11 mar. 2009

América en Bedford - Bolivia

Ronroneando por los atardeceres bolivianos...
El cruce a Bolivia por la frontera de Colchane significó además de un paso más en la batalla continental, un gran alivio por dejar atrás la horrorosa experiencia de caída libre con el camión en la ciudad de Iquique. Una especie de borrón y cuenta nueva mucho más que necesaria para los alterados estados de ánimos con que se nos había teñido la vida. Logramos atravesar el espacio lindero luego de algunas horas de estancamiento y de algunos inconvenientes con el gasoil, pero lo más importante y lo significativo de aquellas primeras horas y experiencias, fue el encuentro cara a cara con una cultura y una idiosincrasia totalmente ajena a todo lo que había experimentado hasta aquel entonces.

En ese primer instante de permanencia en el paso fronterizo, nos asombramos e incomodamos ante una multitud de personas que se aglutinaron alrededor de nuestra humilde casa rodante, quienes se mostraban a su vez, mucho más asombrados que nosotros, ante las "comodidades" que se podían divisar adentro de la misma. Fue la primera vez que una multitud de personas observaron inmutables y por un largo período de tiempo, todas las acciones que realizábamos dentro del habitáculo del Bedford. Mientras esperábamos la llegada de los litros de gasoil que nos sacarían de la nebulosa fronteriza, sentí una cantidad abrumadora de pupilas que sin pestañear me hablaban y me gritaban directamente a lo más profundo de mi mente.

Lamentablemente se fue haciendo demasiado claro que en aquellas tierras, el camión era una especie de casa de lujo que tenía gas, cocina, horno, baño, alacenas y camas; muchos elementos y comodidades que increíble y repetidamente no se pueden encontrar en los pueblos del interior de Bolivia (también en Argentina y en Chile, pero con muchísima menos frecuencia). El asombro no pasaba claramente por lo "pintoresco" de nuestro "bondi" como en otras oportunidades, sino por sus comodidades y "lujos". Fue un momento clave de mi percepción frente al mundo y la primera vez que realmente sentí que alguien me daba vuelta mi preconcebida ecuación sobre determinados estándares de vida.


El lejano oeste boliviano...
Se llama libertad...
Casa con privilegios... Diario de viaje y guitarra...
Fue una extraña sensación, una buena manera de abrir los ojos, y la primera vez que comprobé que lo más determinante para declararse conocedor de cualquier tipo de conocimiento es la experiencia. Uno puede saber mucho sobre países y se puede creer experto en miles de sus asuntos, pero hasta que no se tiene el contacto real con los espacios y todos los elementos que allí interactúan, y hasta que uno no aporta su presencia en la geografía espacial, no tiene absolutamente nada para decir, ni declarar, ni nada, “shhhh”... mejor callar.

Y entonces lo que restaba en este país era tratar de aprovecharlo todo lo que se pudiera y todo lo que se dejara. Y así, en esta búsqueda, logramos hacernos de experiencias buenas, regulares y malas, las que mirando a la distancia, colaboraron con muchísimos aspectos del crecimiento y de reflexión en el futuro. También dimos el puntapié inicial a un largo recorrido por eventos históricos en diferentes países, que por suerte saltaron también hacia el continente africano y a nuestra experiencia en Asia, a finales del 2012 y principios del 2013.

Belleza de postal...
Para entrar en los relatos poco relevantes, debo en primera instancia advertir que si andan solos por las calles siendo "turistos", tienen que tener cuidado con los "chupa-raptores de “gringos” bobetas", disfrazados de “policías en búsqueda de supuestos delincuentes”. Estos personajes pueden aparecer en una mañana cualquiera, mientras uno anda caminando por las calles de alguna apacible ciudad. Se detienen, bajan de algún auto de dudosa procedencia, y te cortan el paso argumentando que se ha producido un robo en algún hotel, del que se culpa a personas extranjeras, y que por ello, deben llevarte para hacer un “reconocimiento”.

