11 mar. 2009

América en Bedford - Brasil

¡Bienvenidos!...
El trámite de salida de Venezuela lo hicimos sin mayores problemas. A pesar de ello, a medida que nos fuimos aproximando a la entrada de Brasil, la cosa se fue poniendo un poco más picante. Con esa especie de determinación y actitud de policía compenetrado a cumplir con su deber, apenas vieron al titán nos encararon y nos hicieron señas para que estacionemos. Obviamente fue el momento pico de nerviosismo, pero respiramos profundo, pusimos cara de turistos, y rápidamente dividimos tareas. Marianito, que es el titular del bondi, se fue con Juli a hacer los papeles, y con Lachín nos quedamos sentados en la cocina, custodiando la entrada al cuarto que escondía el gasoil. Mientras tanto, los entes protectores del estado y los tráficos petroleros, empezaban con la requisa de rutina.

Apareció el comandante macana, pero apenas puso un pie en la escalinata de entrada del bondi, la magia sucedió nuevamente. El gendarme casi no pudo oponer resistencia. La típica cara de militar "corta la bocha", se le desintegró apenas se sumergió en la lisérgica burbuja de nuestra camión. Los típicos bigotes autoritarios se le transformaron en sonrisa y los ojos le comenzaron a brillar. Claro... estaba bajo el hechizo de la mística y de la belleza de una casa rodante Bedford modelo 1964. No llegó a articular más de tres preguntas, y nunca estuvo a menos de tres metros de los novecientos sesenta litros de gasoil. Se quedó estancado en el horno, en las alacenas... y en lo lindo que es viajar en una casa rodante... Nos faltó decirle: “Y hace Wiiilllyyyy....
Hechizo y mística que hacen willy...
Gorrita no lo podía creer y nosotros la verdad que tampoco. Veníamos preparados para dar muchas explicaciones y reclamar clemencia, y en menos de cinco minutos cerramos las puertas del bondi, completamos los trámites, nos pusieron el sello de bienvenida por ser amigos limítrofes, y nos metimos de lleno y con toda la excitación posible, directo a la selva más cojonuda del planeta... En Bedford, con casi mil litros de gasoil en el habitáculo y una cantidad de inconciencia absolutamente llamativa. La economía de nuestro viaje, salvo catástrofe demoníaca, había quedado totalmente resuelta.

Para festejar nos dejamos emborrachar por un camionero en el pequeño pobladito de La Línea, quien muy generosamente se entregó de lleno a una efímera amistad que alimentaba con toda la cerveza posible. Casi nos lo llevamos con nosotros, pero antes de arrancar ya se había dormido sentado en la cocina. Un capo del desenfreno y de la comunión grupal, que aprovechamos para dejar retratado para la eterna posteridad. De aquí en más: locura y rock and roll en las amazónicas rutas del estado de Roraima.

Compañero camionero... Un amigo siempre...
Se perdió de arrancar con la banda del Bedford...
Que hasta el momento eran pura incógnita, ya que ni siquiera sabíamos si eran fáciles de transitar, o si efectivamente llegaban hasta Manaos. El alivio llegó apenas cruzamos la linea fronteriza, al ver que el tránsito era casi exclusivamente de camiones. Con la corroboración de que era más que factible atravesar los casi dos mil kilómetros hasta el Amazonas a bordo de nuestro Bedford, alguien gritó... “dale, ármate uno que estrenamos locura en un país nuevo”. Fijamos rumbo directo hacia Boa Vista y Caracaraí, nos sacamos la remera para empezar a apalear la humedad, abrimos el techo del camión para siempre, y dejamos que todas las cosas que había en el bondi, se empezaran a caer libremente y rebotaran por donde necesiten...

Amazonas desde el techo...
Esa linda sensación...
Estábamos al tope de nuestros destinos, con millones de árboles enmarcando nuestras efímeras humanidades, como si fueran una especie de hinchada que alentaba sin parar, gritando enérgicamente que cualquier objetivo que se persiga con pasión, es factible de alcanzar. Y esas son las cosas lindas de fumar marihuana... el espíritu de los árboles hinchada... la sonrisa clavada en el horizonte a pesar de las preocupaciones, la relajación consecuente, la capacidad de ampliar el mundo siempre un poquito más.

