11 mar. 2009

América en Bedford - Argentina (llegando)

Llego como sea... pero llego...
Los carteles ruteros, de tres dígitos pasaron a dos, de dos pasaron a uno, hasta que en algún momento empezamos a divisar la frontera, la última que había que derribar en este viaje que había sido gestado justamente en tierras brasileras... Con Marianito, igual de personajes e igual de inconscientes que casi dos años atrás... Junto a Lachín y Juli... todos expectantes, cansados, pensantes... Todos más juntos que nunca, a la espera de alguna sensación...

Pero si de amigos hablamos, nobleza obliga: ...también, y dejo una sonrisa infinita en este párrafo, junto al eterno Bedford, al mejor amigo, junto al camión más temerario y desenfadado del mundo. Junto al viejo lobo, plantado ahí, ronroneando con orgullo, como canchereando con su chapa continental frente a los militares... Impávido, absoluto y triunfal...

Entre el sello de salida de Brasil, y segundos antes de poner los pies en suelo argento, tuve que respirar profundo varias veces para no quebrarme emocionalmente, y para no perderme el instante de capturar la densidad energética del momento de la llegada. Ese segundo que uno retrata el cúmulo de lo vivido, en una especie de fotografía mental de un sentimiento, al que siempre puede volver y reexperimentar... como a jugar con un baúl de vida infinito... Puse rec, apreté play, apreté stop y el instante quedó para siempre a salvo en un lugar privilegiado de la memoria y mi corazón. Recién ahí mis pies tocaron el piso... Ahora sí estábamos de vuelta.

Entrada a Argentina y un muñeco verde...
Organismos de control...
Entramos a Misiones, y como para no pecar de poco argentos, nos tiramos de cabeza en el puesto de frontera, a ver si por esas casualidades caímos en una pileta de dulce de leche, llena alfajores y fernet, y algunos otros gustos olvidados, que nos ayudaran a contrarrestar un poco, la infinita, inacabable y nefasta amargura militar... y la sonrisa se dibujó nuevamente... Aprovechamos y nos quedamos una noche en la triple frontera, solamente para comprar un poco de marihuana fresca y barata, y para sentarnos a comer en alguna típica fonda bajonera, todas las milanesas con papas fritas y huevos fritos que nos entraran por comida... y meternos Fernet hasta volvernos negros con burbujas. Nos llenamos la panza entonces, nos armamos uno “del tamaño del dedo del gordo Kingo” y... “¡Poné primera cacho!”, que nos vamos a visitar a La Negra, la genia misionera... la más genia y la más misionera de todas...

Todo lo que me entre de esto...
Tatúamelo en la garganta...
“Dale, Dale... ¡Prendé!...”
Así fue como casi sin dudarlo encaramos hacia Posadas. Además de la mencionada visita que teníamos agendada con nuestras amigas misioneras, decretamos una excursión a las Cataratas del Iguazú, ya que Juli no las conocía, y aunque una las haya visitado, es un paseo de lo más fascinante, que se puede repetir hasta el millón de veces. Ya que mandamos fruta, anotáte un día en Paraguay, que lo llevamos a conocer a Bedfy, y de paso traficamos un poco de electrónica... 

Si pasamos por Misiones vamo’ a ver las cataratas...
Cataratas del Iguazú...
Como pueden leer, los motivos nos seguían sobrando. Así fue que le caímos a la Negrita entonces... apenitas pasados de rock... Ella, como siempre, una reina con las puertas de su castillo abiertas, con el asado esperando, y fiestones agendados por los siguientes cuatro días. La Negra tiene la capacidad de relativizarte todo sentimiento y/o emoción, cagarse hasta el fondo de la risa, y entenderte profundamente al mismo tiempo. Así que nos puso punch, buena onda, y nos regaló vida y entretenimiento como siempre lo hizo. Nos solucionó la visita a Paraguay, nos dio muchos buenos consejos, y como si fuera poco, casi caemos todos en cana por su culpa... pero eso digamos que forma parte de otra historia. Lo único que me resta decir es: “Gracias Negra... por el vértigo, la verborragia y por ese tremendo corazón”.

La Negra y lo’ pibe...
Cara de consejos para Paraguay...
De visita por Paraguay...
Los mimos no fueron solamente para nosotros, porque de tantas cosas que teníamos que hacer en Posadas, los días a veces nos quedaban vacíos,; y qué mejor entonces que apapuchar a Bedfy para que disfrute a pleno los últimos tramos ruteros de este viaje que estaba llegando a su fin. Lo lavamos, le hicimos calibrar las válvulas, le arreglamos un par de cañitos de la bomba inyectora, le pusimos grasa, y básicamente intentamos dejarlo lo más lindo posible para su vuelta a casa. Estaba lleno de cicatrices como todo gran guerrero... de esas de aguantar lo que sea, pero altivo y desafiante, listo y preparado para la siguiente batalla... siempre...

