20 dic. 2013

Angkor Wat, templos llenos de calor y piedritas apiladas en el eje cartesiano espacio-temporal...

Maravilla Mundia... Angkor Wat...
Decidimos seguir los consejos de muchas de las personas con las que nos fuimos cruzando en el camino y realizar el recorrido de esta nueva maravilla del mundo mundial, montados sobre lo que el ser humano ha conceptualizado en la palabra: “Bicicleta”. Nos dirigimos entonces hasta alguno de los mil puestos existentes para tal fin, alquilamos dos rancheras último modelo, y nos volvimos silbando bajo hasta el hostal a ultimar detalles y dormir un rato. Sin dejar que el despertador levante demasiado la perdiz, pusimos la comida, el agua y algunos otros etcéteras dentro de los canastitos y empezamos a pedalear muy heroicamente rumbo a Angkor Wat.

“Che Viquín, ¿por qué escucho voces que me están taladrando el oído a las cuatro y media de la mañana mientras estoy yendo a Angkor Wat a ver el amanecer?”. “¿Será porque estamos acompañados por otras dos pibas con una clara tendencia a la compulsión verbal y a la conversación pedaleando al lado nuestro?”. “Seguramente. Ya me parecía que no estábamos solos en la madrugada camboyana”. Dejemos a la vida que nos siga hablando y sorprendiendo entonces, y pongamos la energía en pedir que lluevan ácidos lisérgicos a mansalva.

Bicicletas, canastos y rock cambodiano...
En fin... ni bien uno llega al predio de Angkor Wat, llora un rato, pero igual lo obligan a pagar veinte dólares por un revolucionario ticket que lleva su cara impresa. Luego de finalizada la transacción, alguien le pide que se aparte rápidamente de la ventanilla, porque hay muchísima más gente aún, esperando para acceder a eventos piolas que este mundo tiene para comercializar. Así que pedaleamos un poco más, otro poco más, y llegamos al evento más esperado: “El amanecer frente al templo principal”...

Me resulta un buen momento para aclarar que lo que generalmente se promociona de Angkor Wat, es en líneas generales el templo principal, lugar donde por otro lado no pudimos sacar ninguna foto decente del amanecer porque estaba absolutamente infectado de seres humanos. Angkor Wat es un complejo mucho más grande, que consta de algo así como veinticinco templos y veintiséis kilómetros de recorrido. Los detalles al link, pero vale recalcar que es un predio mucho más grande de lo que originalmente me había imaginado.

Angkor Wat...
Empezando el recorrido por Angkor Wat... 
Que por otro lado dudo mucho que valga la pena recorrerlo en su totalidad, salvo que uno sea arquitecto o arqueólogo historiador, ya que luego del templo número siete u ocho, si a usted no le empieza a parecer que es todo igual, es porque le llovieron los ácidos lisérgicos a mansalva que estuvimos invocando un poco más arriba. El templo principal se considera como el mayor templo religioso alguna vez construido en esta galaxia, y probablemente en las diez más cercanas, al que definitivamente vale la pena dedicarle una buena parte del día para poder apreciarlo en detalle. Ostenta títulos como ser patrimonio histórico de la humanidad y de los extraterrestres, y haber servido de locación al éxito cinematográfico Hollywoodense “Tomb Raider”.

Por los caminos de Angkor Wat...
Corredores alrededor del templo principal...
Uno de los tantos templos visto desde arriba...
En el momento en el que se consuma el amanecer y el sol se saca el sombrero como diciendo: “hola viejas de todo el mundo, acá llegó Balá, Balá, Balá...”, uno se empieza a deshidratar sin remedio y para siempre. En consecuencia, la única solución posible es conectarse a un bidón de agua, mientras intenta entender cómo cazzo va a hacer para pedalear los treinta templos restantes sin derretirse en el intento.

Observamos que una gran mayoría de los visitantes empezaban el recorrido por el templo principal, cosa que nos pareció lo mismo que empezar una cena glotona por la cereza del postre. Sólo por ese motivo desistimos de entender el mapa y pedaleamos directamente en dirección opuesta a los malones dominantes, haciendo caso al instinto y visitando edn primera instancia, cualquier templo que nos llamara la atención por fuera.

Cuando esa magia estética se producía, estacionábamos las bicis y nos metíamos a incursionar. No puedo decir mucho más que: son monumentos muy elegantes, realmente impresionantes y llenos de una mística proveniente de dimensiones mentales del pasado, en las que por más que uno lea mil libros, jamás va a poder penetrar.

Una fortaleza del pasado...
Dimensiones mentales del pasado en Angkor Wat...
Pedaleando en dirección opuesta a los malones dominantes...
Una vez que uno experimenta un poco la inconmensurabilidad de Angkor Wat, se entiende perfectamente el hecho que esté representado en la bandera de Cambodia. Las construcciones son imponentes... la mayoría de las veces, abrumadoras. Los templos exhiben el poder, el orgullo y la riqueza de una civilización que se llegó a desarrollar más que la totalidad de las sociedades europeas, muchísimo tiempo antes. Angkor Wat se puede describir como una mezcla de Machu Pichu y de Tikal, con otro poco de ruinas de templos egipcios, todo ello envuelto por una antigua energía asiática budista que le pone el contenido de ensueño a la construcción.

