6 jun. 2010

Cape McClear y la invasión de las hormigas asesinas...

Cape Mc Clear y el Parque Nacional Lago Malawi...
La salida hacia Cape McClear la emprendimos desde el epicentro de Monkey Bay. Luego de resistir los embates del abuso y del sobreprecio por algunos minutos, logramos acordar un monto conveniente para las partes involucradas para asegurarnos lugares en la caja de superpoblada camioneta que nos acarrearía los treinta kilómetros pertinentes, por una muy poceada y muy precaria ruta de Malawi. Aunque parezca un tanto imposible, para hacer estos treinta kilómetros se demora un poco más de una hora. Justo cuando el sol ya estaba pelando nos dejaron en la puerta de un hostal llamado "Catembe".

Catembe Backpackers, a juzgar por el costo que negociamos por noche y la tranquilidad y el poco movimiento, aparentaba ser un lugar amistoso y tranquilo. En muy pocos minutos armamos la carpa, el tiempo justo y necesario para que se desatara una especie de diluvio, que resultó la excusa perfecta para meternos dentro de la cocina a preparar algo de comida que ayudara a amainar los ruidos estomacales. Entre tanto conocimos a Franc, un californiano cabeza de tacho que sólo hablaba de minitas y de birra, pero con una peculiar y particular buena onda. Un personaje que nos lo íbamos a terminar encontrando todos los días y a toda hora en alguna de las calles del pequeño pueblo.


La banda de los peques...
Por desgracia en algún momento llegó la noche y con ella el terror. Luego de una jornada bastante intensa y pasada por agua decidimos irnos a dormir. Nos metimos en las carpas, besito, besito y hasta mañana. Como yo estaba tomando un remedio para la malaria que me producía intensas y demoníacas pesadillas, en algún momento de la noche me desperté muy sobresaltado. A ese sobresalto y taquicardia hay que sumarle la extrañeza que me invadió, cuando abrí los ojos y no vi a nadie a mi lado. Ni la persona, ni la bolsa de dormir. Se me llenó el culo de preguntas.

Abrí el cierre de la puerta y salí de la carpa muy cuidadosamente, con la sensación de que en cualquier momento algo me fuera a suceder. Para mi sorpresa, pero también para mi tranquilidad, divisé a varios de mis compañeros/as durmiendo amontonadas a un costado del bar. De todas formas no lo graba entender. Bajé un cambio, me tranquilicé y me volví a meter algo confundido en el diminuto cubículo de nylon. Cuando estaba apunto de cerrar los ojos, me terminé de despertar del todo y de darle sentido a mi boludez, cuando visualicé el millón de motivos de por qué la gente estaba durmiendo alrededor de birras a medio tomar en vez de adentro las carpas: Hormigas asesinas...

Incontables hormigas asesinas. Infinitas, chiquitas, rápidas y picadoras. El peor enemigo del hombre después del mosquito, y una de las sensaciones de incomodidad más fuertes que se puedan experimentar. No hace falta más que una mísera miga, o una simple semilla de cualquier fruta, o cualquier otro minúsculo e ínfimo pedacito de materia orgánica, para justificar la infame invasión asesina de estos bichos del demonio, que no contentos con esparcirse por todas las partes de tu cuerpo, te pican sin clemencia, y te muerden sin piedad.

Anat y Netta...
Juli y Anat en el balcón...
Living multiuso...
A raíz de una explosiva combinación entre la incomodidad por la invasión hormiga y el mal humor del dueño del hostal, quién se despertó gritándonos que no quería que usáramos la cocina, se produjo una fuerte discusión, que no terminó a las trompadas porque decidimos que lo mejor era salir corriendo hacia un mundo mejor. Israel se acopló a la idea, y todos más juntos que nunca y muy cansados de parar en lugares burbuja, salimos en busca de alguna casa que quede justo en el medio del pueblo, par experimentar más intensamente el lugar y dejar de lidiar de paso con los buscas que constantemente estan rondando los backpackers para ver que te pueden vender, pedir o sacar.


