7 jun. 2010

Senga Bay, ese lugar de la reputísima madre...

Cambalache diurno en Senga Bay...
La salida de Nkhata Bay fue levemente demorada por la supervisión policial de nuestros bultos, y al ritmo de una exhaustiva búsqueda de droga para pedir dinero a cambio. La policía y su famosa inutlilidad, sumada a su vagancia y a su ínfima naturaleza, fue la patética y última imagen que vimos antes de salir disparados hacia el limbo. Nos tomamos algún bondi y luego de las peripecias y contratiempos normales de los traslados en Malawi, llegamos con el último atisbo de sol a las famosa bahía.

Invasión de lugareños y recopilación de información mediante, fuimos atravesando a pecho firme la pequeña aldea en compañía de vendedores y “bussiness men” que nos persiguieron casi hasta la puerta de dos hostalitos que queríamos chequear. Logramos conseguir un precio más que decente en uno llamado “Cool Runnings”, el cual vende merchandising con un "smile face" bastante diabólico, que está además distribuido por todo todos los rinconces el predio. Hasta la cornuda antena satelital tiene pintada una carita sonriendo. De esas sonrisas que se terminan tornando diabólicas.

El privilegiado parque del hostal...
Artesanías industriales y turísticas...
La cornuda antena satelital...

Asadito...
La tocata nocturna obligatoria...
Al margen de esta falla en su imagen corporativa, Cool Runnings reposa sobre la costa del alucinante Lago Malawi regalando atardeceres inolvidables, y una luna llena que con birra, va vestida de estímulo vibrante a todas las partes del cerebro, y no contenta con eso, te lo ilumina de un amarillo intenso que no hace más que desprender placenteras droguitas en todos los epicentros nerviosos. La luna de Senga Bay es un capítulo aparte.

Con miras a la costa costa...
Extras de la película...
Estacionando en las costas del islote...
Cuando uno reacciona luego de ese shock de placer, capaz se le da por hacer una caminta nocturna hasta el pueblo; y si se tiene la suerte de llegar en el mismo momento en que sucede un corte de luz generalizado, muy posiblemente esta aldea estancada en el año 1723, lo reciba con un camino iluminado por velas, que alumbran cada uno de los puestos de comida y comercios varios que aún permanecen abiertos, en una aparente noche eterna que invita al turista a flashear desmedidamente. 

Una buena cantidad de personas parecen estan sacando radiografías con la mirada, al tiempo que te marcan el paso entre las angostas y desniveladas calles de tierra. Todos intentan saber hacia dónde vamos, qué necesitamos, o si estamos perdidos. De pronto desde una esquina asoma un living de alguna precaria casa que funciona como restaurant. Cumple con el ritual de ofrecer el plato más básico y barato de comida, que se debate entre un poco de Nsima o de arroz con nada. Nos sentamos a ejercitar el estómago.

Una vez que recuperamos un poco de fuerzas, nos fuimos a fumar un poco más sólo como para ver qué sucedía... y claro, pasó de todo, de lo que lo más destacable fue el intento por comenzar la vuelta hasta el hostal, y luego de más de media hora de caminata, y caminar en círculos sin darnos cuenta,nos vimos parados en el mismo lugar en el que empezamos, todavía sin la esperanza de que vuelva la luz que nos ilumine el camino. En eso apareció un oportunista a pedirnos dinero para hacernos de guía. Lo mandamos a ver si llovía en Tanzania y se fue algo enojado y de mal humor...

Venta de todo tipo de contenedores y cacharros...
Las amables y laberínticas calles del centro de Senga Bay...

Las amables y laberínticas calles del centro de Senga Bay bis...
Cada vez que salíamos hacia el pueblo se sucedían constantemente eventos que podríamos tildar de impactactes. Así fue como nos vimos envueltos en compras de mercado y de cerveza a altas horas, caminatas con gente que todavía no sabemos quienes fueron, y echando fli a un elevado número de oprtunistas y mutantes chupa dinero. Las situaciones en sí parecían comunes, pero el contexto y la energía de Senga Bay, las hacía sentir como una especie de Lsd constante, con ese estímulo infinito que desbloquea los filtros hacia el medio ambiente y te permite una reconstrucción lúdica del entorno.

La excursión de la estadía se basó y se centró en el alquiler de un kayak para intentar llegar remando hasta un curioso islote que se veía muy y llamativo y enigmático desde la costa. El Kayak nos los proveyeron directamente en el hostalito por el módico precio de dos dólares la hora; hecho que posibilitó que alguna tarde cualquiera de sol, nos aventuramos hacia las calmas aguas del gigantesco lago Malawi.

Remando hacia la isla de la arañas...
Apenas abordamos divisamos una tormenta que estaba sobrepasando la islita, y yo que con el agua y el aire soy bastante particular, prendí la antena de peligro mientras me imaginaba muriendo ahogado en el mejor momento de mi vida. Obviamente puse stop, pero tanto me trataron de cagón, que agarré el remo y le empecé a dar más y más fuerte. Hasta que no toqué la orilla de la isla, no me pude relajar. El resto de la troop estaba por cagarme a palos, pero me tuvieron paciencia, y juntos, luego de comer unos sanwichitos en una roca, nos fuimos a escalar el islote hasta la cima.
Ramas, selva, isla y rock...
La costa de Senga Bay desde el islote...
La isla era una isla de esas totalmente virgen. Los únicos que estábamos allí en aquel momento éramos nosotros. El agua que bañaba las costas era tan bella y transparente que se podían visualizar muchos cardúmenes con distintas formas y colores. La temperatura más que ideal, era absurda. Y así podríamos seguir con árboles, cielo, piedras y tantas otras cosas lindas que este islote remarcaba hasta el hartazgo.

El susodicho ascenso lo realizamos por el medio de un bosque donde gobernaban las arañas, por ende no había forma de hacer un sólo paso sin comer telaraña orgánica. La llegada a la cima no demoró más de veinte minutos. Desde tan soñada cumbre, se obtenía una vista de toda la bahía que le regalaba felicidad y armonía al espíritu. Una vez que creimos saciados los sentidos, descendimos nuevamente a la costa, nadamos, y nos quedamos un largo rato viendo incorporando la belleza del lugar en el que estábamos. La remada para volver fue mucho más relajada.

La melancolía, como siempre se hizo presente cuando nos dimos cuenta que había llegado el momento de partir hacia la última parada de este recorrido: Lilongwe. Dejar atrás Senga Bay significaba no saber cuándo volveríamos a mojar las patitas en éste maravilloso mundo acuático del Lago MalawiDimos la última vuelta al pueblo mágico, le sacamos unas cuantas fotos mentales, y contentos y felices empezamos a buscar la forma de lanzarnos a la ruta una vez más. Visiten el Lago Malawi, nunca se lo van a poder olvidar. Hasta la próxima y gracias por acompañar...

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