11 jun. 2010

Gweru, mucho león y mucha enfermedad...

Gweru... Mucho león...
Cuando salimos a la ruta para hacer dedo, empecé a sentir que no tenía retorno (cuac). Las señales venían desde unas piernas que se ponían blanditas, cosquillosas, y a medida que la sensación subía por el resto del cuerpo me hacían maldecir: “la puta madre que me parió, me va a agarrar fiebre”.

Era de esas fiebres que se sabe que no se van a poder evitar, y también de las que vienen anunciando algo más que un resfrío underline. Fue así... de repente. Levanté el dedo para hacer dedo y me subió la fiebre para joderme la vida. No dije nada para que no empiecen a empastillarme, ya que soy de esos retardados que piensan que si "hacés como si nada, la enfermedad se va"

A pesar de mi retardo, debo argumentar a mi favor que muchas veces logré espantar pequeñas molestias de esa inverosímil manera. En general tiendo a sentir que si me voy a la cama, le hago las cosas más fáciles a los bichos, y además, no tenía cama, así que me convenía aferrarme a mi actitud de retardado.

Para colmo llegamos a uno de los lugares que más nos habían recomendado y que estábamos esperando con cierta ansiedad, ya que es algo así como el santuario del león, que por esas casualidades de la vida, también estaban algo enfermos. Este santuario felino queda a unos pocos kilómetros de la ciudad de Gweru, un pobladito lindo y algo colonial, relativamente cercano a Bulawayo, una de las grandes ciudades de Zimbabwe. 

Recién llegaditos en el centro de Gweru...
Louis Armstrong tomándose un recreo...
Durante los primeros minutos, yo estaba atravesando de lleno mi peor y más estricto costado hipocondríaco, y lo que tenía ya no era fiebre, sino “cáncer de frente por el sol que me venía pegando en la ruta”. Finalmente decidí meterme un cóctel de pastillas que me permitiera seguir llevando el bolso con dignidad, no autocompadecerme y dejarme de pensar forradas.

Lo mejor de todo de esta sensación de muerte lejos de casa, era con la baja energía que tenía en el cuerpo, observar a las personas y disfrutar de esa rareza volátil absolutamente extraña que da la sensación de que sino te sentas a descansar, la cabeza se va a ir volando sola. Los gestos en las caras de las personas los veía detallados y lentos.

La "masa" como de costumbre nos miraba, se reía, nos hablaba en vaya a saber cual de los dos mil dialectos de la zona, en inglés, o en lo que pinte. Parte de la banda intentaba averiguar: “¿dónde queda el famoso lugar para ver leones?”. Gracioso y ridículo. Ni el nombre de donde queríamos ir sabíamos, lo que además de chuparnos energía y tiempo, nos cruzó con los dos mil vivos que se dan cuenta de que uno no tiene idea de dónde esta parado y, o te quieren sacar guita, o te quieren mandar 30 km. más para acá o más para allá.

Cuando ya teníamos todo listo y averiguado nos fuimos a hacer unas compras, ya que en el lugar de los leones (que ahora sabíamos que se llamaba Antilope Park, cosa que sinceramente nunca entendimos) supuestamente no había mercado, y una vez que un entraba no se podía salir, por el más que convincente argumento de que está rodeado de animales que te matan.

Me figuré la imagen y la sensación de estar encerrado entre leones, sin poder salir al exterior, y alrededor sólo platos de comida por 20 dólares... Me agarró un simulacro de panick attack, me metí más pastas de muchos miligramos y seguí a mis compañeros derecho al supermercado a ver qué pasaba si combinaba fiebre con changuitos, para terminar comprobando que por enfermedad o apuro, se paga de un 10% a un 15% más por compra.

Antilope Park...
Oficina al aire libre...
La cocina...
Lavadero...
La bandada loca...
Atardeceres históricos...
Arrancamos hacia el objetivo previo paso por un lugar de comidas que estaba lleno de mensajes religiosos, todos con la palabra "God", cosa que me alegró, ya que si me moría de cáncer de frente, por lo menos iba a ser un lugar en el que tenía más posibilidades de vida eterna que en la simple calle o en mi burlesco interior.

El restaurant del señor...
Llegamos por fin al bendito parque y lo de siempre: la vida color de rosa. Un lugar espectacular, gente maravillosa y una gran invasión de chinos que me matan de lo excitados que son y de las caras sonrientes que tienen. Los chinos definitivamente saben algo que nosotros no sabemos. Además: guías de turismo, elefantes, cocodrilos, monos, leones y patos. (Sigo sin entender porque lo de Antilope Park).

Con el paisaje y el ambiente me llevé una sorpresa "boquiabierta", y además caí en cuentas que el cáncer de frente era en realidad angina con pus, por lo que me metí antibióticos, pastillas y etc. Luego decidí estar un día tirado adentro de la carpa sudando y emitiendo gemidos extraños cada vez que tragaba o que me despertaba con dolores musculares... dolores que parecían provenir de haberme estrujado el cuerpo para fregar el piso.

Los leones la verdad que están buenísimos. Verlos no cuesta nada, pero lo que es bastante caro es una especie de caminata que se hace con unos cachorritos (algo así como la excursión estrella). Particularmente no me alcanzaba para caminar con leones y tomar pastelas, así que nos quedó la opción de ir a la guardería de felinos con problemitas, que sobra para conmoverte del trabajo que hizo la naturaleza al crear a estos singulares, llamativas e imponentes bestias. Un animal perfecto al que no se puede parar de admirar.

Contentos y semirecuperados nos fuimos del Antilope Park (mandar queja a la recepción por nombre) (…gracias HEGUIDO) y arrancamos hacia una nueva atracción. Tamos podridos de ir de atracción en atracción... Bueno lo que se viene, y perdón por el cansancio y las defensas bajas, son las Cataratas Victoria, o bien, Victoria’s Falls. Hasta la próxima y perdón por dejar que la enfermedad contagie el relato... Abrazo...


Una hembra en rehabilitación...
Que te recuperes pronto...

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