Son capaces de mostrar credenciales policiales muy poco convincentes, con las que te pretenden convencer para que te subas al coche. Mientras no te subas está todo bien; si te subís, cuenta la leyenda que te roban todo y que hasta te pueden meter un par de tiros y tirarte en la zanja menos próxima, cosa que no puedo corroborar y rumor que realmente no intento alimentar. Aunque no lo parezca, es una situación muy difícil e incómoda. Lo más fácil para zafar es decirles que se vayan bien a la puta madre que los parió y que si te tocan de nuevo vas a empezar a gritar y llamar la atención de los transeúntes... cosa que por supuesto sucedió, y por la que rápidamente se subieron al coche y desaparecieron a la velocidad de la luz.

Debo decir que si no se está alerta es bastante fácil que a uno lo metan dentro del coche, ya que tienden a rodearte y a conducirte hacia la puerta del vehículo, cosa con la que hay que batallar con movimientos bruscos. Todo esto pasó a la luz del día, no más de las once de la mañana, en alguna parte céntrica de Cochabamba, por lo cual tampoco piense que sólo sucede si uno anda investigando los suburbios. Sin miedo entonces, pero con respeto y mucho cuidado.

Las calles de Cochabamba desde un Bedford a punto de chocar...
El señor libertador... El gran Simón Bolivar...
Para cambiar el tópico de los comentarios, también debo decir que sin darnos cuenta, en Bolivia, ya estábamos mucho más relajados con algunos de los elementos que acapararon la atención en las primeras etapas del viaje. Logramos abrirnos un poco más al mundo, ya que el país era absolutamente "nuevo", por lo cual había una estimulante necesidad de acumular eventos y experiencias de todo tipo. En cierta forma podemos decir que se había abierto la puerta de la excitación descontrolada.

Y así fue que aparecieron las primeras amistades especiales y duraderas, los primeros encuentros de esos que te llenan el alma y que te alegran la vida. Esos momentos mágicos que hacen que una persona que se conoce hace apenas dos horas, parece que la hubieras tenido al lado tuyo toda la vida. Y por todos esos motivos, de repente nos vimos echando más leña al fuego y mucho más chili al picante, con personajes de diferentes países que se sentían como hermanos, o como primos, o como algún compañero de emociones del barrio. Cuadro de honor entonces en esta etapa para Yuval (Israel), Fabio (con B y no con V) y Kenny (España), personajes que supieron iluminar algunas de las eternas noches de este viaje intercontinental alimentando las ganas de conocer más y aportando todo lo que sus personas tenían, y por suerte, aún tienen para dar.

La formación: Lacha, Fabio y Kenny... (Cabeza de fondo)...
La banda extendida en la Isla del Sol
La banda de Copacabana...
Otro hecho relevante en las andanzas de este parte del viaje, fue el encuentro con una de esas personas, que al contrario de los expuestos en el párrafo anterior, aparecen y desaparecen casi instantáneamente, pero que dejan algún tipo de marca imborrable en tu vida. De esas personas que te regalan un destello de sabiduría en menos de lo cuesta escribir un párrafo, y que de alguna manera y sin llegar a profundizar en la relación, te quedan grabadas en alguna capa del alma. Esas personas que uno no se puede acordar el nombre, ni la cara, pero de los que definitivamente puede recordar su aura.

En este caso fue un suizo en sus cincuenta, el cual se había cansado de su país hacia unos treinta años y se había tomado un avión para recorrer América. Estaba en pareja con una mujer de la comunidad afro-boliviana y vivía en las montañas que circundan la belleza del magnánimo pueblo de Coroico desde hacía unos ocho años. Entre otras cosas había sido parte de la contra revolución panameña y declaraba haber matado a varios soldados “americanos” en aquella experiencia. El tipo había recorrido durante largos años toda la geografía del continente y albergaba en sus ojos un entendimiento sublime y apasionante de la vida, el cual logró trasladarme en los pocos y breves minutos en los que intercambiamos datos de poca relevancia con mucho contenido.