Alto árbol... (cuac)...
Caminamos un rato y encontramos una casa deshabitada que tenía electricidad y un altillo de madera que se veía muy bonito para poner las carpas. Estaba a cien metros del lago. Arreglamos por un dólar por persona por día. Lo único que teníamos que hacer era buscar el agua para tomar en un grifo comunitario que abastecía a gran parte del pueblo y transportar desde el Lago el agua para bañarnos y cocinar. Nos habilitaron además el living con sus tres sillones, una linda barra y un baño sin agua, pero más que limpio y arreglado. Israel y Argentina un solo corazón y un aplauso muy grande por la casita. Sólo nos restaba disfruta y poner toda la energía en recorrer el lugar... bufarradas mediante.

Ancho árbol y mini mercado...
Cape McClear vive en otra época histórica. Las casas son en su mayoría chozas, no hay agua corriente y la población subsiste principalmente del turismo, la pesca y el cultivo de maíz. La comunicación se hace bastante difícil y las barreras culturales son infinitas. La gente es muy amable, honesta y carismática. Tiene un llamativo mercado que se extiende por laberínticas calles de tierra, a escasos minutos del epicentro turístico. Durante la pequeña caminata uno se encuentra con muchos rastas, con muchos pescadores, con gente bailando, achacando maíz en morteros gigantes, o vendiendo gallinas, maní, paltas y más maíz en todos sus estados conocidos. Todo el resto de la población tambié vende "algo"... Todos en Cape Mc Clear parecieran tener algo para vender.

Parque Nacional Lago Malawi...
Parque Nacional Lago Malawi y animal no identificado...
Al agua pato...
Foto facha...

Ascendiendo a los cielos...
Uno de los principales atractivos es realizar un paseo por el lago Malawi, para el que se puede utilizar desde una canoa hasta el costoso servicio de alguno de los barcos turísticos preparados para tal fin. En esta parte del lago, como en muchos otros lugares del mundo, el lujo y la miseria conviven de manera muy natural y aceptada. Capítulo aparte es apreciar los días y la vida transcurriendo a orillas del lago, epicentro indiscutible de la vida social y de las actividades. En el lago se puede ver gente lavando la ropa, bañándose, pescando, buscando agua, jugando, o simplemente nadando para apalear el calor.

Si uno quiere irse de Cape Mc Clear con la panza llena y el corazón más que contento, es obligatorio recorrer el Parque Nacional Lago Malawi, paraíso en el que para entrar supuestamente hay que pagar unos diez dólares, aunque como siempre también existe una “vía alternativa” que en este caso solo consistió en caminar sin mirar hacia atrás periguiendo la costa del lago.


Mono domesticado y monito... 
¿Qué pasa acá?...
Tres son multitud...
El parque nacional se encuentra en medio de una semiselva montañosa entre paisajes que dejan estupefacto a cualquier osado que se atreva a apreciarlos de más. Encontramos un inmejorable lugar justito enfrente de una pequeña isla y nos plantamos a fumar uno. No lo podíamos creer. Luego de babear un poco más de lo necesario, decidimos meter un poco de nado en una de las aguas más cristalinas y apacibles que hayamos visto. En la vista resaltaban los colores de los peces que acompañaban nuestras tibias braceadas, y el paso casi imperceptible de kayaks que volvían de pescar. La tarde se volvió de goma, infinita, resplandeciente. Con todo esto y por todo esto, en Cape McClear redondeamos una inolvidable estadía. Todo muy rico, todo muy fresco y todo muy alucinante para continuar nuestro camino hacia la parte norte del lago para intentar toparnos de frente con otro lugar muy prometedor llamado Nkhata Bay.

Hasta el próximo capítulo entonces. Un abrazo.

Postal para el recuerdo en Cape Mc Clear...

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