3 nov. 2011

Hurgada, Thereza, Khatty, Mohammed y Egipto fashion...

Theresa, Mohammed y Khatty...
Aunque las terrazas de Luxor fueron difíciles de abandonar, en algún momento decidimos que era momento de continuar nuestro camino, y levantamos todo (inclusive a Flavio), para fijar norte hacia un lugar que hasta el momento era un cúmulo de preguntas para nosotros: HurgadaHabíamos arreglado de antemano el alojamiento a través de couchsurfing con un par de chicas austríacas, quienes muy contentas accedieron a albergar esta mega troop de cuatro muchachones trastocados. Aquí abajo una gran foto de presentación... Lo más...

Khatty y Theresa en las profundidades...
Más convencidos que nunca, nos calzamos las mochilas al hombro y salimos sin titubeos al encuentro de la ruta que supuestamente nos depositaría a orillas del Mar Rojo, uno de los sitios más espectaculares del mundo para practicar deportes acuáticos, completamente fuera del circuito faraónico. Sucedió, extrañamente, que en no más de dos minutos de levantada de dedo, apareció un egipcio ejemplar que nos advirtió que no está permitido el "jalón" en el país, y que además, había más de una ruta para llegar a destino, pero una sola permitida para turistas. Esto puso un poquito más al desnudo cuánto se preocupa el gobierno de Egipto para que la gente vea solamente un circuito turístico preparado, y no un país al desnudo... al que poco le faltaba para convulsionarse y explotar.

A partir de ese encuentro los acontecimientos sucedieron en milisegundos. Tengo que hacer un esfuerzo gigante para entender cómo fue que terminamos subidos a una mini van que no pagamos, y que nos depositaría casi sin escalas a orillas del mítico mar bíblico. Rememorando entonces: subimos al auto, nos paró un policía que habló con el conductor en árabe por el término de unos cinco minutos. El conductor puso cara de preocupado, no nos dijo mucho, manejó hasta un lugar donde había muchas mini van, habló con otros turistas de Malasia que estaban buscando transporte también para Hurgada, todos juntos hablaron con un tipo que aparentemente era el conductor de la mini van, nos bajaron del auto, nos hicieron subir al otro vehículo, subieron los semiponjas detrás nuestro, y todos juntos nos fuimos enlatados, pero felices hasta el paraíso acuático.

En resumen: el tipo pagó todos los pasajes de su bolsillo, y casi sin decir chau y bastante hinchado las pelotas, se perdió en los confines del árido desierto. Para mí, otro haz de luz en el camino, un enviado de Alá que nos facilitó la ecuación en todos los aspectos, pero que a su vez, nos dejó un montón de elementos para la reflexión.

Alá en caligrafía árabe...
El hecho a valorar: la idiosincrasia de los musulmanes está moldeada por comportamientos que, ya sean estrictamente religiosos o simplemente culturales, dan lugar a valores éticos elevados que, o no les permite moralmente, o les fomenta intuitivamente, actitudes solidarias como la que acabo de relatar, y no se permiten descansar hasta verte según su visión de la situación “a salvo”.

Y eso fue lo que pasó, el tipo se hinchó las bolas, pero aún así tuvo la suficiente endereza como para no claudicar hasta vernos dentro de un lugar “seguro” rumbo a nuestro destino. No conforme con eso, pagó los pasajes de su bolsillo. Sólo resta decir: “Gracias”, y también intentar imitarlo en la actitud.

Luego de un viaje más que placentero para los estándares a los que veníamos acostumbrados, nos vimos, ya entrado el anochecer, paspando moscas en la calle principal de Hurgada. Debo recordar entonces que el cansancio y el hambre que nos venía devorando, fueron sodomizados abruptamente por el contexto en el que nos vimos inmersos.

Luces de colores, negocios con fachadas Miami, giganto-hoteles cinco estrellas, y lo más llamativo y destacable: rubios extremos por todos lados. Digo rubios extremos porque eran de esos color peluca barbi, o desteñidos por el abuso de agua oxigenada. Un desfile de mujeres-modelos de esas que directamente violan la retina... Potencia y hermosura... Gente de compras, casas de cambio cada dos pasos, venta de oro, plata, platino, sobrepoblación de restaurantes, bancos, palmeras, taxis, y hasta un free shop en el medio del town.

Rubias parecidas a esta...
"Ajá… elouu, elouu, ¿quiénes son ustedes?”. La respuesta es psicotrópica: “rusos”. Son rusos de verdad. Hurgada es una mini sucursal de rusos que vienen a reventarse la guita en gilada, que ostentan propiedades, barcos, ropa, y que básicamente han tomado e invadido una ciudad en un país que no queda muy cerca del suyo; pero como vimos cosas bastante más raras en el mundo, decidimos que por una vez podíamos dejar pasar los análisis polémicos y claudicar en el intento de entender. Además y por suerte, vienen con estas barbis super bien logradas, que después de todo son mucho mejores para el espíritu que las musulmanas que van todas tapadas. Así fu que reemplazamos cuestionamientos por el deporte nacional argento por excelencia: mirar minas, que además, lo veníamos extrañando horrorosamente.

