mucho valor histórico, ameno y fácil de recorrer. Sin demasiados objetivos, intentando respirar un poco el país, nos fuimos moviendo a paso lento y tranquilo por sus desolados caminitos, admirando y absorbiendo tradiciones en silencio, casi como preparándonos para el plato fuerte... una de las capitales más febriles del mundo: México D.F.

La plaza central de San Juan Chamula...
Lacha y Chamula... una linda combinación...
La banda del Bedford en plena conquista del suelo mexicano...

Salimos directamente hacia la capital, porque la visita que teníamos planeada a Oaxaca, se truncó debido a que en aquel momento se registraban algunas revueltas y se había declarado el estado de sitio. Cortamos por la sano y nos lanzamos directamente al encuentro con el mexicano más lindo de todos, el gran Horacio Matos, fumador de mota empedernido. Tipo tranquilo y apacible hasta socavarte los nervios, dueño de un corazón abierto y relajado, con el que ya nos había conquistado en Argentina.

Quien haya visitado México DF, sabe que es una ciudad "superior". Para quien no haya visitado, saque un pasaje ahora mismo, en avión, bus o moto, y sino, a caminar, no se van a arrepentir. Horacio pasó a buscarnos por el paseo de la Reforma, enfrente del Ángel de la Independencia, consintiendo, sin conocer a nadie más que a quien escribe, en hospedar en su casa a toda la troop de refugiados por tiempo indefinido. Un acto de bondad eterno y una cantidad de entrega que selló una de las grandes amistades del continente. Como si fuera poco, apenas instalados, sacó una bolsa de lo mejor de la mota mexicana y la tiró a la mesa al grito de “a fumar sin pedos”.

Horacio Matos... A fumar sin pedos...
De allí en más, México DF se empezó a meter en nuestros corazones sin pedir permiso, y faltaba más, sin necesitarlo. Apareció la banda mexicana junto a algunas de sus novias. Conocimos a Janita y a su ex novio Maurito (que no parecía querernos demasiado), y así, de casa en casa y de caminata en caminata, nos empezamos a meter una de las mejores capitales americanas en el bolsillo. No tengo tiempo de extenderme en casi un mes de estadía en la capital, pero debo nombrar obligadamente destellos de brillantez que alimentaron mi alucinación y mi estupefacción a cada paso:

Coyoacán, el auditorio nacional, el palacio de Bellas Artes, los murales de Diego Rivera, La Casa de Frida Kahlo, La colonia Condesa, Roma, Hidalgo, ciudad universitaria de la Unam, Polanco, la feria del Libro, el bosque de Chapultepec, la central de Abasto de la ciudad de México y otro montón de caminatas que nos llevaron por las profundidades de la inabarcable capital. Todo ello sucedía con noches perfectas de descanso, en una casa, en una cama, al calor de un hogar que nos venía haciendo falta imperiosamente.

Janita y Horacio...
Palacio de Bellas Artes...
(Fuente: http://www.arqhys.com/)
El eterno Diego Rivera...
(Fuente: http://www.ccsf.edu/)
Museo Frida Kahlo...
(Fuente: http://www.mundoark.com/)
Por mi lado sentía una especie de desequilibrio y cansancio en el alma, que recuerdo no me dejaba en paz. Una  gran cantidad de información que no había tenido tiempo de incorporar correctamente por tanta cosa nueva que ocupaba el lugar de la anterior, y que sólo daba tregua para dejarme esbozar algún suspiro que rehabilitara el cerebro, y pasar directamente a un nuevo estado de felicidad absolutamente indescriptible, que a su vez, convivía con ese estado de sensibilidad en perpetua retroalimentación. Estaba más perdido que Wally, pero más contento que perro con dos colas.

Tres eventos hay que destacar por sobre los otros en la giganto capital. El primero fue la obligada visita al Estadio Azteca, a ver un encuentro entre los Pumas y América de México (dónde por aquel entonces jugaba el Piojo López). Reminiscencias del mundial del 86’ y una imaginación que volaba sobre las gradas intentando captar aunque sea una pequeña parte del espíritu y de la emoción del más brillante de los equipos argentinos de fútbol. Un bello momento en una hermosa tarde, el cual acompañamos con un par de cervecitas que para nuestra gran sorpresa, vendían dentro del estadio.
Homenaje al mejor gol de todos los tiempos...
Segundo, la visita a Teotihuacán. Impresionante ciudad fundada por los aztecas (o mexicas), ubicada a unos cuarenta y cinco kilómetros del DF. Caminar dentro de este lugar es ciertamente una experiencia enriquecedora e impactante en términos arquitectónicos, históricos y geográficos. Tanto la calle o calzada de los muertos, como las pirámides del Sol y la Luna son una experiencia única e infinita. Un lugar bastante místico que decididamente forma parte de las memorias más lindas de las salidas de la capital.

