11 mar. 2009

América en Bedford - Colombia (de ida)


Siéntase como en su casa...
A la frontera de Ipiales llegamos en algún momento pasado el mediodía. Lo primero que me sorprendió fue la amabilidad con que nos estaban esperando. Los comentarios que nos habían hecho de Colombia a medida que escalábamos en el continente nunca fueron del todo alentadores. Lamentablemente nos fuimos cruzando con personas que se llenaron la boca hablando pavadas, que por suerte a lo largo de la estadía íbamos a desmitificar y refutar.

Llegamos sin comida, por lo que nos mantuvimos una larga cantidad de horas a pan y agua. Apenas pasamos la frontera, logramos conseguir unos buenos platos de comida callejera, con los que recobramos las fuerzas para seguir al volante. E
se mismo día cumplimos el objetivo que nos habíamos propuesto: entramos a la ciudad de Pasto apenitas antes que la tarde caiga completamente.

Lamentablemente las cosas se empezaron a poner espesas con el titán, y a pesar de haberlo "tuneado" bastante en Quito, se empezaron a hacer notorios algunos desperfectos en el motor. Ahí mismo, en la ciudad de Pasto, ocurrió otra pérdida grande de aceite, que también significó una buena pérdida de ánimos, por lo que decidimos frenar, intentar olvidarnos, y salir a caminar un poco la ciudad para espantar los demonios.


El espacio fronterizo y sus insoportables ventanillas de migraciones...
Entrando a la ciudad de Pasto...
Antes de la obligada visita a algún otro antro mecánico, tuvimos la oportunidad de ser espectadores (desde fuera), de un partido de fútbol en el estadio pastuzo. Pasto enfrentaba al Cienciano. Ahí mismo, mientras nos relajábamos con la pelota, conocimos un par de personas con mucha curiosidad y buena onda, con quienes compartimos algunas caminatas y nos ofrecieron ayuda para encontrar algún taller mecánico.

Así sucedió que la mañana siguiente asistimos una vez más al encuentro con la grasa y las tuercas y logramos finalmente arreglar la pérdida de aceite. Todo ello en medio de un malón de mecánicos que no paraban de asombrarse de nuestra nacionalidad, nuestro camión y nuestra vuelta por América. Humanos de la mejor calaña, que pedían que les dejemos recuerdos, y reían y se peleaban por hacer preguntas y participar. Un estado de excitación y de intercambio, por momentos algo verborrágico, pero inspirado en las ganas de compartir e interactuar. Aceptaron que les paguemos con los jueguitos de ingenio de aluminio que hacía July. Antes de irnos nos regalaron una bolsa de frutas y nos dejaron listos para continuar la travesía.

Paño semi hippoide...
Salimos disparados de Pasto con el objetivo de llegar hasta la ciudad de Cali, capital mundial de la salsa y lugar en el que habíamos puesto las primeras expectativas en el país, pero... quiso el destino volver a hacer uso de su infinito poder de manipulación y empezó a tejer un "imponderable" de esos que te ponen a prueba y te roban el alma por largo tiempo. Apenitas antes del trágico evento, avanzábamos muy optimistas y absolutamente anonadados por el inabarcable y bellísimo paisaje del sur de Colombia.
 
Íbamos viajando en el techo del camión, disfrutando de una libertad que se intensificaba con la caricia de la cálida brisa vespertina. El volcán “Galera” erupcionaba y ponía en alerta a algunas áreas del país. Al rato llegamos a un pueblo que todo el mundo había tildado de ultra peligroso: 
"El Bordo", un lugar donde probablemente nos asesinarían y nos tirarían a los cuervos. A cambio de todo ello, obtuvimos un descuento en la comida y una linda charla con un peluquero que nos entretuvo mientras hacíamos el descanso de rutina en el manejo. Luego de agradecer y de llenar el buraco estomacal, continuamos viaje. Los chicos estaban muy cansados y continué el camino manejando sólo. Ahí fue donde empecé a notar que el motor estaba demasiado cansado...
 
