18 may. 2010

Port Saint Johns, llegada a Amapondo Backpacker's...

El principado de Port Saint Johns...
Nos levantamos con buenas pilas para intentar resolver todo y partir de Coffee Bay lo antes posible. Decidimos que lo mejor era cargar las cosas en el auto, antes de avisar que nos íbamos. Teníamos que tener todo preparado para tratar de fugarnos del lugar rápidamente en el caso que fuera necesario. Una vez logrado el cometido y que encontramos a la gallega que se había ido a huevear por la montaña, fuimos a encarar el tema del "debe". "¿Qué te debo amigu...amiguu?". A ésta altura sabíamos que al menos la última noche de alojamiento e incontables birras de las últimas cuatro.

Elegimos un corresponsal para encarar al negro buena onda y ver qué se olvidaba de cobrarnos. Mejor no nos podría haber salido. Nuestro corresponsal entró con la excusa de cambiar contactos y despedirse, y en la recepción no le reclamaron nada de nada. Cuando regresó de la travesía arrancamos, saludamos a los más cercanos, y en no más de dos minutos estábamos en la ruta congraciados con nuestra suerte, y la no erogación de dinero. Sabemos que es una turrada y también sabemos que no se hace. Nos llegamos a sentir un poco mal, pero no tanto como para arrepentirnos. De hecho ahora nos sentimos bien. Tenemos nuestros motivos que no haremos públicos.

Con vistas a la selva...
Olvidado el asunto hasta nuevo aviso, nos focalizamos en pisar el acelerador. En la ruta hacia Port St Johns decidimos frenar para hacer una compra en Mthatha, la ciudad más grande de la zona. El centro estaba llamativamente superpoblado de gente y de autos. Semáforos que nadie respetaba, olor a semi anarquía africana. Lindo. Aprovechamos para cambiar algunos dólares y abastecernos de vino, tabaco y placebitos. Deambulamos por los alrededores durante casi tres horas, hasta que decidimos retomar la ruta hacia PSJ.

Tanto el paisaje, la vegetación, el aire, y algunos otros no se bien aún qué, cambiaron drástica y rápidamente. Como si se hubiera abierto en toda su plenitud la compuerta a la geografía del Transkei, una hermosura que se hizo verdaderamente inabarcable y sublime. Absoluta y magnánima. Paisajes que son la una especie de actualización de los dibujitos del paraíso en las biblias. Un quilombo de belleza fascinante y abrumadora.

Second beach... un lugar en el mundo...
En el auto se respiraba frescura y buen humor. Se notaba que todo estaba armonizado y lleno de expectativas. Llegamos finalmente a Port Saint Johns a eso de las nueve de la noche. El pueblo estaba oscuro, pero se veía mucho más robusto que Coffee Bay, más acogedor y más cálido. Los lugares en general se pueden clasificar entre los que tienen "ese qué se yo", y los que no lo tienen. Ese sentimiento uno lo puede percibir en el primer segundo al entrar al lugar. Port St Johns definitavamente tenía muchos no se qué.

Con las últimas energías del día, empezamos a hacer el recorrido para descubrir dónde coño nos íbamos a queda. Decidimos ir a chequear Amapondo Backpacker's, uno de los dos lugares que recomendaba la guía Coast to Coast. Estaba algo retirado del centro del pueblo, a casi siete kilómetros, y una cierta cantidad de subidas y bajadas por pequeños morros. Una vez allí, estaciomos a blackie y nos bajamos.

Lounge de Amapondo...
La persona que nos recibió era la encargada (Thandi), y aunque no había suficiente luz para entender cómo era el lugar, lo poco que se veía inspiraba calidez y amplitud. Luego de un buen rato charlando sobre el precio, y tirando mil y una posibilidades, logramos desembarcar por 150 Rands por los cuatro, que ya resultaba una buena victoria, si consideramos que la noche costaba 100 por persona. De todas maneras el arreglo quedaba en suspenso hasta que lo habláramos la mañana siguiente con el dueño, un tal Tim, que a estas horas ya estaba en su casa descansando.

El lugar que nos designaron para dormir era una antesala de uno de los cuartos. Tenía almohadones y podíamos tirar las bolsas de dormir ahí nomás. El ambiente era cálido, pero no caluroso. La primera incursión la realizamos a la cocina, cuando muertos de hambre por el día de viaje, nos pusimos a preparar la cena. En una mesa grande se contaban sentadas unas siete personas charlando muy tranquilamente. Un rasta nos hizo favores rastas. De a poco empezamos a meternos en una de las historias más lindas y tremendas que tuvimos la suerte de vivir. Estábamos a punto encarar la etapa más feliz del viaje y también a punto de anotar un lugar para quedarse a vivir.

No sabemos cómo lo vamos a relatar, no sabemos si lo vamos a lograr, sólo nos resta decirles y darles la bienvenida a un lugar que nos arrancó el marulo desde las entrañas: Bienvenidos a “Port St. Johns” y “Amapondo Backpacker's”.

Vamo' a toca' el tambo'...
Una pequeña ojeada al paraíso...

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