Claro que sí, claro si pues. La primera parte de la conquista de la selva amazónica fue consumada en una incierta cantidad de días, en los que atravesamos, permítanme la redundancia, la mayor cantidad de árboles que vimos en nuestras vidas; y así, entre toneladas de clorofila y muchísima fotosíntesis, vagabundeábamos por páramos y poblados de los que nunca supe si tenían nombre. Muy errantes, pero muy conscientes... casi entendiendo lo que estábamos haciendo.

Un bondi "gitano" que llegaba siempre de noche, y como por arte de magia, desaparecía de día. Portugués, simpleza mezclada con pobreza, pobreza mezclada con vagancia, vagancia mezclada con ignorancia, calor abrumador, abandono y belleza desnuda. La vida hecha sentimiento. No importaban demasiado las formas del entorno. Mucho más importante era disfrutar y retener los brotes de algunas sensaciones que reflotaban los aromas de la infancia... de ese juego travieso de ser lo que quieras, cuando quieras, y por el tiempo que se cante el regalado ojete...

Y así, disfrutando de estos lindos estados espirituales, fuimos también solucionando los problemas de rutina, como cuando se nos salió la palanca de cambios en medio de vaya uno a saber donde... de noche y casi sin batería que nos ayude a alumbrar la solución. En esos momentos me resultaba mucho más que emocionante ver a Marianito dándose maña para sacarnos de aprietos, esas soluciones que sólo él tenía en la galera...

Comiendo ruta...
Visual del acompañante...
Palcos principales...
Así fue que llegamos también a lugares como Paraíso, un páramo donde nos vimos obligados a frenar para hacer algunas rectificaciones en el envasado del gas oil, porque nos estaba literalmente intoxicando. Una vez que logramos recuperar un poco la salubridad y la coherencia, seguimos viaje para cruzar la línea del Ecuador... Pasamos una tarde memorable cerca de la reserva de los indígenas “Chimiri Atroari”, lugar en el que supuestamente está prohibido estacionar y tomar fotos, pero en el que no dudamos en frenar, cuando vimos que el camión estaba recalentando.

Paramos en una banquina, en medio de un increíble paisaje compuesto por un malón de árboles deshojados... como uniformemente distribuidos, "parados" dentro un tranquilo y enigmático lago circundado por una infinita cantidad de verde. Leímos, cocinamos, nos peleamos un poco, nos despeleamos, hicimos un bizcochuelo, sacamos nada más que dos o tres fotitos y rellenamos el tanque de gas oil... El pequeño puesto de control de la reserva fue la infaltable mano amiga que nos asistió con un poco de agua, y nos prestó el lugar para limpiar el habitáculo, para poder seguir viaje un poco más cómodos.

Tierras Waimiri Atroari...
Un lugar en el mundo...
Dale que vaaaaa...
Luego del reacomodamiento, retomamos la senda del peligro para intentar alcanzar una ciudad llamada Presidente Figueredo. Lamentablemente, cuarenta kilómetros antes de llegar, se salió nuevamente la palanca de cambio y la batería se terminó de morir. Bajo este desalentador panorama, nos tuvimos más opciones que elegir entre quedarnos en la banquina de la ruta (que no había), o continuar casi sin luces hasta el pueblo. Cualquiera de las dos ponía potencialmente en riesgo vidas ajenas y las propias... por lo que pusimos cuatro pares de ojos en remojo, le metimos escarbadientes para que no cierren nunca, y optamos por intentar llegar. Finalmente lo logramos, y gracias al dios rutero, no hubo que lamentar víctimas. Ya una vez en Figueredo decidimos hacer noche y relajar.

Nos sumergimos en una larga charla esotérica, que ciertamente recuerdo como interesantísima. Mezclaba filosofía deformada, historia mentirosa, un poco de antropología sin sentido, y una pizca de inconsistente sociología. Tomamos unas birras, fumamos unos cuetes, y obviamente no llegamos a ninguna conclusión demasiado importante. Lo remarcable fue el momento de comunión y algunos pensamientos disparados por la inmensa cantidad de situaciones que habíamos vivido durante el último año. A la mañana siguiente nos levantamos, desayunamos, y salimos nuevamente a la ruta, para volver a ser los pibes mala leche, y cambiar los problemas de las luces por uno de falta de frenos. Tengo que ser sincero: a esta altura, ya no nos importaba...