Iba ascendiendo una montaña. Notoriamente al titán le estaba costando más de lo debido. Yo estaba muy cansado y los frenos del camión estaban algo débiles... como pre-anunciando el tipo de tragedia que tuvimos en Chile. Los camiones venían bajando de frente a toda velocidad por una ruta notoriamente angosta. Las luces más que ayudar a iluminar, destruían todo tipo de visión, y se clavaban directamente en los ojos... más bien cegándome por algunos segundos. En este contexto, experimenté dos momentos muy críticos.
 
El primero, cuando luego de quedarme ciego por un par de segundos, me subí por accidente, 
en una curva muy cerrada, al cordón de una banquina por un lapso de otros tres o cuatro segundos... momento en el que pensé que volcaba sin remedio. Todavía no tengo idea cómo logré bajar con las casi seis toneladas de hierro y chapa, sin que ello suceda. El segundo, cuando me quedé sin frenos y tuve que esperar en subida que se cargara el pulmón de aire. Desperté a Mariano a los gritos para que bajara con los tacos por las dudas. Finalmente logramos remontarlo, y por fin, llegamos al final de la subida. Tomé un café, puteé como si supiera lo que estaba por pasar, y encaré el descenso hasta la ciudad de Popayán.

Una de las vistas de la majestuosa ciudad de Popayán...
Luego de mucho nerviosismo conseguimos llegar hasta la entrada del pueblo y estacionar al costado de una estación de servicio. El ruido que hacía el motor era algo nuevo, y claramente muy poco alentador. “Tacatacatacatacataca”, sin parar y muy fuerte. Decidimos descansar y esperar hasta la mañana para asistir a otro forzoso encuentro con el mecánico. La última imagen de la noche, fue la de un linyera que vimos despertarse, cruzar la calle, cagar a dos metros de mi cara, y volverse a acostar sin limpiarse. Esa imagen en cámara lenta fue la gota que rebalsó el vaso de mi cansado sistema nervioso y bajó la persiana del día definitivamente. Minutos más, minutos menos, todos hicieron lo mismo y nos fuimos a roncar.
 
Al otro día empezamos la recorrida buscando el taller apropiado. El Titán de titanes estaba pidiendo a gritos que lo apagáramos. Me dolía como si fuera yo. Al final y gracias a la varita mágica de la vida, logramos llegar al mejor lugar que podríamos haber llegado en esta instancia: el taller de Aldemar Efren Dorado, eminencia en la vida, rey de motores. Allí, cuando recién nos estábamos presentando, alguien apareció y soltó la frase que anunciaba que la cosa iba para largo. Entre risas algo sarcásticas y de cierta sorpresa genuina, Rubén, el hermano de Aldemar, preguntaba: “¿Cómo llegaron con el motor así hasta la puerta del taller?”. Aunque la respuesta era obvia... “porque es un Bedford”, de nada valía sacarla a relucir... mucho por dentro estaba jodidamente averiado.



Operación a corazón abierto...
En la parte trasera del taller de Aldemar...
Así fue que empezó un largo capítulo del viaje en las tierras de Popayán, que además inundó nuestros corazones de un amor eterno por la familia Dorado, los cuales desde el momento cero hasta que nos despedimos hasta nuevo aviso, nos dejaron dormir con el colectivo en el taller y nos hicieron parte de sus vidas, y estuvieron siempre atentos a cualquier necesidad que desde aquel momento nos agobiara, aquejara o sucediera.
 
Para terminar de pintar la gravedad del cuadro, debo decir que la segunda mala aunque obvia noticia, era que en ninguna parte de Colombia íbamos a conseguir los repuestos para reamar el corazón de nuestro titán de hierro, por lo cual el trabajo se tornó muy dificultoso y preciso a la hora de lograr conseguir las medidas exactas para que nos mandaran de Argentina las piezas faltantes para continuar la travesía.



Pistón arruinado...
Uno de los primeros spots que uno se encuentra en el centro de Popayán...
Salimos a recorrer un poco la noche de Popayán e hicimos unas breves excursiones por el centro y sus alrededores. Conocimos a un punkie buena onda que nos convidó con algún porrito, y nos adentramos en la zona de quilombo de la ciudad, cuyo epicentro dejaba bastante que desear, pero al cual nos íbamos a tener que acostumbrar rápidamente si queríamos sobrevivir a la estadía en esta ciudad blanca y colonial. A su vez, Aldemar tambien nos llevó a recorrer por primera vez la ciudad en su auto. Así fue que entre panorámicas de la ciudad, empezamos a sellar una amistad que perdurará para siempre y a lo largo del cualquier medida de tiempo.
 