Panorámica de buena parte de Teotihuacán...
En un momento decidimos dejar la tibieza en casa, y salir a coronar este viaje sideral con otra experiencia que se llevó estrenduosos aplausos del grupo de diez personas que una cálida mañana de otoño partió hacia el corazón del Real de 14, dispuestísimos a ver de qué se trataba esto de comer peyote.

Nos adentramos sin prisa, pero sin pausa, en una aldea aledaña al pueblo propiamente dicho, "agarrados" a la mano de nuestro "gurú", un famoso ente mistificoide apodado "Pepe". El lugar de por sí ya era una locura en el medio del desierto, y sus habitantes unos "capos semi cósmicos" que conocían probablemente todos los secretos de la plantita que veníamos a investigar. 

Aunque muy buena gente, muy anfitriona y con las ideas  bien claras para tratar con nuestras "occidentalizadas" humanidades, nunca tuvimos demasiada confianza ni demasiado contacto. Era un intercambio tácito en el que se sobrentendía: “te dejo estar acá y comer de mis cactucitos, pero no me rompas las demasiado las pelotas”. “Clarísimo gente, quedamo’ así”.

Organizamos todo para la mañana siguiente, nos entregamos al ayuno y nos preparamos para salir bien tempranito en busca de nuestro destino. Nos llevó un paisanote en la caja de una camioneta que nos dejó directamente en el epicentro de las plantitas mágicas; nos preguntó si queríamos que nos venga a buscar, a lo que respondimos: "no, en todo caso nos manejamos" y se fue. El camino de vuelta no era ni tan difícil, ni tan largo, y para no marcar horarios, decidimos jugarnos la vuelta con cierta tranquilidad.

La banda recién llegadita al Real de 14...
Haciendo fueguito pa’ cociná...
Pepe hizo una introducción rápida sobre la planta con esa cierta y necesaria mística mini chamánica; aunque nunca demasiado ostentosa ni demasiado “Pacha”, lo cual me pareció mucho más que óptimo, ya que eso de meterle religión a las plantas, tampoco me seduce demasiado. Me encantó la moderación de Pepe al hablar, porque fue corto, conciso, entendible y muy rápidamente pasamos a la acción.

Realizamos un mini ritual de búsqueda, algunas preguntas informativas, despejamos los corazones y los miedos, y empezamos a meternos en el cuerpo este cactus que tiene un gusto extremadamente horrible y que cae al estómago casi como si fueran bloques de cemento. Cada uno comió lo que le entró. Luego de unos veinte minutos, ya estábamos vomitando como marranos entre los pequeños arbustos. De todas maneras, Pepe ya estaba preparando un poco de té para más tarde y teníamos un día memorable por delante... para olvidarnos de tanto “arghhh uarggghhh... buarrrrghhh”.

Bien, ahora, ¿cómo describir esta planta mágica? Dificilísimo sin ponerme muy hippie y muy introspectivo. Lo primero que hicimos fue seguir la consigna de salir a caminar un poco y tratar de ver qué onda la cabeza. Lo segundo que me pasó, luego de caminar unos treinta minutos, fue darme cuenta que me estaba pegando un viaje en el medio del desierto que me dejó nuevo, limpio, claro y mucho más enfocado que como había llegado.

Preparando brebaje...
Muchísimo más amable que el hongo y también muchísimo más contemplativo. Un juego de sentidos abiertos en un contexto que todo lo absorbe y todo lo recicla. Cierto sentimiento de la perfección de la naturaleza como expandiéndose en la "interioridad" de cada uno y dejando reposar el cuerpo en algo así como lo que se podría denominar "tu lugar en el mundo". Un juego definitivamente más psicológico y muy placentero, en el que se disfruta plenamente de la soledad y de espiar el movimiento de algunos otros cuerpos en la inmensidad y vastedad del desierto.

Muy claro en sus reglas, muy amable en sus formas, muy en la realidad a pesar de ser alucinógeno y extra mundano. Portales mentales versión 3.0, conectados con la "alquimia" del ser, sus posibilidades y las cualidades de reposo del alma en algún lugar que uno elija de los infinitos que hay en el Real del 14. Comunión con insectos, animales, montañas, cielo, árboles y tierra, etc. Pasado el momento hippie, prosigo y recomiendo altamente su ingesta.

Se fue haciendo de noche y nosotros seguíamos tomando este brebaje conforme Pepe lo iba preparando. Pasaron algunos momentos místicos, algunas charlas bien lisérgicas y en algún momento nos dimos cuenta que mejor ir volviendo, porque se estaba por largar a llover, y sin carpas y sin comida, aguantar hasta el día siguiente iba a resultar muy incómodo.