Uno de los pibes mala leche y la mole de rodar...
Una metáfora sabiniana hecha realidad...
Puesta de sol y otros beneficios ruteros...
La premisa del momento fue: “bueno, andá despacio, si ves alguna bajada pronunciada sacá la pata del acelerador y bajá un cambio, y si tenés ganas, hacete creyente y enconmendate un toque los dioses”. No conforme con esto, había gente intentando hacerse un desayuno con el bondi andando, con lo cual el habitáculo ya había pasado a ser un mini loquero, lleno de chiflados fánaticos desprovistos del sentido del peligro y cosas afines. Por suerte en algún momento llegamos a Manaos, lugar donde logramos rectificar los por mayores del titán, y ajustar un poco la descontrolada temeridad de nuestro estado grupal de inconciencia.

Momento histórico: entrada a Manaos...
Manaos es una ciudad mercantil e industrial que surfea muy por debajo de los estándares promedios de belleza. A pesar de todo ello, era la primera gran ciudad que visitábamos en largo tiempo, por lo que nos sirvió para abastecernos... principalmente de comida y de algunas otras cosas que no se consiguen al costado de la ruta. Luego de lo urgente pasamos a lo importante. Para tamaña empresa, debíamos empezar a investigar cómo íbamos a hacer, con quién íbamos a hablar, y a quién le íbamos a llorar, para que nos lleven hasta el otro lado del Amazonas, sin tener que vender el cuerpo de Cabeza al mejor postor, y así y de esta manera, terminar de perder la poca integridad que nos quedaba, en manos de algún extranjero carioca.

Para eso salimos disparados directamente al primer y único puerto “legal” de la ciudad de Manaos, lugar donde están las empresas que se dedican a estas travesías, pero a los que les chifla definitivamente el coco en términos económicos. La plata que nos pedían no la íbamos a poder juntar ni quedándonos un mes a cargar barriles de petróleo de contrabando. Ante las quejas, nos mandaron a charlar con un organismo llamado el “CEASA”, en el cual no nos ayudaron nada y nos aclararon muy poco, pero nos indicaron cómo llegar a otro puerto más clandestino y un poco más prometedor.

Para todo esto ya habíamos decidido que el destino no sería Belem, ciudad que estaba primera en la lista de nuestros deseos (para luego bajar por la costa brasilera hacia Argentina). Por motivos monetarios, por miedo a que el titán se destroce con el calor playero, y porque éramos mucho más nabos que ahora, decidimos volver por el interior de Brasil. Esto significaba que había que navegar sólo un tramo del Amazonas, y que había que combinar con uno de sus afluentes, el río Madeira, para desembarcar en el puerto de la famosa ciudad de Porto Velho.

Nos adentramos en los suburbios de Manaos y finalmente llegamos a este segundo puerto, que vaya a saber uno la cantidad de tráfico "de" y "por todo concepto" que existe. Era un puerto semi clandestino, donde los camioneros parecían haber fundado una comunidad sin ley. Un lugar bastante siniestro, bastante viciado, y lleno de personas con caras de mucha tranza y energía de la fea.

Puerto dudoso...
Barcos, camiones... cargas y descargas...
Casi automáticamente se abrieron dos puntas interesantes. La primera con un grupito de tipejos de la calaña esa de “te apuro”, “te frenteo” y “las reglas te las pongo yo”, que nos vinieron con dos mil historias extrañas de las cuales no logramos sacar nada en claro. Todo parecía muy trucho, todo muy en el aire, y lo que es peor, demasiado fácil. Nos pedían sólo un tercio de la plata que nos habían pedido en el puerto legal, por lo que no bajamos del todo la persianas, pero decidimos seguir buscando opciones entre caras un poco menos sospechosas.