Como sabíamos que la estancia iba a ser bien, pero bien larga, antes de adentrarnos en los por menores de Popayán, con el enano Árenzon decidimos hacer una escapada hasta un pueblo que todo el mundo nos dijo que no podíamos dejar de visitar: San Agustín, un pueblo bastante místico y super amable, que nos agregaría mucho más emoción a nuestras vidas y que nos marcaría el espíritu, con una experiencia psicotrópica de alto vuelo. 
Marianito en principio se quiso quedar, en parte porque no tenía ganas de emprender la travesía el día en que la decidimos, pero también porque él era la cabeza en los asuntos mecánicos, y por suerte, percibió que su presencia iba a ser más que necesaria a la hora de hacer el encargo de los repuestos. Quedamos en que nos encontrábamos en un par de días y nos mandamos a mudar por la puerta trasera...

A San Agustín nos fuimos casi sin dinero, apenas portando unos míseros dólares que fueron muy difíciles de cambiar, hecho que finalmente logramos gracias a un personaje que conocía Argentina por el “Che Guevara” y nos hizo el grandísimo favor en el medio de la calle esgrimiendo: “El Argentino dio la vida por todos nosotros... El más cojonudo”. Me mató, no me lo esperaba, y sino era porque perdíamos el colectivo, le daba un par de besos más. Nos subimos finalmente a la lata maldita y rebotamos como resortes en el empedrado más hijo de puta que había transitado hasta el momento en mi vida, durante las siguientes ocho horas. Para colmo había señoras con gallinas que sobrevolaban las inmediaciones y hasta un morboso desagradable que quería mostrar las fotos de su novia desnuda que tenía en el celular. Cartón lleno. Por suerte en algún iluminado momento, llegamos.


Calle principal y plaza en el centro de San Agustín...
Panorámica desde la montaña de San Agustín...
Como no teníamos dinero, no conocíamos nada ni a nadie, y como ya estaba algo entrada la noche, decidimos irnos con las bolsas de dormir a la plaza, para la siguiente mañana elucubrar como íbamos a subsistir. Para nuestra mala suerte hacía bastante frío y casi no pegamos un ojo. Enfrente, cada media hora sonaba el reloj de una iglesia. El día empezó a alumbrar bien temprano. En ese momento decidimos dejar de pretender confort y reposo y nos pusimos en campaña para conseguir un poco de agua caliente para un té. Mientras calentábamos un poco el cuerpo con la infusión, casi como una enviada del inexistente señor, apareció en nuestras vidas, a darnos esa más que necesaria mano salvadora, Clemencia... Todavía no puedo creer que se llamaba Clemencia.
 
Ella fue quien nos puso al tanto de como se movía el "town" y nos dió todas las indicaciones y claves para conseguir hospedaje por nada. Al ratito
 conseguimos cambiar nuestros últimos dólares en un restaurant llamado “Surabbi”, y de ahí en más, empezamos a recorrer la periferia. Muy rápidamente nos encontramos a una tierna familia de punkies, con un hijo muy punkie, quienes nos asistieron levemente la ansiedad y compartimos un muy lindo momento. Nos despedimos, y casi sin escalas, conocimos a Zarae, una colombiana de Bogotá que nos presentó a un personaje algo mítico de San Agustín: Cristian.


Con Zarae testeando la zona...
El mercado de San Agustín...
Andrés y Cristián... Dos personajes dos...
Recorrimos un rato las calles al ritmo de una apacible charla, compramos caramelos y terminamos tirando los bártulos en sus cabañas ecológicas. Una especie de hostal con vertiginosas vistas al Río Magdalena, inserto en el medio de la montaña y rodeado por un despliegue ostentoso de vegetación y naturaleza. Rápidamente nos fuimos haciendo parte de la postal del lugar, y apenitas terminamos de acomodarnos, salimos disparados a una fiesta nocturna en la casa de un tal “Paisa”, lugar en el que encontraríamos a todo el círculo íntimo que nos adornaría los largos días y las largas noches en las tierras agustinianas.
 