A orillas del Mar Rojo... Yates y modelos...
Hurgada desde las afueras...
Pasadas las primeras impresiones, nos encontramos con Thereza y Khatty, nuestras jóvenes anfitrionas dieciocho añeras, quienes resultarían ser lo mejor que nos pasó en el último tiempo, y porque no decirlo, pilares fundamentales en todo lo que restaba de nuestra estadía en Egipto. Khatty, además nos introdujo a su novio Mohammed, un egipcio entrañable, amable, portador y representante del don de la generosidad, y que no hizo más que salvarnos la vida en futuros y duros momentos.

Una vez introducidos todos con todos, nos fuimos a conocer nuestro nuevo hogar. No lo podíamos creer. Un departamento con cocina, baño con agua caliente, piso de cerámica, toallas limpias, televisor, dvd, lavarropas, heladera con freezer, e internet. Se  nos caían las lágrimas. No sabíamos qué usar primero. Parecía que en vez de haber entrado a una casa, estábamos en un parque de diversiones. Emocionante.

Las primeras impresiones fueron de una relajación sin igual, las chicas eran del corte “hagan lo que quieran, acá no hay drama”, actitud que mantendrían casi sin sobresaltos por el largo tiempo que terminamos compartiendo con ellas. Para redondear: estábamos en una casa, en compañía de personas genuinamente despreocupadas, y podíamos quedarnos por tiempo indefinido. Oasis y trance party en el medio del desierto.


La montaña rusa...
Calor de hogar... Hacé lo que quieras Juli...
Trans-ice party en Hurgada...
Antes de empezar a movernos con la actualización del blog, y de una fugaz excursión al Cairo a hacer trámites de visados y averiguaciones para la llegada de la familia, nos dedicamos a disfrutar, ahora sí, los últimos días de esta banda continental tricolor, ya que Juan seguiría viaje hacia el norte de Egipto, para meterse de lleno en Israel, y concluir así esta etapa de su viaje.

Así fue que en este contexto violentamente relajado, las horas pasaron rememorando andanzas, momentos destacables, y perdiendo gran parte de nuestro tiempo tratando de internalizar lo que habíamos logrado. Para recuperar fuerzas nos llenábamos la panza de falafel, y cuando nos cansábamos cocinábamos, agregándole así, mucho huevo frito al final, esperando ese loco momento de apretar restart y volver a setear el viaje en modo dos. Flavio observaba un poco de afuera, mientras arreglaba una situación sentimental con alguna novia por internet... con una compulsividad muy poco común. En fin...


Miami bajo presupuesto...
Violento relajamiento...
Fueron días tranquilos, coronados por una visita a la playa que tuvimos que batallar mucho más de lo debido, ya que descubrimos que en Hurgada para disfrutar del agua marina hay que pagar. Fue lo más chistoso y abusivo que escuchamos en la vida. Nos tomó mucho tiempo creerlo, pero no nos quedó más remedio, luego de recorrer toda la línea costera y rebotar como flippers en cada uno de los balnearios. Los precios iban de tres a diez dólares por el día.

Obviamente decidimos piratear, y luego de ponernos los parches en el ojo, y de saltar un muro con muy poco disimulo, nos vimos surcando la orilla de un mar temerariamente transparente, que sólo nos dejó la opción de ponernos unos snorkels prestados, y sumergirnos a pavear en las aguas más llena de pececitos de colores que vi en toda mi vida. Un desfile de bichos acuáticos llamativamente fashion, que parecían acostumbrados a lidiar con humanos, y que se acercaban, te miraban a los ojos y se retiraban en búsqueda de algo más apetecible que nuestras famélicas figuras.

En las profundidades del Mar Rojo...
Así recuerdo la última de las andanzas de una gran etapa de Viaje por África que llegaba al final. Era tiempo de reorganizarse, tapar algunos baches, descansar, comer comida casera, tomar alguna que otra cerveza, y esperar por algún tiempo la llegada de la familia. Limpiar la carga energética de tanto desapego, volver a sentirse parte de algo, luchar con el vacío que eso genera, parar la pelota, replantear el partido.

Definitivamente una inextinguible parte de nuestras vidas llegaba a su fin. Como todo, como nada, así de repente, así de extremo. Nos separábamos de Juan, y las lágrimas me perseguían ferozmente, y a las lágrimas no se les puede escapar, aunque uno corra rápido y lejos, aunque uno ría, aunque uno sea fuerte, aunque siempre lo mejor esté por venir.

Las lágrimas que valen la pena son para llorarlas, para dejarlas brotar, y con ellas renacer a una nueva forma de felicidad, que es lo que define la vida de quien tiene el privilegio de elegir vivir lo que vive. Una felicidad constante en la que se manifiestan los diferentes estados de la verdad, aunque esa verdad a veces sea dolor.

luego de alguna borrachera final, me cargué una pesada mochila para irme a dedo hasta El Cairo. Sólo restaba un encuentro más para sellar a los ojos los valores de una amistad que fue marcada por una batalla a la africana. Juli haría lo mismo desde Hurgada, y todos juntos prometeríamos repetir la experiencia en algún otro lugar.

Hic... No te vayas, por fa... Hic... ¡Shalú!...
Lo que se viene entonces es una primera impresión del Cairo y una etapa de tranquilidad, quizás necesaria, quizás obligada, una estadía a orillas del Mar Rojo que serviría para dejar que el agua limpie la casaca y empezar a reorganizar. Hasta la próxima aventura, que gracias a Alá, no tardaría en llegar...

Comunidad árabe argenta...

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