5 jun. 2010

Mozambique sin rumbo… la batalla final... Tercera parte. Un largo camino a Tete...

Camioneros zambianos rumbo a Tete...
Para hacer realidad nuestra siguiente aventura y apuntar directamente hacia la frontera de Malawi, salimos a conseguir nuevamente transporte hacia un pueblo llamado Tete, en alguno de los camiones que estaban aparcados al frente de "O padrino". Allí, en pocos segundos y sin muchos preludios conocimos a Robert, un camionero Zambiano de 30 años que estaba a cargo de una troop de cuatro camiones, y que sin vueltas nos dijo que estaba yendo para Tete y que podíamos empezar a subir las mochilas mientras esperaban un repuesto para el camión.

Charlando con ellos, tratando el problema de la cruceta en cuestión, había un hombre mezcla indio, inglés y africano, que me llamó poderosamente la atención, cuando luego de algunos minutos de charla me dijo que su padre era inglés y que él mismo había peleado en la guerra de Malvinas. Para completar lo curioso y llamativo de este personaje me comentó que además había combatido durante un año en la guerra de Iraq para las tropas de "La reina". El comentario final fue lo que me hizo mella en el estado de ánimo: “We have kicked their asses”. Frente a la ignoracia del mundo hay veces que sólo resta comer impotencia y pensar con muy poco éxito como intentar desembrutecerlo.

El encuentro y los comentarios me dejaron en estado de shock y un poco más interesado por conocer a fondo su historia, pero debido al poco tiempo que nos separaba de la partida, no pude dar rienda suelta a mi curiosidad y tuve que centrar el interés en el viaje que estaba por venir. Chimoio empezaba a levantar temperatura, y rozando el mediodía, se pusieron en marcha los motores para salir a rodar lo último que nos quedaba en tierras mozambicanas.

Para variar, y como para no perder la costumbre, lo primero que sucedió a escasos minutos de la partida fue que la bomba de inyección se tapó, motivo por el que tuvimos que parar para purgar las mangueras. El evento nos mantuvo estancados por algo así como una hora, pero nos permitió comer un buen plato de comida antes de seguir viaje. Nos metimos mucha Xima (una especie de polenta, pero de maíz blanco) y pollo frito. Panza llena, corazón contento, nos subimos nuevamente al loco camión y dale que va Robert...
Barraca y pollo frito...
A lo Mozambique...
Digo loco camión porque acompañando a Robert, y como copiloto, viajaba otro zambiano trastornado, quien apenas nos acomodamos nuevamente, muy tranquilo y sin ningún tipo de miramientos, se empezó a armar un velón del tamaño del dedo del Gordo Kingo riendo como un niño. Nosotros, mucho más que contentos, sacamos la última colaboración que podíamos hacer a la causa, y todo metido y apretado dentro de pedazo de hoja de cuaderno, se encendió y se transformó en humo denso mientras nos contábamos las vidas.

Cabe aclarar que en la mayor parte del país se hace imposible conseguir papelitos para armar, hecho que motiva que de ser necesario, la gente use cartón; hecho que me llena de alegría, ya que confirma que la marihuana es más universal que el arroz. Lo mejor de cada momento de armado era verle la cara a "Trastorneti" riendo endiablado al grito de “The Paper”, haciendo alusión al tipo de papel con el que armaba los pitillos. Lo escribo y me late más fuerte el corazón. Un amor de persona, de esos locos lindos que siempre te descuelgan una sonrisa en el recuerdo.


Robert al volante...
Trastorneti forever...
Mate, cultura popular...
Esperando la cruceta...
El viaje, como de costumbre se iba haciendo más largo de lo estimado, hasta que en algún momento caímos en la obvia realidad de que no llegaríamos ese mismo día a Tete ni de casualidad. A esta altura ya habíamos relegado los sentimientos de ansiedad y también habíamos aprendido a entregarnos a la situación que tocara, con la única premisa de intentar disfrutar, aprender, y realmente vivir lo que la suerte y los caminos nos tenían preparado.

Nos empezamos a dar cuenta que resistir no tiene sentido, y que aceptar es mucho más fructífero y valedero en algunas situaciones. Robert nos anunció una parada en el medio de la nada, en el corazón de una mini aldea rutera de setenta habitantes, y nos dijo que arrancaríamos nuevamente en la madrugada. Apenas bajamos del mionca, fueron apareciendo uno a uno los otros tripulantes de la troop y nos empezaron a decir que íbamos a comer verdadera comida africana. A los cinco minutos entonces, lo vimos a Trastorneti con varios pescados en la mano, un bol con agua y un cuchillo, dispuesto a destripar, y meter todo en una cacerola, que todo el resto ayudaba a preparar a un costado del camión junto a un pequeño fuego.

La sensación de aquella noche fue de relajo y paz. Uno a uno, tanto los camioneros como sus servidores, fuimos dejando ganar al cansancio y fuimos cayendo de a uno, al costado de una calle donde estaban estacionados los camiones. Ya no había ni una lamparita prendida. Lo único que se veía a escasos metros, pero como perdido en el espacio, era a Trastorneti cocinando y cocinando. En un momento nos despertó con todo listo, y en silencio y muy despacio, fuimos degustando la comida que tanto tiempo había llevado preparar. No se habló mucho. Casi no se veían las caras en la tremenda oscuridad. El que terminaba caía nuevamente bajo el aluvión de estrellas que adornaban la cama de aquella infinita noche mozambicana.

El sentimiento de despojo y libertad que me inundó el corazón, sólo se compara con el de agradecimiento de encontrar gente así. Me acordé del Gordo Casero, y me acordé del camión con el que con Cabeza, Lacha y Juli supimos un día recorrer Latinoamérica. En mi cabeza la fonola tiraba “si hay camiones hay confianza...” y me dormí orgulloso, lleno y tranquilo, sabiendo que todo lo que pasaba a cada segundo era producto de ésta increíble elección de vida que con el grupete hicimos un tiempo atrás. 

El resto fue más viaje desde las cinco de la mañana. Rozando el mediodía llegamos a un puente que separa la ruta de la ciudad de Tete para encontrarnos con la terrible noticia que para el cruce de camiones había un demora de varias horas. Esto motivó que tuviéramos que continuar por nuestra cuenta. El calor que hace en Tete es extraplanetario. Con mucho sudor y cierta congoja nos despedimos de estos inolvidables camioneros zambianos dejando de recuerdo una última foto... como siempre... sin saber si alguna vez nos íbamos a volver a ver.

Un abrazo para ustedes y otro grande para Robert y The Paper Man y toda la troop que tan bien nos trató. Viajarán con nosotros por siempre señores... ¡Salud!

Camiones para el recuerdo... ¡¡¡Gracias!!!

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