Ahí fue cuando apareció “Ari”, un camionero con muchísima más cara de buena gente. De esos viejos bastante parcos, con gestos cansados, pero mucho más transparentes. Además de bajar el precio todavía un poquito más, nos indicó que teníamos que hacer unos papeles, y nos habló de cuetiones un poco más racionales para la travesía que queríamos emprender. El problema fue que justo estábamos sobre el fin de semana y ya estaban cerrando las oficinas que realizan los trámites, por lo que tuvimos que pasar la expectativa para el siguiente lunes. Fenómeno, nos relajamos un poco, decidimos confiar en el viejete, y nos fuimos a disfrutar Manaos un poco más liberados y tranquilos.

Brasil decididamente siempre es un país alucinante por donde se lo mire, y Manaos, por más que es muy feo, destila esa vibra carioca que todo lo tiñe de color y de mucha buena onda. Durante aquellos días de espera nos movimos por todos los rincones, comimos asadito a la vera del Amazonas, y dormimos en algunas estaciones de servicio que nos dejaban aparcar y abastecernos de agua. Paseamos por sus mega shoppings, nos pusimos al día con internet, y hurgamos bastante en sus recovecos siempre en busca de un poco más de marihuana. Qué se yo, así pasó el fin de semana... fumando.

Un bonito spot para el asadito...
El lunes arrancamos bien tempranito y nos fuimos a buscar a Ari para darle una resolución al cruce. La gran desilusión llegó apenas lo vimos y lo escuchamos decir que "no iba a poder ser",  "que se había dado cuenta de no sé que", que demasiadas vueltas.... y ya nos empezó a olor a podrido. Como era de esperar, cuando nos dimos vuelta, estaba la mafia que nos había encarado la primer vez... desafiantes, como diciendo: “si no pasas el bondi con nosotros, no lo pasas con nadie”. Como si fuera poco, uno de estos energúmenos empezó a hacerse el piola y a perseguirnos muy cerca, pidiendo con modos patológicos que le demos "algo"... cualquier cosa... le llego a pedir el aro a Mariano. Fue una de las personas más desagradables e ignorantes que me crucé en toda mi vida.

Decidimos no ahondar, y nos fuimos a la “C”, a jugar nuestras cartas en otro puerto aún más clandestino, en el que ni gente había. Soledad y desamor en una especie de costa enchastrada, en la que sólo se veían dos o tres chalanas semi oxidadas. Las oficinas estaban deshabitadas y no limpiaban desde hacía mucho, pero mucho tiempo. Contaminaciones... todas... Inmundicias... todas... Perros con sarna... como cinco. A uno se le veía casi por completo la segunda capa de piel. Nadie entendía como era que aún seguía vivo. A pesar de todo ello, y por esas cosas inexplicables el destino, la magia nuevamente sucedió y apareció un tipejo de la nada...

¡Eh cara! Nois quere cruzar pra Porto Velho con el bondindinho” en portuñol profundo. Nos respondieron en portugués, pero voy a escribir en español sudaca porque soy de madera: “¡Si!... Ese barco que esta ahí sale hoy a la noche o mañana, tienen que hablar con el capitán!”. “Capo, muchas gracias, pero ¿quién es el capitán?"... Cri cri cri... y desapareció. Con mucha determinación entonces, salimos a la caza del capitán o quien sea que respondiera por el futuro del navío... y dando vueltas y vueltas en círculo, apareció de algún lugar del basural, uno con actitud pulenta resacosa a decirnos que "todo bien", que éramos aceptados. Nos tiró un precio que tuvimos que pelear durante un ratito, y cuando las cosas resultaron convenientes para los dos bandos, nos aseguraron que en un rato lo subíamos para salir. 

Embarcado... Las puertas siempre abiertas...
Pero claro, estábamos en el puerto más clandestino del mundo, y a los brasileros de la tripulación les importaba dos mil coños nuestras ganas de navegar y de sentir que las cosas estaban casi resueltas. Nos hicieron subir y nos dijeron que el viaje iba a durar unos cinco días, que vayamos a comprar comida suficiente para subsistir. Hicimos caso, y debo decir, que ver al titán subido a esa chalana, por más maltrecha y clandestina que haya sido, fue una de las sensaciones de liberación más grandes desde hacia dos o tres países. Una vez que el bondi estuvo acomodado atrás de algunos autos, entre alguna cierta cantidad de diferentes tipos de granos, nos lanzamos a la aventura de abastecernos.