Nos dieron un curso muy acelerado de introducción al guarapo y al opio, cuyo sabor es muchísimo más adictivo que sus supuestos tóxicos, y además, conocimos a unos nenes que en su aura balanceaban un "pesuti" muy fuerte, con una ternura increíble, todos provenientes de Bogotá... personitas que nos iban a llenar la vida de confusión y de m mucho rock and roll del mejor. 
Pícolo, Andrés y Jhonattan formaban una delantera peligrosa... tirando a letal y fueron quienes decidieron mostrarnos San Agustín un poco más al desnudo. También aparecieron unos, que al lado de estos daban ganas de mandarlos a tomar la mamadera: Patricio y Andrés, un argentino con muchos problemas de calendario maya profético, y un austríaco con síntomas parecidos, al que el moño le apretaba un poco el paso de sangre, pero que como siempre que se conoce a alguien más en profundidad, les terminamos encontrando la veta más linda.
Vista desde la cabañas de Cristian al Río Magdalena...
Baño ecológico...
Andrés y Juli en alguna caminata...
Los “nenes” de Bogotá... Chili, pimienta, sal y todo lo que se te ocurra...
La voy a hacer corta y directa. En San Agustín aprendimos mucho sobre qué es realmente la droga y por qué es muchísimo más que importante la calidad. Probamos todo, y todo parecía ser a su vez, algo que nunca habíamos probado. Todo me pareció que tenía un gusto nuevo, un efecto muy mejorado y una nocividad nula. Además de todas las porquerías tradicionales, y de la introducción al opio, probamos lechita de amapola y le dijimos que no, como de costumbre, a la heroína, porque vimos mucha gente que queda fea, pasada en falopa y con notorias pérdidas en el aparato nervioso sentimental.

En algún momento de la estadía apareció Marianito a darnos una mano, y directamente desde alguna isla caribeña recibimos nuevamente a Gabriel, que volvía a unirse a esta troop, luego del encuentro familiar. Todos juntos le fuimos poniendo el sello a un San Agustín imborrable, con eventos como el Parque de la cultura San Agustiniana y La Chakira, lugar al que hicimos una linda caminata en busca de cucumelos, y donde surgieron éxitos psicotrópicos musicales como el “Rap del Cucumelo” y “Caca de Vaca”... una versión punkosa del deseo de encontrar “algo pa comé”. Percibimos también la poca cordialidad que el cebú demuestra hacia el intento de expropiación de sus emocionantes líquidos intestinales fermentados por la lluvia y el sol.


Una noche cualquiera tomando guarapo...
Dando la vuelta a la Chakira y posando como banda de rock con dos hits...
Piedrita tallada...
El Lavapies, lo más interesante del parque temático...
En algún momento sonó la campana de la cordura, y decidimos que por mucho que nos cueste, era tiempo de dejar otra intensa experiencia en el pasado y salir disparados nuevamente hacia Popayán, a hacernos cargo del motor y a ponerle la jeta al mal tiempo; por lo cual, hicimos pequeñas movidas de último momento, pasamos por una peña campestre a tratar de robar algo de comida, y cuando nos aburrimos y nos hicimos de dos o tres manjares, fuimos nuevamente al encuentro de otro horroroso bus.
 
Llegar tuvo su momento emocionante, cuando vimos la bolsa de regalitos que Lacha había capturado de manos de sus padres. Estaba llena de caricias para el alma, que en esta caso se pueden traducir en alfajores, dulce de leche y algunos otros elementos de primera necesidad y urgencia, que ayudaron a segregar las endorfinas necesarias para la conservación de la felicidad y la esperanza de seguir nuestra aventura rutera por el continente.
 
Embebidos en azúcar nos lanzamos a colaborar con una limpieza general de las partes del motor del bondi y a esperar que los repuestos llegaran de Argentina, para que Aldemar y toda su gente le pusieran el toque mágico al corazón del gran titán rutero. Además, tuvimos que fiscalizar los eventos de rectificación de la culata y del cigüeñal, y salir a la búsqueda de algunas piezas menores, pero que igualmente nos robaron varias horas de caminata y frustraciones hasta conseguirlas. Luchamos con impuestos absurdos, fuimos y volvimos un par de veces a Cali, y surfeamos largamente las olas de una Colombia llena de magia y de dificultades al mismo tiempo.

