20 dic. 2013

Phi Phi Island (Segunda Parte), hacia el equilibrio Zen con Marianita…

El famoso equilibrio Zen en Phi Phi Leh...
Los primeros dos días en Phi Phi Island nos forzaron a readaptar las energías y a reconectar con el sentimiento de aceptación de la realidad. A gran parte del turismo se lo notaba algo vacío e inmerso en frágiles burbujas hedonistas sin forma. Algunas áreas de las diferentes playas estaban muy sucias y llenas de botellas y vidrios que quedaban de la “fiesta de la noche anterior”. La comida callejera era cara, y cualquier actividad requería de generosas sumas de dinero, más la energía necesaria para negociar un precio "justo". Gran parte del desgaste se los llevaban los cientos de “NO" que uno repite y repite a los Pad Tais, a los Tai Massage, a las "Neno-Nenes", y a cualquiera de los ofrecimientos de exactamente lo mismo que se suceden minuto a minuto. En Phi Phi Island se respira una sensación de carrera constante por querer hacerlo todo, y una enfatización bizarra para que uno deje todo el dinero que posea más un quince por ciento más.

Un mono que no puede creer la mugre en las playas de Phi Phi Island,..
Para no dejarnos consumir por la parte más perversa del turismo paradisíaco, decidimos cambiar el chip y entregarnos a la simplicidad de las caminatas, de la desatención y de la mirada selectiva. Intentamos comenzar la construcción del sector “Recuerdos Memorables de Phi Phi” alguna de las noches en que la fiesta nocturna estilo “Wild On TV”, llena de danzas con fuegos y gente subidas a las barras ingiriendo alcohol de mala calidad embutido en algún balde, nos expulsó hacia la búsqueda de algún tipo de futuro, ya sin importar que fuese mejor o peor... Sólo con encontrar algún indicio de que las cosas continuarían, sería suficiente. Para convencernos corrimos a encontrar la botella de tequila más barata del condado, y la empezamos a descargar junto a un par de porritos que le rescatamos a los “rastas” de “Banana bar”, al tiempo que nos íbamos sumergiendo en los hermosos callejones de Phi Phi Island, en búsqueda de un poco menos de banalidad y masificación innecesaria.

El "Banana Bar"... un bar necesario...
Todavía puedo oler la vegetación y la humedad en el ambiente; todavía puedo disfrutar del silencio de algunas zonas interiores de la isla, y todavía puedo re experimentar también ése sutil momento en que se construye en los invisibles tramados del alma, el espejismo de querer volver a “aquel” lugar, que ciertamente no es más que querer volver a la exacta situación en la que uno por algún motivo fue feliz. El poder de abstracción del que podemos hacer uso las personas es una hermosa habilidad que vale la pena poner en práctica todos los días de la vida; y ante tanta imposición estandarizadora con la que el mundo intenta uniformarnos, resulta un inmenso placer aliarse con esa creatividad para mandarlo a cagar muy pasivamente a lo “Gandhi”. Los caminos propios, en general y en particular, exhiben una riqueza y una marca tan única e irrepetible, que llevan al alma y a la vida al lugar que se merecen estar, y no al lugar que le quieren imponer.

Entonces, y para dejar de putear a los restaurantes por los precios, conseguimos nuestro restaurant bien baratito y un mercadito de donde sacar unos pancitos y algunas frutas, verduras y café. En vez de huirle a los Nene-Nenos “Tai Massaaageee”, empezamos a parar en la esquina con ellos y a comer de la comida que nos convidaban; que no sea mal pensado, no eran chupetines de carne. En vez de enojarnos con los vende excursiones, les trabajamos los precios día a día... a ver qué pasaba. En vez de enojarnos con los chinos por la visa, y con Fede porque no nos respondía los mails o no nos llamaba, decidimos seguir ejercitando la paciencia y confiar ciegamente en el futuro.

Encontramos una playa sin botellas rotas. Nos deleitamos con los borrachos que se hacían tatuajes mono aguja inmortalizando sus noches de “descontrol”. Salimos a sacar fotos de noche, y nos hicimos amigos de algún que otro Tai y de los “Barco Basureros”. Nos tostamos la piel sin ponernos demasiado colorados, y básicamente, empezamos a encontrar la armoniosa frecuencia interna que muchas religiones eco-chamánicas tildarían de paz.