Tenía una fuerza particular en la mirada. Me hizo sentir una especie de ignorancia humana frente a la tranquilidad, la aceptación y la experiencia que me dejó entreveer durante la charla. De alguna otra manera y por algún extraño motivo, también fue uno de los alientos más grandes para empezar a confirmar el camino que en aquel momento aún estaba eligiendo, y que al día de hoy se encuentra mucho más consolidado. Vaya mi recuerdo y mis respetos hacia esa forma tan profunda de hablar y de enseñar. Por suerte y para mi suerte, no sería el único que me encontraría...

En las alturas de Obrajes para calmar los ánimos...
Haciendo limpieza general en la plaza principal de Oruro...
En términos geográficos y turísticos tuvimos la suerte de recorrer Oruro y las “Termas de Obrajes”, lugar al que lamentablemente llegamos unos días después de que había concluido el carnaval, pero en el cual nos introdujeron a algunas comidas como el Charky de llama o el Pique Macho, que dejaron a Marianito de cama y descompuesto por un par de días. También conocimos a Benito, quien nos llevó de la mano hasta la plaza principal de la cudad, la cual resultó el lugar ideal para ranchear durante la estadía. Conocimos a Mario, un personaje muy dulce, ex cocainómano, retirado del vicio por pedido de su hija, y que en aquel momento sólo exhibía severas adicciones a las bebidas energizantes.

En medio de todo este quilombo apareció además la fiebre del reggaetón, la cual nos seguiría pueblo a pueblo y minuto a minuto por cualquier lugar por el que anduviéramos en el continente. Por último y para bajar de tanto machaque musical extraño, nos dimos un baño en las famosas "duchas comunitarias", un lugar en donde te preparan una especie de profunda aspersión, muy placentera y muy barata, que se puede compartir hasta con tres personas a la vez, en las que se pueden elegir distintos tipos de aromas. Definitivamente algo totalmente nuevo por aquel entonces.

"Paleta" - Daddy Yankee Ft. Wisin & Yandel...

Cuidado con el pique macho…
(Fuente: http://cochabomba.blogspot.com)
Visitamos Cochabamba, una ciudad ni muy pobre ni muy rica, en la cual jugamos nuestro primer partido de fútbol en las alturas (2800 metros) para vivir en carne propia la experiencia de lo difícil que es respirar y correr en ese medio ambiente. También le hicimos un buen mantenimiento al titán y corroboramos que los estimulantes bolivianos son efectivamente de muy buena calidad.

Luego huimos hacia La Paz, ciudad extremadamente pintoresca, en la cual debatimos largamente que era la “belleza” y absorbimos muchos y muy nuevos estímulos informativos. Conocimos gente que nos entre llanto y llanto nos relató la cruda historia del país, caminamos incansablemente por todos sus alrededores, puteamos por las mil subidas y bajadas, nos introdujimos a la realidad de los lustrabotas encapuchados, e hicimos algunas pequeñas compras textiles por lo accesible en términos económicos.

Me enfermé de algún mal de las alturas por unas horas, recorrimos infinitos mercados, probamos el Pacay y conocimos la venta de carne en "pulpa" y "hueso". Nos metimos en algunos barrios fuleros, conocimos mucho adicto a la pasta base y a la cocaína, nos robaron gas oil, tomamos mucho mate de coca, masticamos mucha coca y pasamos por la cancha del Bolívar... Básicamente debo resumir y decir que vivenciamos los vericuetos de una de las capitales más contrastantes de América Latina.


Casa de la democracia en La Paz...
Amigos y amigas en La Paz...
Buscados…
En algún momento nos fuimos a Coroico, y desde allí, presenciamos la convulsión que significó el día de la nacionalización de los hidrocarburos que realizó el por aquel entonces flamante gobierno de Evo Morales. En el ambiente se respiraba mucho orgullo, revancha y esperanza en los bolivianos, como así también, de populismo y de cierta ingenuidad. Recorrimos las plantaciones de coca, caminamos por las montañas hasta pueblos increíbles como Roma y Pora; pueblos que reposan en acantilados que dan al infinito y más allá, y en los que no se puede percibir mucho más que desolación y cierta miseria, contextualizados por un paisaje absolutamente inolvidable. Shock a las cinco sentidos es poco. Mucho para pensar, mucho para entender, mucho para indagar... infinito... De tanto que había para pensar, Cabeza se transformó por un ratito en "Cabestóteles", evento del que nos reímos hasta el literal dolor de panza, cuando nuestro amigo nos regaló una de las imágenes más risueñas del viaje hasta aquel momento.

