20 dic. 2013

Chiang Mai, Thailand North con Sarah, Charlotte y Kristen...

Chang Mai... la ciudad del templo infinito...
Todavía nos estaban sobrando algunos días antes de tener que volver obligatoriamente a Bangkok a buscar a Juli para terminar con el asunto de las visas y comenzar la larga e incierta travesía hacia China. Decidimos abandonar Cha’am con la vaga idea de intentar llegar hasta la famosa ciudad de Chiang Mai, un lugar de cierto renombre entre las opciones al norte de Bangkok. Fue por ello que una calurosa mañana de algún incierto día de Septiembre del año séptimo después de América en Bedford (link), las calles de Cha’am nos vieron desaparecer en una lenta caminata en busca de algún medio de transporte que nos haga los favores necesarios. La opción del tren era la más incómoda, ya que la combinación de horarios nos haría perder una gran parte del día en Bangkok. Buscando las correspondientes alternativas, terminamos empacados y compactados dentro de una Trafic, que muy tranquila esperaba a personas con intenciones similares a las nuestras sobre la ruta principal.

Vico ya había alertado sobre nuestros movimientos en Couchsurfing, por lo que sólo restaba llegar a Bangkok e intentar abordar el tren que más rápido nos sacara del giganto bloque de cemento, y nos llevara directamente hacia el corazón de algún mundo un poco mejor. La trafic, casi como una obviedad según las profecías de Murphy, nos dejó bien en la loma del orto de la estación central de trenes “Hua Lampong”, motivo por el que tuvimos que contratar los servicios del bus número 29, el que siempre resultó la forma más rápida y barata de llevar nuestras intenciones a destino en la abarrotada capital. Una vez dentro de la estación, muy apurado y apartando a empujones tais de mi camino, me apersoné delante de “Don vende pasajes” y le supliqué: “El tren más barato, más rápido y menos problemático a Chiang Mai. Me vendió dos tickets diciendo que supuestamente el tren salía en cinco minutos. Salí corriendo a comprar arroz y algo de comida para el viaje, y nos sumergimos en la hermosa y mística lisergia universal del “ketren, ketren... Ketren Ketren...”.


Hermosa y mística lisergia...
Ketren, Ketren, Ketren... hacia Chiang Mai...
Llegamos a Chiang Mai algo cansados, pero muy ilusionados. La tarde iluminaba... como sacándole brillo a la ciudad. Entre tibias preguntas en distintos idiomas y alguna que otra seña, empezamos a caminar en dirección al centro intentando esquivar a las moto-taxis, a los vende hoteles, y a todo ente que energéticamente se pudiera caratular de “hincha pelotas”. A pesar de todos ellos, los modos se percibían mucho más sutiles y relajados, y el lugar emanaba mejor energía que el salvajismo turístico e histriónico del sur del país. Frenamos a chequear mails y el Yin nos tiró toda la mejor: unas chicas habían respondido a nuestro pedido de auxilio en couchsurfing, por lo que Vico me anunció formalmente la siempre hermosa y más que bienvenida noticia que teníamos casa.

Cayendo la tarde en la ciudad de Chiang Mai...
Alguno de los laguitos que adornan la ciudad...
Llamamos al teléfono indicado en el mail y recibimos las instrucciones por mensaje de texto. Por desgracia, en ese mismo momento comenzó una impaciente garúa que no era más que el preludio de chaparrones y tormentas inminentes. Pensando entonces que “si uno tiene casa, mojarse es lo de menos”, pusimos primera, rescatamos un mapa de Chiang Mai en un hotel al paso, y nos enfocamos en la búsqueda de todo Tai que tuviera cara sospechosa de hablar un poquito en inglés y de saber dar instrucciones precisas. Como tardamos mucho más de lo debido en entender, en caminar y en prestar atención, terminamos dando vueltas en círculo entre charcos y diluvios, sin llegar a entender por qué carajo no llegábamos a destino. Gracias al cielo las chicas eran muy inteligentes, por lo que rápidamente entendieron que nosotros éramos muy nabos, y nos salieron a buscar en sus motitos todo terreno. Como era de esperarse, a los pocos minutos nos encontraron, por lo que finalmente nuestra estupidez quedó corroborada, pero pudimos ser guiados hasta la casa.