Siguiendo los eventos... Vuelta a la vida irreal...
Más allá de todos estos pormenores, lo que realmente quedó sellado para siempre en el corazón, fueron las vivencias y la hermosa amistad que cultivamos con todos los mecánicos y sus familias, de quienes obtuvimos la contención y el afecto necesario para resistir los momentos de mayor ansiedad. Gente que se desvivió porque no nos volviéramos locos ante tanto contratiempo, ante ninguna adversidad, y que nos enseñó bastante de valores importantes, necesarios y mínimos como para aprender a ser un anfitrión y una buena persona.
 
En el taller conocimos a Napo, a Carlos, a Mauricio y Rubén (hermanos de Aldemar), a Felipe (pariente de aldemar) y familia, a la recepcionista que no me puedo acordar el nombre... Básicamente a toda la familia y a todos los empleados que son personajes tremendos enfrascados dentro de humanos buenas personas... Además... los soldadores, rectificadores, y un sinfín de allegados y de gente predispuesta a todo. Claudia y los hijos de Rubén, y Rosa y los hijos de Aldemar, fueron presentados de manera muy solemne durante algún día domingo, en el que nuevamente nos llevaron de paseo por la ciudad.
 
Tuvimos el honor de ser invitados a varias de sus casas, distribuidas estratégicamente en diferentes colinas de la ciudad. En alguna de estas incursiones conocimos a Lorenzo y a su mujer, dos personajes igual de buena gente y de anfitriones que todo el resto de Colombia. Entre todos nos alimentaron con Sancocho, asado, empanadas de pipián, pollos de su propia producción, y nos emborracharon consecuentemente con aguardiente, bebida que aprendimos a querer, y con la que se pueden subir los decibeles hasta llegar a estados de embriaguez sub-atómicos, que te pueden dejar tirado entre las malezas, agazapado y vomitando. También te lleva a caminar por el fuego o a recitar piropos a quien no se debe. En fin... las cosas a veces se dan así...

Aguardiente Caucano 
(Fuente: http://www.proclama.tutierra.net)
Bajo los efectos de agua ardiente y vaya uno a saber que más...
Empanaditas de Pipián...
(Fuente: Flickr beatrizmacias)
La eterna familia de Popayán...
El nonae encarnando a Tusam...
Entre los olores y texturas de gelatina de pata de cabra, tintico, helados de leche, chocolada y tantas otras cosas, debo hacer mención especial y eterna a la figura de la cabeza del taller: Aldemar Efren Dorado. Esa persona sencilla, apasionada por los motores, que lleva en sus espaldas la responsabilidad de un mundo que sin él, muy probablemente no hubiera tenido una vida tan digna. Padre, hermano, tío, soñador, consejero, abocado a hacer que la vida de todo el mundo sea más fácil, más cómoda, más alegre... incluso a expensas de su salud, su cansancio, y la cantidad de tiempo y dinero que gasta para que ello ocurra. Eterno en sus formas, y uno de los humanos más íntegros que he tenido el placer de conocer. De esas personas que dan todo, a todo el mundo, esperando absolutamente nada a cambio. Humildad, perseverancia, entereza y un alma a prueba de balas imposible de olvidar.

Persona con códigos... Aldemar Efren Dorado...
Por lo demás, en la larga estancia en tierras del Cauca, distribuimos nuestros días entre grasa y trabajo mecánico, intentado hacer que las cosas sucedan y reviviendo a nuestro semental rodante. Condimentamos nuestras noches entre arepas con algún tipo de salsa, las que nos dejaban bien parados para desgastar nuestros cuerpos en alguna fiesta que casi de casualidad encontráramos. Jugamos algunos partidos de fútbol para no perder la elasticidad corporal y caminamos mucho con Angélica, Olga y amigos, quienes también colaboraron de a ratos para que los ánimos no decaigan demasiado.
 