A la izquierda el local de tatuajes tailandeses mono aguja...
Los pibes del Barco Basurero...
La famosa foto de relleno...
Una playa hecha a medida...



Bueno. Ahora... ¿Ustedes creen que con toda esta frecuencia buena onda alcanza? ¿O que los eco-chamánicos saben más que usted? Ni en pedo. Olvídese. Déjeme recordarle que la vida siempre tiene sus propios planes, aunque usted crea y/o argumente que maneja o dirige algo, y a mí, con treinta y cinco años, no me da para embudizarme y mucho menos para convertirme en anarquista como “cascos” y “club del arte” (la pareja amiga del capítulo anterior)... y muchísimo menos en Phi Phi Island. Y como la vida es caprichosa hasta la muerte, y como a dios no le gusta que en el paraíso la gente encuentre sus propias alternativas, nos mandó plagas. A Vico le mandó una picadura de araña en la rodilla que le envenenó la pierna y se la aumentó al doble del tamaño, y a mí me mandó los primeros síntomas de una picazón que se iba terminar definiendo como “sarna” y que se iba a transformar en un karma insoportable por los siguiente tres meses de mi impúdica existencia.

No sé si dios tiró la de cal y el diablo la de arena, ni tampoco cómo definirlo, pero para apalear y compensar un poco este temita de las plagas, experimentamos una aparición y un encuentro muy lindo, que entre recuerdo y recuerdo seguimos venerando y atesorando. Marianita se cruzó en nuestras vidas en alguna tarde de caminatas, y sin mucho preámbulo ni demasiados planes, decidimos que por el tiempo que faltara para la partida, formaríamos un terceto de excursionistas, que muy unidos y decididos a robarle un recuerdo a la vida, se entregaron a los vericuetos de la paradisíaca isla, en busca de algún tesoro escondido que nos ayudara a romper con la playera cotidianeidad. Coronamos muchas de nuestras tardes/noches con intensas charlar existenciales sin sentido, secundados por entretenidos rostros de tailandeses que nos observaban, nos investigaban, y se reían de muchas de las actitudes de nuestra absurda y altisonante occidentalidad.

Marianita guiándonos las emociones en Phi Phi Island...
Tailandeses piolas que no trabajan para el turismo...
Phi Phi Island al paso, brujería, pad tai y camino incierto...
Los vericuetos del interior de la isla...
La del pirata cojo...
Para ponerle cerezas y moños a los últimos días, Marianita nos invitó a hacer la famosa excursión a "la isla de Leo Di Caprio" (Phi Phi Leh), momento en el que pudimos justificar y hacer uso de las energías invertidas en la recolección de precios, para luego de conseguir algún trato que rondaba en los límites de la justicia, subirnos todos juntos a una lancha que nos llevó hasta el corazón de este publicitado paraíso en el Mar de Andamán... Una inolvidable vuelta por el descontroladamente bello océano tailandés. Una tarde en el entramado universal, rebotando y rebotando en alguna red energética, como caídos de un acto fallido de malabarismo equilibrista. Un momento al que en todos los momentos tengo ganas de volver. Muchas Gracias Marianita por la generosidad y por el encuentro. ¡Que ya nos vamos despidiendo!...

Lancha hacia el corazón del Mar de Andamán...
El corazón del paraíso de Phi Phi Island...
Entendimos que dios y el diablo tienden a ser lo mismo. Con todo el budismo que estamos chupando en Tailandia, es suficiente para darnos cuenta que los orientales son mucho más avanzados en cuanto a temas de religión se trata. El yin y el yang como concepto, supera casi sin esfuerzo a la dualidad dios-diablo, paraísos-infiernos. Gracias a todo este nuevo conocimiento, hicimos además las paces con Phi Phi, empezamos a vivir un poco más el estado natural de viaje y Tailandia empezó a ser mucho más disfrutable. A pesar de todo lo negro, empezamos a ver también todo lo blanco, y eso mis queridos amigos, nunca es poco. ¡Hasta la próxima!...

Jesús y Buda de vacaciones discutiendo por menores...

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