Compramos muchos vegetales y muchos huevos. La comida fresca la pusimos toda en el freezer del barco, y nos sentamos como macacos a esperar la señal de partida. Luego de algunas horas la alegría de los rostros se empezó a languidecer, ya que no veíamos a absolutmente nadie preparando el barco para la salida. Cada vez que aparecía algún humano, nos lanzábamos desesperados a preguntar "¿Cuándo nos vamos?"... O no nos respondían, o respondían cualquier cosa totalmente inentendible o incoherente y nos derivaban al capitán.

Lo que no hubiera sido ningún problema, si el capitán hubiera decidido apersonarse en algún puto momento. Tuvieron que pasar dos días, durante los que nos estábamos comiendo las provisiones y las uñas, para que nos avisaran que el problema era que el barco todavía no tenía combustible para zarpar. Gracias a todos los santos del Amazonas, una buena noche, mientras estábamos intentando conciliar el sueño, apareció el barco naftero, cargaron el tanque, alistaron todo, y finalmente arrancó la gran aventura de navegar por el Amazonas.

Al calor del atardecer, esperando la partida...
Cabeza y Juli para el recuerdo...
Vivito y coleando...
La tripulación estaba compuesta por sólo cinco personas, y alguna que otra novia medio paga que llevaban para no aburrirse. Parecía importarles bastante poco nuestra presencia a bordo. Incurríamos en algunos tibios intercambios, pero en líneas generales, nos sentíamos como una especie de fantasmas transparentes que deambulaban erráticamente entre los reducidos recovecos del barquito. Nos daban la mínima bola necesaria, aunque cada tanto nos tiraban una genuina sonrisa que reafirmaba que estaba todo más que bien, pero que mejor, cada uno a su bola...

El viaje transcurría a menos de quince kilómetros por hora. Nos deslizábamos por la superficie del río como en cámara lenta. El mundo se había transformado en una lúdica burbuja que adornaba la realidad con árboles gigantes, un cielo infinito, y colores de atardeceres y tormentas lejanas. Cada tanto aparecían algunos poblados en la ribera, y algunos botes se acercaban a vender pirañas. Los delfines danzaban al costado, los barcos turísticos pasaban saludando. Cuando caía la tarde aparecían los malones de mosquitos a luchar por la sangre.

Para combatir los peores momentos de calor armamos un rancho al costado del bondi y atamos un balde en uno de los postes del barco que nos facilitaba refrescarnos mientras navegábamos. Para matar el tiempo y el hambre cocinábamos, y para matar el aburrimientos leíamos, escuchábamos música, o fumábamos. Disfrutamos de amaneceres sin igual... un viaje alienado en un sentimiento que se puede definir como una intensa "tranquilidad revolucionaria".

Giganto flash amazónico...
Rancheando en la chalana...
La vida a la vera del Amazonas...
Cada uno se fue armando su propio mundo para amenizar las veinticuatro horas diarias de navegación. Al tercer día ya era una absoluta obviedad que los cinco días que nos habían dicho al principio que iba a durar el viaje, sólo iban a suceder si nos remolcaba un submarino nuclear; así que con mucha más razón, nos forzamos a tratar de olvidarnos de todo y disfrutar al máximo posible esta experiencia irrepetible en nuestras vidas. Lo único que realmente nos motivaba a bajar del clandestino flotante, era que en pocos días llegaría la santa navidad, y nosotros que somos gente muy incrédula y nada creyente, ese jornal, como otra buena parte de la población mundial, lo usamos como una excusa para festejar.