Nos metimos de lleno en el amasado y horneado de galletitas con formas extravagantes y a vivir en algún tipo de realidad paralela inventada entre todos y sostenida con perseverancia por nuestro dragón ecuatoriano. Por momentos tuvimos que apalear mucha desilusión y hacer mucha fuerza para no empezar a perder el estribo. El recurso de la risa hizo lo suyo, al ritmo de mucho hueveo mental que surfeaba los vericuetos de la irrealidad virtual en diferentes casas, diferentes plazas, y diferentes estados de la mentira que encontrábamos por ahí. Seeee... Salimos airosos...



Si hay un poco de rock...
¿Ta’ Rico, no?... Mariano Palmicapo...
Perdiendo la forma humana... Jugando al constructor...
En algún momento como decía el negro más lindo de todos: Siempre que llovió paró”... Lo peor había pasado, y a pesar que teníamos muchas ganas de continuar el viaje, se empezó a hacer notar la tristeza y la melancolía de dejar a tanta gente increíble una vez más en el camino; sencillamente para perseguir el nuestro, que apuntaba al norte y a un montón de cosas que todavía teníamos en la lista de asuntos pendientes en la vida.
 
Así fue que una vez que todo estuvo en su lugar nuevamente, y que el trabajo del taller estuvo terminado mucho mejor de lo que podríamos haber creído en algún momento, prendimos y notamos que todo había revivido. Empezamos a ejercitar los consejos para el manejo que Aldemar nos marcó, y con un lagrimón pusimos primera hacia la capital mundial de la salsa, la ciudad de Cali, a continuar con ésta hermosa travesía en Bedford, que nos intensificó la vida llenándola de incómodas, pero espectaculares experiencias.


Corazón de Bedford como nuevo... Evento superado...
Toda la banda del mejor taller Colombiano...
La familia de Aldemar... parte del espíritu de la banda del Bedford...
Resta decir gracias a todas y a cada una de las personas que regalaron trabajo, contención, alegría y que colaboraron para que nuestro mejor amigo, Bedfy, reviviera para siempre, mejor que antes, más aguerrido y con la firme promesa de llevarnos a completar el recorrido trazado. Salud por Popayán, salud por el taller de Aldemar, salud a la transparencia y a la blancura de esta inigualable ciudad colonial del Cauca...
 
Otra vez a la ruta y otra vez la sensación del rugir de nuestro gladiador rutero. Otra vez hacia algún lugar y otra llegada a alguna ciudad... Después de la operación a corazón abierto, pero enterísimo amigo... Esta vez el nombre era Cali, lugar donde desembarcamos directamente en el corazón de los complejos de salsa más enormes que hayamos visto en nuestras vidas.



En el techo es mucho mejor... ¡Ruta a la vista!...
Imagen al pasear...
Uno de los clubes de salsa más grandes de Cali...
Ejerciendo un poco de periodismo barato...
Allí, luego de alegar que éramos periodistas en busca de vaya uno a saber qué, nos dieron el "ok" para quedarnos a dormir dentro del complejo y un pase gratis grupal para chequear el movimiento y los encendidos e interminables bailes que se suceden. Una experiencia ciertamente novedosa y llamativa. Mucha pasión y mucho meneo que no pudimos copiar dignamente, pero que por suerte pudimos presenciar y admirar.

Pasamos algunas noches en la ciudad, pero no nos dimos tiempo de investigarla a fondo, ya que extrañábamos la ruta y estábamos para soportar los incordios de la orbe. Necesitábamos nuevamente salir a la deriva y no tener que respetar demasiado ningún tipo de formas. Por ello nos lanzamos a una recorrida por la zona cafetera de Colombia, investigando lugares como Irra, Pereyra y Manizales, utilizando el tiempo en largas caminatas y conociendo personas que nos llevaban por el “mal camino”... que generalmente es mucho mejor camino que el camino que la mayoría de la gente tilda de "bueno" o "mejor".