Hicimos todo lo que debíamos y todo lo que estaba en agenda. Nos acomodamos la peluca, y empezamos a pensar en la ruta 12. La Negri estaba por volver a Buenos Aires. Le ofrecimos llevarla, aunque sospechamos que cuando comprobó lo facinerosos que éramos adentro del camión, le dio un poco de cosa y decidió quedarse en Misiones unos días más. Pusimos primera entonces, dijimos chau, hasta pronto, y nos lanzamos a la emoción rutera argenta una vez más...

Dos quilombitos nos esperaban... El primero: la constante ridícula de siempre, la policía rutera, que son el mal por el mal mismo, y que responden a todos los elementos del mal, desde los más tangibles y terrenales, hasta los más abstractos y filosóficos. El horror en humano, que condensa todo lo nefasto y descartable de una sociedad. En este caso la excusa era revisar por tráfico de cualquier tipo... Pase Sr. oficial... pase y vea...

El segundo: el último imprevisto que nos faltaba en términos de roturas, que en este caso no fue realmente un imprevisto, ya que si tenemos en cuenta que las gomas no tenían dibujo desde Brasil, era bastante lógico que en un momento dado, y como quien no quiere la cosa, se escuche un “BUM” que te perfore los tímpanos y te haga pegar un cagazo importantísimo, mientras el bondi se va sin remedio hacia uno de los costados de la ruta. “¡Paralo! ¡páralo! ¡frena! ¡frena!”. Marianito lo maniobró con maestría hasta que se frenó en la banquina. Respiramos.

Bajamos, le sonreímos a la suerte, y cómplicemente aceptamos el destino de la barreta, para reacomodar unas gomas que ya no tenían ninguna solución posible. Aunque en muchos lados se vendían de ocasión, nosotros no teníamos el dinero para comprarlas,. así que amigo: ajústese los cinturones y trate de llegar vivo a su casa, no sea como nosotros.

Llegando nuevamente a la gran ciudad...
Con los carteles anunciando que nos acercábamos a destino, creíamos tener vía libre para traspasar la banderita a cuadros. Atravesamos muchos poblados ruteros, dormimos alguna que otra vez, nos emborrachamos para consagrar la llegada, y nos fuimos llenando de emoción por la inminente llegada al magnánimo e irrepetible suelo porteño. Pero las cosas en un Bedford 1964 nunca son tan fáciles, créalo... aunque al final podamos decir que recompensan como pocas en la vida.

En la rotonda de Campana, el motor del titán se paró de repente. Obviamente, al mismo tiempo que dejó de hacer ruido, el corazón dejo de latir. La vida por algunos segundos se puso en mute... Si el motor se había muerto a solo noventa kilómetros de Capital Federal, después de los diez mil problemas que habíamos solucionado, y de los miles de kilómetros que habíamos recorrido, me cortaba los huevos con café descafeinado. 

Fue tal el cagazo que experimenté que supongo que borré todo tipo de recuerdos. No encuentro nada en mi memoria, ni en el diario de viaje. Es muy probable que haya sido algo así como una basura en las mangueras de gasoil o falta de combustible. Ni siquiera me dan ganas de preguntarle al resto de la troop. Lo único que sé, es que Marianito mantuvo la calma, encontró el problema, lo solucionó, y le dió el último envión al titán, para una llegada con muy pocos precedentes.

Mariano me cedió un volante. En ese momento me enfrenté nuevamente a los carteles y su cuenta regresiva. De dos dígitos pasamos a uno, y en algún momento de aquel 2007, apareció en el horizonte la ciudad más reina del Río de la Plata... La bella Buenos Aires resplandecía y nos encandilaba, como afirmando que ahora sí teníamos el toro por las astas, que ahora sí podíamos alcanzar la punta del ovillo...

Para aterrizar, como no podía ser de otra manera, elegimos la avenida más ancha del mundo... Por la 9 de Julio iniciamos el descenso de la autopista, para que nuestro Bedford desfile su orgullo rutero... para que todo el mundo lo viera pasear su despampanante clandestinidad en una de las mejores pasarelas del mundo. Nadie hablaba...

Lentamente fuimos llegando hasta la intersección de Bolívar y Defensa, esa mítica esquina donde empezó y terminó una de las mejores experiencias de nuestras vidas. No pude ni llorar ni reír, por un momento sentí que me había vaciado, de lo bueno, de lo malo... como si me hubieran apagado la vida. Bedfy dejaba de rodar, yo no lo podía entender. Vimos que las familias se acercaban a abrazarnos. Juro que hubiera elegido no bajarme nunca más. No sabía como responder, no tenía sentimientos. Había carteles, amigos, nos esperaba un asado... El corazón todavía estaba de viaje...

Gracias a la eterna troop por tamaña experiencia. Gracias América por abrirte entera. Gracias vieja por enseñarme libertad, amor, entrega y perseverancia. Gracias a todos lo que hicieron esto posible de una u otra manera... pero por sobre todo gracias a vos hermano, amigo, familia... Gracias por llevarnos titán... vas a seguir rodando conmigo para siempre. ¡Salud!...


Un Bedford y un Juli después de la batalla...
El espíritu presente...
La eterna banda del Bedford...

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