A pesar de nuestro acentuado nabismo, el recibimiento fue notable. Charlotte, Sarah, Kristen, y un amigo Tailandés, nos ordenaron relajarnos, nos trajeron un poquito de porro, y nos mandaron a ducharnos y reestablecernos porque en un rato “teníamos” que salir. A pesar de este gran caudal de buena onda como anfitrionas, las amigas al principio parecían muy secas, como si las formas Anglo-Americanas no las dejaran plasmar correctamente sus sentimientos. Las palabras se les diluian en las formas y en los gestos corporales, dando la sensación que lo que decían, no era en absoluto lo que querían expresar. Sentía que los temas de conversación se autodestruían, se vaporizaban, o se esfumaban en lapsos muy cortos de tiempo. Luego el silencio, luego la resurrección. La casa era muy linda y muy sencilla. También, y como en todo Chiang Mai, estaba usurpada, invadida y gobernada por los mosquitos.


La famosa casa de Sarah, Charlotte y Kristen...
Al ratito de fumar, los pronósticos se cumplieron y salimos junto a un grupo acrecentado por otras amigas que fueron llegando. Nos lanzamos a una amena y desenfadada recorrida que nos llevó por los recovecos de un par de barcitos. Barcitos con poca alma y bastante inundados por el diluvio tailandés, pero que nos aseguraron un contexto que no exigía compromiso con la charla, en el que cada uno podía hacer lo que quisiera... y cada tanto balbucear. Aunque estábamos perdiendo por afano la batalla contra el cansancio, la todopoderosa y fantástica energía femenina estimulaba la situación todo lo necesario para no tirar la toalla y aguantar “un ratito más”. No teníamos serias intenciones de nada, pero hacía un buen rato que no estábamos entre tantas pibas de 23 a 28 años todas juntas, y tampoco sabíamos cuándo nos iba a volver a pasar... ... ... ...


Perdoname las pavadas, es el cansancio...
Un poco de punch nocturno...
Charla va, charla viene, nos enteramos que Chiang Mai es una especie de centro de intercambio de estudiantes, en el que a su vez lo más popular y repetido, es encontrar personas, que como nuestras anfitrionas, se dedican a enseñar inglés por un sueldo bastante más que justo, que les posibilita la nada desestimable experiencia de vivir en otro país, y salir de una buena vez por todas de la caja de Mc Ronald. A las chicas se las notaba muy contentas con su rutina, sus motitos, y sus viajes relámpagos a países vecinos cuando sus trabajos se lo permitían.

A su vez, Chiang Mai es una ciudad muy amena y muy bonita estructuralmente hablando. La cantidad de carteles de Seven Eleven en la panorámica llegan a cansar la vista; tanto como la infinita cantidad de templos, templitos y templazos que parecían reproducirse al caminar. La buena onda percibida y todo lo mencionado anteriormente, fueron variables mucho más que suficientes para que le confirmáramos tácitamente a nuestras intenciones, que nos íbamos a quedar hasta que nos echen a patadas, o en su defecto, tengamos que ir a buscar a Juli... lo que ocurra primero. Como si todo esto hubiera sido poco, cuando nos estábamos yendo a dormir, las chicas anunciaron que al día siguiente teníamos agendada una cita con el estadio de fútbol, para presenciar en vivo y en directo, un partido del equipo local: el Chiang Mai FC... Mejor plan me resultaba imposible de imaginar.


Templos, templitos y templazos...
Plaza central y Buda dorado meditando...
Armamos unas camas con algunos almohadones, tiramos sobre la mesa las últimas charlas exhaustas, y apagamos la luz para entregarnos al paladar de las colmenas de mosquitos que nos rodeaban. En fin, como muchas otras veces, llegó ese sagrado momento de entregarse al descanso. Sea bienvenido y póngase cómodo entonces... Lo invitamos a acompañarnos en las aventuras de la segunda entrega de Chiang Mai. Muchísimas gracias por leer y muy buenas noches.

Camas con vistas al living y almohadones a tono... Hasta mañana...

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