También tuvimos episodios con la policía, pero esta vez, con una policía que no busca cosas que nosotros tenemos, sino que se interesa más por saber si uno porta armas de fuego, evento que me pareció mucho más lógico que andar persiguiendo fantasmas sociales e intereses ajenos. Por lo demás, no se hacían ningún tipo de problemas y fumaban “su marihuanita” como dijo algún oficial, por el centro de la ciudad y hasta con los uniformes militares. También había mucho soldado futurista con ametralladoras futuristas por todo el tema de la guerrilla... muriéndose de calor y transportando sus pesados cuerpos y armas por debajo de los miles de grados centígrados que marcaba el termómetro. En Irra se encuentra la mejor agüita de panela de todo Colombia. Tan rica , como efectiva inclusive contra la peor de las deshidrataciones...


Esos carteles raros...
En las tierras cafeteras...
Marianito haciéndose el Indiana...
Ehhh...
Luego de pelotudear y pelotudear sin horarios, sin kilómetros, sin urgencias y sólo condicionados por la visa de permanencia en el país, nos movimos hasta una de las sin duda, mejores ciudades Latinoamericanas: Medellín, lugar del que uno se tiene sí o sí que auto evacuar, si no quiere correr el riesgo de quedarse viviendo en una realidad virtual eterna. Intensa... Llena de "paisas" que me atrevería a decir que son de lo mejor de Colombia, o al menos, de la Colombia que vivimos por aquel entonces. Si algo faltaba para terminar de patear el tablero y meterse de lleno en una locura sin retorno, fue estacionar el camión en el barrio de "El Poblado" y dejar que las cosas sucedieran.
 
Y quien pasó no fue una cosa, sino un "parcerito" llamado Lucas, quien automáticamente nos presentó a Isa, momento en que el tablero no sólo fue pateado, sino que fue incendiado, destruido y nunca más reconstruido. Nos introdujeron a una infinita cantidad de personas que no se cansaron de intentar satisfacernos en todo lo que queríamos y en todo lo que no. Era como una constante montaña rusa de la que uno se quiere bajar, y que antes de sacarte el cinturón de seguridad, arrancó nuevamente para llevarte a dar otra vertiginosa vuelta.

Luquitas e Isa... Potencia colombiana...
Con Isa, más contentos que perro con dos colas...
Conocimos varios lugares entre los que debo recalcar el “Parque del Periodista”, una plaza antro medio ruin y multicultural, en donde te puede pasar lo mejor y lo peor al mismo tiempo. Una especie de cuadra roja, donde todas las subculturas urbanas se encuentran para compartir distintos tipo de actividades. Imágenes fuertes, mucho freeky y mucho quilombo bajo fondo, son el principal condimento de este particular lugar.
 
Hay de todo, bueno y malo. La estética es más bien de protesta y descontento con el mundo. En ese parque tuvimos la grata sorpresa de encontrar nuevamente a Marcel haciendo malabares junto a algunos amigos. Mientras, de reojo se veía gente toda llena de heroína, de la que resalta esa mirada apagada y perdida que siempre recuerdo con bastante impresión. Emociones encontradas, pero un lugar para observar y observar, con mucho contenido en cada partícula informativa. Marcel, como siempre hecho una bomba del verano. Lúcido, afilado y lleno de vida. Un grato momento que también sirvió de puntapié para alguna pequeña y posterior borrachera.

Con Marcel aventurándonos en las calles de Medellín...
Por miedo a olvidar tengo que recordar al "trapito" y cuidador oficial en la cuadra donde teníamos estacionado al titán. Fanático de Independiente de Medellín, nos regaló desayunos y locuras, y siempre estuvo pendiente de nuestra mole de rodar sonriente y expectante. Un personaje lleno de magia, cuya historia es difícil de reproducir, pero del que no quise olvidarme.

También al personaje que vino especialmente a palmear la ventana del bondi, para acercarnos un creapie de chocolate, otro ente volátil en nuestras vidas. Por último recordar también con mucho cariño a Luisa, una periodista por aquel momento principiante, que nos hizo una nota sobre el viaje, la cual luego salió publicada en el diario El Colombiano. Una genia que nos regaló un hermoso y tangible recuerdo sobre nuestra hermosa travesía por el continente.