Fue llegando la noche... a caminar...
Emprendimos la travesía guiados por las lejanas y tenues luces del pueblito que nos acobijaba, y llegamos luego de algún tiempo que no podría precisar. Algunos veníamos muy lúdicos, otros un poco más inquietos, otros puteando, pero ciertamente todos de buen humor y poniéndole un broche de oro a otra exitosa excursión a algún lugar del continente. Cuando finalmente llegamos al pueblo, me di cuenta de cuan estimulado estaba y cuan bien funciona el desierto como contexto para la ingesta de éste cáctus. Lo digo porque ni bien tuvimos contacto con casas, luces, puertas y gente, reaccioné que traía un estado lisérgico imposible de controlar, aunque seguía siendo muy amable para tanto alborote sensorial.

Las puertas se me derretían, los cuerpos de la gente brillaban y todo era un gran estado de estímulos a investigar. A esta altura mucho más parecido a una especie de LSD muy fuerte, que a lo que había sido durante el día en el desierto. Pedimos comida en el único lugar que estaba abierto. Recuerdo que nos sirvieron unos revueltos que parecían estar envueltos en alguna burbuja adentro de mi boca. Todo muy bien, todo muy gracioso, y tratando de ponerle un coto al asunto, en algún momento fuimos enfilando hacia los cuartos. Allí, charla va, charla viene, investigamos las sensaciones de cada uno y compartimos el final de un estado extasioso y memorable.

El resto de la estadía no las pasamos recorriendo el pueblo del Real de 14, un ex pueblo minero muy atractivo, que representa un paseo obligado para quienes se acerquen hasta éste gran páramo ubicado cerca del centro geográfico del país. Se vio a toda la banda entonces, saltando por las descuidadas fachadas de una ciudad que luego de algún boom minero, quedó semi abandonada.

Real de 14...
En el pueblo... dando vueltitas en camión...
En el túnel...
De todas maneras vale resaltar que esta dejadez y aspecto de ruina, es lo que le da el carácter al lugar. En algún momento se hizo tarde, los pibes tenían que volver a trabajar, y no nos quedó más remedio que emprender la vuelta. En el DF aún nos faltaba encontrarnos con la señorita Victoria Barker, emperadora argenta en suelo azteca, con la cual participamos en una buena cantidad de fiestas, y festejamos el Día de los Muertos en algún cementerio, al que como siempre en este viaje, llegamos tarde.

Vicky, Lacha, Bele y Juli en algún lugar de la gran capital...
También tuve que sacar de la comisaría a Juli, ya que los policías habían estado de levante de hippies en la plaza principal, y se lo habían llevado con paño y todo a una incómoda celda vaya uno a recordar en que vericueto de la capital; y por último, asistir a la fiesta de despedida de otra genia mexicana, la señorita Valeria Matos, que por desgracia en aquel momento se encontraba recientemente casada, yéndose a vivir con su esposo a alguna alocada ciudad de EEUU. Un evento conmovedor al que entramos hasta las manos de algo, pero no me acuerdo de qué. Lo cierto es que estuvo muy bien y vimos a mucha gente llorar y esas cosas. Valeria... divina como siempre.

Valeria...
Luego de todo esto, de mil viajes en subte, de burritos, "tacos" de todo tipo y color, enchiladas, moles, chilaquiles, cerveza micheladas, mariachis y de afrontar todos los pormenores burocráticos para abandonar el país, fuimos preparando los corazones para una intensa despedida de un México del que nos llevamos sólo una porción, pero de esas bien glotonas. Un país en el que se necesita mucho tiempo, y al que definitivamente, vamos a querer volver.

Puse el corazón en sintonía con el Hora y todos sus amigos, también con Vicky, y me los llevé a todos en el mismo canal y en la misma frecuencia, esperando desde aquel instante, que llegue el momento de volverlos a ver... Por suerte y para mi gran felicidad esa instancia con las dos partes llegaría pronto... y todos juntos siempre seguimos esperando la próxima...

También se me coló Janita en el recuerdo... me acordé ahora mismo que me la estaba olvidando... No al olvido entonces, Janita también se vino con nosotros... Abordamos el avión hacia La Habana alguna tarde de vaya uno a saber cuando... De México me llevé todo, y a medida que me lo vaya encontrando nuevamente, voy a ver como se lo puedo ir devolviendo. Para terminar entonces, dejamos un temita de Tex Tex y su famoso "Toque Mágico". ¡Hasta la próxima!...

Toque mágico en alguna plaza de Zimbawe...
"El toque mágico" - Tex Tex...

0 comentarios:

Publicar un comentario

Copyright © 2012 Viaje por África All Right Reserved