En medio del viaje hicimos tres paradas estratégicas en diferentes pueblos en la ribera del río Madeira. Pueblos que se me hacen ciertamente indescriptibles, marginales y casi totalmente aislados del resto de la "civilización". En el mismo momento en que nos empezamos a alejar del último de ellos, se me aturdió el alma en una mirada, e interiormente se comprimió un cúmulo de cuestionamientos y de sentimientos que nunca más me abandonaron... "¿Qué estará sucediendo allí en este preciso instante? ¿Seguirá todo igual? ¿Volveré algún día?". El nacimiento de un estado de conciencia paralelo que entiende e incorpora lo infinitamente grande que es el mundo, y que cada tanto, sumido en un ejercicio casi lisérgico, sale en busca de los olores de la vida que transcurren a la distancia, confrontando las dimensiones espacio-temporales con un simple pensamiento. 

Las mañanas eran mágicas... El despertador sonaba a las cinco, y desde la pequeña ventana de mi cama en la parte trasera del titán, observaba lo más trascendente del amanecer; un evento conmovedor que rebalsaba de energía la vida. Los atardeceres fueron insuperables... Escasos minutos antes del ataque diario de los mosquitos asesinos, abríamos el techo de Bedfy. Cada uno encontraba su lugar en el techo para contemplar desde el privilegio de la altura, cómo una enorme cantidad de vida se iba a dormir, y la otra comenzaba su día. Los colores eran los mismos de siempre, pero más brillantes, más intensos y más contrastantes...

Había un exacto momento en cada caída del sol, en el que uno no podía entender qué era lo que estaba sucediendo... Era como si se iluminara otro mundo... uno que quedaba más allá, directamente atrás del horizonte, protegido por las copas de los más variados, preciosos, e impunes árboles que vi en mi vida. Experiencias reinas de este apacible tour por los ríos Amazonas y el Madeira.

Otra realidad de fondo...
Amazonas impenetrable...
Más canchero imposible...
Finalmente pasamos la navidad cocinando apetitosos y creativos manjares junto a todos los integrantes de la troop. No fue un día ni una noche de reviente, sino más bien de comunión con el destino. Recuerdo mi estado emocional por las sensaciones que me llegan mientras escribo... Un perpetuo estado de felicidad que incansablemente combate cualquier tipo de tristeza. Esa sensación de vacío que cada tanto se manifiesta cuando se vive tan lleno y tan pleno. Como una necesidad de gritar que la vida es demasiado regalo, siempre intuyendo un trágico desenlace al final. La pregunta líquida y fugaz, la pregunta sin respuesta... ¿Adónde quedan y adónde van todos esos irrepetibles momentos?...

En fin, me pongo triste, se me cae la sensibilidad y extraño a mis amigos, extraño sus energías y sus mundos, que por casi un año de vida también fueron el mío. Hay veces que cambiaría lo mucho y lo poco que tengo para me tele transporten al olvido, y me abandonen allí, en medio de mis recuerdos, para ahogarme en una sobredosis de sentimientos condensados y perpetuos. Experimentar la muerte del presente por largo tiempo, perder la responsabilidad, dejar de tener motivos para seguir mirando hacia adelante, para refutar intensamente con una sonrisa proveniente del alma, a todos aquellos que miran al pasado como pisado.

Perderme entre risas, canciones, porros, besos, quilombo, inconciencia, temeridad, creatividad, fuerza, pasión y garra... perderme entre tuercas, grasa, aceite, cansancio... Perderme adentro de un Bedford, que a pesar de ser un objeto inanimado, supo tener mucho más vida que varias de las personas que conozco. Perderme en lo opuesto, en la irracionalidad... experimentarla hasta caer en el fondo de la evidencia que en la vida lo único importante es hacer, sentir, vivir y luchar esos espacios comunes que alimentan el hambre del alma... para que nunca se transformen en marionetas de un destino prefijado... que no alimenten espíritus enfermos que tienen el mal de la glotonería... que mejor alimenten la vida con imaginación y una infinita cuota de memoria.

Momento insondable...
Maniobrando cerca de la costa...
En algún momento, luego de pasar algunos días adentro de una especie de burbuja eterna, la pinchamos, la matamos, y la reventamos... y nos tuvimos que bajar. Faaa ¡qué tremendo! Como volver a la realidad de golpe. Como despertarse de un sueño. Lo que tocaba entonces, era prender el bondi, y bajarlo a tierra para surcar los últimos ¿tres mil, cuatro mil kilómetros? Algo así. Bajar al titás sin romper la culata fue una ardua tarea grupal, que resultó exitosa y nos dejó mucho mejor parados que antes, llenos de vigor y de furia rutera. Video a disposición.

