16 dic. 2010

Lago Bunyoni, remando con fuerza, remando los precios, los ánimos, el bote, te remo uno, te remo dos, te remo tres...

Lago Bunyoni... la tierra prometida...
Como alguna canción dice por ahí: “hay que remar igual en la subida que en la bajada”, y de eso se trata este Viaje por África; así que remando y remando con fuerza, logramos llegar a Kabale, pueblo ubicado al sur del país que sirve de base y trampolín hacia esta impresionante joya ugandesa conocida como Lago Bunyoni, lugar en el que decidimos reposar nuestros bártulos hasta que nos aburriéramos de ver agua, montañas y cosas lindas.

De caja de camioneta en caja de camioneta, alguna que otra caminata bajo el inclemente sol y la ayuda de algunos lugareños que nos mostraban los atajos por las laderas de las montañas, aterrizamos con poca pena y muchísima gloria en la mismísima orilla del lago, en un pequeño, pero muy bonito y acogedor hostal, que atentamente escuchó nuestro speech, nos regaló el famoso tres por uno, y se encargó de que no nos faltara nada por el resto de la estadía.

San Julián y San Pablo...
Hay que decir que en esta etapa de Viaje por África destilábamos una cierta necesidad de frenar unos días para reflexionar e intentar procesar algo de todo lo que estábamos viviendo, sintiendo y haciendo. La incalculable cantidad de estímulos a los que estamos expuestos nos mantiene las neuronas expectantes y en constante alerta.

Tanto las situaciones de stress, como las de éxtasis, estimulan la producción masiva de una adrenalina, y aunque es una de las sensaciones más intensas y extasiantes que hemos experimentado, por momentos no suena a mala idea largar la pichicata, y dejar que la cabeza y el corazón se tomen un respiro.

En esos momentos suele suceder que se extraña casita, y el Lago Bunyoni con su hospitalidad y tranquilidad, nos vino como anillo al dedo para esto de bajar los decibeles, y formar un pequeño y fugaz hogar.


Magia verde...
Día de mercado a orillas del lago...
Además, como estábamos en época de lluvia y muy cerca de la línea del Ecuador, por lo menos tres veces al día diluviaba indefectiblemente. Cada vez que esto sucedía, por algunos minutos daba la sensación de que el cielo se iba a caer entero adentro de lago. Este curioso fenómeno estimulaba y reforzaba el ostracismo, ya que no había siquiera motivo para sentirse culpable si no salías a caminar. La excusa era perfecta: ”no, dejá....está diluviando”...

Parte de la troop decidió empezar a ejercitarse por las mañanas y las tardes. Sí, leyeron bien, ejercicios, y no estaban drogados ni nada; pura necesidad de canalizar las cantidad de puteadas que se comen en distintos momentos del día. Por mi parte, que rara vez me guardo las puteadas, decidí comerme un libro de mil páginas en inglés, que me mantuvo 
buscando palabras en el diccionario, casi en estado vegetal en una silla, durante la mayor parte del día.

Eterna tranquilidad,..
Es cierto que por momentos salíamos del hostal, pero sólo por escasos minutos para admirar los distintos puntos panorámicos del lago, que sin duda es uno de los más lindos que hemos visto en nuestras vidas. Más lo mirábamos, más lindo e increíble nos parecía. Cambia de color varias veces por día. A veces estaba tapado por la bruma, a veces adornado por un arco iris, a veces con mucho tráfico isleño, y a veces con esa calma que mete miedo.

Tanto, pero tanto lo miramos, que en un momento decidimos alquilar una canoa e incursionar en algunos de sus recovecos e islitas, para luego ya sí, y de una buena vez opr todas, movernos hacia Kisoro, nuestro siguiente punto en el mapa, lugar en donde intentaríamos meternos de contrabando en un parque nacional de monitos asesinos, aventura central del próximo capítulo...

Hicimos las averiguaciones correspondientes y preguntas pertinentes al cheff del hostalito, y en menos de lo que pelaba una papa, nos puso un bote delante de las jetas, gratis, gracias a un famoso speech que a esta altura se había vuelto una institución, pero que por cuestiones éticas y profesionales no podemos dar a conocer. Así fue que todos a los botes, y con menos idea de remo que Rómulo (cuac), nos aventuramos tímidamente en las aguas del calmo lago con un par de paquetes de galletas y el infaltable mate.
La canoa gratarola...
Remeros audaces...
Una de las imágenes que más se nos quedaron grabadas, fueron las de los turistas que pasaban con sus lanchitas a motor a escasos metros de nuestra canoa, y se nos reían descaradamente viéndonos remar como marmotas y no poder parar de dar vueltas en círculo sin avanzar. Superado el escollo y la verguenza al grito de “uno, dos, uno, dos”, logramos finalmente empezar a adentrarnos en las profundidades del lago. Más allá de nuestra acentuada inutilidad, la que muy orgullosamente fuimos logrando revertir con el correr de los minutos, logramos desembarcar en una isla superpoblada de eucaliptos, que por cierto no fue que la elegimos... simplemente fue la única a la que pudimos llegar.

Adentrados en las aguas del lago...

La isla regalaba vistas magnánimas. De repente nos encontramos con un mega hostal, en el que tuvimos la suerte de conocer a una pareja de españoles, con quienes finalmente compartimos una buena parte del día, y que dicho sea de paso, les agradecemos las cervezas que nos invitaron durante aquella lluviosa tarde "invernal".

La vuelta hacia tierra firme, luego de conversaciones políticas, turísticas y filosóficas, la hicimos un cachito entonados, y también un poco apresurados por miedo a que se largara uno de los tantos diluvios universales con los que se suele despachar el laguito; así que al grito de “uno, dos, tres, cuatro” (habíamos evolucionado), tardamos mucho menos que a la ida, y previa visita al hostal que estaba enfrente del nuestro, dejamos el bote en su lugar de origen y nos fuimos a hacer yoga con el oso Yogui.


Que paja man... ¿vamos nadando mejor?... (Oso Yogui de fondo)...
Misión cumplida...
El día estuvo lleno de magia. Con el paseito marino habíamos terminado de sellar la estadía en el Lago Bunyoni. La hija del dueño le puso más magia a la magia cuando nos invitó a comer como hacía tiempo que no comíamos. Como si fuera poco, nos abrió una invitación de estadía gratis por las noches que quisiéramos. Sos una genia Patra. Gracias...

Por último y ya para recibirse de hada madrina, cuando vió que estaba por diluviar, nos “convenció” de no dormir en la carpa y nos metió adentro de una habitación con techo y camas... ¿Qué más podemos pedir? Esta gente es Uganda, esta generosidad, esta buena onda y este relajo.



Nosotros super felices, panza llena, corazón contento. Menos estresados, y con el norte bien plantado. Nos fuimos a dormir con el ruido de la lluvia. Sólo restaba descansar y ver con qué aventura nos despertaría el nuevo día. Lago Bunyoni... palo y a la bolsa ¡Hasta la próxima!...

El jardín del Edén...
El inconmensurable lago Bunyoni...
 El mercadito central del pueblo a la vera del lago...
La chica quiere plata...

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