Cabestóteles: el momento más filosófico del viaje...
Recorrimos las veras del Titi Caca, e intentando llegar a Copacabana  y por primera vez en el viaje, embarcamos a nuestro amado camión en una "chalanita" para cruzar el estrecho de Tikina. En Copacabana nos enteramos que en Bolivia aún se practican “linchamientos”. En algunos pueblos funcionan casi como una institución y su práctica parece funcional a la mantención de cierto orden social. Asistimos a un insólito ritual de “bautismo de autos” e hicimos una compra textil de gorros proyectando un posible futuro hippie en las tierras de Centroamérica.

Aprovechando un poco más los beneficios económicos y metimos en la valija puchos, ron y algunos otros artículos de distinta relevancia. Mientras tanto incursionamos un rato en la Isla del Sol con una linda banda de facinerosos. Allí, por primera vez sentí la hostilidad y el resentimiento que el turismo produce en los países “pobres” o "poco desarrollados". Claramente un hecho para pensar mucho y para ensayar una solución definitiva basada en la responsabilidad y en la colaboración del turista, y no solo en el usufructo de los lugares que uno visita.


Bedfy embarcado hacia Copacabana...
Encuentro de dos grandes… Llegando al Titi Caca...

La entrañable banda del Bedford...
Volviendo de la Isla del Sol, cerca de la costa de Copacabana...

El camión tuvo problemas de todo tipo como siempre (y algunos más aún), ya que constantemente enfrentábamos la altura, el apunamiento, las montañas y muchos cambios abruptos de temperatura. Sumados a todos estos eventos naturales, luchamos contra otros totalmente antinaturales, como los peajes y la policía, en los cuales no quiero ahondar, pero que sencillamente son el mal en su faceta más representativa y absoluta de todo lo contrario al bien.

Entre los temas técnicos luchamos contra pinchaduras, amortiguadores rotos, rulemanes estropeados y finalmente quedamos estancados por un rato largo en Copacabana, porque no podíamos subir una cuesta para salir de este pueblo que está inmerso en algo así como una "olla profunda". Fue una de las operaciones en conjunto más largas, difíciles y desgastantes hasta aquel momento del viaje, pero a su vez, y como todo lo que cuesta, más regocijantes cuando logramos el objetivo. Terminó siendo un motivo de mucho buen humor y de esa unión grupal necesaria. El bondi a pesar de sus cuarenta y un años de antigüedad, de que sus puertas ya no abrían, sus vaquetas se hacían sentir, y principalmente a pesar de nosotros, que todavía no lo sabíamos cuidar ni manejar como se debía, le seguía poniendo motor, ruedas y alas a nuestro destino.

De Bolivia nos fuimos por la puerta grande, llenos de historias, de lugares increíbles, de entendimientos nuevos. De Bolivia nos fuimos con cierta pena y también con cierta gloria. Empezábamos a ver, a entender, a reflexionar, a ponernos realmente en el lugar del otro. De Bolivia me llevé el contraste que produjo en mi vida la sensación feroz de ser un extranjero, de no poder comunicarme por muchos momentos ni siquiera en español; me llevé un concepto nuevo de pobreza y de dolor, y también de un orgullo prístino y puro en sus habitantes. De Bolivia me llevé el olor a una simpleza desconocida y la alteración fulminante de los valores que creía estándares, de lo que creía obvio y establecido. Bolivia en aquel momento fue empezar a salir lentamente de la caja de zapatos en la que creía que se desenvolvía la vida.


Rutas bolivianas hasta el fin...

La inmensidad del Titi Caca...

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