 Bajando el bondi del barco en Porto Velho...

Nos despedimos de los marines, con quienes tuvimos una relación parecida a la de una película en blanco y negro: sin sonido. Recuerdo varias de las muecas y caritas que nos hacíamos a bordo, aunque asombrosamente pasamos nueve días navegando casi sin hablar. Supongo que fue lo mejor para todos. Esbozamos las últimas sonrisas, algunos apretones de manos, y un ferviente y tácito deseo de corazón, para que nuestras respectivas vidas sigan su rumbo sin alteraciones negativas. Fotito, puchito, te pago, y muchas gracias por el barco clandestino... ¡Hasta la próxima!

Con lo’ pibe’ del barco clandestino...
Tierra a la vista... Porto Velho...
¡Prendelo Pepe! ¡Prendelo que extraño el ruido del motor! ¡Vamos que estamos saliendo! Y luego de reabastecernos de fideos, pusimos primera y ahora te quiero ver querido... Hacia la zona ganadera de Brasil... A comer vaca, porque no somos vegetarianos y nunca lo seremos, y porque queremos sentir cómo es esto de acercarse de nuevo a suelo argento, que ya sabemos que está difícil llegar, pero hay una giganto ilusión que cumplir.

Nos pusimos en modo "Cachi 10.0", una versión muy empeorada y mucho más olorosa que "Cachivache 1.0". Nos sacamos la remera, las medias, tiramos el jabón, el desodorante y nos mojamos la cara para salir despabilados. Las rutas prometían ser mejores, la tierra prometía ser plana, Brasil prometía ser relajado y amable, y entonces pusimos primera hacia Ariquemes y nos recontra mandamos a mudar... No sin antes tirar nuestra “sagrada bomba de humo”, que básicamente es negra y tóxica, pero para nada mal intencionada. Oscuramente... desaparecimos...

Llegamos a Ariquemes sobre excitados, a tratar de volarnos la peluca y recibir como corresponde al año nuevo 2007; y claro, cuando uno llega sobre excitado, cansado y medio escabio al evento, las cosas se pueden ser virtuales. Ariquemes estaba de fiesta, como tiene que ser, como es Brasil, fiestero aunque uno no esté en la vera del Atlántico. Para no ser menos, estacionamos el bondi en medio de la avenida principal y nos metimos de lleno en la bailanta callejera...

Recién llegados a Ariquemes... Calentando motores...
Subiendo los ánimos...
Cómo explicarles amigos míos que en menos de cinco minutos caímos en un pronunciado alcoholismo, y que todavía faltaban tres o cuatro horas para que los fuegos de artificios marquen que otro año había llegado a su fin... pero que otro todo nuevito, igual que un block de hojas canson recién sacaditas del plástico, se dejaba palpar, para darle continuidad a la mentirosa dimensión temporal de las cosas. Por mi parte casi no resistí el comienzo de 2007. Como mucho duré una hora, momento en que caí abatido por una intensa mamúa que me descorchó todo el bagaje de estados emocionales que había acumulado en el 2006.

Los pibes siguieron tomando bebidas baratas, que como todos sabemos, siempre son más nocivas que las caras, pero que eran las únicas que nuestros bolsillos estaban en condiciones de afrontar. Obviamente fueron cayendo como muñecos, no demasiado tiempo después, ni en un estado menos deplorable que el mío. Dormimos en el medio de la fiesta, con gente gritando durante toda la noche por la ventana... rodeados de ese iniguablable jolgorio carioca.

¡Feliz 2007 para todo el mundo!...
Fisu...
La gente del bar de la esquina...
Eso de levantarse la mañana siguiente y que sea otro año siempre se siente extraño... Más allá de eso, nosotros teníamos una ruta que transitar y el mismo objetivo principal que en el 2006: llegar con nuestro camión a Buenos Aires y verlo apagar su motor en el mismo garage del que habíamos partido. Dimos unas vueltas por la ciudad sólo para comprobar que estaba muy dormida y muy pasada de jolgorio, y una vez más desaparecimos, dejando como en todos lados, la misma estela sagrada de luz y de verdad.