Nota para El Colombiano...
Como ya habíamos descartado la idea de pasar el camión hacia Centroamérica (por el tema del calor y el motor, y por los escasos recursos monetarios con que contábamos en aquella etapa del viaje), una parte de la troop compuesta por Gabriel y Cabeza, se fueron a buscarle hospedaje en Santa Marta (específicamente en El Rodadero). Allí finalmente encontrarían un techito y un poco de seguridad por un costo mínimo, para dejar a salvo al titán por unos meses.
 
Lo lograron luego de unas largas vueltas por la zona y luego de tener un accidente en el cual salieron volando hacia la banquina de alguna ruta perdida en la memoria, y donde el bondi quedo enterrado dentro de un pequeño pantano de barro del cual tuvo que ser remolcado por un camión más grande. Otra desgracia con suerte, a la que por suerte no asistí, ya que después de lo de Popayán no hubiera podido evitar el ataque. Con ellos nos reuniríamos luego, en alguna parte de Centroamérica.
 
Por nuestra parte, nos fuimos a gastar los últimos días de nuestra visa a Capurganá (en el extremo norte del país), con la idea de pasar hacia Panamá evitando el avión desde Colombia. Antes de salir hacia Turbo, lugar desde donde se aborda una lancha que se mete de lleno en el golfo de Urabá, hicimos una compra de artesanías industriales en alguna parte de la hermosa ciudad paisa, armamos unas mochilas con bolsas de papa y un par de caños, cargamos veinte gorros que traíamos desde Bolivia, y le fuimos a dar rienda suelta a nuestra precaria temeridad, en busca del cruce hacia lo  desconocido... esta vez sin nuestro mastodonte rodante.

Panorámica de alguna calle de Turbo...
Y ¿qué decir? Capurganá es un lugar de esos que todavía permanecen de alguna u otra manera vírgenes. Poco turismo, poca gente, un calor mutante, pero unas playas, un color y una hermosura en toda su naturaleza, poco registradas por mis pupilas hasta aquel entonces. Durante la estadía en esas tierras privilegiadas, y mientras preparábamos el paso en alguna lancha hacia Panamá, conocimos al “Caleño”, un alma errante que según él padecía: “el mal de ser Colombiano”, motivo por que le negaban el paso hacia Centroamérica (al igual que a ecuatorianos, peruanos, bolivianos y toda persona que no tenga para acreditar un sinfín de requisitos económicos nefastos).

Junto a él pasamos algunos días vendiendo giladas que nos daban de comer y nos mantenían con la cabeza ocupada mientras resolvíamos nuestras vidas. Hubo muy buena onda y quedamos en contacto para alguna futura vuelta al país, más precisamente, para cuando regresáramos a recoger a Bedfy para iniciar el descenso hacia ArgentinaQuisimos darle una mano ayudándolo con una cierta cantidad de mentiras que pensábamos esgrimir en la frontera, pero finalmente no se animó a unirse, principalmente por la negativa fama del oficial que esperaba en Puerto Obaldía (el primer puerto panameño), cuya severidad era un factor conocido muchos kilómetros a la redonda. Luego de una linda experiencia y una amena estadía, les dijimos chau a varios personajes y fuimos a encarar la aventura que nos esperaba en ultramar.

Puerto de arribo a Capurganá...
Placita social a la vera del océano...
Capurganá mágico...
El caleño y nuestras ventas conjuntas…
Sin dinero y tranzando collares y gorros con el conductor de una lancha que nos llevaría hacia un flash memorable, abandonamos Colombia el último día del visado, embarcados en la nostalgia de todo lo que nos marcó este alucinado país, lleno de gente impresionante y lleno de onda proveniente de las entrañas más profundas del corazón. Un océano de sentimientos indescriptibles se abrió en nuestras pequeñas humanidades nuevamente. El paisaje pintaba la vida de colores nuevos, y cada vez, y aunque parezca difícil, un poquito más brillantes. Estábamos a punto de tocarle la puerta a Panamá y empezar otra etapa del viaje, que iba a ser igual de intensa, igual de aleccionadora y plagada de quilombo y diversión... Trampolín definitivo a un estado de libertad que nunca más íbamos a poder abandonar. Gracias Colombia por tanta sabiduría. Hasta pronto.

¡Salud! Mamáaaaaa....

0 comentarios:

Publicar un comentario

Copyright © 2012 Viaje por África All Right Reserved