20 dic. 2013

Luang Prabang, un Pinamar en Laos y mucho panquequismo barato…

Luang Prabang... Su falta de color y una mística desilusión...
Atracamos en uno de los minipuertos de Luang Prabang promediando las cuatro de la tarde. Descendimos del barquito, y todavía mareados por los efectos de la navegación, empezamos a caminar por una de las calles que corren paralelas al Mekong. Entre nuestros bienes contábamos con una buena cantidad de hambre y otra exacta cantidad de cansancio, aunque todo muy bien compensando y balanceado por una gran excitación y alguna efímera expectativa de encontrarnos con un lugar un poco menos invadido de turismo bananero... y por qué no, lleno de espiritualidad y de fiestas trance budistas dentro de hermosos templos milenarios. Ganas de ver tradición, cultura, y barras bravas laosianos agitando sahumerios y piedras energéticas curalotodo, provenientes de alguna indómita época pasada... Pocas veces en mi vida experimenté tan indeclinable y rápida desilusión. Sólo la primera imagen de Luang Prabang bastó para producir una avalancha tormentosa emocional y el derrumbe de todo estado de ánimo. Casi sin temor a exagerar, creo que fue el peor lugar de los últimos veinte países.

En busca del Monastery Buddhist Trance e iluminaciones fosforescentes...
Cuando llegamos a la calle principal sentí que estaba en Pinamar en la segunda de Enero. Del horror... un poco más allá. Ganas de salir corriendo sin dirección y aferrarme a la esperanza que todo en la vida sea un sueño. La calle era un “shopping center rústico-artesanato” del que uno no se podía escapar ni aunque quisiera, ya que no tenía salida por los costados. Una vez que uno caía en la trampa, la única opción era atravesarlo hasta encontrarse con el otro lado de la ciudad. Mientras tanto, no paré de ver turistas. No me topé con un solo laosiano con toga, ni con un solo “budita” iluminado; me topé con lo más trillado y barato del turismo mundial haciendo exactamente lo mismo que en Pinamar en la segunda quincena de enero. Vestidos igual, tomando tragos con pajitas en el medio de la calle a lo Brasil, y comiendo y consumiendo pelotudismo sin desperdiciar un solo segundo.

Calle shopping center turístico... Vacía parece linda...
Aunque todo esto parecía haber sido realísticamente real, decidimos no perder el tiempo comentando, sino utilizar el cerebro para encontrar algún lugarcito para comer. Nos tuvimos que alejar bastante de la zona para toparnos con algo que no sea papas fritas con salsa de boludo. Venir hasta Luang Prabang para encontrarnos con gente comiendo helados y vistiendo remeras que dicen “I love Luang Prabang” fue una de las patadas más violentas al establishment de los nobles ideales y una resignación casi eterna que algún día sea posible un mundo mejor. Con toda esta pérdida de sentido a cuestas, intentábamos además, encontrar un lugar para dormir; que por cierto tardó bastante en aparecer, pero que luego de muchas idas y venidas por diferentes barrios y zonas de la ciudad, finalmente apareció. Nos bañamos, tratamos de rectificar la visión a modo positivo y nos entregamos a la investigación callejera profunda.

Investigando las calles... Persiguiendo a los monjes...
Lo mejor de PinaLuang... el arte perdido de Laos...


Hay que aclarar que esta “rectificación a positivo” significó más que nada una rectificación hacia la aceptación y el olvido. No había una sola esperanza en el ambiente que apuntara a que todos los pinamarenses iban a armar sus valijas de inmediato y se iban a volver en el siguiente vuelo a pilotear un “cuatri” por las dunas de la costa argentina. Más bien parecía que se iban a quedar y que iban a seguir comprando remeras y sacándole fotos a las comidas. De repente me sentí raptado por esa sensación Ratones Paranoicos de “no sé si cortarme las venas o dejármelas largas” y todo lo que sigue después.