A partir de aquí, ruta full... ruta intensa... Y los cuadros que pasaban a no más de sesenta kilómetros por hora, máxima velocidad que nuestro motor podía acelerar. Sensaciones perpetuas de una alucinación rutera. Entre mucha clandestinidad y rock motor fuimos descendiendo en el mapa, con el objetivo de llegar a Cuiabá. Teníamos que recorrer mil cuatrocientos kilómetros, y atravesar el estado de Rondonia, y una parte del del Mato Grosso.

Campito compañero...
Campito compañero bis...
Atravesamos ciudades como Jí-Paraná, Vilhena, y Comodoro, en las cuales hicimos breves paradas para intentar vender los bidones de gas oil que se iban vaciando, y algunas otras cosas que en Argentina iban a perder su valor definitivamente. Logramos hacernos de unos pocos billetes, pero que iban sumando para comprar comida y alguna que otra birrita. Finalmente, y luego de varios días de intensidad rutera, llegamos a Cuiabá. Tocaba descansar un poco y dilucidar cual de las rutas convenía elegir para continuar avanzando hacia Argentina. Para no perder la costumbre, Marianito hizo el chequeó de rutina para asegurarse que la mecánica liviana estuviera ajustada y medianamente en orden.

De Cuiabá nos llevamos solamente lo rutinario, no hicimos excursiones de ningún tipo, ni nada más que estrictamente necesario para poder continuar. Tuvimos que arreglar problemas de dinero y seguir vaciando paquetes de fideos. Los kilos los íbamos perdiendo, pero las ganas y la motivación seguían su curso optimista. Ya faltaba demasiado poco, y estábamos más concentrados en alcanzar la frontera, que en repasar la idiosincrasia de un país que ya conocíamos desde hacia ya varios años. Setenciento kilómetros nos separaban de Campo Grande.

Monitos cerca de la ruta brasilera...

Atravesamos Rondonópolis y Coxim... Lo relevante de este tramo fue que se empezaron a enrentar dos sentimientos muy contrapuestos: las ganas de llegar y de gritar misión cumplida, en radical oposición a la idea de retomar la vida sedentaria de Buenos Aires. Mi inquieta humanidad se rebelaba determinantemente contra las obligaciones oficinistas, las apariencias, las formalidades, el orden y conceptos afines, Asustadísima de responder nuevamente a un modelo de vida que parecía estar totalmente agotado...

En fin, la ruta siguió y siguió, y Bedfy apoyaba nuestros objetivos, haciendo lo suyo, desgarrando el asfalto, comiéndoselo de a poco, pero sin descanso. Tuvimos problemas con algunas basuritas en las mangueras, que obstruían el paso del gasoil hacia la bomba, por lo que por unos cuántos kilómetros tuvimos que frenar repetidamente a purgarlas y limpiarlas...

El bondi ya se había transformado en un taller mecánico rodante. Las herramientas estaban siempre listas. Ya no nos poníamos nerviosos por nada, y la única discusión en la que podíamos recaer, era la de dilucidar a quién le tocaba realizar el trabajo. Seguíamos chupando gasoil de los tanques... siempre recordando que el viaje de vuelta sólo nos había costado 17 dólares. Placer.

De repente pá’... Peligrosa conglomeración de sensaciones...
Caripelas por millón...
Luego de atravesar un sinfín de pequeños poblados y grandes ciudades brasileras, fuimos llegando a la frontera de Encarnación. El corazón me empezó a latir muchísimo más fuerte. Taquicardia. ¡Qué quilombo hermano!... Llegar a Argentina, enfrentar nuestra idiosincrasia con la cabeza tan revolucionada, y toda la mezcolanza de emociones y pensamientos que alimentan con mucho vértigo la vida. Le fuimos diciendo hasta pronto a Brasil. Agradecí internamente el inolvidable regalo del Amazonas, de su gente, de sus vacas, de su alegría y de su desparpajo. ¡Hasta la próxima!... A dársela de cara contra el destino elegido...
Alma de marinero...

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