Con lo único que podía fantasear, aparte de creerme un jemer del siglo X u XI, era con que el sol se apague por un minuto... o un ejército de nubes le impida rotúndamente el paso a todos sus inclementes rayos. Cuando la alucinación por la falta de líquido llegaba a sus puntos más críticos, no me parecía para nada disparatado sugerir a la UNESCO o el gobierno cambodiano que inicien la construcción de un parque acuático lleno de piletas techadas aptas para miles de seres humanos y algunas bandas de rock.

El templo de Tah Prohm tomado por las raíces de los "spungs", una especie de árbol de la selva de Cambodia...
Un spung asomando desde el templo de Ta Prohm en Angkor Wat...
Detalles de figuras en los templos...


La parte jodida, pero que intentamos no mirar, es: “chinos turistas”. Los chinos son la gente más piola del planeta, pero cortémosla con la invasión. Llegan de a miles, ocupan todos los espacios y te arruinan todas las fotos. O que paren de reproducirse como turistas, o que los manden en pequeños malones. Solicito formalmente una agenda turística para chinos. Se necesitan con suma urgencia regulaciones internacionales al respecto. Esto como primera observación...

Como segunda observación, hay que decir y remarcar que resulta de muy mal gusto, además de trillado y muy Disneylandia, vestir a la gente de “Jemer” y dejarla todo el día bajo el sol para que se acerque “Don Turista” a sacarse la típica pelotufoto. Si algo debería estar penado, mucho antes que el consumo de marihuana, es vestir a la gente de "antepasado" en las maravillas del mundo.

Por último: la gente que vende agua. No voy a insultar, pero el abuso comercial de las necesidades básicas es uno de las mayores razones y argumentos de porqué el mundo está tan mal. No se abusa del hambre, ni de la sed, y no se juega con la dignidad. Intentemos que Disneylandia 2000 no nos gane. Expulsados los incordios, pasemos entonces a lo más importante.

Disneylandia en Cambodia...
El espíritu de los jemeres siempre vigilante...
Las mil y una piedras...
Llegamos al templo principal de Angkor Wat con el aire justo para no recorrer absolutamente nada más. Antes de aventurarnos por la entrada, comimos unos sanguchitos semi derretidos, intentamos una mini siestita de veinte minutos debajo de un árbol, y cuando volvimos a sentir una pequeña invasión de lucidez, nos lanzamos de lleno a uno de los eventos más mágicos e inolvidables que se pueden experimentar en estas latitudes. Adjetivos obvios: tremendo, insano, espectacular, abrumador, magnánimo...

Pero para ser justos también, y por favor permítame el quiebre de emociones y la difamación mediante, llegó un momento en que a la retina la dejó de excitar la imagen. Después de recorrer la mitad del templo, que repito: es una exquisitez arquitectónica, artística y una tremenda experiencia extra sensorial, me encontré charlando conmigo mismo: “más piedrita apilada”, “mirá, ahí hay muy lindas piedritas apiladas”, “subamos hasta la cima a ver todas las piedritas apiladas”. Fue un hechizo maravilla mundial que debo decir que si de algo peca es de un montón de lo mismo: piedritas apiladas.

Diez mil y una piedras...
Cientos de millones de piedras...
Algunas piedras talladas...
Apenas concluimos el recorrido, salimos por la puerta principal y nos dedicamos a contemplar la ciudad frente al lago que la circunda. La idea era entregarse a ese rato de balance, robarle unas últimas fotos a la excursión, y dejar decantar las últimas incidencias de la experiencia en el alma. El calor estaba aminorando, los monitos habían salido a juguetear, y los árboles ya pintaban largas resolanas en la tierra.

Angkor Wat de repente relucía como el legado de una humanidad que se esfumó, como un glorioso imperio del pasado que chocaba contra una coyuntura avinagrada y una dignidad averiada. Las compuertas de conexión con el mundo se abrían una vez más, permitiendo una exhaustiva revisión de las sensaciones de la conciencia... y me sumergía en ese partido de ajedrez interno, ese que adivina y predice los movimientos, hasta finalmente descubrir alguno que nunca imaginó.

Ese destello de hermosura que adorna la vida, consecuencia del gran destello de la perfección universal. Ese momento en que uno puede percibir sin comerse todos los peyotes del desierto de México, que cada cosa y cada hecho tienen un lugar y un motivo en el mundo, hasta que un suspiro nos desconecta... y nos devuelve a la realidad...

Hasta la próxima Angkor Wat... Gracias por tanta piedra...
Hasta la próxima vos también cara pálida...
Monitos integrados a la vida diaria de Siem Reap...
No me quedaba nada para decir. A Vico evidentemente tampoco. Nos miramos en un acto solidario de mutuo reconocimiento y dimos por finalizada la jornada. Nos montamos en las bicicletas y nos lanzamos a una vuelta al barrio que se percibía llena de significado: el que expresa claramente, pero sin palabras porqué se elige pedalear de determinadas maneras la vida.

La imagen es la de un campo infinito que pintaba el horizonte de rojos, naranjas y amarillos. La cámara se alejaba de la tierra mientras nosotros nos hacíamos cada vez más pequeñitos... hasta transformarnos en un cuadro de nosotros mismos. Un cuadro que en el mismo instante que se materializaba, ya se estaba diluyendo y desparramando en las paredes de la infinitas dimensiónes cosmogónicas.

Angkor Wat ya se había transformado en un evento del pasado. Espero que hayan disfrutado de las fotos y nos vemos en el próximo capítulo de transición...

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