Y... lo peor sucedió: perdido por perdido nos dejamos llevar. Juro que tratamos de alejarnos un poco de todo el centro turístico, juro que peleamos hasta el final, pero el famoso y mundialmente conocido problema con el sexo femenino y la tentación del alcohol nos fueron llevando, como la heroína al heroinómano, exactamente hasta ese lugar que uno aborrece encontrarse, para exponernos sin atenuantes y frente a un gran espejo, al conocido efecto “panqueque vuelta y vuelta”.

Y vale la pena contarlo y decirlo, porque además ya se había producido el encuentro con la energía de Gonzalo Fudim, nuestro buen amigo y fiel compañero en este PinaLuang Asiático... A pesar de tener un montón de cosas interesantes de las que hablar y compartir, alguna noche el vicio pudo más, y todos juntos nos dejamos caer en las garras de “Utopía”, el más pinamarense de los bares... frente al Mekong, donde la consigna es entrar descalzo y en el que a un buen porcentaje del público sólo le interesa emborracharse y garchar.

Como nosotros no teníamos la energía necesaria para las dos cosas, nos decidimos por lo primero, y le dejamos los honores a los más jóvenes y mejor comidos. Debo decir que pocas veces en mi vida me sentí tan “tortilla” y que jamás me encontré con tantos argentinos fuera de Argentina en un mismo lugar. Había cordobesas, rosarinas, misioneras, porteñas, etc. No sé, alucinógeno. El viaje en un momento me pegó mal y tuve que pasar un largo rato reprimiendo sentimientos para no inmolarme a lo bonzo o salir corriendo a comprar kilos de heroína.

Panquequeando en PinaLuang... Utopía bar a orillas del Mekong...
Pasado el momento de represión, revelación y penuria, nuevamente amaneció; y como la gran mayoría de las veces, el nuevo día trajo consigo una nueva esperanza. Salimos a recorrer Luang Prabang, a caminar incansablemente hasta llegar al encuentro con alguna esencia por sus alrededores. El despropósito no estaba tan fácil. Si bien se percibe a simple vista que al lugar lo envuelve una fuerte aura espiritual, llena de historia, misterio, y misticismo, hace falta irse hasta los rincones más rincones para llegar a confirmarlo del todo. La ciudad en sí, da la sensación de ser puro maquillaje... máscaras y antifaces que esconden sus virtudes y cualidades detrás de restaurantes y negocios turísticos. Hasta los templos, que son su atracción principal, parecen incorporados y funcionales a este juego. Como si hubieran perdido la genuinidad, como si les faltara un cachito de alma.

Fachadas...
"Resto-Bar"...
Templos...
Con cada aparición del Mekong, Luang Prabang recobraba la magia, repartía hermosura, y suministraba sustancias con las cuales moldear emociones un poco más permanentes. Cuando no había seres humanos alrededor, todo se hacía un poco más armonioso y disfrutable. En las áreas en que se producían conglomeraciones de personas, sentía como si la ciudad sonriera cínicamente para la foto; como si intentara conformar a las masas con esa palmadita en la espalda que por lo bajo susurra: “Vos sos medio gil”. En fin, el resto del tiempo en el que no estaba pensando forradas como éstas, nos dedicamos a descubrirnos, a pasar por encima de nuestras ganas, a disfrutar lo máximo posible, y a respirar sanamente estos extraños días de viaje. Tuvimos la suerte de encontrarnos con Evelyn, una senegalesa de genuina alma africana con quien compartimos una interesante charla de almuerzo, que por varios motivos quedó muy grabada en la memoria.

La magia del río Mekong...
Rincones aislados...
Gonzalito, Evelyn, Yellowman y Pablito...
Lo que seguía en la lista de actividades era una excursión hasta las cataratas de Kuan Si, evento que fuimos preparando de a poquito junto a Gonzalito. Había que esperar la visa de Vietnam, y mientras tanto, intentar ponerle un poco de contenido al recuerdo. Ahí enfocamos la energía. Lo esperamos en la próxima entonces y muchas gracias por leer. A su salud...

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